De Oliver Sacks a Los Ángeles Azules y El Tri con una escala en el origen de la cumbia colombiana, este texto se interna en los misteriosos placeres colectivos que crea cierta música como ninguna otra manifestación artística.

[…] y la música
que mueves, al moverte […]
—“Amiga a la que amo”, Rubén Bonifaz Nuño

Ritual sublime de los Pocabuy,
en la rueda de la cumbia
se despedían de los bravos guerreros
que allí morían,
en la paz de la cumbia.
—“Cumbia de la paz”, Chico Cervantes

[...] no imaginé que iba a ser así
la entrega de mi amor hacia ti.
—“Entrega de amor”, Los Ángeles Azules

 

Los músicos de la Sinfónica Metropolitana de México se muestran incómodos, rígidos; a pesar de su virtuosismo confunden las notas. Los abucheos del público no permiten que el director de la orquesta se concentre. Es el 12 de octubre de 1998, un aniversario más del descubrimiento de América. Diez mil personas se han reunido en el Auditorio Nacional para escuchar a sus ídolos: el rockero Alex Lora y su grupo El Tri.

Es un concierto arriesgado. Aunque en 1975 la banda británica Queen ya había hecho un disco de “rock sinfónico” —A night in the opera— e, incluso, toda su música, compuesta por Freddy Mercury, tiene gran complejidad y bases sólidas, el público mexicano es distinto. Los escuchas de El Trisienten, de alguna manera, la obligación de burlarse de la orquesta: se grupo de seres que se alejan del pueblo, que estratifican al arte, que insisten ahora en tocar rock sinfónico e imponen una barrera entre la humanidad y la música.

Alex Lora anima al público a que coree las canciones a todo pulmón al tiempo que azuza a la orquesta para que toque apasionadamente: “¡Con huevos, con huevos, con huevos!” Después tiene que pedir al auditorio que cesen los insultos a los músicos.

***

En cada uno de nosotros habita un dios —quizá un monstruo— semidomesticado. Ese monstruo es el cerebro. Todo es misterio en cuanto a la mente humana. Sabemos que es capaz de alturas y profundidades, pero no sabemos cómo funciona el cerebro de los artistas. Somos ajenos al funcionamiento de la mente de escritores, pintores, actores… Entre las pocas cosas que los neurólogos han descifrado es que, por ejemplo, la audición se encuentra en los lóbulos temporales (las partes del cerebro que se encuentran en los costados, a la altura de las orejas) y que los músicos y melómanos tienen esos lóbulos más engrosados que el resto de las personas. 

musica

Oliver Sacks (1933), neurólogo británico-estadounidense, en su libro Musicophilia: Tales of Music and the Brain (2007), narra varios casos clínicos en donde la música lo mismo alivia que causa trastornos mentales.

Hay música creada específicamente para incrustarse en nuestra memoria: un pequeño tema de tres o cuatro compases, por ejemplo. La mercadotecnia conoce bien esta técnica. A menudo, la música de los anuncios comerciales se repite en nuestra mente una y otra vez sin que podamos evitarlo. Esto es lo que Sacks llama “gusanos auditivos”. Las estaciones radiales transmiten canciones pegadizas para engancharnos y ahí tienen su “hit parade” o “ranking” de la semana: la lista de los temas más escuchados. Cuando una de estas melodías se convierte en “gusano cerebral” puede transformarse en patología: una persona será incapaz de realizar sus actividades cotidianas, la canción sonará sin cesar en su cerebro. Pocas veces callará.

