En este texto, el autor da cuenta de sus pasos en la investigación de una trama tan compleja como abrumadora: la intervención cultural de la CIA en México en mitad de las vicisitudes de la Guerra Fría.

Una de las mujeres extranjeras cuya vida es imposible desligar de México es Margaret Shedd. En varias de sus obras, nuestro país juega un papel principal, incluyendo Inherit the Earth (“Hereda la tierra”) de 1944 y más tarde The Dwarves of Xlapac (“Los enanos de Xlapac”), un relato breve de 1960. En este sentido, y con toda proporción guardada, su carrera es parecida a la de la celebrada escritora Katherine Anne Porter, cuya estancia y producción literaria en México han sido documentadas por su biógrafo Thomas F. Walsh en Katherine Anne Porter and Mexico: The Illusion of Eden (“Katherine Anne Porter y México: la ilusión de Edén”). Ahora bien, como esta apasionante investigación a fondo sobre la vida y actividades de Margaret Shedd apenas empieza, aquí compartiré algo de mis pesquisas. Debo mencionar también que hace muy pocos meses descubrí que Shedd donó sus papeles personales a Boston University y estoy a la espera de ir a examinar este valioso material que seguramente contiene datos relevantes para la reconstrucción de sus actividades en México.

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Margaret Shedd

Según el historiador norteamericano Patrick Iber, Margaret Shedd nació en 1900. Fue hija de misioneros estadunidenses que se encontraban en Persia (Irán) buscando almas para convertir al cristianismo entre la población musulmana y zoroastrista de aquella región. Aunque nació lejos de su patria, Shedd provenía:

de una familia privilegiada. Su padrino era Charles Dawes, Premio Nobel de la Paz en 1925 y vicepresidente de Estados Unidos entre 1925 y 1929. Margaret estudió en Stanford University, donde se graduó en 1920. Tres años después, se casó con Oliver Kisich, otro egresado de Stanford. Entre 1926 y 1939, Kisich trabajó para la British Honduras Company, la terrateniente principal en lo que hoy es Belice, y él y Shedd vivieron allá y en Guatemala. En 1939 Kisich empezó a trabajar para el gobierno estadunidense, y durante la [Segunda Guerra Mundial] fue analista para el Board of Economic Warfare. Terminó en la Embajada de México, pero no [se sabe] en qué puesto. En los años cincuenta se divorciaron, pero los vínculos en la embajada dieron a Shedd la oportunidad de circular entre la élite cultural y diplomática de México, que le ayudó bastante cuando decidió fundar un centro para escritores.1

De acuerdo a un testigo, Shedd consiguió fondos de la fundación Rockefeller “a gritos y golpes” para establecer el Centro Mexicano de Escritores, el cual inauguró en la ciudad de México en 1951, junto Alfonso Reyes, el intelectual mexicano de más peso en ese momento. Según las investigaciones de Iber, la correspondencia entre Shedd y la Fundación Rockefeller:

muestra las conversaciones y debates relacionados con el establecimiento de las primeras becas y el Centro. Los asesores del incipiente Centro fueron Alfonso Reyes, Rodolfo Usigli y Leopoldo Zea. Existe un plan provisional del grupo de Zea, de gran interés histórico; quiso establecer un “Centro de Escritores Americanos”, para crear un ambiente en que los autores de ambos países aprenderían unos de otros. Esto llama la atención porque Zea (y Usigli y otros) estaba muy interesado en la esencia de la “mexicanidad” durante esos años, pero no mostraba ninguna incomodidad con la participación de una fundación yanqui. Y siempre fue el “Centro Mexicano de Escritores”, no el “Centro de Escritores Mexicanos”, para incluir a los autores norteamericanos que participaron en los primeros años. Cuando la Rockefeller decidió financiar las primeras becas, primero solicitó opiniones y concluyó que la idea fue un sólido esfuerzo “panamericano” [que] podía servir las relaciones entre los países.2

