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En esta conversación sobre El corazón es un resorte. Metáforas y otras herramientas para mejorar nuestra educación (Taurus) Pablo Boullosa cuestiona qué tanto se está aplanando nuestra existencia y qué tanto estamos abdicando del “reino insatisfecho de nuestra inteligencia” en la época de las pantallas planas y los teléfonos inteligentes; y aboga por una buena educación y por el uso de herramientas que nos permiten moldear el mundo y ampliar nuestras posibilidades.


Alejandro García Abreu: En “Fragmentos seleccionados de Plutarco” se encuentra la esencia de El corazón es un resorte: “El punto capital, primero, central y último, es una buena educación”. Propones que las herramientas más importantes son “recursos de nuestro inventario lingüístico, imaginativo y emocional”. ¿Cómo enfrentas la dificultad de vincular los tres recursos para lograr “una buena educación”?

Pablo Boullosa: Esos recursos de nuestro inventario lingüístico, imaginativo y emocional están vinculados en la lengua y en su realización máxima, que conocemos como literatura. Pero el libro no pretende agotarlos ni mucho menos; de hecho, en la primera parte analizo tres de esos recursos o herramientas: las metáforas, las historias y el diálogo interior. Y no todo acerca de estos temas; de las metáforas me interesa, sobre todo, el papel central que juegan en esa operación esencial de nuestra mente que es la comprensión. De las historias me interesa, sobre todo, la capacidad que tienen para cambiar y mejorar nuestros sentimientos, y del diálogo interior, elemento central de eso que vagamente llamamos conciencia, me interesa sobre todo su potencial para mejorar nuestra fuerza de voluntad. Todo ello, y mucho más, se encuentra en esa caja de herramientas que es nuestra lengua materna (no me refiero desde luego al español, sino a cualquier lengua materna). Ahora, en cuanto a lo de una “buena educación”, dicho así, como tú lo dices, entre comillas, creo que hay algo ya indiscutible: la destreza en el manejo de la lengua y la lectoescritura es fundamental. Las pruebas PISA, reconocidas mundialmente, ponen énfasis en ello. Lo curioso, como digo en alguna página, es que por vía de una organización internacional como la OCDE, que promueve el desarrollo económico, estemos volviendo a los mismos principios que ya estaban en la educación clásica: las artes verbales y las artes cuantitativas.

AGA: Recapitulas: “Si la escritura alfabética era ya, desde la Grecia clásica, un riesgo para nuestra capacidad de memorización, la imprenta hizo que este riesgo fuese todavía más grande. La memoria humana fue exportada al papel, almacenada en libros y bibliotecas, y distribuida por todas partes. En nuestros días una parte muy importante de nuestras memorias ha sido exportada a medios electrónicos; nuestra información está cada vez más ‘en la nube’, respaldada por servidores y discos duros cuya localización ignoramos”. ¿De qué manera relacionas esta recapitulación con la arraigada idea de la desaparición del libro impreso?

PB: Bueno, arraigada o no, la idea de la desaparición del libro impreso no está cumpliéndose como lo amenazaban sus peores vaticinadores. Algunos creían que para estas fechas el libro impreso prácticamente habría desaparecido; pero de hecho, en los últimos dos o tres años, las ventas que se han estancado son las de los libros electrónicos. Creo que ambos formatos van a convivir durante mucho, mucho tiempo, pues cada uno posee sus propias y obvias ventajas. Me gustaría añadir tres cosas: hay muchos estudios que muestran que, desde el punto de visto cognitivo, es mejor leer libros en papel que en formato digital. Recordamos mejor lo que leemos en papel que lo que leemos en pantalla. Segundo: lo más nuevo no es siempre lo mejor y ni siquiera lo más moderno. La tercera cosa tiene que ver con esta misma idea, que no voy ahora a definir muy bien, de la modernidad. Pues lo que realmente debe preocuparnos no es la desaparición del libro en papel sino que la mentalidad libresca, piedra de toque de la modernidad, esté perdiendo su preponderancia social. Me refiero a esa mentalidad que sólo puede construirse con la ayuda y la presencia constante de los libros, y que ha permitido la realización de enormes proyectos intelectuales de importancia capital. Proyectos que han necesitado de atención deliberada y concentrada y de un esfuerzo mental acumulativo que sin ciertas herramientas sería imposible. A un famoso periodista norteamericano, Walter Lippman, le preguntaron una vez qué pensaba sobre cierto asunto de actualidad y él respondió que no sabía lo que pensaba porque todavía no había escrito acerca de ello. Es decir, la lectoescritura nos permite ordenar, estructurar nuestro pensamiento y darle claridad y profundidad. Por eso que los mejores momentos de nuestra civilización, desde hace siglos, están asociados a la ambición intelectual hecha posible por el papel, el lápiz, la tinta y la lectura de libros, una conjunción de herramientas físicas y simbólicas de las que nos hemos beneficiado muchísimo.

