Hablar sobre uno mismo es una manera de desaparecer.
Escribir poemas es una manera de desaparecer

Eduardo Chirinos

Hoy 17 de febrero se cumple un año de la pérdida del poeta peruano Eduardo Chirinos (Lima, 1960 – Missoula, 2016). No resulta exagerado afirmar que su poesía se ha convertido en referente imprescindible de la lírica contemporánea latinoamericana. Figura fundamental de la “generación del 80”1 en Perú, su escritura se expande por otros países gracias a una voz en búsqueda permanente, en donde la palabra creada y la palabra leída se entrelazan en un “conversacionalismo culturalista”. La aparente dificultad de esa marca culturalista se va desvelando y trasparentando, consignada por encuentros y reencuentros, hasta entregarnos su profundidad. La humanidad de su lírica acierta a tejer un vínculo entre las referencias culturales, la herencia literaria e histórica del poeta y el lector.

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A los 21 años publica su primer poemario: Cuadernos de Horacio Morell (1981), obra de un escritor que comparte precocidad con los mejores poetas peruanos del siglo XX, como César Vallejo, José María Eguren —a principios de siglo—, y Javier Heraud, Antonio Cisneros o Rodolfo Hinostroza ya entrada la centuria. Estos primeros textos exhiben “seis años de borradores y desvelos”. Dibujan una forma de “pertenecer a una comunidad de silenciosos cuyos versos, si tenían suerte, lograrían sobrevivir en la memoria de algún adolescente tímido”.2

Su nombre no es un nombre, es la invención que justifican sus poemas. Sus poemas no son poemas, son apuntes de alguien que ama la vida pero elige la muerte.3

Durante sus estudios de Literaturas Hispánicas en la Pontificia Universidad Católica de Perú, funda la revista Trompa de Eustaquio (Revista de poesía y géneros menores) junto a José Antonio Mazzotti y Raúl Mendizábal.4 En esos años, publica en Lima Crónicas de un ocioso (1983) y Archivo de huellas digitales (1985), reflejando un distanciamiento de la generación anterior de los setenta, centralizada en la revista Hora Zero, donde “el lenguaje de la calle [es] ascendido a categoría poética”, como denuncia.

En su caso, la mirada del poeta compromete una revisión del pasado que se inicia en su propia infancia. Al recibir un valioso regalo se inaugura una experiencia de lectura, una percepción transversal de la historia.

Cuando mis padres me preguntaron qué quería
como regalo de navidad les contesté con la seguridad
y el aplomo de mis ochos años: “una enciclopedia
de seis tomos”.
[…]
El mundo estaba a solas conmigo, y lo mejor era
que podía escucharlo sin tener que pasar por niño
tonto

Pero si el peso culturalista de interés enciclopédico va a ir depositando un sedimento en su obra, el encuentro intercultural y sus pasos en la extranjería también harán mella en su poética.

En 1987 una estancia de dos años en Madrid le devuelve a una tradición cultural con la que ya estaba familiarizado por sus años en el colegio jesuita La Inmaculada de Lima, de raíz española. En el “Hostal Juli”, junto al Parque del Oeste de la capital española, transita su primera experiencia migratoria, que terminará por cuajar definitivamente en su siguiente traslado, a EEUU. El poeta se adapta a los nuevos lugares como “doble viaje que es toda lectura”,5 en palabras de Michel Butor. Es decir, reporta un viaje en la literatura y en el espacio geográfico, que se interpreta como transculturación gradual, donde se reconoce un retorno previsto desde el inicio. El desplazamiento viene tejido, de este modo, por una interrogación de lecturas y la extranjería, el contacto con el Otro, se convierte en viaje en y desde la lectura.

Yo encontré sólo la palabra, lo demás me fue negado.
Fui torpe y tardé mucho en comprender que Jauja es superior a la utopía,
        Que un gran amor jamás es imposible, que la infancia
        Nos expulsa con orgullo y luego nos retiene.
¿Qué destino reserva la palabra a aquellos cuya vida elige?
Difícil responder.6

El poeta señala que en aquellos años ochenta, tan convulsos en Perú, “estudiar literatura era un suicidio. Y [las] dos puertas que se nos abrieron fueron: la enseñanza y el periodismo. Y tú sabes que los jóvenes literatos son la mano de obra barata para el periodismo. Y empecé a enseñar en una academia de preparación preuniversitaria. Y empecé a trabajar en el suplemento cultural de La Prensa, que se llamaba Perspectiva”.7 La falta de oportunidades impulsa un nuevo traslado en 1993, esta vez a la Universidad de Rutgers, New Brunswick, junto a su esposa Jannine Montauban.

