En este recuento aparecen las vías que podremos seguir para internarnos en la vida y obra del escritor franco-búlgaro, estudioso de los mecanismos y las consecuencias de la memoria.

todorov


Llegué tarde a casa. El día fue largo y no había tenido tiempo de hacer mi revisión habitual de las noticias ni en la mañana ni en la tarde (según la hora a la que tome el café con calma). Tzvetan Todorov había muerto. Corrí a mi librero para encontrarme con los únicos dos libros suyos que tengo en papel: Mémoire du mal, tentation du bien (Memoria del mal, tentación del bien) y Les Abus de la Mémoire (Los abusos de la memoria). Los compré en una librería hace un par de años en París, la ciudad en la que él vivió y murió. Recuerdo que tardé más tiempo eligiendo entre los títulos de Todorov que tenía la librería, que en revisar minuciosamente sus anaqueles ordenados alfabéticamente, recorriendo letra por letra desde la A hasta llegar a la T. Claro, elegí dos obras sobre la memoria para tenerlas al alcance de mis dedos con el fin de no olvidarlas, pero hay otras que poseo en mi memoria y que seguramente están más o menos alteradas y día a día se desdibujan un poco más.

En fin, ¿qué importaba que hubiera muerto un filósofo más, en tiempos donde mueren diario miles de personas por enemistades, enfermedades, decisiones y, sobre todo, por la incapacidad de empatía característica de tantos seres humanos? A mí me importó precisamente por el llamado que ha hecho Todorov a una memoria que sea capaz de repercutir hoy, en las condiciones presentes. Una memoria que no se queda inmóvil en un pasado cerrado, sino una memoria abierta, activa, ágil. En Les Abus de la Mémoire el escritor llama la atención sobre una característica básica de la memoria: ésta no se opone ni anula al olvido; al contrario, se compone tanto de lo que se borra como de lo que se conserva. Sigue decidir qué conservar.

¿Por qué elegir recordar a Todorov? Seguramente mucho de él quedará en el olvido —pues como él mismo afirmaba, el almacenamiento no es lo mismo que la memoria—, pero al menos unos cuantos continuaremos leyendo y discutiendo su obra un rato más. Precisamente la selección es un primer paso en el quehacer memorístico, y después de ésta viene la etapa que puede tener consecuencias catastróficas o magníficas: la utilización de la memoria. En palabras del filósofo: “cada uno de los actos tiene sus propias características y propósitos”1, y el acto de recordar a este hombre estará determinado por un sinfín de circunstancias, pero para mí, el propósito es uno: explorar las formas de utilizar la memoria propuestas por Todorov en un momento en el que la empatía podría ser un elemento clave para detener la violencia que vivimos estos días.

La vida de Todorov, una vida europea del siglo XX, explica que dedicara tanto tiempo al desciframiento de la memoria y sus mecanismos. A pesar de que la mayor parte de su carrera y obra salieron —por así decirlo— de Francia, su inspiración vino de otra parte, del único lugar capaz de atizar esa llama de la escritura: la vida. Una vida con memoria personal, nacional y mundial. Las ediciones de los dos libros que tengo en mis manos son francesas pero hay algo en su contenido que no lo es: el pasado que yace en su narración. La prosa de Todorov encierra también su memoria, los recuerdos de los cuales nunca se deshizo.

Todorov nació en Sofía, Bulgaria, unos meses antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Ahora suena muy significativa la confluencia de tales hechos en 1939  y el desarrollo de la guerra  marcó la vida del filósofo-lingüista-historiador. Para empezar, se educó bajo el mando comunista, pues la península balcánica había quedado en la zona de influencia de la Unión Soviética. De hecho, se vio orillado a huir a principios de la década de 1960 y se refugió en París, donde continuó su formación, y una década más tarde se nacionalizó como francés. Todorov fue un desplazado búlgaro, tanto por obligación como por elección, un hombre a quien el siglo XX hizo cambiar de domicilio. No sorprende que una de sus grandes críticas al mundo dedicho siglo —si no es que la principal— se centre en los sistemas totalitarios, el nazismo y el comunismo —de manera particular en el régimen de Stalin—, mismos que marcaron la memoria del siglo XX en diversos sentidos.