AGA: “En todas las naciones civilizadas, la lengua materna ha evolucionado hasta producir algo llamado literatura, que es la mejor expresión de dicha lengua. Sin embargo, la importancia que se le presta hoy en las escuelas a la materia de literatura no suele ser muy alta. Más bien es casi nula”, dices. El panorama es grisáceo, casi negro.

PB: No soy tan pesimista, como sabes, aunque creo que el pesimismo cumple también una función importante (dicho sea con optimismo). Esa misión, como la encontramos por ejemplo en las distopías de Orwell o de Huxley, es la misma que al interior de los muros de Troya trató de cumplir Casandra: advertir de los peligros para que no se cumplan. Lo que digo es que no deberíamos conformarnos con tener un conocimiento, una expectativa y un dominio mediocres de esa caja de herramientas que, insisto, es la lengua materna. En otras palabras, sé perfectamente que cualquier obra de arte es inútil en un primer nivel, pero el conocimiento de las mejores realizaciones de nuestra lengua, y por lo tanto de sus mejores potencias, se revela como algo mucho más importante en un segundo nivel, desgraciadamente menos visible que el primero. Los fenómenos más importantes de nuestra educación vital rebasan por mucho lo que ocurre en escuelas y universidades, y en última instancia su objetivo es permitirnos comprender y mejorar el mundo humano; una comprensión y una mejora que de antemano sabemos que nunca serán totales y absolutas, y que sin embargo se revelan, aun en sus limitaciones, como lo más esencialmente humano y práctico.

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AGA: Sugieres que hay esperanza: “El Aprendizaje a fondo puede ayudarnos en nuestra lucha contra la superficialidad, brazo derecho de la Ignorancia, en cuyo altar han muerto sacrificadas las potencias de innúmeros, demasiados individuos”. ¿En qué momento decidiste condensar y proponer las herramientas para mejorar la educación?

PB: Bueno, lo del aprendizaje a fondo es una idea, como señalo en el libro, de uno de los grandes filósofos de la educación llamado Kieran Egan. En cuanto al momento personal en que se echó a andar este libro te diría que por lo menos desde que hacemos La dichosa palabra, o sea quince años, he tenido que reflexionar más acerca de nuestra lengua. Pero la idea de escribir este libro es bastante más reciente y nace, en gran medida, de las lecturas que más me inspiraron, como las del propio Kieran Egan y las de José Antonio Marina, a quienes considero mis maestros. Pero la ganas de escribir vienen de las experiencias personales, tanto directas como vicarias, que son las que nos dan los libros. En estos días estoy leyendo los tres libros que el poeta Alberto Blanco dedicó a la poesía y el pasado, a la poesía y el presente y a la poesía y el futuro. Son muy estimulantes; página tras página me ofrecen ideas acerca de cómo continuar una reflexión, cómo unirla con otro asunto que no tiene nada que ver con la poesía, cómo averiguar si algo será cierto, etcétera. Todos los escritores nos hacemos en los libros de otros y de ellos, y de la experiencia personal directa, surgen los nuevos libros y, con suerte, las nuevas ideas y propuestas.

AGA: Afirmas: “La cultura escrita y tecnificada, nuestro progreso, de alguna manera sigue expulsándonos del Paraíso”. ¿Cómo planteas la recuperación del Ars memoriae?

PB: Esto tiene que ver con otro tema que no trato en El corazón es un resorte más que de pasadita. No podemos educar demoliendo el pasado, ni de manera directa, digamos, expulsando el pasado del currículo, ni de una manera instrumental, es decir, olvidando las ventajas que tenían las culturas orales sobre las escritas, o las que tienen las culturas escritas sobre las digitales. Te propongo una reflexión sencilla: ¿cuántos versos conoce un alumno al terminar la secundaria o la preparatoria? ¿Cuántos versos puede decir de memoria, es decir, de cuántos versos se ha apropiado íntimamente? Casi con seguridad de ningunos o de muy pocos, pese a haberse sentado miles de horas a tomar clases de lengua y literatura. Sin embargo, es posible que tenga una vaga idea de que Mariano Azuela es uno de los escritores de la novela de la Revolución mexicana, o de que García Márquez y Vargas Llosa participaron en el Boom. Esas clases de literatura que se tratan de clasificar escritores que no se han leído se vuelven ejercicios de memoria poco inteligente. En cambio, no sé bien por qué, creo que memorizar algunos buenos versos nos hace bien. Entre paréntesis, tus preguntas son muy buenas pero me están llevando a terrenos donde me siento poco seguro, precisamente porque no los he meditado lo suficiente y no he escrito acerca de ellos.

AGA: En el capítulo “Por una inteligencia no pesimista” recuerdas que la palabra pesimismo fue acuñada por Voltaire. Posteriormente comienza una reivindicación de la felicidad en la que te “invade la alegría”. ¿Cómo es el proceso por el que se pasa de un estadio al otro?

