La obra de Sergio Pitol está marcada por la indagación en los mecanismos de la memoria. Constantemente explora los significados de las reminiscencias y las alusiones, cuestiona la naturaleza de los recuerdos y la ficción, aborda la idea del olvido y considera que la remembranza es un arte. Los subrayados siguientes —ejercicios de relectura entreverados para celebrar su cumpleaños 84— constatan esas inquietudes.


memoria

• La infancia es una caja fuerte que, estimulada por la memoria, se transforma en caja de Pandora. Encapsulados, allí se encuentran todos los registros sensoriales del niño, los mayores miedos, los rencores, la incapacidad de entender la errática conducta de los mayores, su incongruencia. Estoy cada vez más rodeado de la infancia, inserto en ella; me asaltan las imágenes y las voces del pasado, los ecos de esas voces de repente me aturden, pero permito que me lleguen.

• El flujo atropellado de olvidos y recuerdos que es el tiempo anula la voluntad de fijar para siempre una sensación en la memoria.

• En cierta forma se trataría de una investigación sobre los mecanismos de la memoria: sus pliegues, sus trampas, sus sorpresas.

• Ahora, cincuenta y pocos años después, al pasear por las calles de esta ciudad voy encontrando algunas huellas de esa estadía, algunos jirones de memoria comienzan a activarse, pero otros se resisten a salir a flote.

• Anotó, anotó todo lo que la memoria le arrojaba sin preocuparle la calidad de materiales que ese aluvión incontenible le ofrecía, sabedor de que sobre algunas de esas anécdotas en apariencia triviales se edificaría el relato […].

• Seguiré las entradas del diario y las complementaré con la memoria hasta donde pueda lograrlo.

• Y fue en el aeropuerto de Bujara (mientras esperábamos el avión que debía llevarnos a Samarcanda y se hablaba del fuego y yo me angustiaba por haberlo olvidado) cuando comenzaron a surgir los viejos recuerdos que habían estado tratando de afluir desde la noche anterior […].

• Si mi recuerdo de la novela se confundía con la imagen de una reclusión total del escritor, su aislamiento, se debe en buena parte a que una de sus frases “se debe morir para la vida si se pretende ser cabalmente un creador” ha sido citada mil veces para ejemplificar la decisión del escritor a no comprometerse más que consigo mismo.

• Las conversaciones, los hechos, todo se aglutina en una especie de tiempo único que suma esos meses de diciembre de los varios años en que fue y dejó de ser un niño. Sobre todo porque desde hace mucho había dejado de pensar en esa época, la tiene enterrada en la memoria, casi podría decir que ahora la detesta, no obstante haber sido en otro tiempo esas vacaciones al trópico lo más semejante al paraíso que podía concebir.

• A diferencia de los sueños, o de los recuerdos que evocamos o que inesperadamente nos atacan, en estos retratos que la hipnosis me regala los detalles son muy precisos.

• Del día siguiente no recuerdo nada. En mi diario no hay más que unos cuantos renglones poco entendibles: “hay algo tenso en el ambiente”, o “nos han hecho un círculo de hielo”. “Enrique dice que me estoy poniendo paranoico.” […] También yo lo recuerdo como espejismo.

• No concibo a un novelista que no utilice elementos de su experiencia personal, una visión, un recuerdo proveniente de la infancia o del pasado inmediato, un tono de voz capturado en alguna reunión, un gesto furtivo vislumbrado al azar, para luego incorporarlos a uno o varios personajes. El narrador hurga más y más en su vida a medida que su novela avanza. No se trata de un ejercicio meramente autobiográfico; novelar a secas la propia vida resulta, en la mayoría de los casos, una vulgaridad, una carencia de imaginación. Se trata de otro asunto: un observar sin tregua los propios reflejos para poder realizar una prótesis múltiple en el interior del relato.

• Pero no confío en mi memoria, por eso estoy encerrado en La Pradera.

• En mis narraciones soy más bien un personaje enmascarado, que se mueve en los corredores, un observador de las tramas para despejar las oscuridades de la obra, o encapotarlas más: dejémoslo así.

• En mis libros abundan los excéntricos, quizás en demasía, pero es natural. Recuerda, Carlos [Monsiváis], nuestra adolescencia y verás que nos movimos entre ellos. Nuestro amigo Luis Prieto, el rey de los excéntricos, nos condujo a ese mundo. Hablábamos un lenguaje que poca gente entendía. Y en mis largos años en Europa, sobre todo en Polonia y la Unión Soviética, mi mundo era ése.

• Todo esfuerzo consciente de la memoria por recuperar algunos espectros del pasado logran convocar sólo unos cuantos de sus rasgos; poco o nada parece palpitar en ellos. De pronto, la aparición inesperada de un detalle imprevisto hace que tenga uno que defenderse con todas las fuerzas del pasado; tan vehemente, agobiadora y embriagante puede ser su presencia.

• Cuando escribo algo referente a mi autobiografía —crónicas de viajes, ciertos acontecimientos en que por propia voluntad o puro azar fui testigo, presencias de amigos, maestros, escritores o artistas a quienes he conocido, y, sobre todo, las frecuentes incursiones en el imprevisible magma de la infancia—, sospecho que el ángulo de visión nunca ha sido adecuado, que el entorno es anormal, a veces por una merma de realidad, otras por un peso abrumador de detalles. Soy entonces consciente de que al tratarme como sujeto o como objeto mi escritura queda infectada por una plaga de imprecisiones, errores, desmesuras u omisiones. Persistentemente me convierto en otro. De esas páginas se desprende un corpúsculo de realidad logrado por efectos plásticos, pero rodeado de neblina. Supongo que se trata de un mecanismo de defensa. Me imagino que produzco esa evasión para apaciguar una fantasía que viene de la infancia: un deseo perdurable de ser invisible. Ese sueño de invisibilidad me acompaña desde que tengo memoria y subsiste hasta ahora; anhelo ser invisible y moverme entre la gente.

• No puedo casi imaginar si no veo algo, oír una conversación, ver una cara con determinada expresión que después, a veces muchos años después, brota de la memoria. Todo empieza a esbozarse muy vagamente; de pronto en medio de esa vaguedad comienzo a estructurar una historia que se anuda con algunas preocupaciones inmediatas.

• La escritura se enriquece con lecturas, ¡quién lo duda!, pero su acción sólo se volverá fecunda si llega a rozar la sombra de una experiencia personal, de un imaginario específico, quizás de una memoria genética. El escritor está condenado desde el inicio, aun aquel que ha cambiado de lengua, a responder a los signos que una cultura le ha marcado.

Fuentes: Cementerio de tordos, Océano, México, 1982; nexos, México, septiembre de 1989; Los mejores cuentos, presentación de Enrique Vila-Matas, Anagrama, Barcelona, 2005; Ícaro, Almadía, Oaxaca, 2007; Una autobiografía soterrada (Ampliaciones, rectificaciones y desacralizaciones), Almadía, Oaxaca, 2010.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.