Si había alguien que le quitaba el sueño a Frida Kahlo (1907-1954), esa persona era su madre. Matilde Calderón (1876-1932) y su tercera hija eran como dos imanes que sólo las manos de los viajes, de las mudanzas o de la enfermedad podían separar.

Eran ellas contra las carencias de dinero, contra los enojos de don Guillermo Kahlo, contra la inestabilidad de la hija y hermana menor, Cristina. Eran ellas felices por la compra de un rebozo, por haber conocido a Diego Rivera, por un bello retrato de la pequeña Isolda (la hija de Cristina), por un día vivido en las ciudades de San Francisco o Nueva York. Eran ellas preocupadas por la salud de una y de otra. Eran ellas sin seguir las reglas de la ortografía.

Detalles como estos no habrían salido a la luz sin el trabajo de investigación hecho por Héctor Jaimes en los archivos del Museo Frida Kahlo y del National Museum of Women in the Arts y compilado posteriormente en el libro Tu hija Frida. Cartas a mamá (Siglo XXI editores-Universidad Autónoma de Sinaloa). Son 54 relatos íntimos de Frida a su madre, divididos en tres etapas: México (1923-1927); San Francisco (1930- 1931); Nueva York (1931-1932).

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Los 10 mensajes que han sobrevivido a la etapa de la Frida más joven (entre 16 y 20 años de edad) dejan ver el asombro que ella vivía entonces —todo lo quería aprender—, y cómo empieza a moldear su carácter para ser el apoyo económico y emocional de su familia.

Matilde Calderón recibía de parte de su hija avisos breves o encargos especiales. “Hoy me quedo en la escuela porque Diego Rivera da una conferencia y creo que es de Rusia y yo quiero aprender algo de Rusia […] Mándame 5 c. para barquillo y 5 c. para quesadillas”.

La sinceridad entre ellas tampoco la escatimaban. “Hoy me sacaron de la clase de matemáticas porque dijo el viejo Palafox que doy mucha guerra pero aunque te cuentan chismes no son ciertos, ese viejo es muy malo y sí es cierto que doy guerra pero no para que me saque para afuera de la clase”.

El fotógrafo Guillermo Kahlo, según los testimonios de su hija, era un hombre de disgustos o de “regular humor”. En cambio, Matilde, Adriana y Cristina, las otras hijas del matrimonio Kahlo Calderón, sólo recibían palabras de cercanía.

Cuando “Frieducha” (firma que usaba en la mayoría de las cartas) iba a llegar a su casa en una hora no acostumbrada, avisaba: “Me encontré a Alberto Landa y me dijo que fuera yo a verlo porque si no ya no va a responder de mi diente, así que en la noche, cuando llegue a Coyoacán lo voy a pasar a ver”. O también buscaba opciones para que madre e hijas se divirtieran al anochecer: “Hoy me voy a quedar en el anfiteatro con los muchachos a una conferencia de Diego Rivera […] y si quieres vas a esperarme con Cristina al Zócalo de Coyoacán. Me llevan mis patines para quedarnos un ratito en la plaza”.

Lo siguiente que se sabe es que en 1927 Frida ya le hablaba a su madre de la compostura del “aparato de yeso” que tenía que usar debido a que dos años antes había sufrido un accidente de tranvía que le dejó varias secuelas.

Y luego inicia la crónica del matrimonio, celebrado en 1929, entre Frida Kahlo y el pintor Diego Rivera. “Hoy [17 de febrero de 1930] no puedo ir a la casa porque tengo que ir con Diego a Cuernavaca para arreglar lo del cuarto donde va a vivir mientras está pintando allá. Así es que llegaremos hasta en la noche”.

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La primera ciudad extranjera que visitó Frida Kahlo fue Los Ángeles y la primera en la que vivió fue San Francisco. Ella y Diego arribaron a San Francisco el 9 de noviembre de 1930, después de un largo viaje en tren que los obligó a estar “mucho tiempo” en Guadalajara: “pude conocer toda la ciudad, el museo, las iglesias, todo lo más importante, comimos allí y a las seis y media salimos para Nogales Sonora”. De ahí siguieron por los caminos de hierro de la costa de “Mazatlán, Tepic, Culiacán, etc. hasta llegar a Nogales”. Frida le dice a su madre que “la dichosa frontera es una cerca de alambre que separa Nogales Sonora de Nogales Arizona pero se puede decir que todo es lo mismo, en la frontera los mexicanos hablan inglés re bien y los gringos español, todos se hacen bolas”.

