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Paul Veyne
Palmira. El tesoro irremplazable
Ariel, Barcelona
2016, 110 pp.


Poco antes de que el 2016 llegara a su fin, el mercado editorial (en este caso, de la mano de Ariel y con traducción de Carme Castells) nos regalaba un dulce con el que poder deleitarnos en fiestas tan señaladas. Paul Veyne, reputado especialista de la antigüedad romana —o grecorromana, como él gusta de precisar—, travestido para la ocasión de historiador activista, nos sacaba de nuestro irresponsable ensimismamiento y nos hacía algo menos ignorantes.

Palmira. El tesoro irremplazable, que ya ha sido traducida a varios idiomas y ostenta cifras de venta que lo acercan sigilosa pero imparablemente a la categoría de best-seller, encaja en ese conjunto de obras que, aunque dedicadas a la divulgación y dirigidas a un público general, no retacean ni en rigor ni en estilo. No obstante, para el lector ya conocedor de la obra previa, podría decirse que Palmira se acerca más al anecdótico Sexo y poder en Roma que al erudito y mastodóntico El imperio grecoromano. Y para la causa tanto da, si no es que tanto mejor.

Efectivamente, en un momento en el que Palmira está siendo (o lo ha sido hasta apenas unos meses) devastada indolentemente, la urgencia apremiaba en otro sentido, direccionaba en otro orden de prioridades. Víctima, pues, de la barbarie terrorista, era esperable que el objetivo de Veyne estuviera dispuesto en traerla de nuevo a un primer plano y, de esta manera, poder dotarla de una mayor visibilidad en la agenda mediática. Se comprende así la posible finta, pues estaba en juego conservar lo poco que todavía restara de ella.

Por este y por otros motivos, es posible notar en esta puesta en escena la pugna, aparentemente irreconciliable para cualquier otra pluma no tan habilidosa como la suya, entre la paciencia del monje y la urgencia del panfletista. A pesar de la conjetura, y toda conjetura vale lo que vale, no es un dislate aventurar que en otro contexto, indefectiblemente más favorable y calmo, Veyne se hubiera enfrascado en la escritura de otro libro, en principio más dilatado —tal y como nos tiene acostumbrados— y seguramente con más merodeo y detalle. Pero como se anunciaba antes, tanto da y, probablemente, tanto mejor para la causa.

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Adentrémonos, pues, en la materia, en el convocante. La peculiaridad de la ciudad de Palmira, a diferencia de otros enclaves y ruinas similares —empieza por ilustrarnos Veyne— estriba en su inquietante apariencia, en su permanente mostrarse en curso de demolición. De un primer vistazo, cierto, nos topamos con una arquitectura de mínimos, armada con escueta piedra de sillería, y cuya osamenta se revelaría precisamente en su lógica transparente, en su estructura a la vista. Ya la comparaba Hölderlin con mucho tino, nada accidentalmente, con un “bosque de columnas”. Pues bien, esta singularidad, sin parangón por ejemplo con Pompeya o Éfeso, respondería a su naturaleza pero, sobre todo, a su historia.

De ahí en parte el plan y el trazado del libro, aunque la meta sea otra. Así también la estrechez de coordenadas. La elección temporal —del siglo I al III d.C— no era caprichosa, pues respondía y se circunscribía al periodo monumental que admiramos hoy en día. Aceptado lo cual, como el mismo Veyne no dejaba también de notar, con serenidad la cosa hubiera reclamado más tiempo. A saber, al menos del 539 a. C. al 636 d. C., es decir, desde la dominación persa hasta Bizancio. En Roma empero se truncará el viaje; en concreto, en la bisagra Zenobia-Aureliano, momento de esplendor y caída, de translatio imperii.

De modo que, desde la tenaza entre Persia y Roma, Veyne comienza por desmadejar los avatares de esa célebre urbe en medio del desierto, jalonada por dos frecuentadas aguas, el Mediterráneo y el Éufrates, e importante por su situación comercialmente estratégica. En suma, zona franca y caravanera, donde a la sazón era posible escuchar junto al arameo oriundo, el griego y el árabe. No es casual, por tanto, que Veyne ponga especial énfasis en la “mixtura cultural” de Palmira. Multiculturalismo, diríamos hoy nosotros, fruto de un pasado marcado por las múltiples y más variadas influencias (tómese nota del espectacular maridaje): “la vieja Mesopotamia, la antigua Siria aramea, Fenicia, un poco de Persia, algo más de Arabia, y sumándose a todo ello, la cultura griega y el marco político romano.”