***

El jefe de la comunidad pesquera ha muerto. En el hoy llamado municipio de Copey, Colombia, hay luto. Al anochecer los habitantes del pueblo se reúnen en torno a su jerarca, a la orilla del río Tucurinaca. Cerca del cuerpo se ha encendido una fogata y una mujer embarazada se erige, imponente, a un lado del cadáver; su vientre como la proa de un barco. Niños, hombres y mujeres comienzan una extraña danza en círculos. Una flauta de millo comienza a entonar una melodía suave, nostálgica. Tras la introducción se unen las percusiones que, con su alegría, contrastan con el instrumento de aliento. Pero los tambores cumplen una doble función: además de acompañar a la flauta, alteran el ritmo cardiaco de los danzantes, como sucede en diversos rituales alrededor del mundo. Sólo así se alcanza el éxtasis y se resiste la larga jornada. El baile dura hasta el amanecer. Los indios chimilas del país de Pocabuy1 despiden a su jefe y han dado origen a la cumbia colombiana.

Aunque se ha debatido sobre el origen de la cumbia y su etimología, para muchos investigadores está claro que surgió en Colombia, que no fue traída a América por los esclavos africanos, como algunos sugieren, pero sí alcanzó su cumbre con elementos aportados por extranjeros.

***

Existe un lugar donde tú y yo somos lo mismo.

Teón, habitante de Alejandría —capital de la provincia romana de Egipto— quería que su hija fuera un ser humano perfecto. Educó a su pequeña Hipatia (debe de haber nacido entre el año 355 y 370) en las matemáticas y la filosofía. Cada día, la niña, a diferencia de las mujeres de su época, como si no fuera suficiente su iniciación en diversas áreas del conocimiento, practicaba rutinas atléticas. Creció, como en un cuento de hadas, hasta convertirse en una mujer hermosa, grácil y, sobre todo, inteligente. Obtuvo, entre otros reconocimientos, la cátedra de filosofía platónica en el Sarapeo, institución dedicada a la enseñanza fundada por Ptolomeo I. Sus amigos la llamaban “la filósofa”.

El agua —su presencia y nivel—, el aire y otros gases pudieron ser medidos gracias a los inventos de Hipatia: un hidroscopio, un hidrómetro y un aerómetro.

Mezcla de diálogos éticos y religiosos, enseñanza de doctrinas esotérico-religiosas, cultura helenista y exigencia para que sus alumnos realizaran esfuerzos mentales era lo que Hipatia promovía durante sus clases. La etiqueta de pagana resulta contradictoria porque, se sabe, la filósofa llevaba buena relación con las autoridades de la Iglesia Cristiana y del Imperio Romano.

Hipatia tenía plena convicción de que todos estamos hechos de la misma sustancia: la materia de Dios. Explicaba que la divinidad era parecida a un árbol cuyo tronco es Dios mismo; las ramificaciones, los retoños, las hojas y las flores somos nosotros y todo lo que nos rodea. Luz y sombra, tierra y aire, alturas y profundidades; los contrarios y sus contradicciones son uno mismo, se confunden, no hay diferencia. Sentimos una profunda tristeza por estar alejados de nuestro origen, de nuestro hogar. Todo lo que nos rodea está habitado por pequeños dioses imperfectos o fragmentos del todo: plantas, piedras, animales, ríos, nosotros mismos… todos sufrientes por el alejamiento del tronco. Dios se ha vuelto sólo un recuerdo. Tenemos que regresar al centro para retomar aliento.

Un día, al llegar a su casa, una turba arrastró a Hipatia, la llevó hasta la catedral de Alejandría y ahí la desnudaron. Con piedras afiladas desmembraron su cuerpo. Era joven y hermosa, aunque la historia sugiere que, en realidad, estaba a punto de cumplir 60 años y que nunca fue la beldad a la que la leyenda se refiere. Era la Pascua de resurrección del año 415.

***

Desde Colombia, la cumbia viajó por el mundo. Alrededor de 1950 llegó a México donde se fundió con géneros musicales cubanos, música norteña, banda… se logró, en cierta medida, que la cumbia retomara una parte de sus raíces: mezclar la alegría con la melancolía de los mexicanos.

