En medio del barrio de La Merced se desarrolla un proyecto que busca cuestionar los modos de producir y compartir el arte.

En el número 25 de la calle Topacio dentro de La Merced, a la vuelta de comercios que venden productos de limpieza y utensilios de cocina, se encuentra ATEA, un espacio independiente que pone en jaque lo que tradicionalmente se ha entendido como una “galería de arte”. No tiene un gran anuncio de entrada, yace discreto en medio del ruido de los comercios y el caminar de los pasantes. La reja principal está abierta, el acceso es libre para el curioso que deambula por el barrio o el visitante que conoce de antemano su ubicación.

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Fotografías: Mónica Valdivia

Lo que comenzó por ahí del 2010 como un proyecto de jóvenes arquitectos y de otras disciplinas artísticas que se unieron en un colectivo, se ha ido transformando para responder a las distintas necesidades de sus integrantes, en un barrio tan particular de la Ciudad de México como es La Merced. Haciendo las veces de curadores, museógrafos, galeristas y gestores, el colectivo se enfrentó de forma experimental a los formatos expositivos del arte. Esto sucedió durante varios años, en los cuales ATEA fungía como una galería-taller que no representaba a artistas, sino que les ofrecía una plataforma de exhibición. Se trataba principalmente de artistas jóvenes emergentes tanto mexicanos como extranjeros, cuya propuesta artística fuera crítica respecto de las condiciones culturales del momento. Así, se presentó obra de Balam Bartolomé, Miguel Fernández Castro y Jessica de Boer, por mencionar algunos nombres. Más recientemente, ATEA ha abandonado el formato de galería para convertirse en un estudio-taller y seguir con la idea, que estuvo presente desde el origen del proyecto, de crear un espacio de producción (De hecho, ATEA representa las siglas de Arte, Taller/ Estudio/Arquitectura).

ATEA recibe al visitante con un amplio estacionamiento que se encuentra rodeado por murales, fruto del festival “Wall Dialogue II” que tuvo lugar del 20 al 22 de enero de 2017 y en el que artistas mexicanos e internacionales fueron invitados a intervenir los muros de La Merced. El edificio que fungió como bodega de tapabocas durante el brote de influenza en la CDMX, ahora acoge al estudio-taller en donde diversos artistas llevan a cabo los proyectos más variados. Trabajan artistas que hacen pintura, serigrafía, textiles, cerámica, carpintería, bicicletas y hasta huertos urbanos. En mi visita, pude ver el taller de Karla Díaz Merino, artista dedicada al diseño de objetos tallados en madera quien tiene, entre otras cosas, una línea de lámparas y macetas. ATEA es el taller y bodega de las creaciones de estos artistas y busca una colaboración amistosa entre los diferentes proyectos que ahí convergen; por ejemplo, al comprar una maceta de Karla Díaz, puedes adoptar una planta del huerto urbano gestionado por Siembra Merced ubicado en la azotea del edificio de ATEA. Ellos se definen como un “laboratorio de experimentación en ecotécnias” y ofrecen diferentes talleres al público como el de “Estrategias Nutricionales” que realizado el 12 de marzo.

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Después de que Jesús López, el iniciador de ATEA, me diera un recorrido por los estudios de los distintos artistas que colaboran en el espacio, platiqué con él en la atmósfera relajada del café Bagdag, ubicado en la Plaza La Aguilita, a unas cuadras del taller. En opinión de Jesús, arquitecto de formación, luego de la separación del colectivo inicial, el espacio necesitaba una redefinición de objetivos. Para Jesús “las galerías y los centros de exhibición, incluso algunos museos, están pasando por una crisis que no les permite moverse de lo tradicional”. Contra la idea de exhibición del “cubo blanco”, Jesús afirma que “una galería puede ser cualquier cosa, desde mi perspectiva el mismo estacionamiento [de ATEA] es una galería de muros abiertos”. Su propuesta comulga en varios aspectos con los formatos expositivos que existían en México ya desde la década de los 90 como La Panadería o La Quiñonera —laboratorios de creación y exhibición del arte contemporáneo mexicano que fungieron como espacios alternativos al circuito institucional—, aunque ATEA tiene sus particularidades.

Al no estar ubicado, en el circuito Roma-Condesa, como sucede con la gran mayoría de galerías, ATEA es un espacio que promueve una crítica y una acción frente a lo que Jesús llama una especie de “racismo urbano”: algunos lugares de la ciudad están segregados pues se asocian a ciertas clases sociales. La ubicación de ATEA en La Merced está fundada en la opinión de que este barrio es “un lugar rico, lleno de tradición, de vida, que es una representación del México moderno muy acertada, […] es un lugar con mucho valor, con mucho capital humano”. Para Jesús, el emplazamiento de ATEA no va forzosamente en el sentido de “quitarle el estigma de lugar peligroso, sino para que la gente reconozca que La Merced es un lugar de suma importancia, culturalmente muy fuerte”.

