Martín Soto Climent (México, 1977) es un artista y galerista que se ha interesado en las relaciones humanas y la escala íntima de las obras de arte. En esta conversación desarrolla sus ideas sobre el arte contemporáneo y su incidencia en la vida.

María Olivera: Boris Groys menciona que “el artista tiene el derecho de exponer en el espacio expositivo objetos que no tienen estatus de arte” y parece que, con este gesto, todo se vuelve una obra de arte. A partir de esta posibilidad se ha desarrollado una discusión extensa sobre los límites del arte en nuestros días: no sabemos con certeza si se trata una expresión estética revolucionaria, si es un síntoma de nuestra época o una crisis artística. ¿Cómo definirías el arte contemporáneo?

Martín Soto Climent: El término arte contemporáneo abarca mucho y poco aprieta, no nos dice nada con certeza. Todo arte realizado en este tiempo, ahora, es contemporáneo, y el término se puede extender por mil años. Siempre habrá contemporáneos. En realidad, este término es síntoma de una falta de lineamientos estéticos generales, pero imposible de gestar bajo la diversidad cultural en la que vivimos. Un fenómeno reciente que se extiende a todos los órdenes sociales y que, por una parte, corresponde al proceso de integración global que estamos viviendo y, por otra, a la urgencia de consolidar la práctica artística como un producto comerciable. La naturaleza cautelosa y tentativa de la incertidumbre, encontrada con la prisa por la legitimación y la certeza, conforman los aspectos de lo que encontramos agrupado en las ferias de arte bajo el término contemporáneo. Este fenómeno es el retrato de un conflicto social más amplio: la existencia está siendo reducida a una mera actividad productiva. 

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MO: Ante la inmediatez de la producción y el consumo del arte como fin último del proceso creativo, ¿qué sucede con la trascendencia del arte en términos históricos?

MSC: El orden del consumo desmedido acepta que toda fuente de motivación puede ser transformada en un producto comerciable, pero omite que esa explotación desmedida a la larga extingue las fuentes. Ahoga la poesía y opaca las visiones. La naturaleza tiene sus tiempos y estos están fuera del orden de los mercados. El arte contemporáneo, como su nombre lo indica, prescinde de una inmediatez que no responde a la práctica legítima de asimilación, reconocimiento y formación del espíritu, pero probablemente esto no tenga nada que ver con la práctica de un artista y yo sea un poco nostálgico. Lo que es un hecho es que nos urge redecorar el mundo. Creo que es responsabilidad de cada artista establecer un método para lidiar con esta realidad y no preocuparse por cómo se clasifiquen sus resultados.

MO: ¿Consideras que el arte es una extensión del hombre o una respuesta a la vida?

MSC: Creo en el arte como un ejercicio íntimo que defiende la estructura individual y particular de cada ser humano que lo ejercita. Para mí es una actividad de relaciones y referencias para ubicar mi sitio y darme un sentido. Es una proyección que me sirve para habitar la realidad a conciencia. Esta actividad se genera como un diálogo en silencio y, para poder comunicarme con certeza, concentro toda mi labor en el contenido de la forma. Considero a todo lo demás ––desde el basamento hasta el texto de sala–– como muletas. Me interesa lograr piezas independientes que se sustenten en sí mismas. En la superficie de la obra se plantea una problemática con su solución acertada. Ése es el encanto de esta actividad.

MO: Hablas de la responsabilidad de los artistas para resignificar la realidad. Desde esta posición, ¿cuál es tu propuesta artística para redecorar al mundo? ¿Qué valores y temas recuperas o cuáles corrompes?

MSC: Me interesa expresar el valor de la contemplación, el respeto por el entorno y la honestidad de las cosas. He trabajado sobre diversos temas pero siempre construyendo un discurso que se concentra en el potencial de transformación social que contiene el impulso erótico. Los temas que sigo dan sentido no sólo a mi obra, sino a toda mi existencia; todo viene de la vida. Considero que el trabajo, cuando ya es un ejercicio profesional, debe ir todavía mas allá, dar un salto hacia una composición mas compleja. Durante varios años he trabajado manipulando objetos sin dañarlos, me refiero a transformar sin cortar, pegar, atornillar. He seguido un lineamiento ético que se extiende de mi vida a la obra y viene de vuelta.