Esta nueva residencia implica incorporarse a un espacio cultural e idiomático ajeno. Convivencia de la que nace El equilibrista de Bayard Street (1998), donde se interrogan las incertidumbres del nuevo estar:

Vengo de una ciudad donde jamás llueve,
Donde el cielo es (como dicen) color panza-de-burro
Y el mar una invisible telaraña que enreda y confunde el horizonte.
Esta tarde llueve en New Brunswick
Y me he asomado a la ventana a contemplar otras lluvias.

En esta obra el poeta dialoga “con las vanguardias históricas y con las numerosas ramificaciones que éstas tuvieron”,8 y desarrolla una liberación formal, que combina poemas fragmentarios en prosa con textos estróficos. Chirinos advierte que su equipaje de lecturas en el desplazamiento a EEUU, así como su conocimiento musical o cinematográfico, le familiarizan con el entorno: “Cuando nos trasladamos a otro espacio geográfico no llegamos con la misma inocencia que a la página blanca, sino a través de ese filtro que nos dan una multitud de lecturas, películas, canciones, etc., con las que hemos construido un imaginario. Cada vez que llegamos a una ciudad nueva llevamos un equipaje cultural que nos permite habitar en ella, y transcribir en ella nuestra propia escritura”.9 El palimpsesto cultural ejerce de avanzadilla. Aunque el desarraigo no supone la exclusión o la imposibilidad de regreso. De ahí el valor testimonial de este poema de las Catorce formas de melancolía (2009):

Llegar a alguna parte no significa
abandonar otra parte
                           Arraigar
En un país no cura las heridas
Del país que abandonamos.

Durante esta primera década en Estados Unidos publica Abecedario del agua (Valencia, 2000) y Breve historia de la música (Madrid, 2001), poemario que explora la textura de la música de todos los tiempos y premio Casa de América. Ese año, el desplazamiento definitivo a Missoula (Montana) dará el fruto de Escrito en Missoula (2003) que indaga en la combinatoria del viaje y del asentamiento, del traslado y diálogo con el lugar:

Camino a Montana he visto bisontes.
Lejanos y míticos bisontes aguardando una
      estampida,
un estrépito de pájaros, un canto de guerra.

Si hubo algún Dios en estas tierras
debió tener cara de bisonte.

Así escenifica, nuevamente, que la lectura del palimpsesto cultural actúa como mecanismo de mudanza.

Entre Escrito en Missoula (2003), El equilibrista de Bayard Street (1998) y El libro de los encuentros (1988) se funde uno de los ejes de su obra. Aquel que aglutina la migración, el envite polifónico de su voz en movimiento, y el “conversacionalismo culturalista”. Las tres obras se asoman al viaje y son viaje. Vertebran su poética ante el nuevo territorio, ligando a Chirinos al descubrimiento y al redescubrimiento.

Todos mis libros suponen un cambio de música, aunque su escritura haya ocurrido en un mismo país; pero hay algunos en los cuales el cambio es más radical porque aluden a un escenario que me afectó definitivamente la mirada. Si hay libros que marcan un cambio, estos serían El libro de los encuentros (que fue mi encuentro con Madrid), El equilibrista de Bayard Street (que fue mi primer encuentro con EEUU) y Escrito en Missoula. Por alguna razón también son los que más gustan a los lectores.10

Lamentablemente el dinamismo de su actividad literaria se ve truncado por su fallecimiento, producto de una larga enfermedad. Una pérdida que no pone punto final a su obra sino puntos suspensivos, puesto que en 2016 se editaron en España Harmonices Mundi, y Naturaleza muerta con moscas. Asimismo, su voz continúa internacionalizándose con traducciones de su poesía publicadas en Inglaterra, Estados Unidos y Francia.

