In memoriam Guillermo Mendizábal que, hermano, en 2010, murió como, según dicen algunos, testificaban los gladiadores.

Mientras que allá afuera está en manos de gente tan ignorante como nosotros pero más adinerada decidir sobre nuestras vidas, en nuestra obra estamos en la privilegiada posición de que desaparezca la moneda o que un jeque loco pida a guisa de impuesto una de cada dos hijas y hasta media hija si sólo se tiene una. Por eso escribo. Por eso escribimos. Lo demás son patrañas más o menos ligadas a la vulgaridad cotidiana. Y en nuestra obra podemos hacer que el tal jeque muera envenenado o se meta a líder del sindicato de cortesanas.

tallerista

Sabía Hamlet que cualquiera sirve para enterrar a un muerto. Siglos más tarde —más sabio y menos pusilánime que el príncipe danés— nos diría Michael Corleonne con la voz de Al Pacino dirigida al también excelso pero menos bienamado Robert Duvall, que si hay algo que nos enseña la historia es que cualquiera puede ser asesinado. ¿Vale más el aserto isabelino que el magnífico desplante hollywoodiense de Mario Puzo? La historia de la literatura está llena de estos sin embargos, tanto que cualquiera puede destrozar a un escritor y cualquier escritor puede ser destrozado. He ahí el abismo que separa el acto creativo del fenómeno social. En términos no lejanos a Foucault, he ahí la diferencia entre la anormalidad demencial del arte, que amenaza, y la normalidad cuerda, confiable, de las tertulias literarias en que se gestan los consensos que discriminan entre lo que ha de ser aceptado y lo que ha de ser abominado. El enterrador y el asesino —ya entrados en estos parajes— usan una misma herramienta: La forma. Celebro la pala y la pistola, pero no en manos del enterrador la una o del asesino la otra. Celebro la forma pero no en manos del formalista seco que a su paso va dejando gavillas de escritores en cierne que pudieron ser, de no haber sido segados, y cegados, por césares bogantes, aquí o allá, ayer u hoy, porque esto es salomónico y “lo que ha sido es lo que será”. Escribir es íntimo, ser loado es social. Empecemos por no olvidar eso y asumir qué es lo que buscamos y esperamos de nuestras palabras y nuestros actos.

Quien busca la expresión no es otra cosa que un tanque lleno de algo que quiere conocer: puede salir mezquinamente por válvulas, mendazmente por ósmosis, pero nada como permitir que la presión suba hasta el punto llamado delirio —el de la demencia— y hacer estallar aquello: Entonces sabemos si nuestra materia es oxígeno, agua, algo más valioso que el oro o si —lamentablemente y no— es vacío inflamado. Nos resta asumirlo: esa es nuestra principal tarea.

Jóvenes y viejos creen que para iniciarse en el camino de las letras conviene ser joven. No sé. Un día Gregorio Samsa se despierta convertido en escarabajo y ese mismo día Kafka despierta genio. Pudo ser antes o después. Fue entonces. Huberto Batis cuenta que su mentor Alfonso Reyes lo notó decaído y le dijo: “No te preocupes por la literatura, ya llegará. O no, y no importa”. Porque el arte, dijo el poeta, no importa y eso es lo que más importa.

Es seguro, o al menos parece un supuesto válido, que los que se acercan a un escritor poco laureado para probarse como creadores literarios se encuentran entre los que desdeñan las palestras, los estrados, las becas, los premios y las prebendas. ¡Grande será la hora en que nuestras palabras nos hagan merecer el manicomio y los electrochoques! Quizá sólo entonces tengamos derecho a sospechar que lo que hicimos ha valido para algo.

Como es poco probable que nos hagan el honor de declararnos locos, mejor vivir la locura en carne propia. Vivir el delirio en el acto creativo que por sí sólo es una vida propia y que nos mantiene a salvo de lo que Machado llamara “la terrible cordura del idiota”. El cuerdo al uso —seamos respetuosos de Nietzsche— no puede ser sino un esclavo y los esclavos hacen literatura de esclavos para amos. El orate hace cosas de locos que a veces consiguen comprender otros locos. Cuando Dostoievski afirmó “no valgo para arrullar” fue poco comprendido y por pocos: Tuvo que ir Gide a darle su lugar definitivo.