Como ya se apuntaba antes, detrás de la historia —pretexto en este libro— despuntaba deliberadamente un objetivo: airear la confluencia relativamente tolerante entre culturas (politeísmo incluido). Y digo relativamente, porque tampoco se trataba de proyectar una imagen idílica del pasado, y menos del romano. Pero hay distinciones, diferencias, y quizás no esté de más tomarlas en cuenta. Por lo pronto y por ejemplo, a pesar del paralelismo extemporáneo entre Roma y el Estado islámico, como Veyne advierte, no es lo mismo saquear que destruir. O mejor dicho, no hay constancia de que Roma instituyera entre sus tropas la costumbre de destruir indiscriminadamente monumentos o templos paganos. No parece ser este el caso del EI, que no solo esquilma a los suyos bajo pretextos espurios, sino que arrasa allá por donde campa. Y para botón, véanse los restos del Templo de Bel.

Hay un aspecto, con todo, que Veyne pone de relieve y que podría ameritar una ulterior reflexión. El autor, en el ínterin de una expedita introducción, dejaba caer estas preguntas: “¿Por qué un grupo terrorista saquea los monumentos inofensivos de un lejano pasado (o los pone a la venta)? ¿Por qué destruir esta Palmira que fue declarada por la Unesco patrimonio mundial de la humanidad?” Y se respondía al poco del final:

Los islamistas querían manifestar que los musulmanes tienen una cultura distinta de la nuestra, una cultura propia […] Tienen la sensación de que no reconocemos su identidad y de quedarse aislados poco a poco en el vasto mundo. Pues la cultura occidental y sus costumbres se extienden por todo el mundo […] Sin embargo, a nuestro modo de ver, si les pasase algo malo a alguna de las admirables mezquitas de Damasco, de Estambul o de Adrianópolis, sería una pérdida para toda la humanidad.

Estas razones esgrimidas por Veyne, por cierto, son antagónicas a las expuestas por Zizeck en Islam y la modernidad:

El terror de los fundamentalistas islámicos no se basa en la convicción de los terroristas de su superioridad y su deseo de salvaguardar su identidad cultural y religiosa de la embestida de la civilización consumista. El problema con los fundamentalistas no es que los consideramos inferiores a nosotros, sino, más bien, que ellos mismos se consideran secretamente inferiores […] son ya como nosotros, secretamente, ya han interiorizado nuestros valores y se miden así mismos según esos valores.

Hay un punto que, según tengo para mí, no ha sido suficientemente apreciado. Y tiene que ver con esa destrucción masiva que, contraria al culto moderno por los monumentos (en expresión feliz de A. Riegl), habría maquinado una pérfida salvación. Me refiero, pues, a una observación en la que Veyne nos recuerda que, entre los pocos edificios todavía en pie, y por tanto indultados por el EI, se encuentran el teatro (si bien utilizado para filmar hollywoodiensemente ejecuciones) y el antiguo museo arqueológico (actualmente tribunal y prisión a un tiempo). Las preguntas se precipitan sin mayor dilación: ¿por qué decidieron perdonarlos? ¿se trata de una cruel ironía?

Al ver la ejecución filmada (y difundida urbi et orbi por la red) de veinticinco soldados sirios pertenecientes a la resistencia, el 4 de julio del 2015, tuve una doble sensación: la primera, de horror por la atrocidad presenciada; la segunda, más reposada, de estupor ante la profanación de un espacio secular: todo ello se había llevado a cabo en un teatro y en presencia de un nutrido público.

El 5 de mayo del 2016, prácticamente un año después, el teatro era nuevamente ocupado. No para ejecutar, sino para celebrar su “presunta” liberación. A este propósito, era invitada la prestigiosa orquesta sinfónica del Teatro Mariinsky. Hay dos cuestiones que, sin embargo, alimentan la suspicacia: la primera es que apareciera Putin de telonero; la segunda, tanto o más frustrante, que las gradas fueran ocupadas, en su mayoría, por militares.

Una vez más, Marx resulta autoridad en la materia. La historia, en efecto, parece repetirse, y repetirse mal: primero como tragedia y luego como farsa.

 

Fabio Vélez
Profesor en los departamentos de Lenguas y Derecho del ITAM.