Historia de los hombres lobo (Sexto Piso) de Jorge Fondebrider es el relato cronológico de la historia de la licantropía en Occidente.Presentamos un extracto de este libro que reúne mitos, leyendas y textos filosóficos, religiosos, literarios, científicos, antropológicos, legales y periodísticos, recopilados a lo largo de mucho tiempo.

lobo


No puede trazarse con exactitud una historia antigua de los llamados “niños salvajes”. Podría decirse que siempre existieron y que constantemente despertaron la curiosidad y el interés de sus contemporáneos. Hoy en día, tiende a pensarse que muchos de ellos fueron efectivamente abandonados por sus familias por algún defecto físico o porque padecían alguna patología poco conocida, de la cual ahora existen diagnósticos o caracterizaciones precisas; por ejemplo, el autismo.

En Occidente se los ha catalogado según sus particularidades, aludiendo a diferentes especies animales con las que se los ha identificado. Carl Linneo, en la decimosegunda edición de su Systema naturae (1766), plantea una clasificación —hoy estrafalaria— que los contiene. Según ésta, existirían dos subgéneros correspondientes al género Homo: el Homo nocturnus y el Homo diurnus. Al primero, pertenecen los chimpancés, los orangutanes y otros simios semifantásticos —a los que también denomina “trogloditas”—, supuestamente avistados por exploradores en África y en Asia. El segundo subgénero comprende tres especies: el Homo sapiens, el Homo monstrosus —que incluye a una gama de personajes por ese entonces suje tos a debate en razón de las que se consideraban sus anomalías (entre otros, los gigantes de la Patagonia, los hotentotes, etc.)— y el Homo ferus.Este último comprende, justamente, a los llamados “niños salvajes”, quienes, según el sabio sueco, presentan rasgos bestiales tales como la mudez, la locomoción cuadrúpeda y la vellosidad. Se los divide en niños oso, niños cordero, niños ternero y, fundamentalmente, niños lobo.

El registro moderno de niños salvajes empieza a ser exhaustivo sólo a partir del siglo XIV. Los primeros casos, curiosamente, tienen como escenario privilegiado la futura Alemania; luego, Francia y, finalmente, casi todo el planeta.

En 1341, en los bosques de Hesse, los monjes hallaron a un niño de unos siete años —otras versiones consignan que tenía alrededor de doce— quien, aparentemente, habría sido criado por lobos. Por los textos de Joachim Camerarius (1500- 1574) y Matthaeus Dresserus (1536-1607), se sabe que no podía mantenerse erguido y que se desplazaba en cuatro patas. No se conservan muchos otros datos ya que, poco después de su captura, murió.

En 1344, cerca de Echzel, en el bosque de Hardt, en Baviera, fue encontrado otro niño, algo mayor y también mudo, quien, según Camerarius, gozaba de la estima de los lobos, quienes lo alimentaban con los mejores bocados de las presas que obtenían. A tal punto llegaba la preocupación de las bestias por el niño que durante las noches cavaban un pozo donde el muchachito se refugiaba, cubierto por hojas. Luego de su captura, al llamado niño lobo de Wettereau se lo bautizó Heinrich. Dicen que sobrevivió hasta la edad de ochenta años.

En las Ardenas, Francia, alrededor del año 1500, fue encontrado otro niño lobo. De acuerdo con la escueta noticia proporcionada por Alexander Ross en el siglo XVII, el muchachito no podía ni hablar ni caminar erguido y sólo se alimentaba con carne cruda hasta que fue educado y, aparentemente, terminó integrándose a la comunidad.