A la espera de que en los próximos años se lleve a cabo la edición de sus obras completas, podemos decir que la poesía de Eduardo Chirinos integra un corpus grandioso a la literatura en español. La policromía de tonos, el juego de máscaras, y la lectura de un intertexto horizontal e inclusivo albergan una voz en movimiento. Una poética con la que describir y comprender el significado de la escritura, asomando al lector a los entresijos de la palabra, el viaje y la cultura.

Para finalizar este acercamiento, como sentido homenaje a la figura de Eduardo Chirinos, vale ofrecerle al lector el poema “Estas palabras”, de No tengo ruiseñores en el dedo (2006), que se usó como epitafio en su despedida en Missoula.

Te regalo estas palabras.

El mar dijo en ellas lo que tenía que decir,
duplicado el cielo y el sol
siempre tan lejos de los árboles.
                                                         Te regalo
los árboles, con sus ardillas y sus hojas
que conversan en silencio.

Te regalo el silencio. Los vastísimos

silencios que recorre la luna. Te regalo
la luna, los cinemas, los espejos, los
acuarios te regalo

los cuartos del amor. Los oscuros
cuartos del amor donde se olvidan
y renacen las palabras. Te regalo

estas palabras.

 

Octavio Pineda
Poeta


Bibliografía indicativa de Eduardo Chirinos

Rituales del conocimiento y el sueño, Lima, El espejo del agua,1987.
El libro de los encuentros, Lima, Seglusa editores, 1988.
Canciones del herrero del arca, Lima, Editorial Colmillo Blanco, 1989.
• “Veinte años de poesía peruana”, Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 588, pp. 31-35, 1999.
Abecedario del agua, Valencia, Pre-textos, 2000.
• Epístola a los transeúntes, Lima, Fondo Editorial de la PUCP, 2000.
Breve historia de la música, Madrid, Visor, 2001.
• Escrito en Missoula, Valencia, Pre-Textos, 2003.
El Fingidor. Revista de literatura, Lima, Fondo Editorial de la PUCP, 2003.
Nueve miradas sin dueño, Lima, FCE, 2004.
No tengo ruiseñores en el dedo,Valencia, Pre-Textos, 2006.
Humo de incendios lejanos, México, UANL, 2009.
• Anuario mínimo (1960-2010), Barcelona, Luces de Galibo, 2012.
• Catálogo de las naves. Antología personal (1978-2012), Lima, UAP / Estruendomudo, 2012.
• “Para llegar a Missoula”, en Gisela Heffes (ed.), Poéticas de los (dis)locamientos, Houston: Literal Publishing, pp.. 145-154, 2012.
El equilibrista de Bayard Street, Cáceres, Ediciones Liliputienses, 1ª edición 1998, 2013.
Medicinas para quebrantamientos del halcón, Valencia, Pre-textos, 2014.

 


1 En Historia de la literatura hispanoamericana. 4 De Borges al presente (2002), José Miguel Oviedo incluye a Eduardo Chirinos en esta generación y lo define como uno de los autores más relevantes de la misma.

2 En Epístola a los transeúntes.

3 El poemario Anuario Mínimo (1960-2010), publicado en 2012, hace un recorrido por distintos pasajes de la vida y la obra del poeta peruano. Coincidiendo con la edad de veintiún años encontramos este poema, que alude directamente a la publicación de Cuadernos de Horacio Morell.

4 Chirinos describe en su obra El Fingidor (2003), lo que significa el haber compartido lecturas y proyectos literarios con los otros dos poetas, también estudiantes de la Universidad Católica. A modo de definición Chirinos recuerda que se hacían llamar los “tres tristes tigres”.

5 Michel Butor, Répertoire IV, Paris, Les Editions de Minuit, 1974.

6 En El libro de los encuentros (1987).

7 Carlos Sotomayor, “Entrevista a Eduardo Chirinos. Bitácora de poeta”, en http://bit.ly/2m3hivK.

8 Luis Arturo Guichard, “Los planetas solitarios de Eduardo Chirinos: una lectura de su obra a partir del Anuario mínimo”, Luvina, núm. 68, http://bit.ly/2kGdoaO.

9 Octavio Pineda, “Leo esperando que la poesía pueda saltar desde cualquier parte” en Jorge Eslava, La voz oculta. Conversaciones con Carlos López Degregori y Eduardo Chirinos, Lima, Universidad de Lima, 2016.

10 Idem.