Hay cartas en las que Carmen Calderón obtiene infinidad de detalles sobre Los Ángeles. “[…] fuimos a la playa que es divina, y la ciudad también es enorme, estuve en Hollywood y conocí las casas de artistas que valen puro bolillo, y todas las viejas de aquí son espantosas y buten [mucho] de chocantes”. “Los Ángeles me encantaron lo mismo que a Diego pues es una ciudad que está en un lugar maravilloso, y tiene edificios bastantes buenos, la playa es magnífica […]”. “[…] hay 3.000 mexicanos que tienen que trabajar como mulas para echarles competencia en el comercio a los gringos”.

Y Frida revela tiernamente: “Me hizo mucha impresión conocer el mar por primera vez”.

Los primeros días la hija trataba de evitarle una mayor tristeza a su madre calculando que estarían separadas entre tres o cuatro meses. Y la distraía cambiando de tema, por ejemplo, le describía el lugar donde habitaban. Era un pequeño estudio que pertenecía al escultor [Ralp W] Stackpole, “al estilo de París”, en donde había “una mesa de dibujante, un chaise long, un sofá, una chimenea […] un cuartito que sirve de comedor y cocina, con una mesa grande […] después un cuarto para dormir en una cama en la que Diego no puede dormir pues es de tambor y se hace como chicle […]”.

Frida cuenta que el 9 de noviembre de 1930 conoció al doctor Leo Eloesser —una de las personas que más alivio traería a su vida—. “[…] es el que quiere Diego que me vea para lo de la espina […] El Dr. es muy simpático, ayer lo conocí, habla el español antiguo muy bien y es muy inteligente”. Este médico es el que se encargó de recetarle unas inyecciones que la ayudaron a recuperarse hasta cierto punto de sus dolencias y el que la salvó de la amputación de un dedo del pie.

Con el paso de los días, la joven mexicana fue haciendo a un lado su temor a San Francisco. Salió a recorrer la ciudad conforme sus pies y su columna se lo permitían e intentaba comunicarse de la mejor manera posible en un idioma que desconocía. Sin embargo, no dejaba de angustiarse por su “mamacita linda”, por su padre desempleado y por las carencias que ellos podrían tener. Su estado de ánimo dependía de un solo hecho. “[…] todas las mañanas lo primero que hago es buscar en el buzón a ver si hay carta, y cuando no hay estoy de geta todo el día”. “El día que recibo carta tuya vale más que todos los días de fiesta”.

San Francisco fue como un espejismo para Frida Kahlo. Primero pasó días agradables en compañía de Diego Rivera y otros personajes, con un ambiente cálido y la vista del mar en el horizonte. A partir de enero de 1931, las cosas cambiaron porque el pintor tuvo que empezar a dedicarse de tiempo completo a los compromisos profesionales (un mural en el edificio del Stock Exchange y un fresco en la Escuela de Bellas Artes) que los llevaron hasta esa ciudad. El 21 de enero comenzó a pintar y así lo leyó Carmen Mondragón: “Diego hace ya tres días que empezó a pintar, el pobrecito llega rendido en las noches pues es un trabajo para mulas y no para gentes, imagínate que ayer empezó a las 8 ½ de la mañana y regresó hoy a las 9 de la mañana, más de 24 horas trabajó sin parar, ni comer ni nada, estaba rendido el pobre”. Para ella había llegado el momento del encierro y la apatía.

Con la soledad Frida a veces no se llevaba muy bien. Había tardes en las que pintaba entusiasmada, tratando de juntar suficientes cuadros para montar una exposición ahí. Pero en otras estaba “agüitada” y “aburrida”. Prefería no ser amiga de las gringas que había conocido porque no les tenía mucha confianza.