***

Los estudiantes del Instituto de Arte de Chicago, una de las escuelas más reconocidas en la materia, aseguran que jamás han sentido un arrebato estético, que raye en lo místico, frente a una obra plástica. En cambio, sí ha sucedido que sientan una gran emoción ante una pieza musical. Ellos mismos explican que, para que el arte plástico produzca sentimientos en el receptor es necesaria cierta educación. Cuando se trata de música hablamos de otro lenguaje, uno que llega directamente al sistema nervioso humano.

Muchas religiones alrededor del mundo incluyen percusiones que, según explica la ciencia, logran alterar el ritmo cardiaco de los asistentes a las ceremonias para hacerlos entrar en trances místicos. Hay notas que vibran en las frecuencias adecuadas para generar sensaciones, emociones y encuentros con la divinidad.

Podría decirse que nuestro cuerpo está constituido, en gran parte, de ese lenguaje que es la música, lo mismo que cada ser que nos rodea y que el universo entero. Así, los filósofos hablan de la música de las esferas, la armonía de lo existente y que, aunque no escuchamos, somos partícipes de esa sinfonía. En el budismo, el sonido que genera el mantra “Om” conecta la energía de nuestro cuerpo con la melodía cósmica.

Oliver Sacks relata el caso de una persona con síndrome de Tourrrete, un trastorno neuropsiquiátrico donde el doliente adquiere, desde la infancia, múltiples tics físicos y vocales. Cuando Matt, un paciente de Sacks con la enfermedad, se enfrenta a un ensamble de percusiones, esto es lo que sucede:

“[...] la música tiene un doble poder: primero, reconfigura la actividad cerebral y calma y centra a la gente que a veces está distraída o preocupada por incesantes tics e impulsos; y segundo, promueve un vínculo musical y social con los demás, de modo que lo que comienza con una miscelánea de individuos aislados, a menudo afligidos o cohibidos, casi al instante se convierte en un grupo unido con un sólo objetivo: una auténtica orquesta de percusión bajo la batuta de Matt”.2

Si gracias a la música esto ocurre con gente que padece algún trastorno, ¿por qué no habría de suceder con toda la humanidad? ¿Por qué no lograría situarnos como en un trance y, como en el pensamiento de Hipatia, regresarnos a la unidad, fundirnos con el todo, volver a ser parte de Dios?

***

La leyenda —porque es conveniente llamarla leyenda— cuenta que la señora Avante de Mejía llevó las escrituras de su casa para garantizar el pago, en abonos, de un acordeón para el mayor de sus hijos. Quería que todos sus niños —ocho— supieran de música, pero también que obtuvieran un título universitario. Y así fue.

Los pequeños demostraban sus habilidades musicales en la iglesia del barrio de San Lucas, en Iztapalapa. Al crecer, seis de los hermanos Mejía Avante formaron un grupo llamado Playa azulque amenizaba las reuniones familiares. Era 1976. Cinco años más tarde tocaron, por vez primera, una composición propia: “La cumbia del acordeón”. Cambiaron su nombre a Los Ángeles Azules.

La cumbia mexicana se impuso.

***

Suena como si los músicos de la orquesta afinaran sus instrumentos. Parece que el oboe —el instrumento más difícil de afinar— diera el tono, pero no es así; lo que suena es ya parte de la construcción melódica. Nunca una flauta sonó tan dulce. Los arreglos hechos por el maestro Odilón Chávez son aparentemente sencillos. Al menos cien mil personas en el Zócalo de la Ciudad de México aplauden, gritan, saltan, ovacionan a los músicos. Jamás una sinfónica fue tan aclamada.

La multitud ha estado escuchando durante una hora a Los Ángeles Azules. La gente —contenta— baila, canta. Cuando aparece la sinfónica el público estalla.