En ATEA los artistas ya no son individuos que crean aislados en sus estudios sino que lo hacen en comunidad, con otros artistas y con la compañía de los visitantes. El espacio ahora está enfocado a la exhibición de los procesos de creación: se trata de una dinámica más convival, en la que cada artista trabaja en su propio proyecto pero está abierto a que la gente se acerque y pregunte libremente sobre su labor. Como un ejemplo de la interacción más “horizontal” —es decir, no jerarquizada— que busca el proyecto entre público y artistas, cuando se terminaron los murales del estacionamiento ATEA hizo una fiesta a la que podía entrar cualquier persona y platicar con los artistas que los realizaron. Algo muy distinto a una inauguración formal que es típica de estos espacios.

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La fiesta derrumba las fronteras y jerarquías, en ATEA nos acercamos al arte con una cerveza en la mano. Para muestra, uno de los más recientes eventos del espacio: este 25 de marzo ATEA fue una de las sedes del Primer encuentro tecnofeminista “CyborGrrls” en el marco del cual se llevaron a cabo diversas actividades relacionadas al género y a los medios tecnológicos en distintos puntos de la ciudad. Jóvenes de distintas edades y profesiones, en su mayoría mujeres, se reunieron en la azotea del edificio. La actividad principal de la noche: “sextear”, usando vocabulario de la tecnología. Para participar, tuve que desconectar mi celular de la red de mi proveedor de telefonía para entrar en una red GSM (que permite enviar mensajes de texto y hacer llamadas), exclusiva del evento y totalmente segura; al conectarme, me asignaron un número telefónico para poder mensajear o llamar durante la fiesta. La dinámica fue muy divertida, el principal objetivo era jugar con el lenguaje, mezclando vocabulario sexual y tecnológico y así subvertir una actividad con connotaciones más bien negativas y que suele asociarse incluso con el acoso. Los mensajes eran proyectados en una pantalla, todo ello rodeado de la música de sintetizadores tocada en vivo por diferentes artistas internacionales. Los asistentes eran muy diversos. La chica que se encargó de la red GSM es una consultora de telecomunicaciones, software libre y seguridad digital. Había un poco de todo, desde los curiosos que, como yo, querían vivir la experiencia de un evento de arte actual más libre y descontracturado, hasta quienes asistieron con un interés muy específico; por ejemplo, una joven que estudia antropología de la salud y que le interesaban los temas de género.

Si bien ATEA está enfocada en la generación de productos culturales mexicanos también ha tenido resonancia internacional y es visitada por artistas extranjeros y turistas que se enteran del proyecto y quieren participar. A la hora de difundir sus actividades, que no están sujetas a una calendarización fija, los artistas de ATEA se valen de las redes sociales pero también de la difusión en el barrio por medio de carteles o volantes. Tienen asimismo un enlace con personajes importantes para la comunidad de La Merced, como es el caso de Raúl Mejía, dueño de la “Taquería El Pollo” en la Nave Mayor del mercado y director del Centro Cultural KerenTá Merced. El proyecto de Raúl busca que los niños que viven ahí, conozcan la historia de la Merced y tengan un sentimiento de pertenencia. Además ofrece ciclos de cine infantil, cuenta cuentos, talleres de poesía o reciclado.

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Su difusión hace que el público de ATEA sea bastante heterogéneo y abarque desde la gente interesada en el arte y que también frecuenta galerías tradicionales, pasando por los niños del barrio —cuando se ofrecen talleres— hasta “el personaje grafitero que se enteró de que había una pinta y vino a ver”, cuenta Jesús. El fundador de ATEA dice que es muy difícil medir el impacto del proyecto en la comunidad y apunta que son sobre todo los jóvenes del barrio quienes se acercan al espacio. Sin embargo, de acuerdo con Jesús, el impacto de ATEA en La Merced no ha sido tan extenso. El público puede variar tanto como el tipo de actividades que se ofrecen, como pude constatar al asistir al evento de “CyborGrrls”. Desde luego el proyecto tiene sus limitantes, al estar enmarcado en la compleja y exigente realidad social y cultural de México, todo esto dentro de un barrio estigmatizado. Pero en un contexto en el que gran parte de la población no tiene acceso a una educación básica de calidad, ya no digamos a una sensibilización artística, incluso los cambios en pequeña escala pueden ser significativos.

ATEA responde a un momento específico de “crisis en los formatos de exhibición”, que, por lo que cuenta Jesús, surge del exceso de parafernalia institucional que rodea a las obras de arte de un aura de sacralidad, alejándolas del grueso de la gente, y provocando que el proceso de creación de las mismas quede oculto. Jesús espera que eso cambie en un futuro, pues cuando piensa en el proyecto a largo plazo indica: “son crisis que también tienen que pasar porque si no, los modelos no se renuevan, y no sé qué vaya a pasar, la verdad es que si dentro de diez años nuestros proyectos siguen siendo los mismos, igual [querrá decir que] no se cambió nada, no sucedió nada”.

Todo aquel que quiera acercarse al arte que se está haciendo hoy en México desde una perspectiva que vaya más allá de “las grandes figuras de la cultura” debe acercarse a lugares como ATEA, que enriquecen la oferta cultural del país asumiendo parte de la responsabilidad de generar alternativas para que pueda cumplirse lo que Jesús describe: “la masa crítica que consume arte tiene el derecho decidir qué sí le gusta y qué no le gusta”.

 

Mónica Valdivia. Licenciada en literatura francesa por la UNAM