El Centro tuvo varias sedes en la ciudad de México, al principio vinculadas a instituciones académicas ya establecidas: “las primeras instituciones que alojaron el Centro Mexicano de Escritores fueron el Mexico City College [ubicado en sus inicios en la colonia Roma] y el Instituto Mexicano-Norteamericano de Relaciones Culturales [en aquel momento ubicado en la calle de Sadi Carnot cerca de la Ciudadela]. Muchos vieron eso como una señal de la invasión cultural yanqui. (Esas críticas, a su vez, fueron hábilmente satirizadas por Jorge Ibargüengoitia en la Ley de Herodes, por ejemplo)”.3

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Portada de Margaret Shedd, Malinche and Cortes: a Novel of Love and an Empire Lost, New York, Doubleday and Company, 1971.

Juan Rulfo fue becario del Centro Mexicano de Escritores en dos ocasiones y después fue contratado como asesor. Según la información recopilada sobre su asistencia y producción literaria en el Centro —que abarca su obra completa—, en el libro Los becarios del Centro Mexicano de Escritores (1952-1997) de Martha Domínguez Cuevas, secretaria vitalicia de la organización, se señala que el autor de El llano en llamas fue becario de 1952 a 1953 y de 1953 a 1954. Según consta en su solicitud, el primer proyecto literario que propuso Rulfo fue —como él mismo— lacónico: “escribir una novela cuyo título será Los Murmullos”. Como se sabe, nunca se editó un libro de Juan Rulfo con ese nombre, pero en una entrevista con Manuel Roberto Montenegro, el autor señala que “Los murmullos fue el título original de Pedro Páramo; después se le cambió el nombre”.

En un reportaje firmado por Yanet Aguilar Sosa, la periodista señala que, aparte de ser becario en dos ocasiones, Rulfo también fungió como asesor durante 18 años:

entre los dos convenios que Juan Rulfo firmó como becario del Centro Mexicano de Escritores, con reportes de sus avances literarios donde señala cosas como: “El nombre de la protagonista ha sido cambiado al de Susana San Juan, y el del personaje principal al de Pedro Páramo”; entre reseñas críticas de libros del momento que escribía en tarjetas tamaño media carta, casi siempre a lápiz y con su letra chiquita; entre misivas, recados, llamados de atención y anuncios, está uno de los informes que Juan Rulfo escribió como tutor del Centro Mexicano de Escritores.4

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Juan Rulfo en Tepoztlán en una reunión del Centro Mexicano de Escritores, foto cortesía Milenio.

Con respecto a sus impresiones de los textos presentados por los nuevos becarios, Rulfo pergeña sus opiniones desde su puesto de asesor, muchas veces abreviadas, otras lapidarias. Cito de nuevo a Aguilar Sosa:

Allí, en dos cuartillas escritas a máquina, con su firma a mano en tinta negra, están sus apreciaciones contundentes y claras, en las que no sobra ni falta nada, sobre Alfonso de Neuvillate, María Luisa Mendoza, Luis Carlos Emerich, Pilar Campesino, Antonio Leal y Carlos Montemayor, quienes fueron becarios del Centro Mexicano de Escritores durante el periodo 1968-1969 y que, según Rulfo, “formaron uno de los grupos más homogéneos por lo que se refiere al desarrollo y cumplimiento de sus tareas literarias”. En ese documento, que se resguarda en el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional —donde está depositado el Archivo del Centro Mexicano de Escritores, que tuvo una vida activa de 50 años—, Juan Rulfo es categórico y hace un análisis puntual del desempeño de cada uno de los aspirantes a escritor… El informe […] se localiza en uno de los cinco expedientes de Juan Rulfo como becario y tutor en el mítico Centro Mexicano de Escritores, institución que no sólo lo apoyó para escribir sus dos grandes obras: Pedro Páramo y El llano en llamas, sino que también lo postuló ante la Academia Sueca, en 1982 y 1984, como candidato de México para el Premio Nobel de Literatura… Contaba Felipe García Beraza, quien fue durante muchos años secretario del Consejo Ejecutivo del Centro Mexicano de Escritores, cómo Rulfo llegaba cada semana a escuchar los textos de los becarios: “Lo veo llegar a nuestra institución miércoles tras miércoles, silenciosa y calladamente. Sube las escaleras sin prisa, sin que nada lo inquiete y además, como si un cansancio de siglos le impidiera apresurar el paso”. En este texto, que elaboró para un homenaje en vida que le rindió el gobierno mexicano al autor de Pedro Páramo, García Beraza también habla del escueto estilo rulfiano: “Cuando llega anualmente el momento de la selección de los becarios del Centro Mexicano de Escritores, las opiniones de Rulfo sobre las obras de los aspirantes a las becas son breves, concisas y muy al punto”.5