“Desde Iztapalapa para todo el mundo”, Los Ángeles Azules y la orquesta de Odilón Chávez han creado un nuevo género: la cumbia sinfónica. La primera pieza que interpretan es “El listón de tu pelo”. La gente enloquece ante una canción de amor acerca de una pareja que tiene un primer encuentro sexual. No importa que la cantante invitada ni siquiera sonría. El público está feliz.
 
Más tarde el coro, como en el Bel canto italiano, con voces impostadas, tararea “que si eso es el amor, que si eso es el amor” cuando se toca “Diecisiete años”, cumbia sobre un hombre que enamora a una adolescente.

Con cantantes de diversos géneros como invitados, las cumbias de Los Ángeles Azules adquieren nuevo brillo. A partir de ahora, la cumbia sin orquesta sinfónica suena opaca, apagada. Cuando aparece en el escenario el rockero Jay de la Cueva, la música da un nuevo giro: los intérpretes, todos, sin excepción, sacuden sus instrumentos y cabezas. Se mezcla el rock con la cumbia y la música sinfónica como si hubieran nacido indisolubles.

Termina el concierto y la gente se acerca ya no sólo a los líderes de la banda; el público quiere fotos con los músicos sinfónicos. Una de las instrumentistas, medio en broma, pero con cierta desazón, comenta: “Si tocara como solista en la filarmónica de Berlín, a nadie le importaría, pero como ahora toco con Los Ángeles Azules, soy famosa y me piden autógrafos”. Entonces la pregunta obligada es: ¿por qué la música sinfónica, la música clásica, la música barroca no logran, por sí solas, atraer y extasiar a cien mil personas?

Los propios músicos responden que se debe a los protocolos caducos impuestos por los mismos artistas que generan políticas culturales, creadoras de un sistema parasitario en donde la única salida es obtener becas para lograr reconocimiento. El público debe de comportarse de determinada manera frente a la obra de arte; si no lo hace es reprendido. Por eso la gente prefiere no acercarse al artista. Hay un muro.

“Es nuestra culpa, como músicos, que la gente no se emocione con Bach o Mozart. No dejamos que la audiencia interactúe y se pierde la honestidad de la obra. La música clásica necesita ser transformada. En cambio, lo hecho por Los Ángeles Azules es sincero, sin pretensiones”, agrega otro de los concertistas.

Los integrantes de la sinfónica han logrado fusionarse con los músicos de cumbia. Disfrutan su trabajo. Por eso, piensan, la gente se va contenta. Estos artistas hacen un cambio en el discurso y demuestran que, allende políticas culturales, la música es gozo aunque la ciencia no logre descifrarla.

***

Es como si cada asistente al concierto de la “cumbia sinfónica” portara unas zapatillas rojas que, como en los cuentos de hadas, hacen que la gente no pare de bailar. Parece más una ceremonia religiosa, un ritual en donde la cumbia ya no es cántico de muerte, es ahora himno de vida.

Más que un concierto es una fusión con el todo. Es Hipatia, al fin unificada. Por un instante regresamos a Dios. Es la humanidad que, desde su latido primigenio, al ritmo de las percusiones y de toda una orquesta, suelta el listón de su pelo.

 

María Emilia Chávez Lara
Profesora e investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y miembro de la Asociación UC-Mexicanistas (Intercampus Research Program). Su más reciente libro es Estética del prodigio.


1 En la época prehispánica el territorio Chimila se dividía en dos regiones: Pocabuy y Upar.

2 Oliver Sacks, Musicofilia, Anagrama,  2009,  pp. 277-278.

 

 

3 comentarios en “Gozo de la ciencia: el listón de tu pelo

  1. Hace mucho no leía por aquí un texto que nos trasladara a tantos lugares con esta maestría, que la excusa sea el gozo por la música lo hace más bello aún. Muchas gracias.

  2. Excelente, me encantó este devenir texto, cómo de cada mostrando en tres planos diferentes en apariencia y al final lograr unirse como un rizoma a la fina manera de Deleuze-Guattari. La cultura es una no hay baja o alta.