Dos siglos después, en las inmediaciones del bosque de Hertswold, cercano a Hamelin (norte de la actual Alemania), en 1725 fue hallado un muchacho de unos doce años, que caminaba en cuatro patas y se alimentaba de pasto y hojas. Luego de su captura, se lo bautizó Peter y se lo encerró en Celle, desde donde fue posteriormente llevado a Herrenhäusen, asiento de la corte de George, rey de Inglaterra, también duque de Hanover. Allí fue exhibido por un tiempo, al cabo del cual nuevamente logró escapar al bosque. Recapturado, fue conducido en la primavera de 1726 a Londres, causando verdadera sensación. La princesa Caroline, acaso divertida por la falta de maneras de Peter, le pidió a su padre autorización para llevarlo a su residencia en el West End. La princesa hizo que se le confeccionara un traje verde y rojo a medida, pero no logró convencerlo de que no durmiese en el suelo. Con todo, se logró que aprendiera a hacer reverencias y a besar las manos de las damas. Para entonces, Peter ya había sido entregado al Dr. John Arbuthnot, quien, se suponía, debía enseñarle a hablar. Médico personal de la reina y amigo de Alexander Pope y de Jonathan Swift, Arbuthnot fracasó en el intento. Swift, de hecho, acaso por su amistad con el médico, tuvo la oportunidad de ver al muchacho y, aunque, según dicen, le sirvió de inspiración para los monstruosos yahoos de su famosa novela Los viajes de Gulliver,comentó más tarde que Peter de Hanover —como se lo conocía— no le había causado impresión alguna.1 Mientras tanto, los esfuerzos por enseñarle a hablar no cesaban. En 1728, luego de que los frustrados intentos de los mejores maestros de Inglaterra apenas hubieran servido para enseñarle a pronunciar su nombre, se decidió otorgarle una pensión anual y recluirlo en una granja cercana a Northchurch, en Hertfordshire. Allí aprendió algunas rudimentarias tareas de campo y se aficionó al gin. En varias ocasiones se perdió y fue arrestado, confundido con criminales o elementos subversivos, por lo que se le puso un collar de cuero con su nombre y la recomendación de que, de hallarlo, fuera devuelto a un tal Mr. Fenn, en Berkhamsted. Peter de Hano- ver vivió desde entonces una existencia tranquila, conservando una rara habilidad para predecir el estado del tiempo. Murió en 1785, cuando rondaba los setenta años.

Radicalmente distinta es la historia de “la niña salvaje de Champagne”. En 1731, en un jardín de Songi, en los alrededores de Châlons-sur-Marne, Francia, fue encontrada una muchacha de piel oscura, en el momento en que se robaba unas manzanas, descalza y apenas vestida con harapos y pieles. Llevaba consigo un mazo, que usó en su defensa cuando la gente del pueblo lanzó contra ella un perro, al que mató de un golpe certero. La jovencita se dio a la fuga, trepándose a un árbol y saltando de rama en rama hasta alcanzar un bosque vecino. Alertado por la gente, M. d’Épinay, el noble del lugar, ordenó su captura, que finalmente se produjo cuando una mujer del pueblo le ofreció agua y anguilas para tentarla a que descendiera del árbol donde estaba encaramada. La muchacha fue internada en la propiedad de M. d’Épinay. Al ofrecérsele comida, demostró una singular voracidad por la carne y un gusto especial por la sangre. Una y otra vez descabezaba conejos y pollos, a los que luego de quitarles pellejo y plumas se comía crudos ante el espanto de todos. La joven fue bañada y examinada en detalle. Al cabo de varios baños, se descubrió que era blanca. Tenía dedos pulgares extremadamente largos y llevaba las uñas largas y filosas, que posteriormente le fueron cortadas. Varias veces escapó y varias veces fue recapturada. Finalmente, gracias a la cooperación del obispo de Châlons y del intendente de Champagne fue bautizada Marie-Angélique Memmie LeBlanc. El cambio de dieta y la obligatoriedad de llevar una vida sedentaria hicieron que se le cayeran los dientes y que su salud se deteriorase seriamente. Internada en el Hospital de Châlons, las monjas comenzaron un proceso de “rehumanización”, que incluyó la enseñanza del francés y de los dogmas católicos. Cuando alcanzó fluidez en el habla, pudo relatar lo que recordaba de su pasado: aparentemente había estado recorriendo el campo con otra muchacha salvaje, con quien compartía el hábito de comer pescado, ranas y conejos crudos; ambas se comunicaban con gruñidos y gestos, pero, al cabo de una disputa, había herido a su compañera con el mazo; poco después, fue descubierta robando las manzanas. Rápidamente, la fama de Marie-Angélique trascendió las fronteras francesas. En 1737, la reina de Polonia fue a visitarla y la recomendó a su hija, la reina de Francia. Para entonces, la muchacha estaba bajo la protección del duque de Orleans, quien en 1744 la llevó a un convento de París. Ocho años después, con la muerte de su benefactor, tuvo que mudarse a casas de pensión, donde comenzó una vida progresivamente solitaria. A pesar de haber sido motivo de extrema curiosidad, al punto de ser objeto de numerosos artículos y libros, murió en la pobreza, olvidada por todos, alrededor de los cincuenta años.

