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Simon Leys
Breviario de saberes inútiles. Ensayos sobre sabiduría en China y literatura occidental
Traducción del inglés de José Manuel Álvarez-Flórez y del francés de José Ramón Monreal
Acantilado
Barcelona, 2016
592 pp.


Ninguna novedad reporta el recordar que, desde hace tiempo, al hablar de los libros más relevantes de un año, los juicios suelen atenerse a las novelas, la prosa de circunstancias y hasta engendros peores, obviando de continuo los libros de ensayo, siendo que estos últimos, cuando extraordinarios, resultan ser manantiales auténticos de conocimiento aplicado. Tal es el caso de un libro editado el año pasado.

El fantástico Breviario de saberes inútiles, escrito por el personaje singular que respondió al nombre Pierre Ryckmans pero firmó sus libros como Simon Leys, demuestra, cuando hay una dosis de confianza —no se compra nunca un libro de ensayos sin cierta suspicacia—, que en el mundo autorreferencial de la literatura sobre literatura aún es posible encontrar aquella irradiación particular, eso que encarna y da nombre a lo que alguna vez llamamos sabiduría literaria.

Leys, nacido en Bruselas en 1935, estudió leyes e historia del arte en la Universidad Católica de Lovaina y pronto cayó presa de los embrujos de China, lo que lo llevó a matricularse en la Universidad de Taiwán y doctorarse con una tesis en 1960 sobre Shitao, un célebre paisajista chino de tiempos de la dinastía Qing (con el tiempo Leys destacaría como uno de los mayores sinólogos europeos, por lo que traduciría al inglés las Analectas de Confucio en una celebrada edición comentada y escribiría uno de las pocos libros en contra del régimen de Mao, anticipándose a la barbarie de la Revolución cultural: The Chairman’s New Clothes1).

Profesor durante un tiempo en las universidades de Singapur y de Hong Kong, vivió una vida modesta en una barriada de refugiados entre ratas y desagües al aire libre en Kowloon, donde sin embargo compartiría habitación con un calígrafo, un filólogo y un historiador: “el lugar era un caos absoluto; en cualquier otro sitio habría parecido un cuartucho deprimente, pero allí todo estaba redimido por la obra de mi amigo: una soberbia caligrafía colgada en la pared: Wu Yong Tang, Escuela de la inutilidad”. Tal experiencia lo haría comprender, entre los artesanos del oriente, que vivir y aprender es siempre lo mismo, por eso su Breviario desborda una extraña sabiduría: la utilidad de lo inútil, una descripción precisa del arte literario.

El libro consta de cinco partes desiguales en extensión —“Quijotismo”, “Literatura”, “China”, “El mar” y “La universidad”, que incluye menos con respecto a la edición en inglés— donde se exploran diversos tópicos con distinta intensidad. Los más fecundos son los que atañen a la literatura y a China, aunque sus consideraciones sobre el mar en la literatura francesa son sin duda uno de los momentos más bellos del libro.

Cuando escribe sobre literatura occidental participamos no sólo del sentido común de una sensibilidad hípercultivada que lee de con amenidad, audacia y erudición a clásicos como Balzac, Victor Hugo y Simenon, sino también de un conversador que pule los poderes de Joseph Conrad y ofrece una apreciación delicada sobre Evelyn Waugh.

En este apartado los ensayos más inteligentes y convocantes son los dedicados a Chesterton y a Orwell, figuras tutelares que son también los polos morales de Leys, un católico devoto y lúcido, pero es el texto titulado “Un imperio de fealdad” donde vuela más alto, defiende a la madre Teresa de la mezquindad y la vulgaridad panfletaria de Christopher Hitchens, a quien tundió en público y en privado con tino y elegancia, porque Leys, como sostuvo Ian Buruma, “nunca se ensaña con las personas incultas, demasiado ignorantes para saber lo que hacen. Sus mordaces y certeros dardos apuntan a sus colegas intelectuales, a menudo académicos” como en el caso de Roland Barthes, quien luego de su lectura, en los temas orientales que tocó de pasada en algunas ocasiones, queda retratado con justicia como un frívolo y un provinciano.

Todas sus páginas sobre literatura son una crítica moral de la más alta factura, ocioso sería citarlas, aunque algunas servirían, por ejemplo, para poner en su lugar a César Aira: “sin una base sólida desde la que impulsarse, la imaginación no puede remontar; la fantasía pierde fuelle en un vacío; el humor, el capricho y la incoherencia pronto se hacen tediosos si se desarrollan en un asilamiento arbitrario del mundo objetivo”.

Hay en sus ensayos transparencia e intuición, que ayudan a tender puentes entre Oriente y Occidente sin el peso de los formatos académicos, una actividad que él desarrolló desde 1970 hasta su muerte en 2014, tiempo en el que vivió y trabajo en Australia (su muerte, por cáncer, lo sorprendió como profesor de chino en la Universidad de Sidney).

Leys, amén de ser un artista que conjuga imaginación con sentido común, es una antena delicada donde se imbrican antitéticas matrices culturales que, por ser auténticamente sabias y estar muy bien asimiladas, dan una hermosa lección de humildad, una de las virtudes más escasas de la especie, sobre todo entre literatos.

Sabio, conoce el mundo en que se mueve, los oscuros apetitos, la verdad de sus miserias; por eso la lectura de sus palabras baña como agua viva: “en todos los campos de la actividad humana, el talento inspirado es una ofensa insoportable a la mediocridad. Si esto es cierto en el reino de la estética, en el de la ética lo es todavía más. La belleza moral parece exasperar más que la belleza artística a nuestra patética especie. La necesidad de rebajar a nuestro miserable nivel, de desfigurar, de ridiculizar y de desacreditar cualquier esplendor que se eleve por encima de nosotros, probablemente sea el impulso más deplorable de la naturaleza humana”.

 

Rafael Toriz
Escritor. Ha publicado: AnimaliaMetaficciones y Serenata, entre otros libros.


1“La Revolución Cultural no tenía nada de revolucionaria, salvo el nombre, y nada de cultural, salvo el pretexto inicial. Era una lucha de poder que se libraba en la cumbre entre un puñado de hombres y detrás de la cortina de humo de un ficticio movimiento de masas”, registraría en el libro escrito a manera de diario entre 1967 y 1969. Posteriomente publicaría Sombras chinas, escrito en Pekín durante su desempeño como parte del servicio diplomático belga.