En esta crónica de aguda mirada, Julio Patán nos invita a pasear por la capital de Cuba, nos adentra en la fisionomía de una ciudad cuyos rasgos sorprenden y cautivan. En ellos viene inscrito el ADN de la Revolución, el resignado goce de sus personajes literarios y el ingenio de un pueblo que sobrevive entre los detritus del capitalismo.

Las revistas de viajes a menudo dicen otra cosa, pero La Habana se cae a pedazos.

Hay, sí, un puñadito de barrios o zonas equiparables al mundo desarrollado, o con las zonas privilegiadas de los países más pobretones que no han optado por el ideal igualitario como Cuba.

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Está desde luego —siempre visto a la distancia, entre la tupida vegetación, los guardias armados y las vallas— el búnker de muchos, muchos metros cuadrados donde eligió vivir el Comandante en Jefe con su familia y que según se dice aspira a ser autosustentable —huertos, animales de cría, plantas de agua, etc. Ha de ser porque entre las 600 tentativas de asesinato que dicen que perpetró la CIA contra Fidel abundaron los venenos.

Está, claro, la exclusiva privada donde se levantan viejas casas sin un raspón, albercas, pastos impecablemente cortados y abundante personal de servicio, reservadas a extranjeros distinguidos, amigos del régimen, que han sabido honrar a la Revolución, ese proyecto de una sociedad sin clases sociales que, sin embargo, ha sabido entender que dentro de la única clase social caben muchísimos tonos de gris.

Y está, también, el caso tal vez más notable, excepción hecha de la parte restaurada de la Habana histórica: la zona de embajadas, en el barrio de Miramar. Organizada en torno a una fila india de representaciones diplomáticas que parece una magna exposición del autoritarismo cleptómano planetario —Venezuela, República del Congo, Nigeria, Arabia Saudita—, muestra un camellón con andador en buenas condiciones, un bonito parque con una estatua de Emiliano Zapata que no se parece a ningún Zapata visto antes, y otro parque, enfrente, con un contradictorio tributo a Gandhi, el santo patrón de la lucha no violenta, nada menos que de parte de la Revolución Cubana, tan belicosa ella. Entre bonitas casas que pueden remitir al caminante a Las Lomas en la Ciudad de México, y a aburridos hotelotes de cadena, gringos y españoles, en condiciones aceptables, en la zona hay, tal vez, sólo tres concesiones realmente rotundas a la fealdad.

Una es la inaudita embajada rusa, evidentemente heredada de tiempos soviéticos, que nadie debe morir sin contemplar para entender cómo la arquitectura puede dar miedo. Es un mazacote gris, con ventanas reducidísimas, que recuerda extrañamente a un robot japonés gigante de cine sesentero, recubierto con una capa de hormigón bolchevique. Asusta pensar lo que ha pasado dentro de esos muros, pero aún así es un edificio en buen estado. Que nadie acuse a Vladimir Putin de tacaño.

Feos son y deteriorados están, en cambio, los hoteles gemelos casi idénticos —los hoteles jimaguas, en términos de la santería— que descansan o más bien agonizan frente al mar, como si hubieran encallado hace muchos años: el Neptuno y el Tritón, enormes, también con una impronta de arquitectura soviética, llenos de herrumbre y ventanas opacas. Dos estrellas y media en la página de viajes más amable, contra las tres que anuncian ostentosamente sus fachadas.

El resto está impecable.

Basta caminar una media hora o poco más rumbo al Malecón para que el panorama cambie seriamente. Sorprende, por ejemplo, que un edificio de Miramar con una guapa vista del océano con las lanchas de los pocos pescadores autorizados por el régimen puede mostrar un alto grado de desgaste en los muros y ventanas. Es un edificio en donde vivieron personajes como Alberto Korda (el fotógrafo de la foto del Che y en sus días íntimo de Fidel, si tal cosa era posible), o sea un edificio para clases medias altas —y por cuyos departamentos hoy los foráneos ofrecen hasta un cuarto de millón de dólares, convencidos de que el régimen se abre al mundo y es momento de invertir—, que se encuentra entre baldíos con hierbajos bastante crecidos y una orilla del mar atiborrada de plásticos y papeles. Algo impensable en el que podría ser un barrio equivalente a la Condesa o la Roma en la ciudad de México, o a Chamberí en Madrid.

A partir de ese punto, con un par de islotes como excepción, la ciudad, toda ella, parece desmoronarse cada vez un poco más según recorres sus calles. Así y todo, de manera un tanto paradójica—y sin que medie la pornomiseria, la condescendencia del turista en busca de pobres verdaderos, del cazador de autenticidades—, es ahí donde empieza el encanto difícil de explicar de la capital cubana, el secreto de su capacidad de seducción. El misterio de La Habana.

La utopía sin vidrios

La descomposición física de La Habana puede narrarse como una road movie que transcurriría en unos ocho kilómetros y que tendría su inicio en el Malecón, o sea donde empieza (o acaba) Miramar, y terminaría en La Habana Vieja, con algunas escapadas cuesta arriba, hacia la zona de El Vedado.

