El Museo Tamayo albergará hasta el 12 de marzo la primera exposición dedicada a Tacita Dean en México. La artista inglesa ha protagonizado muestras en Inglaterra, Estados Unidos, Suiza, España y Holanda. Su obra se manifiesta en distintos soportes, pero sus filmes son los más recurrentes y reconocidos. Presentamos un recorrido por aquellos exhibidos en la Ciudad de México.

A sus 51 años y después de haber alcanzado renombre a nivel internacional, la artista inglesa Tacita Dean sigue trabajando sola rodeada de carretes de película. Pasa horas editando sin tener un sistema establecido, moldeando sus filmes. Tiene un esquema que jamás sería compatible con el proceso de posproducción del cine actual, en el que una maqueta es manipulada por una serie de personas hasta disolverse la autoría y originalidad de su creador.

La exposición que se presenta en el Museo Tamayo cuenta con cerca de cien obras. Es una ambiciosa selección que abarca principalmente el periodo entre los años noventa y la actualidad. Si bien la muestra hace gala del amplio rango de soportes en los que ha trabajado Dean —pinturas, fotografías, objetos encontrados, dibujos y cine—, sobresalen sus filmes.

Filmar en 16mm es un ejercicio de paciencia, una espera incierta pero confiada en que algo sucederá. Y algo siempre sucede. Para Dean las obras encuentran su forma y empiezan a cobrar vida en el momento de la edición. Trabaja sin un guión, por lo que a menudo toma como pauta narrativa el transcurrir del tiempo: un día, un atardecer o un cigarrillo dictan la estructura de sus obras. Tal es el caso de Portraits (2016), un retrato de David Hockney editado alrededor de cinco cigarros que fuma el pintor en su estudio y que, además, se proyecta en un cuarto del museo en el que se permite fumar. La cámara estática observa a Hockney mientras inhala y exhala humo, sentado en su sofá o de pie rodeado por caballetes.

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Tacita Dean, Portraits, 2016. Cortesía de Marian Goodman Gallery, Nueva York/París.

Al contrario de Portraits, en Manhattan Mouse Museum (2011) vemos a un señor mayor de lentes que limpia y ordena frenéticamente una colección de objetos dentro de un gran mueble blanco. Miniaturas, juguetes, basura, chácharas que examina y desempolva con una brocha para luego depositarlas de nuevo en las repisas. Sin mayor explicación, nos vemos involucrados en una tarea íntima que no parece tener ningún fin productivo, hasta que descubrimos que se trata del artista Claes Oldenburg, que se dedica a convertir estos objetos sin valor en esculturas.

Otro retrato memorable es el del artista octogenario Sensaku Shigeyama, un intérprete de Kyogen (una forma cómica del teatro japonés tradicional) y actor conocido internacionalmente. La cámara lo sigue en su vida diaria, sin importunarlo en ningún momento. Esto invita a leer todo lo que lo rodea —la ropa que usa, el restaurante que escoge para comer, su forma de sentarse y leer el periódico— como pistas para conocer a una persona a través de su entorno. La recompensa del espectador llega cuando Sensaku finalmente entra al escenario sin máscara ni maquillaje, y se transforma en mono y en tigre, aullando y gruñendo violentamente y sin pudor.

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Tacita Dean, Human treasure, 2006. Cortesía de Center for Contemporary Art CCA Kitakyushu.

Dean confiesa que lo que más le interesa al retratar a personas mayores es observar la forma en la que el tiempo ha tallado sus cuerpos, cómo se ha inscrito en su piel o su voz. Ese es el caso de su filme sobre Michael Hamburger (2007), en el que el poeta y traductor inglés de ochenta y tres años recita un poema dedicado a su colega Ted Hughes. Filmado en su casa en las afueras de Suffolk, en Inglaterra, cada encuadre es digno de una fotografía. Vemos un arcoíris en el huerto, vistas de su jardín y tomas de su escritorio en donde se encuentran tres manzanas. Apenas se alcanza a ver la cara de Hamburger mientras lee en voz alta, y la cadencia del poema que recita es puntuada cada tanto por los cambios de luz, como si el movimiento de las nubes hubiese sido coreografiado para acentuar ciertas sílabas.

A los filmes de Tacita Dean los caracteriza un compromiso con la espera; otorgan el tiempo suficiente para ver y establecer conexiones entre los materiales que aparecen en escena para escuchar y traer a colación algún recuerdo propio, un vínculo que deje apreciar la obra de manera más personal.

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Tacita Dean, Michael Hamburger, 2007. Cortesía de Marian Goodman Gallery, Nueva York/París.

La exposición en el Museo Tamayo abarca otras facetas del trabajo de la inglesa, como el vínculo con la ciencia ficción y la poesía, presentes en A Bag of Air, (1995). Esta viñeta en blanco y negro muestra a dos personas en un globo aerostático, dedicadas a recolectar el aire más puro de una madrugada de primavera en una bolsa de plástico. La voz de la narradora asegura que un aceite de oro, capaz de aliviar toda enfermedad, se puede destilar de este aire.

Una y otra vez el espectador se ve confrontado con la incógnita de no saber qué es lo que está viendo, pues Dean le da un papel protagónico a lo que sería tan solo un paréntesis en cualquier otra narración. En The Green Ray (2001) captura el rayo verde que se puede ver en el último instante de un ocaso cuando las condiciones climáticas y atmosféricas son óptimas; Purple Steering Wheel (2016) documenta un volante cubierto de peluche morado, y Prisoner Pair (2008), en la que se cultiva la curiosidad del público con tomas muy cerradas y acercamientos a lo que parecería un insecto en formol o un cuerpo terso como el de una fruta sumergida en alguna substancia. En todos los casos el espectador se convierte en detective, o en el arqueólogo que descifra una escena sólo a partir de superficies, texturas, destellos y fragmentos reflejados en un vidrio o en el parabrisas.

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Tacita Dean, Purple Steering Wheel, 2016. Cortesía de Marian Goodman Gallery, Nueva York/París.

Dean depende de lo desconocido para poder trabajar. “Filmar en 16 mm involucra cierto nivel de ceguera”, confiesa en una entrevista sobre Film, una de sus piezas más famosas que fue presentada en 2013 en la Sala de Turbinas de la Tate Modern. “En realidad todo el proceso es muy misterioso, y más que una limitante, la ceguera se vuelve una herramienta de trabajo.” Lo que sí lamenta es que trabajar en 16 mm se haya vuelto un tema controversial sobre su obra, más parecido a una declaración política que a una inclinación por un soporte particular. El suyo no es un rechazo nostálgico o aferrado (aunque quizás sí político): la inmediatez y perfección que caracterizan al medio digital no son compatibles con su método; ella busca el error, lo frágil, lo inesperado y mágico de la película.

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Tacita Dean, The Green Ray, 2001. Vista de la instalación por Agustín Garza. Cortesía del Museo Tamayo.

De alguna manera la cinta de celuloide es tiempo vuelto tangible, con una duración física de 24 cuadros por segundo en los que Dean se dedica a efectuar una cuidadosa disección de la memoria. Al salir de cada sala de proyección la película empieza a surtir efecto; en la mente quedan sólo algunas imágenes, una vaga noción de la paleta de colores. Pero se afianza el sentimiento de haber visto algo accidentalmente extraordinario, banal y a la vez muy reflexivo. Los filmes de Dean dan la impresión de haber sido pensados, no sólo para ser vistos, sino recordados. Son una forma de protesta contra el olvido.

 

María Emilia Fernández
Historiadora del arte. Es asistente de Comunicación en la galería kurimanzutto y colabora como voluntaria en el Museo Jumex.