biblio-1

Jesús Marchamalo siempre cita a Marguerite Yourcenar, quien sostenía que la mejor manera de conocer a alguien es ver sus libros. Marchamalo —“inspector de bibliotecas” según Antonio Gamoneda— lleva años explorando bibliotecas de múltiples autores y escribiendo sobre ellas. Publicó un primer volumen dedicado a este tema, Donde se guardan los libros, y ahora presenta Los reinos de papel. Bibliotecas de escritores (Siruela/Fundación Miguel Delibes). Publicamos el texto dedicado a la biblioteca de Bernardo Atxaga.


Subimos por una escalera de madera de esas, no me fijé, que podría crujir con cada paso, un lamento, un chasquido, como crujen las escalas de los barcos. Un pasamanos oscuro, suave al tacto, que conduce hasta arriba, a lo que probablemente fuera hace tiempo el desván y que ahora semeja ser la bodega de un viejo bergantín, de una goleta —el suelo, el techo, las vigas de madera—, y un par de tragaluces que parecen llegar de la cubierta y que iluminan, con una luz lechosa, tamizada como una mosquitera, los estantes de libros. Miles de ellos, diríase estibados por manos cuidadosas, forrando las paredes casi como un tapiz. Un catálogo de lomos de distintos colores que se extiende hasta el fondo, a lo lejos; un camino salpicado de lámparas, encendidas como un collar de perlas.

Hay una mesa y cajas, allí en medio. Una zona de obras, de trajín y montones, y un silencio que es casi acogedor. Y ahí, como un viejo capitán curtido en mil batallas, mil viajes y lecturas, Bernardo Atxaga (Asteasu, Guipúzcoa, 1951), con sus gafas de cerca, y ese paso iba a decir airoso, austero, de los lobos de mar, que cuenta cómo en las noches de tormenta —los rayos y los truenos— todo aquello parece que se mueve como si fuera azotado por las olas.

Pero hoy hay calma aquí en la biblioteca, no hay mar de fondo, ni nubes de tormenta en lontananza. Sólo esa luz que entra desde la calle, timorata, e ilumina los montones de libros cruzados en los estantes. Todo provisional porque se ha decidido a clarear, a limpiar y a ordenar, como quien coloca, hacendoso, los cajones. “De algún modo, al tiempo que ordenas la biblioteca te ordenas también tú”, confiesa. “Deshacerse de un libro que no quieres es desprenderse de una pesada carga, y hay una cierta sensación liberadora cuando prescindes de él.”

Así, en esta biblioteca hay una parte asentada, consolidada, como aquellas viejas empresas decimonónicas, y otra que anda por ahí en un escrupuloso escrutinio de tenedor o de contable. Porque expresa el capitán Atxaga la tentadora voluntad de hacer de su biblioteca una colección y convertirse él mismo en un coleccionista. No de libros caros, primeras ediciones, obras únicas, raros y curiosos, sino de aquellos libros que le gustan. “Con sesenta y tres años tienes la sensación de salir a una zona tranquila, ideal para hacer escrutinio de uno mismo, un recuento de ideas, de formas de pensar, también de libros.”

biblio-4

La biblioteca de Bernardo Atxaga.

Fronteras invisibles

En la biblioteca rige un código de fronteras sutiles, como las de los mapas, líneas discontinuas, pespunteadas, que cruzan los estantes como viejos países, y que separan la poesía, en uno de los rincones —Juan Ramón, Cernuda, Sylvia Plath, Borges—, de la ficción —Longares, Leguineche, Pierre Loti— y del ensayo, al fondo, casi otro continente.

Todo en un orden iba a decir tenso y equilibrado, que pivota entre el alfabético riguroso que impone su suegro Andoni (viene de vez en cuando a encargarse de los extraviados) y el desorden que provoca el propio Atxaga: libros puestos de pie, con las cubiertas visibles como si fueran faros: Leopoldo María Panero, Erri de Luca, Novalis… Y encima de los estantes, uno de esos lugares de paso, provisionales: un par de montones donde se mezclan, en ese capricho tumultuoso de lecturas, Céline, Voyage au bout de la nuit, y Ana María Matute, Paraíso inhabitado; Paul Theroux, Mi otra vida, y Agustín Fernández Mallo, el Proyecto Nocilla.

Por allí, Onetti, casi una balda entera para él —Cuentos CompletosEl astilleroLa vida breve—, Vila-Matas, Luis Mateo Díez, mucho Sándor Márai, también, y algún malentendido: media docena, o más, de libros de Donna Leon que sus amigos han insistido en regalarle, y que no ha leído todavía o no le gustan. O tal vez ambas cosas.