Llegar al Malecón desde Miramar significa atravesar un ruidoso paso subterráneo en donde conviven coches y peatones. Nada más volver a la superficie, unos cinco minutos después si vas a pie, cada edificio a la vista muestra un estado de deterioro que va de medio-alto a altísimo según la suerte o la astucia de sus inquilinos.

Hasta hace relativamente poco, los 11 millones y pico de cubanos que viven en su país trabajaban de una manera u otra para el Estado, que no sólo concentraba la administración pública con su recargada nómina burocrática, sino también —como todavía concentra en grandísima medida— la educación, los servicios turísticos, la producción de todo (y más a menudo la decisión de importarlo, porque lo de producir no abunda en esas tierras), la distribución de ese mismo todo que en realidad es muy poco y, con ciertos ecos feudales, la propiedad de cada metro de terreno.

 

En 1960, o sea transcurrido poco más de un año desde el triunfo de la guerrilla, la radicalización de los cambios políticos y económicos que fraguaban Fidel Castro, el Che, Raúl y sus adláteres se dejó sentir. Eran de escándalo, a esas alturas, las ejecuciones arbitrarias y los encierros eternos no sólo de antiguos integrantes del aparato represivo de Batista, sino también de muchos revolucionarios ajenos al ideario marxiano. Es el año de la Reforma Agraria, las expropiaciones masivas de empresas —unas 550 en menos de dos meses, entre las norteamericanas y las cubanas—, y también de las propiedades de los ciudadanos de a pie, conforme a la Ley de Reforma Urbana que prohibía “el arrendamiento de bienes urbanos y cualquier otro negocio o contrato que implique la cesión del uso parcial o total” de cualquier propiedad. Dicho en plata, a partir del 60 nadie en Cuba era libre de rentar o vender la casa en la que vivía incluso cuando hubiera sido capaz de pagar una “indemnización” al Estado para hacerse nominalmente de ella. Así, quedaba abolida la propiedad privada y por tanto correspondía al Estado mismo, ese supremo distribuidor de bienes y servicios, lograr que cada casita tuviera la mano de pintura, la gotera sellada, el suelo pulido.  El Estado fracasó en el intento, como resultará obvio a cualquier visitante, con lo que a partir de 2011 la administración de Raúl Castro decidió ponerle rewind a aquellas disposiciones y dar lugar a algo ya muy parecido a la plena posesión de tu casa, que puedes arrendar o vender con algunas pocas restricciones, referentes, por ejemplo, a cederla sin más a un extranjero.

Desde entonces, la manita de gato quedó formalmente en manos del propietario, como en el resto del mundo. O no. Y es que el Estado, decía, se reserva todavía una cantidad incalculable de responsabilidades, o tal vez habría que decir: privilegios —la distinción siempre es confusa, sobre todo en las sociedades utópicas—. Como el privilegio de producir. Aunque en Cuba no pueda producirse, literalmente, ya ni el azúcar, que se importa, a 47 años de la zafra de los 10 millones. O comprar e importar y luego distribuir. O directamente prohibir. La revolución castrista, que tantas necesidades quiso identificar en el pueblo, sigue sin entender que los seres humanos necesitan ventanas, de modo que la compra de un vidrio depende de que alguien logre escamotearlo de alguna bodega del Estado. Y si es caro e ilegal comprar un vidrio, no es más barato ni más fácil hacerte de pintura, una chapa, un cable o una moldura. Luego de recorrer quince tiendas autorizadas llenas de anaqueles vacíos en compañía de mi anfitriona en La Habana, quien lleva con clase, decencia y enormes trabajos un negocio de Airbnb —uno de los pocos autorizados en la Cuba de hoy—, me tocó ver cómo finalmente logró comprar una regadera de manufactura china, a precio de oro, con una cuadrilla de mulatos que malviven al margen de la ley en un edificio derruido de la Habana Vieja, en la calle Monte, ya fuera del circuito de turistas.

La utopía sin cristales se vuelve muy evidente en la maravilla que es, a pesar de todo El Vedado, quizá el más literario de los barrios cubanos. Es el barrio de Guillermo Cabrera Infante, que ha ambientado ahí buena parte de su narrativa; el del poeta Heberto Padilla, que vivía en esas calles cuando le cayó encima la represión del Estado por andar publicando versos satíricos sobre el Líder; el de la pelea entre Virgilio Piñera y José Lezama Lima en el parque. Y es una belleza ahora decadente que se asoma de lo alto de la ciudad al mar desde el siglo XIX. Zona privilegiada desde siempre, como dejan ver esas enormes y caribeñamente señoriales casas, fue expuesta a numerosas apropiaciones por parte del Estado luego de la Revolución, cuando empezaron las oleadas de exiliados. Hoy conviven algunas casas en buenas condiciones, sobre todo según te acercas a la Plaza de la Revolución, con una mayoría abrumadora de casonas con viruela, fracturas, gallinas famélicas, coches oxidados y banquetas reventadas por la vegetación, más algunos negocios y sobre todo unos cuantos ministerios, destacadamente los del Interior y Comunicaciones, con el Che de Korda y Camilo Cienfuegos famosamente silueteados en sus fachadas, en plena Plaza.  

