A cinco años de la publicación de Antígona González de Sara Uribe, y con la reciente publicación en inglés por Les Figues Press (en traducción de John Pluecker), Karen Villeda dialogó con la autora acerca de lo que la primera llama “los procesos ‘re’” de este libro: re-apropiación, re-intervención y re-reescritura, así como de su relevancia en el quehacer poético.

antigona

Sara Uribe
Antígona González
Sur+, 2012
Disponible en línea.1


Si la Antígona clásica es un retrato de la importancia de los honores fúnebres para la cultura griega, entonces Antígona González de Sara Uribe (Querétaro, 1978) es una indagación sobre nuestros horrores fúnebres. Al buscar “muertos en México” en Google, aparece una mezcolanza de textos sobre el Día de Muertos y los muertos cotidianos (por no decir, “aquellos que son oficialmente atribuidos a la Guerra contra el Narco”). México es un país fraccionado. Es así que somos un país al que le hace falta nombrar, contar, ordenar y medir.

El informe Atrocidades innegables. Confrontando crímenes de lesa humanidad en México de Open Society Justice Initiative y cinco organizaciones mexicanas independientes de derechos humanos2 afirma lo siguiente:

Nadie sabe cuántas personas han desaparecido en México desde diciembre de 2006. La cifra de 26,000 citada a menudo es engañosa y en gran parte arbitraria; constituye una contabilidad defectuosa del gobierno de personas desaparecidas. El número registrado de personas desaparecidas ha aumentado constantemente desde 2006, alcanzando un máximo anual de 5194 desapariciones en 2014. Sin embargo, estas cifras no logran distinguir entre las categorías de desaparecidos, e incluyen a personas desaparecidas por motivos no delictivos. Con todo, existen sólidas razones para creer que el verdadero número de personas desaparecidas por motivos delictivos es significativamente mayor.

¿Leer es reconciliar? La lectura de este libro es un ejercicio de subversión.

Es rebelarse contra las ciudades mortuorias y los pueblos fantasmas:

Por eso muchas casas están abandonadas,
las puertas tienen candados pero adentro aún hay
muebles, porque en la huida sus habitantes…

Rebelarse es clamar justicia:

¿Justicia? ¿Que si espero que se haga justicia? ¿En
este país?

Rebelarse es nombrar:

Todos aquí iremos desapareciendo si nadie nos busca,
si nadie nos nombra.
Todos aquí iremos desapareciendo si nos quedamos
inermes sólo viéndonos entre nosotros, viendo cómo
desaparecemos uno a uno.

Rebelarse es adolecer:

Este dolor también es mío. Este ayuno.
La absurda, la extenuante, la impostergable labor de
desenterrar un cuerpo para volver a enterrarlo. Para
confirmar en voz alta lo tan temido, lo tan deseado:
sí, señor agente, sí, señor forense, sí, señor policía, este
cuerpo es mío.

Rebelarse es no desaparecer a lo ya desaparecido:

Lo que desaparece y
todos esos lugares vacíos escribiéndole al Presidente
de la República. (…)
: Frente a lo que desaparece: lo que no desaparece.

Resistir es vivir a medias en un país a medias:

: Vivos estamos. Los que no nos hemos ido. Vivos.
Aquí.

***

 

Karen Villeda: Me llaman la atención sobremanera las referencias a las Antígonas “criollas”, particularmente la reapropiación de la figura en la dramaturgia argentina. Lo primero que me viene a la mente son las Comisiones de la Verdad en América Latina. En el caso de Argentina, está la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Aquí, en medio de la impunidad rampante, hay escasos esfuerzos similares (o son bloqueados por ser inconvenientes “al poder en turno”). Ernesto Sabato, presidente de esa Comisión, hablaba de una “categoría fantasmal: los "desaparecidos" (así, entre comillas). Y, hablando de un escritor al frente de una lucha por la justicia… ¿Cómo surge tu inquietud de escribir/hacer Antígona González?