MO: ¿Cómo ha sido tu formación como artista?

MSC: Es difícil establecer con claridad cuál es la formación de un artista. Uno está en constante formación, cada obra es un intento por expresar esa formación, darle forma. Me refiero a algo mucho más complejo que simplemente ir a una escuela y obtener un diploma. Creo en la educación académica. Estudié en la Escuela de Diseño Industrial de la UNAM porque me ofrecía una formación más rigurosa que la escuela de arte, sobre todo para controlar la transformación de materiales, que era lo que me interesaba aprender. El significado y las temáticas que trabajo se formaron fuera. Paso mucho tiempo vagando, no creo que eso pueda venir de ninguna escuela.

MO: Además de tu práctica has impulsado al arte con la fundación de un espacio independiente llamado Lulu. ¿Cómo y cuándo inició este proyecto?

MSC: Lulu nace en abril del 2013. Chris Sharp, quien visitó México en 2012 y se quedó una temporada en mi estudio, se enamoró de la ciudad. Yo crecí y me formé en la Ciudad de México, pero toda mi práctica profesional como artista sucedió fuera, entre Europa y Estados Unidos principalmente. Los dos buscábamos una excusa para permanecer más tiempo en México y queríamos ofrecer algo a la escena artística: un detonador de diálogo. Así surgió Lulu, un pequeño espacio dentro de mi estudio (Bajío 231). Algo honesto, coherente con nuestras ideas y posibilidades, en el que nos hemos esforzado por presentar proyectos con calidad y precisión. 

MO: Lulu se ha caracterizado por presentar el trabajo de artistas que no han expuesto en México o en el resto de América Latina. Además de esta necesidad, ¿qué objetivos guían el discurso de la galería?

MSC: Nos planteamos objetivos claros: mostrar artistas que difícilmente pueden verse en los espacios de la ciudad, ya sea en galerías privadas, museos o instituciones publicas. Detrás de los proyectos que presentamos hay una intención precisa. Nos interesa estimular a los artistas locales, especialmente a los jóvenes, y moverlos, a favor o en contra, pero detonar en ellos un estímulo creativo y una reflexión intelectual sobre las posibilidades de su propia producción artística. Tenemos un compromiso con proyectos y obras que tienen un claro concepto pero que se resuelven formalmente. Nos gustan las ideas complejas pero valoramos a los artistas que han sabido lograr la presentación sencilla, congruente y económica de una concepción lúcida e inteligente. Creemos en ese arte. 

MO: Además la galería juega un papel interesante como centro de relaciones sociales alrededor de intereses compartidos, es un espacio de relaciones inmediatas e íntimas pues todo sucede en un cuadro de 9 m2. ¿Cómo ha influido esta condición en su desarrollo?

MSC: Más que una limitación son un incentivo, un estímulo para la depuración de las ideas. Los espacios pequeños son, en algunos casos, más complejos de llenar que los grandes. Es necesario tener una idea muy clara y bien determinada para no caer en lo decorativo o en lo barroco, y para no perderse en lo insustancial. Sin duda es un ejercicio creativo complejo e interesante. En febrero de 2016 decidimos expandir Lulu y abrir un segundo espacio, casi idéntico al primero. En la misma casa, pero esta vez es un local comercial que da a la calle. No buscábamos ser más grandes, simplemente ofrecer más posibilidades a los artistas y contemplar proyectos simultáneos. Además, un espacio como el nuestro no es un fenómeno aislado, va de la mano de otras iniciativas que han surgido simultáneamente en la ciudad como Bikini Wax, Lodos, Cráter Invertido, entre muchos otros. Hay efervescencia en la escena artística local. Un sitio te lleva al otro y, a través de estos espacios, uno puede entrar en contacto directo con las autores detrás de los proyectos y las obras. Sin duda, estos espacios son el fenómeno artístico más vital e interesante en la Ciudad de México que se transforma y va ganando visibilidad.

 

María Olivera
Estudiante de literatura.