Con respecto a la época que le tocó vivir, distingo tres principales usos de la memoria, que resultaron en direcciones distintas según la coyuntura que los creó. Primero, los regímenes totalitarios eligieron cuál era la memoria histórica que la sociedad debía mantener para así justificarse y mantener su poder. En segundo lugar está la marca indeleble que dejaron las acciones perpetuadas por dichos regímenes en cada una de las personas que los vivieron, los recuerdos con los que cada quien decidió qué hacer en la medida de sus posibilidades. Y finalmente, los totalitarismos dejaron un sinfín de testimonios y reflexiones a posteriori, en donde entran los memoriales, museos, escritos personales, investigaciones académicas, y demás.

En ese mismo sentido, Todorov afirmaba que las huellas del pasado, en general producen tres grandes discursos: el del historiador, el testimonio y el de quien conmemora. El primero se refiere a la disciplina que pretende la restitución del pasado de forma impersonal mientras que el segundo apela a la subjetividad, a los recuerdos que configuran una identidad individual. Finalmente, quien conmemora hoy en día está guiado por el internet pero al igual que el historiador, produce su discurso en el espacio público y lo presenta como una verdad irrefutable. Por ello el filósofo advertía que la conmemoración por sí misma no es la mejor manera de vivir el pasado en el presente.2

Esto me hace pensar en la polémica desatada por Yolocaust, el sitio web del artista israelí Shahak Shapira, en el que se ridiculizaban las fotos tomadas por los turistas en el memorial del holocausto en Berlín: el efecto catastrófico más recordado de los totalitarismos. La crítica a un turismo que arrasa con todo sin siquiera preguntarse ante qué está parado no es novedad, pero tampoco el hecho de que los memoriales tengan que ser interpretados desde un presente porque, si se quedan estáticos, no son más que la materialización de un pasado cerrado, muerto. ¿Cómo tiene que ser un memorial? ¿Sólo nos podemos acercar a él con un silencio sepulcral? Dudo que éste lleve a una mejor comprensión del pasado, a una asimilación de la memoria. Todorov defendía el derecho de todo ser humano a recuperar su pasado, pero se oponía al culto de la memoria por la memoria pues ¿cuál es el fin de recuperar el pasado?

Es innegable que los totalitarismos marcaron una etapa de la historia y, más importante aun, a las personas que los vivieron. Y fueron ellas quienes decidieron recuperar una u otra parte del pasado y darle un cierto uso. Algunos transformaron los recuerdos del sufrimiento en un rencor y un odio tales que, aderezados con la victimización, llevaron de nueva cuenta al derramamiento de sangre, como sucedió durante la disolución de Yugoslavia, según afirmaba Todorov. En definitiva, cuando la memoria tiene tales consecuencias, el olvido se muestra más atractivo desde la distancia temporal. Pero algo se olvidó en aquellos países balcánicos: que los serbios, croatas, bosnios, eslovenos y macedonios son personas, con similitudes más profundas que sus diferencias, las cuales les habían permitido convivir antes de la construcción de un muro basado en identidades distintas, antes de volverse extranjeros ante los ojos de los otros.

Lo sucedido en la ex Yugoslavia es un buen ejemplo, pero como subrayó Todorov más de una vez, los europeos y especialmente los franceses, han estado particularmente obsesionados con el culto a la memoria. La nostalgia invade cada rincón de París. Hace unos días me enteré que ahora la tumba de Oscar Wilde está protegida por un vidrio para evitar más huellas de labios en su superficie. Esto bajo el argumento de la conservación, de que el monumento luctuoso del gran escritor prevalezca sin daños, en un afán por mantener vivo un pasado que no sirve sino para ser contemplado. Pero, ¿acaso esos besos no revitalizaban la tumba uniendo presente con pasado? El pasado no es un monolito inamovible y, como decía Tzvetan Todorov: “poner el pasado al servicio del presente es una acción.”3 Acercarse a la tumba de Wilde es  dejar que el pasado habite al presente.

Recordemos a Todorov por las pistas que dejó para entender y actuar sobre un mundo caótico y bombardeado de información susceptible de ser infinitamente almacenada. A este mundo violento, lleno de discursos de odio, le viene bien que toquemos las tumbas de nuestros escritores con los labios. 

 

Cecilia Burgos.
Estudió historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


1 Tzvetan Todorov, Les Abus de la Mémoire, París, Arléa, 2004, p. 15.

2 Tzvetan Todorov, Mémoire du mal, tentation du bien, París, Robert Laffont, 2000, p. 187, 191, 193.

3 Ibídem, p. 194.