PB: Esa ya es pregunta para un terapeuta, ¿no crees? Hay algo sin duda irracional e inexplicable en los impulsos de unos hacia la depresión o hacia la alegría. Lo que puedo decirte es que es difícil hablar de las emociones con precisión y con conocimiento de causa; pesimismo y tristeza no son lo mismo. Tampoco el placer y la felicidad, que hoy se confunden tanto. Pero esto no quiere decir que tampoco podamos decir nada. Hay en los proyectos realizados una fertilidad, es decir, una felicidad, que en cierto sentido contradice incluso a la más pesimista de las obras de arte bien logradas; uno puede sospechar que en esos proyectos el artista, por más que hable de su depresión o de la melancolía, encontró en su momento muy buenas razones para continuar luchando, para perseguir la belleza y dejarse invadir por una fuerza alegre.

AGA: Oralidad, lectura y escritura, libros, Internet. “Idealmente, estas herramientas deberían superponerse, en el mismo orden, en la educación de los individuos”, aseveras.

PB: Sí. Hay estudios hechos en otros países que muestran claramente que la cantidad, la variedad y la calidad de las palabras que escuchan los bebés de sus padres a la larga influyen de forma muy importante en el desempeño que tendrán en la lectura y en la escritura. Es decir, que un entrenamiento verbal, que comienza incluso desde que los bebés están por nacer, es muy importante para esas habilidades fundamentales de lectura y escritura que mide la prueba PISA. Y hay muchísimos padres y muchos investigadores preocupados por lo que el Internet puede hacerle a nuestras mentes, en especial a aquellas que no han madurado en la lectura y la escritura. Los niños pequeños que se quedan pegados durante horas y horas a pantallas digitales pierden un poco hasta la tridimensionalidad del espacio físico; México estaría mejor si hiciéramos más ejercicio y pasáramos menos tiempo en Facebook. Hasta las estadísticas de salud apuntan en la misma dirección. Una y otra vez podemos comprobar que las herramientas, aún las más positivas, y también las herramientas digitales, son siempre una oportunidad pero también un riesgo. El chiste está en aprovechar sus potencias y en disminuir sus peligros, pero eso sólo puede hacerse si somos conscientes de ambos.

AGA: El entramado de ciencia y literatura es formidable. De Elkhonon Goldberg a Ezra Pound, de Richard Feynman a José Emilio Pacheco, por ejemplo. ¿Cómo distingues la admiración que provocan unos y otros?

PB: Para mí lo extraño más bien es la separación un tanto cuanto superficial que hacemos entre lo cultural o lo artístico, por un lado, y lo científico, por otro. Desde muy niño tuve interés por la ciencia y creo que todos deberíamos mostrar mayor respeto por el trabajo científico; es lo mínimo que podemos hacer pues la vida tal y como la hacemos hoy en día sería imposible sin las grandes realizaciones de la ciencia y la tecnología. Hay pensadores y no tan pensadores posmodernos que tienen un gran desprecio por las verdades científicas y las califican tan sólo como verdades relativas, occidentales, eurocentristas o qué se yo. Pero luego encuentras que se suben a un avión y mandan correos electrónicos con la confianza de que el armatoste levantará el vuelo y de que los correos llegarán a su destino, es decir, que a la hora de la verdad confían plenamente en las verdades científicas y no las encuentran tan relativas. ¿Se subirían al avión si sólo tuvieran un 99% de confianza en que no se caerá del aire? Eso significaría que de cien vuelos uno terminaría en tragedia; por tanto, sin importar qué tanto vivan en el relativismo intelectual, confían en la verdad científica. Pero este es otro tema. En cualquier caso, volviendo a tu pregunta, una de las razones por las que nos gustan el arte o la literatura es por la admiración que despiertan en nosotros; por muy diferentes que sean las realizaciones artísticas de las científicas, el sentimiento de admiración es el mismo. Y también podemos decir que el impulso primero con el que arrancan los proyectos científicos es el mismo con el que arrancan los proyectos artísticos: una mezcla de curiosidad, asombro, ambición y deseos de conocer, de ver si es posible, de intentar lo que no se ha intentado y de aumentar la humanidad del mundo. Luego encuentras multitud de ejemplos en que el arte y la ciencia son aprovechados por científicos y artistas. Se ha dicho que el genio de Freud consistió en ver más lejos gracias a que no sólo era un psicólogo sino que estaba dotado de un gran conocimiento de los mitos y se interesaba enormemente por la cultura. Antonio Alatorre, el gran estudioso del Siglo de Oro y de Sor Juana, leía mes a mes el Scientific American. En La llama doble y otros libros de Octavio Paz puedes comprobar el interés que tenía el poeta por la ciencia. Los ejemplos pueden multiplicarse de uno y otro lado. Richard Feynman, el científico, fue también uno de los grandes narradores orales del siglo XX. Toma los casos de escritores como el médico mexicano Francisco González Crussi o el físico Robert H. March. Ahora mismo también estoy leyendo un libro de un neurocientífico cognitivo y neuroantropólogo llamado Merlin Donald, que habla sobre la evolución de la conciencia desde los mamíferos hasta nosotros y su libro comienza con un buen poema escrito por él mismo. En fin. El arte y la ciencia son expresiones de la misma naturaleza humana y, pese a sus diferencias, responden a impulsos semejantes de ampliación de nuestras posibilidades.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.