Otra tara de un mundo plagado de información y normas: Sabemos poco y poco comprendemos de aquello que sabemos. En un Universo desconocido en un 99.9%, mal papel hace quien se supone sabio y peor el que se lo cree. Veinticinco siglos después algunos seguimos venerando a Sócrates sin esperar mucho más que cumplir en lo posible con las palabras que Solón de Elea hizo grabar en el frontispicio del Oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”, todo según refiere Platón, que también nos dio a conocer al que bebió la cicuta. Y Platón, para dejar el espinoso tema de la ignorancia, divulgó la mayéutica socrática, de la que se vale un hombre menos ignorante que otros para hacer comprender a los otros su propia ignorancia.

El buen tallerista —como lo fue Guillermo Mendizábal, ¡ese "microbio terrible" como la hepatitis C que lo arrancó de la vida!— es cruel porque se vale de la mayéutica. Y entre broma y broma —donde bien sabemos que la verdad se asoma— termina por ser llamado Ogro. No olvidemos que, en estricta mitología, el Ogro protege a los niños y devora a los adultos. Triste es pensar, saber, que en los talleres abundan aquellos a quienes les da por creer que en unos meses han llegado a la edad adulta. El Ogro es el parámetro que me permite pensar algo muy simple: Casi cualquier tallerista ha tenido que pinchar textos, como editor o corrector, sufrir bodrios e insultos a las buena escritura; y si es así, si en tantos años como editor maldiciendo autores en la soledad, cara a cara ante textos pavorosos, ahora tiene ante sí a los culpables, ¿no se ha ganado el derecho de hacer ejercicio de crueldad sin faltar a lo acordado?

¡Salva sea la crueldad cuando la ejercen la partera o la espantacigüeñas! ¡Que el escritor que se busca en sí mismo sepa discernir entre su verdad y su impostura, que muy poco más puede aprenderse de ver cómo nos lee el que más sabe! Y, de ver lo que hace, aprendemos a hacerlo en un lento, lentísimo proceso que no admite evasivas: Todos conocemos la tentación de corregir la plana propia o de otro, de añadirle o interpretarla a nuestro aire, rehacerla, ponerle un ribete lúdico o satírico, etcétera: yo me entretengo en afirmar que el tan temido dinosaurio con que despierta el lector de Monterroso estaba muerto: Nada más que un puñado de huesos con sarro. Y cual diría Ibargüengoitia, “a mí estas cosas me dan mucha risa, pero es que yo estuve mal educado”.

Eso es: El perpetuo proceso del hombre humilde que se reúne a vivir en comunión. Una relación que me encanta cuando hablamos de talleres es que el coordinador —si se asume tal y no va de sabelotodo— no puede aspirar a mucho más que ser el más listo de entre los sofistas. Un Sócrates, un Protágoras… Gente de poca importancia.

Quienes leen esto se pueden preguntar qué hago aquí yo, don Nadie, predicando. Mis amigos han muerto. Antes de morir, el Microbio Terrible me acompañó a comprar el primer juguete de mi hijo, un perro de felpa azul que se llama Can-can. Guillermo llevaba el cuerpo infestado de una muerte escalofriante, mi hijo venía al mundo en el que está, junto a los que vivimos, contagiado de nuestro horror. Fue entonces cuando pensé lo mismo que cualquiera que comete el error de reproducirse: Ya que he de tener un hijo prefiero que venga a un mundo donde la gente siga buscando entenderse con la palabra: entenderse con los demás y entenderse a sí misma; prefiero que despierte a este sueño segismundiano de la vida, en un mundo en que el dinosaurio de Monterroso sea una bestia prehistórica temible y no un clan de formalistas a la manera que describió Lope cuando escribió aquello de

O sabe Naturaleza
más que supo en otro tiempo,
o tantos que nacen sabios
es porque lo dicen ellos,

una caterva de formapatéticos que se valen del consenso para ir segando y cegando espigas en agraz. Perdónenme: hoy estoy melancólico, clasisista, utopista y sentimental… Un peu demodé. Hoy y siempre.

En fin, ya estoy con cosas de hace mucho. Ahora cumpliré 52 años, cuatro más que los que vivió o sobrevivió mi hermano, gran escritor, editor y maestro, olvidado irremediablemente.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y otras virtudes.