Sara Uribe: Surge cuando Sandra Muñoz, directora teatral y actriz tampiqueña, me propuso escribir una obra de teatro que abordara tres ejes: retomar la Antígona de Sófocles adaptándola a lo que estaba ocurriendo en ese momento en Tamaulipas (era principios de 2011 y lo que sucedía y sigue sucediendo es la guerra calderonista contra el narco), incorporar la historia de la activista Isabel Miranda de Wallace y la búsqueda de su hijo secuestrado y desaparecido a esta adaptación y, finalmente, hablar en todo esto de la necesidad y la urgencia de recuperación de los cuerpos perdidos.  No acepté cabalmente el encargo, le dije que iba a pensarlo, que iba a intentarlo, que me diera un poco de tiempo para ver cómo y por dónde caminaría esa escritura, si es que lograba hacerla andar.

KV: Aclaras que fue escrita/hecha por encargo pero: ¿por qué aceptaste escribir sobre este doloroso “secreto a voces”?

SU: Es curioso que menciones la frase “secreto a voces” porque justamente una de las razones por la cuales me planteé la posibilidad de escribir ese texto era la autocensura ciudadana. Al menos en los contextos en los que me movía, la gente solía decir “ay, ya no hay que hablar de cosas feas”; las personas zanjaban las conversaciones, bajaban la voz, usaban eufemismos, incluso, al inicio, había quienes ni siquiera eran capaces de dar crédito a las historias de enfrentamientos armados y muerte de los otros. Muy al principio hubo quien aseguraba que todo eran paranoia y rumores y lo que hablaba por su boca era el miedo, el pavor de aceptar que estábamos en medio de una gran balacera llamada Guerra contra el narco.

Sandra me hizo la propuesta a finales de enero y no fue sino hasta principios de abril —el día que se anunció el hallazgo de las fosas de San Fernando—, que decidí, que asumí que quería y que de hecho iba a escribir un texto sobre los desaparecidos, sobre la búsqueda amorosa de una mujer que iría en pos del cuerpo de su hermano. Esa mañana, la congoja de saber que apenas a dos horas de distancia había una inmensa morgue donde cuerpos que alguna vez fueron amados y acariciados, estaban ahora llenos de tierra, deshechos, muchos irreconocibles. Esa mañana también, la algarabía de la Banda de Música del Estado tocaba alegres polkas en un evento público; los aplausos de la gente, los murmullos que nada decían. En aquel recinto en donde me encontraba con otras mil personas más no hubo un minuto de silencio, no hubo una sola mención ni de los cuerpos ni de las muertes ni del dolor. Esa mañana, la normalidad ininterrumpida que el Estado mismo proclamaba era un gran letrero que decía: aquí no ha pasado nada.

No pude con eso. Cuando salí de aquel teatro sentí la imperiosa necesidad de hacer algo, alzar la voz, alzar la palabra, gritar aquí está pasando algo: aquí está pasando la guerra. Lo único que tenía para proferir tal enunciación era mi escritura, así que me dije, “voy a escribir ese libro y va a estar ligado a las fosas de San Fernando”. Ese fue el momento en que finalmente abracé la empresa propuesta por Sandra y empecé a verla como nuestra.

KV: ¿Desde su concepción pensaste en Antígona González como un espacio de reflexión y subversión (hablamos incluso de activismo) o eso inició a partir de la lectura de terceros (por ende, re-apropiación, re-intervención y re-reescritura)?

SU: Creo que lo primero que pensé acerca de las posibilidades del texto que estaba escribiendo fue en torno a la visibilidad. Era primordial que los otros pudieran saber y pensar en lo que estaba ocurriendo en Tamaulipas y en otras de las zonas de guerra (justo en esos días de las fosas de San Fernando se encontraron también fosas en Durango y quizá por la espectacularidad de las primeras, las segundas pasaron casi desapercibidas). Lo pensé como un espacio de encuentro con la realidad de la guerra en nuestro país, mi deseo era que, tras toparse cara a cara con el dolor y con la ausencia, el lector pudiera pensar y repensar, no como para hallar una solución, pero sí como una manera de no ser permanecer ajeno, de no distanciarnos del dolor de los otros sino, por el contrario, de hacerlo nuestro, de participar en ese duelo colectivo tan necesario entonces como ahora.