Sin embargo, es una reportera mexicana nacida en París —ahora nuestra Premio Cervantes— llamada Elena Poniatowska, a quien el autor de Pedro Páramo le relata sus dos años como becario y su trabajo como tutor durante casi veinte años en el Centro Mexicano de Escritores. Esto aparece en una entrevista publicada el 14 de mayo de 1980 en el diario Novedades, recopilada tanto en el ya citado libro de Domínguez Cuevas como en la colección de entrevistas de Poniatowska aptamente titulada Todo México:

Obtuve la beca del Centro Mexicano de Escritores para terminar El llano en llamas, que ya casi lo tenía yo terminado, fue en 1953, pero desde cuarenta y tantos ya tenía yo escritos la mayoría de los cuentos, y otros más que nunca aparecieron ni aparecerán jamás, porque escribí cerca de cuarenta o cincuenta pero los que entregué al Centro Mexicano de Escritores fueron quince cuentos, menos de la mitad… Me tocó un grupo muy bravo: Ricardo Garibay, Alí Chumacero, Arreola, Luisa Josefina Hernández, la más brava de todos; eran muy críticos, muy terribles, y guardaban frente a mí una distancia porque […] les parecía rara mi literatura. Pero en el Centro Mexicano de Escritores me dediqué a terminar los cuentos en una atmósfera muy brava, muy hosca. Apenas se publicaron mis cuentos, se tradujeron a 24 idiomas. Pedro Páramo también, pero ahora está por salir en finlandés y en griego.6

Poniatowska, en un intento de que Rulfo siga contando sobre la génesis de sus dos libros, le pregunta:

—Y, ¿no te alegra este gran éxito, Juan?

—Pues no, como que no me interesa mucho. Me dieron la beca del Centro Mexicano de Escritores dos veces y enseguida escribí Pedro Páramo; en un año la hice, pero ya la tenía hecha en la cabeza, lo mismo los cuentos, porque yo las cosas las voy pensando; yo podría haber escrito antes Pedro Páramo que los cuentos, porque lo había elaborado ya en mi cabeza, nada más que había ciertas cosas que no encontraba todavía…

—Pero, ¿no te estimulaban las reuniones en el Centro Mexicano de Escritores?

—Sí cómo no, me ayudaban… Además, sabes que yo estoy en el Centro Mexicano de Escritores todavía hoy… He seguido allí porque en realidad me interesa ver qué es lo que están haciendo hoy en la literatura mexicana. Tengo dieciocho años en el Centro y por allí han pasado muchas generaciones, y soy asesor desde hace dieciocho años, y sé, por medio del Centro, qué escriben los jóvenes y en realidad no están haciendo nada… Yo no he leído una sola cosa buena en el Centro desde hace por lo menos diez años… Pero mira, el Centro se caracteriza por su actitud crítica… A mí mismo, todo el día me señalaban mis defectos, sobre todo los defectos de Pedro Páramo. Fueron mucho más duros con Pedro Páramo que con los cuentos de El llano en llamas…”.7

Misterios sin resolver: ¿Rulfo al servicio de la CIA?