En estas cartas Diego Rivera es un esposo ejemplar salvo por un detalle: su atención al gasto familiar. Frida Kahlo en ese momento era una pintora en ciernes a la que muy pocos ponían atención, así que no contaba con un ingreso por su arte y ella siempre deseaba enviarle a su mamá cheques con varios ceros. “Yo quisiera mandarte algo que de veras te sirviera pero, ya ves linda que los hombres son una lata en cuestión de Dinero pues les pide uno, y parece que les sacan las muelas, así es que por más que hago, no puedo mandarte sino de repente un poquito que saco del dichoso gasto, pero tú sabes muy bien que no es por falta de voluntad”.

La salida de San Francisco fue agónica tanto para Frida como para Diego. Todo se iba alargando, salían detalles que a ella la obligaban a hacer y deshacer maletas y a él a tener tiempo apenas para dormir. En la última carta que la pintora mexicana envió desde San Francisco anunciaba que llegaría a su casa entre el 5 y 6 de junio. No podía contener la felicidad que le provocaba ver de nuevo a su familia y, sobre todo, a su madre.

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El 14 de noviembre de 1931, Frida Kahlo escribe a Matilde Calderón: “Nueva York es sencillamente una maravilla, apenas cree uno que es una ciudad hecha por gentes, parece como de magia”. Y la otra cara de la moneda: “Hay tanta riqueza y tanta miseria al mismo tiempo que parece increíble que la gente pueda aguantar una diferencia de clases así y soporte la vida en esa forma, pues hay miles y miles de gentes muriéndose de hambre mientras por otro lado los millonarios botan millones en estupidez y media”.

Para que Frida Kahlo viviera más cómoda en Nueva York que en San Francisco, Diego Rivera decidió pagar 175 dólares al mes por una habitación en el piso 27 del hotel Barbizon Plaza (con vista al Central Park y a unas cuantas cuadras del Museo de Arte Moderno, MoMa, donde Rivera trabajaba en unos frescos para una ambiciosa exposición).

Frida comía en sitios de bajo costo sin sacrificar el sabor de la comida y aprovechaba su tiempo libre en visitas a museos, recorridos por la ciudad, conciertos de gala y uno que otro día iba al cine para practicar su inglés.

De su asombro cultural narra: “Fui al Museo Metropolitano donde hay maravillas. Pinturas de los mejores pintores, me gustó mucho pues es la primera vez que veo originales de los primitivos italianos, de los alemanes y de los modernos franceses, es muy interesante y puede aprender uno muchas cosas nuevas”. En una segunda visita contempló obras de Goya (“[…] no puedes tener idea de cómo pintó, es imposible hacer una descripción […]”) y del Greco (“hay un paisaje que se llama ‘Vista de Toledo que es la cosa más maravillosa de color que he visto”).

Las cartas desde Nueva York de repente se convirtieron en un reporte del clima. “No te imaginas el calor que ha hecho estos días, peor que Cuernavaca, pero dicen que de un día para otro cambia y comienza a nevar. De todos modos dentro de las casas hace un calor insoportable”. “El invierno aquí es de lo más triste, todo el cielo color de alas de mosca y las calles empapadas de la nieve que se derrite, no tiene uno materialmente nada qué hacer más que rascarse el ombligo”.

La exposición en el MoMa se inauguró el 22 de diciembre de 1931 y en la reseña postal que hace la esposa no hay más que halagos: “La exposición cada día tiene más gente. Han ido a verla en nueve días, diecinueve mil personas. Dicen que nunca habrá habido una exposición así en Nueva York”.

En la carta que cierra el libro está la voz de una Frida Kahlo que se observa a sí misma de una manera distinta. “[…] me he vuelto rete aburrida y sin ganas de hacer nada, yo creo que será que estoy completamente sola, pues en primer lugar con Diego no cuento en muchas cosas pues no deja de estar pintando o tratando asuntos relacionados con su trabajo […] así es que no tengo tiempo ni de platicar con él a veces, de cosas que yo quisiera […] Y en resumidas cuentas yo vivo la vida sola y mi alma […]”.

Estas cartas contradicen lo que Frida Kahlo pensaba en aquellos días. No vivía la vida sola, su madre siempre la acompañaba.

 

Kathya Millares
Editora.