De 1784 datan las primeras noticias sobre el “muchacho lobo de Kronstadt”, lugar donde se lo trasladó, luego de su hallazgo en Siebenbürgen-Wallachischen, en las proximidades de la frontera rumana. Los testimonios señalan que tenía algo más de veinte años, ojos hundidos y feroces, la frente fugaz y el cabello color ceniza, corto y áspero. Poseía unas cejas espesas y marrones, y nariz chata y pequeña. Tanto el cuello como la tráquea parecían hinchados, y mantenía permanentemente la boca semiabierta. La piel de su rostro era amarillenta y sucia. Tenía mucho vello en el pecho y en la espalda, miembros musculosos y manos callosas. Llevaba las uñas muy largas y los dedos de los pies parecían más largos de lo común. Caminaba erguido, pero encorvado, con la cabeza siempre hacia adelante. No hablaba, pero sabía aullar. Resultaba absolutamente inexpresivo, salvo cuando veía a mujeres. Entonces, realizaba gestos inequívocos sobre el tipo de deseo que le inspiraban, prorrumpiendo además en gritos de alegría.

Algunos de los casos hasta aquí presentados —como los de Peter de Hanover y Marie-Angélique Memmie LeBlanc— fueron estudiados en su tiempo; sin embargo, ningún otro fue tan bien documentado como el de Victor, “el niño salvaje de Aveyron”.

Avistado por primera vez en 1797 en los bosques cercanos a Lacaune, Victor —según se lo bautizó— fue capturado y exhibido en la plaza del pueblo, logrando huir algo después. En 1798 tres cazadores se toparon con él en el bosque y, luego de atraparlo, se lo encomendaron a una mujer de Lacaune, quien lo alimentó y vistió. Victor aguardó la primera oportunidad para escapar nuevamente a los bosques y, a partir de entonces, volvió a presentarse numerosas veces en las granjas, mendigando comida, hasta que en el invierno de 1800, casi completamente desnudo, fue capturado por un tal Vidal, propietario del campo donde se hallaba robando papas completamente desnudo. La noticia de la captura de un jovencito que se comportaba como un animal, que sólo se comunicaba con gruñidos y chillidos, que se negaba a vestirse, que dormía enroscado en el piso y que defecaba allí donde estuviera sin la menor sombra de pudor, llegó más allá de las fronteras del pueblo. Enterado de los hechos, Lucien Bonaparte, hermano de Napoleón y a la sazón ministro del Interior, a través de la recientemente fundada Sociedad de Observadores del Hombre —institución en la que participaban eminentes doctores, científicos y filósofos—, decidió tomar cartas en el asunto. Sin embargo, antes de su traslado a París, las autoridades locales solicitaron que Victor fuera examinado en primer término por el abad Pierre-Joseph Bonnaterre, que era profesor de historia natural. Éste llevó a cabo una serie de experiencias y observaciones que lo llevaron a concluir que el jovencito solamente estaba interesado en comer y dormir. Por lo demás, sólo mostraba algún tipo de emoción cuando se lo sacaba al aire libre, circunstancia en la que indefectiblemente buscaba escaparse, para concluir en una serie de espasmos y convulsiones. Bonnaterre advirtió que Victor no establecía relaciones entre su mente y su cuerpo, y que carecía de discernimiento, imaginación o memoria; que no fijaba la atención en los objetos, que producía de manera permanente sonidos inarticulados sin propósito alguno y que, de no ser por su rostro humano, no podría distinguírselo de un simio. En París, las opiniones no variaron. Luego de una internación de siete meses en el Instituto Nacional de Sordomudos, el Dr. Phi- lippe Pinel, la máxima autoridad de la época en enfermedades mentales, juzgó que se trataba de un idiota con retardo mental y que no valía la pena intentar rehabilitarlo, recomendando que todo el episodio fuera olvidado cuanto antes. Contra lo que podía esperarse, el Dr. Jean Itard, un joven médico del Instituto, consideró injusto el veredicto de Pinel, arguyendo que, si ése hubiera sido el caso, no habría explicación de la supervivencia de Victor en los bosques por tantos años. Itard creyó que la base del problema de Victor era su incapacidad de hablar y, a partir de esa certeza, dedicó cinco años completos a tratar de revertir esa situación. La historia del muchacho, la discusión del juicio de Pinel, los objetivos que lo guiaban a enfrentar tal punto de vista, el tratamiento y los posteriores progresos del jovencito fueron escrupulosamente anotados por Itard en su Mémoir sur les Premiers Développements de Victor de l’Aveyron, de 1801:

Guiado más por el espíritu de la doctrina [de los especialistas británicos Willis y los Crichton] que por sus preceptos, que no se podían adaptar a este caso imprevisto, he reducido a cinco puntos principales el tratamiento moral o la educación del Salvaje de V. l’Aveyron.