A modo de conclusión, quisiera asomarme a un misterio vis à vis de la estancia de Juan Rulfo en el Centro Mexicano de Escritores, en particular durante los dieciocho años en que fungió como asesor de varias generaciones de becarios. En 2014, el polémico y ya mencionado historiador Patrick Iber descubrió una incómoda relación entre el Centro y sus patrocinadores, algunas, según él, máscaras para la Central Intelligence Agency (CIA) y otras organizaciones gubernamentales estadunidenses que fueron creadas durante la Guerra Fría, resultado desafortunado de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, Iber señala que la CIA había posado su mirada sobre Juan Rulfo porque en aquel entonces buscaban a una figura literaria y política capaz de hacerle contrapeso a una de las grandes voces poéticas del comunismo, la del poeta chileno Pablo Neruda. En otro artículo de Confabulario, el periodista Geney Beltrán Félix se dedica a descubrir y documentar esta aseveración. Explica y sintetiza la posición de Iber con respecto a las actividades profesionales y políticas de Rulfo:

…en el blog de la Society for United States Intellectual History, [Patrick Iber] dio a conocer el ensayo “How the CIA Bought Juan Rulfo Some Land in the Country” (“Cómo la CIA compró para Juan Rulfo un terreno en el campo”), en el que documenta el financiamiento recibido por el Centro Mexicano de Escritores (CME) de parte de la Farfield Foundation y el Congress for Cultural Freedom (Congreso por la Libertad de la Cultura, CLC), instituciones que servían de pantalla a la CIA, la agencia central de inteligencia del gobierno de Estados Unidos, en sus esfuerzos por influir a nivel cultural en América Latina. Entre otros asuntos, Iber informa que el sueldo de Juan Rulfo como profesor del Centro Mexicano de Escritores fue pagado durante dos años por el Congreso por la Libertad de la Cultura y que la Farfield Foundation le ayudó a comprar un terreno en el campo; apunta que habría existido la expectativa de que la figura del autor de Pedro Páramo rivalizara con la de famosos escritores comunistas como Pablo Neruda. Aclara que, sin embargo, el Centro Mexicano de Escritores en su funcionamiento no imprimió ningún sesgo ideológico, pues dio becas a autores comprometidos con la izquierda, como Carlos Fuentes, Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis. Iber concluye: “la manipulación de la CIA se vio enteramente malograda: es muy difícil hallar una relación clara entre las políticas de los fundadores del Centro y sus resultados literarios”. A pesar del financiamiento recibido durante los cincuenta y sesenta, “el Centro Mexicano de Escritores fue un notable fracaso como instrumento de diplomacia cultural, pero se convirtió en uno de los centros de apoyo a la escritura más importantes y exitosos durante sus mejores años”.8

Yo añadiría que, entre los becarios más distinguidos, se encuentran muchos de los nombres más altisonantes de la literatura mexicana del siglo veinte: Carlos Fuentes, Rosario Castellanos, Juan José Arreola y, por supuesto, Juan Rulfo. Según la investigadora Allyn Hunt, “probablemente ningún otro grupo de talento tan extraordinario [como este] había alcanzado las alturas del salón literario parisino de principios de los años veinte dirigido por Gertrude Stein donde leyeron sus obras Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald y James Joyce”.

 

Michael K. Schuessler
Profesor-investigador de la UAM-Cuajimalpa. Autor, entre otros, de Perdidos en la traducción: cinco extranjeros ilustres en el México del siglo XX.

Nota editorial: esta investigación forma parte de un libro en construcción titulado Vanguardistas transculturales: cuatro mujeres norteamericanas y el renacimiento cultural mexicano.


1 Geney Beltrán Félix, “Dinero de la CIA para Juan Rulfo”, Confabulario, El Universal,  5 de abril, 2014, p. 4

2 Idem

3 Idem, p. 5

4 Yanet Aguilar Sosa, “Maestro Rulfo”, Confabulario, El Universal, 14 de septiembre de 2014, p. 1-3

5 Idem

6 Martha Domínguez Cuevas, Los becarios del Centro Mexicano de Escritores (1952-1997), p. 347.

7 Idem, p. 347-348

8 Geney Beltrán Félix, “Dinero de la CIA para Juan Rulfo”, op. cit.