Frente al horror de la guerra, frente al miedo de vivir en una ciudad, en un estado y en un país en guerra, como escritora me apremiaba pasar esa experiencia por el lenguaje y lo hice con las herramientas escriturales que en ese entonces tuve a la mano. Sin embargo y para serte franca, mi intención primera ni siquiera fue publicarlo. La idea es que el texto sirviera únicamente para los fines del montaje de Sandra, que además fue toda una revelación para mí porque era, en definitiva, otro texto, uno más corporal y aún más doliente. Fue Cristina Rivera Garza, quien además de hacerme comentarios muy pertinentes que me ayudaron a reescribir una segunda y definitiva versión, me alentó a publicar el libro. Fue, además, un gran acierto haber editado Antígona González con Surplus, porque fue esta editorial —particularmente Saúl Hernández, quien hizo la formación del libro con su ojo de artista visual y Pablo Rojas, quien, con su ímpetu comunitario, se aventuró a crear la versión del libro en creative commons y descargable en línea— la que hizo posible que el libro pudiese recorrer caminos no convencionales y llegar, de boca en boca, a lectores disímiles que, en efecto, fueron haciendo sus reapropiaciones, reintervenciones y reescrituras. 

Pero para responder más directamente a tu pregunta: no, no consideré la subversión ni el activismo, no lo consideré en las apropiaciones, intervenciones y reescrituras, no consideré la distribución gratuita, ni la distribución espacial del texto en la hoja, ni publicarlo y, si nos vamos al principio, tampoco escribirlo. Este libro está ligado indefectiblemente a terceros, está hecho con muchas manos y muchos ojos y muchos corazones y, tristemente, con muchas ausencias y mucho dolor. Pero creo que justo la intención de todos esos otros partícipes de la hechura y circulación de Antígona González era/es enunciar la guerra y sus daños de forma corporal y textual, crear comunidad en torno a ello.

KV: ¿Puedes platicarnos un poco acerca del proceso del manejo de la información (la nota roja, por ejemplo)? Te lo pregunto porque el manejo de la información (narrativas orales, fuentes diversas) que haces es ético y difiere ampliamente de las narconovelas (televisadas y en papel) cuya narrativa, la mayoría de las veces, aparece desgastada e inocua, o es una lastimosa burla.

SU: A la nota roja llegué por el proyecto de conteo de muertes violentas en nuestro país llamado Menos días aquí. Un par de amigas, Nidia Cuan y Claudia Castañeda, se ofrecieron como voluntarias para realizar, durante una semana, el registro de los decesos ocurridos de manera violenta en México. Fue a través de su trabajo con el lenguaje de la nota roja, guiado por las directrices que Menos días aquí entrega a sus contadores voluntarios, que tuve una primera aproximación a la escritura periodística que se ocupa de las narrativas de los cuerpos ya sin vida, pero también un primer acercamiento a cómo sintetizar y reescribir dichas notas humanizando a la víctima lo más posible.

Los canales digitales de difusión del trabajo de Menos días aquí son el “posteo” en blogs y el tuit. Éste último, sobre todo, implica un trabajo de tensión y cuidado del lenguaje muy específico ¿cómo narrar la muerte de una persona en 140 caracteres? ¿cómo darle rostro, cuerpo, hacerlo alguien y no algo? Durante la investigación en los archivos de Menos días aquí pude constatar la multiplicidad de acercamientos a la muerte y al dolor a través del lenguaje. El miedo, el pudor, el cuidado, el dolor, el amor, la distancia se podían notar en las construcciones de una simple oración,. Los redactores dejaban su huella en cada tuit, el eco del modo en el que fueron capaces de enfrentar y transcribir el horror. Sé de primera mano y de buenas fuentes que muchos de los voluntarios terminaban esa semana deshechos, que cada noche culminaba en llanto. Todo eso está en ese registro, todo eso puede leerse en las palabras con que intentaron tomar en sus brazos y cobijar cada uno de esos cuerpos.