También, algunas de sus lecturas de adolescencia: Heinrich Böll, Hermann Hesse, Günter Grass, y clásicos rusos: Tolstói, Chéjov, Dostoievski —hubo un momento, de adolescente en el instituto, en que sus compañeros le llamaban así, Dostoievski—, y aquel libro que le cambió la vida: cubierta de color fucsia, título en blanco, y en naranja, el autor: Bertolt Brecht, Poemas y canciones.

Vivía una temporada de parón, de aburrimiento, de impasse, cuenta, mientras hacía su primera carrera, Económicas, en Bilbao, que terminaría como quien se ajusta un corsé, y compró en la librería Herriak un libro de Alianza, de la colección El Libro de Bolsillo, con aquellas míticas cubiertas de Daniel Gil. “Fue un libro que en aquel momento me dejó muy marcado. Un libro muy importante para mí, y donde me encontré uno de los mejores poemas que he leído nunca, se titula Malos tiempos para la lírica.”

Ya sé que sólo agrada
quien es feliz. Su voz
se escucha con gusto. Es hermoso su rostro…

Aquel libro le llevó a Barcelona, a estudiar Filosofía. “Me fui para leer a los clásicos”, recuerda.

biblio-3

Viajar con libros

Y ahí están, sí, Rousseau —EmilioDiscursosEl contrato social—, en la parte de ensayo y pensamiento; al lado, Julián Marías, la correspondencia de Cernuda, un ejemplar del Corán, y la biografía, en inglés, de Carson McCullers. También libros de historia, muchos, junto a un pequeño ventanuco, casi a ras de suelo, protegido por una malla metálica, a través del que se ve un romántico nido de paloma con dos pollos.

Hay también una parte euskaldun, previsible y cuantiosa. Un par de cuerpos de estanterías, cerca del tragaluz y, presidiéndola, el retrato de un sonriente Gabriel Aresti, la mano en la barbilla, en la cubierta de uno de sus libros. “El primer texto que escribí en euskera se lo dejé a su nombre en la librería Verdes, para que se lo dieran. No conocía a nadie entonces, ni sabía a quién dirigirme, y se me ocurrió que tal vez Aresti pudiera orientarme. No sólo me atendió, sino que me animó a publicar y a seguir escribiendo; empecé a publicar por él, de modo que le tengo un especial aprecio.”

Falta esa parte, de viajes, para acabar. Vivir en diferentes sitios, moverse, pasar temporadas fuera y guardar guías y planos, como quien hace álbumes de fotos: Marruecos y Medina, Sicilia y Marco Polo, Florencia, Andalucía, anoto según paso la mano por los lomos, Siria y Jordania, Darwin, mientras Atxaga, con sus gafas de cerca, sobre la tablazón claveteada, mira de reojo el tragaluz. Y me cuenta cómo elige en su estudio libros que le protegen, de autores que le caen bien —Pisón, Marsé, Graves—, y aquel encuentro hace años con Delibes, con quien se cruzó en Santa María del Campo. “Adiós, buenas tardes”, se dijeron. “Adiós.”

Ha empezado a llover y, dice —las gotas resonando en el cristal, quedamente— que no siempre es verano en el barco. Y suena un trueno.

biblio-2

Lecturas

[Nota editorial. Después de cada texto de Marchamalo cada escritor recomienda tres lecturas: una de la literatura universal que por algún motivo le resultó en su momento decisiva, otra propia, y otra de Miguel Delibes porque los miembros de la Fundación que lleva su nombre le propusieron al autor de Los reinos de papel colaborar con ellos. Atxaga recomendó:]

 

• Poemas y canciones de Bertolt Brecht (Alianza).

“Es uno de los libros que más me inspiró en su momento. El que más he llevado conmigo, y que más he tenido. Es fácil que haya comprado veinte ejemplares o más, porque siempre acabo regalándolo a la gente que aprecio.”

 

• Días de nevada de Bernardo Atxaga (Alfaguara).

“Es mi libro más reciente, el más fresco probablemente. Un libro en el que hablo del mundo más allá de la muerte, del pasado, de las personas que han muerto, que ya no están, pero que siguen con nosotros.”

 

• Viejas historias de Castilla la Vieja de Miguel Delibes (Alianza).

“Recuerdo perfectamente el libro, en Alianza, de color negro y azul, y que esos cuentos fueron la continuación de los cuentos vascos de Baroja, y recuerdo la naturalidad con la que pasé del paisaje vasco al de Castilla que, desde luego, es uno de mis paisajes.”

 

Jesús Marchamalo
Escritor y periodista. Ha publicado: Tocar los librosLas bibliotecas perdidas y Donde se guardan los libros, entre otros volúmenes.