Primer punto: Vincularlo a la vida social, haciéndosela más fácil que la que llevaba hasta ahora y, sobre todo, más análoga a la vida que acaba de abandonar.

Segundo punto: Despertarle la sensibilidad nerviosa mediante los estimulantes más enérgicos y, de vez en cuando, por los afectos vivos del alma.

Tercer punto: Extender la esfera de sus ideas, proporcionándole nuevas necesidades y multiplicando sus relaciones con los seres que lo rodean.

Cuarto punto: Conducirlo al empleo de la palabra, determinando el ejercicio de la imitación por la ley imperiosa de la necesidad.

Quinto punto: Ejercer durante algún tiempo sobre los objetos de sus necesidades físicas las operaciones más sencillas del espíritu, determinando luego la aplicación sobre objetos de instrucción.2

A pesar de los buenos propósitos del Dr. Itard, los progresos de Victor no fueron completamente los esperados. Nunca logró dominar plenamente el habla, aunque sí pudo establecer vínculos sencillos con su entorno, consiguiendo demostrar claras señales de interés, afecto, gratitud y remordimiento. Aprendió a dormir sobre camas, a vestirse, a comer en la mesa y a dejarse bañar. Nunca logró controlar del todo sus esfínteres ni sintió verdadero pudor ante tal circunstancia. Su caso, con todo, sirvió para plantear no pocos debates filosóficos, al punto de que escritores y, en nuestros días, directores cinematográficos, se ocuparon de él.3

Sin tanta documentación, importa aquí mencionar la historia de “la niña lobo de Devil’s River”. La misma comienza en mayo de 1835, cuando el trampero John Dent y su esposa Mollie estaban en la región del Beaver Lake, en Texas, en fecha muy próxima al nacimiento de la que sería su única hija. Aparentemente el parto no se presentaba bien y Dent fue a buscar ayuda a un rancho que administraban unos mexicanos en el Pecos Canyon. Sin embargo, nunca llegó: en el camino, fue alcanzado por un rayo que lo mató. Mollie dio a luz sola y murió durante el parto. Más tarde fue hallada sin la criatura. A su alrededor había huellas de lobos. Diez años después, siempre cerca de la frontera con México, un muchacho vio a una niña acompañada por una jauría de lobos atacando una majada de cabras. Un año más tarde, la misma niña fue vista junto a dos lobos devorando a una cabra que acababan de matar. Cuando la pequeña advirtió que no estaba sola, huyó corriendo en cuatro patas. Advertida, la gente del lugar la persiguió y, al cabo de tres días, la capturaron y encerraron en el rancho de los mexicanos. Sus aullidos fueron contestados por los lobos, y éstos comenzaron a atacar los corrales, circunstancia que aprovechó la muchacha para huir en medio de la gran confusión. En 1852 fue vuelta a ver por última vez. Nunca más se supo de ella.

Para concluir, todo indica que el país con mayor tradición de niños lobo es la India. Allí, entre 1841 y 1973, se registraron no menos de dieciocho casos, algunos de los cuales tuvieron enorme trascendencia internacional, como el de las jovencitas Amala y Kamala, descubiertas en Midnapore en 1920. Tal circunstancia, que desde temprano sorprendió a los británicos, justifica entonces el importante volumen existente de literatura sobre el tema, llegándose incluso a expresiones literarias de valor insospechado como la historia de Mowgli, el niño abandonado en la selva y criado por los lobos que protagoniza El libro de la Selva, de Rudyard Kipling.

 

Jorge Fondebrider
Poeta, ensayista y traductor. Ha vertido al español la obra de Flaubert, Apollinaire o Perec, y recibió la Orden de las Palmas Académicas por sus servicios prestados a la cultura francesa.


1 De hecho, Swift publicó su obra en 1726; vale decir, el mismo año en que, aparentemente, habría conocido a Peter.

2 Malson, Lucien. Les enfants sauvages. Mythe et réalité. Suivi de Mémoire et rapport sur Victor de l’Aveyron par Jean Itard, París, Editions France Loisir, 1981.

3 Cf. L’enfant sauvage, film de François Truffaut estrenado en 1969.