Para la confección de Antígona González escogí justamente los tuits redactados por Nidia Cuan, porque a mi juicio había en ellos una gran contención frente al horror. Y creo que, sin saberlo, esa fue la premisa que orientó mi tratamiento general de la información. No escogí, por ejemplo, los tuits que se referían a las muertes en donde la violencia había sido más desbordada. Quiero decir: todas esas muertes eran violentas, pero incluso en la violencia hay grados de saña y espectacularidad. La idea era mostrar sólo un atisbo de la infamia —creo que la posibilidad de mirarla de frente era equiparable a mirar a una Medusa que indudablemente nos dejaría petrificados— y, sobre todo, tratar de avizorarla de la manera más humana posible: desde el cuidado, desde el amor, desde el cuerpo propio, es decir, pensando que esos cuerpos, cualquiera de ellos, podría ser el mío o el de mis seres queridos.

Bifo lo dijo mucho mejor cuando afirmó que la ética consistía en pensar, en sentir que nuestro cuerpo es una extensión del cuerpo del otro. Desde esa idea y desde ese lugar fue escrito este libro.

KV: ¿En qué momento, un ejercicio como escribir poesía, implícitamente emocional (a mi parecer), se convierte en un reclamo objetivo? Sé que tiene que ver con una renuncia a lo autoral (ya has hablado de curaduría anteriormente o también lo que han nombrado como autoría colectiva) pero en tu libro hay cierta obstinación que solamente pertenece a la poesía (pienso en otro de tus libros, Siam, en el que también hay ejercicios geniales de lirismo y documentación).

SU: Escribir poesía es un acto eminentemente político. Podríamos decir que lo es aún más en un país en guerra, en un mundo asolado por la violencia sistémica del capital. Escribir poesía es resistir. Lo político y la resistencia pueden consistir justamente en esa renuncia autoral o en una autoría comunal, pero, desde luego, hablar desde el yo y desde las emociones también es una declaración de principios, también es un manifiesto. Creo que puede haber poesía donde hay un reclamo objetivo y que puede haber un reclamo objetivo al interior de un poema. Baste que pensemos en los textos "La reclamante" de Cristina Rivera Garza, en "Los muertos" de María Rivera y "Comarca de San Fernando" de Juana Adcock. Hay, claro, una obstinación en todo ello, esa obstinación que como bien dices solamente pertenece a la poesía.

KV: ¿Has pensado en ampliar esta pieza conceptual?

SU: No en realidad. Lo que sí hice después de haber escrito Antígona González fue seguir escribiendo sobre la guerra y la violencia. Escribí un poemario fallido e inédito llamado Dispositivos y aún estoy trabajando en Autopartes, un libro ensamblado exclusivamente a partir de curaduría de nota roja y que surgió a raíz del cambio en el discurso oficial de Peña Nieto, quien pasó de la guerra contra el crimen organizado a la guerra contra el hambre, invisibilizando así las muertes, las desapariciones y la violencia que aún se ejerce no sólo a manos del crimen organizado, sino también desde el Estado.

***

Rebelarse es recontar:

Pero son más los ausentes denunciados que los cuerpos
aparecidos.
(…) Las cifras no coinciden

o:

Contarlos a todos.
Nombrarlos a todos para decir: este cuerpo podría
ser el mío.
El cuerpo de uno de los míos.
Para no olvidar que todos los cuerpos sin nombre
son nuestros cuerpos perdidos.
Me llamo Antígona González y busco entre los
muertos el cadáver de mi hermano.

 

Karen Villeda
Escritora. Ha publicado: Pelambres y los poemarios Dodo, Constantinopla y Babia, entre otros.


1 El libro se encuentra bajo Licencia Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada3.0 de Creative Commons por lo que se permite la copia, ya sea de una parte o del conjunto de la edición, en cualquier formato, mecánico o digital, siempre y cuando no se modifique el contenido de los textos, se respete su autoría, se citen las fuentes originales señaladas al final del libro, y esta nota se mantenga.

2 La Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos, el Centro Diocesano para los Derechos Humanos Fray Juan de Larios, I(dh)eas Litigio Estratégico en Derechos Humanos, la Fundación para la Justicia y el Estado Democrático de Derecho y Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos (CADHAC).