¿La Habana Vieja es la nueva Habana?

Pero lo que suele marcar las opiniones de las revistas de viajes y algunas otras es La Habana Vieja. Un artículo de junio de 2015 del diario El País, firmado por el corresponsal Mauricio Vicent, lleva como encabezado “La nueva Cuba está en la Habana Vieja”. No le falta razón. Como entonces, en los primeros días de 2017, cuando aterricé en Cuba, el corazón de La Habana Vieja, que es como el corazón del corazón de La Habana, exhibe una notable cantidad de hoteles boutique con no mala pinta, “paladares” que siguen sobrecocinando la langosta pero lucen bien y no padecen tanto desabastecimiento como antes (aunque todavía se les puede acabar la cerveza, por ejemplo), alguna tienda de diseño, bares, cafés. Con el régimen castrista nunca se sabe, porque luego de los periodos de apertura económica, habituales cuando la crisis ya no aprieta sino que ahorca, puede venir un recrudecimiento del control estatal sobre toda la actividad comercial. De momento, sin embargo, Cuba espera a un nuevo mecenas, agotada la dosis vía intravenosa del petróleo venezolano por la incompetencia delincuencial del chavismo que ya no puede regalarle esos 1300 millones de dólares anuales en barrica. De tal suerte, esos negocios están en manos de particulares, operan, pagan abundantes impuestos y sobre todo combinan con el entorno, muy cuidadito.

Esa parte de La Habana Vieja, de unos dos kilómetros, ha visto cómo se rescatan, más que rehabilitan, unos 200 edificios catalogados. Es un centro histórico comparable a casi cualquier otro, lleno de turistas —muchos gringos, y más son de esperarse de ahora en adelante salvo la mejor opinión de Donald Trump— que compran gorras del Che, beben mojitos y se resignan con la gastronomía cubana o desafían a la italiana, muy abundante en un país que tiene un enorme intercambio comercial y turístico con Italia. Pero esos dos kilómetros están lejos de agotar La Habana Vieja, y en torno a ellos se despliega una ciudad en ruinas. La restauración del casco histórico, en 2015, alcanzaba más o menos el 30% del total, y algo se habrá extendido desde entonces. No es poco, pero no es ni de lejos suficiente y da la sensación de que la Habana más antigua, que empezó a construirse en el siglo XVI, juega contra reloj.

Junto al paladar en donde comemos mi anfitriona habanera, su hija y yo —unas amables terrazas a la manera de Italia o España en el verano—, se levanta un edificio ruinoso. Sólo en su segunda planta, que no tendrá más de 200 metros cuadrados de goteras y brazadas de cables de luz como sólo me ha tocado ver en la India, viven 145 personas que comparten un baño, según nos cuenta uno de los vecinos. Este escenario, con pocas variaciones hacia arriba o hacia abajo en términos de inquilinos por metro cuadrado, se multiplica una y otra vez por toda la zona histórica de la ciudad. No son raros los derrumbes, como ese, sonado, que le tocó a un italiano que intentaba rehabilitar un edificio como hotel boutique y que cobró varias vidas. El deterioro alcanza incluso algunos rincones de la Fortaleza de La Cabaña, que se puede ver como una extensión de la Habana Vieja en la punta de la entrada de la bahía. Conocida como El Morro, es una fortificación terminada el siglo XVIII, ocupada por el Che en el 59 como escenario de las muchísimas ejecuciones que ordenó y convertida en una conocida prisión luego del triunfo revolucionario —la padecieron figuras tan importantes de la disidencia como el escritor Reinaldo Arenas y el comandante Huber Matos—. Hoy se llama Parque Histórico Militar Morro-Cabaña. Es un complejo de museos, patrimonio de la humanidad de la UNESCO y en digno estado de conservación, en el que, sin embargo, puedes encontrar, en medio del patio, un rincón lleno de basura y heces humanas, unas cuantas ratas correlonas y un baño por el que hay que pagar un peso extra y en el que te esperan pastillas de jabón reducidas a su quinta parte por el uso.

A pesar de todo, hasta en esos monumentos no tan bien remendados y esas calles en ruinas, con niños gritones, perros famélicos, bolsas de basura y carnicerías con filamentos de carne que dan susto de solo verlos, en medio de la pobreza bien real del socialismo real, La Habana conserva su magia. Su misterio.

Policía en un Estado policiaco

Mario Conde tiene la extraña tarea de ser policía y desentrañar crímenes comunes en un Estado al que, en términos generales, sólo le preocupan los crímenes que llama precisamente “contra el Estado”, es decir: la extraña tarea de ser policía en Cuba. La Habana es una ciudad segura. Es difícil sufrir un asalto o alguna agresión salvo en ciertos barrios, por el férreo control de los órganos de seguridad, un ejército de unas 60 mil personas (el 0.5% de la población, como enseña la fórmula de la Stasi, la inteligencia de la Alemania Oriental que tantas lecciones dejó en la isla), a las que se suman las policías y los CDR, los Comités de Defensa de la Revolución, esas sombrías entidades de vigilancia vecinal, omnipresentes bajo el logo del guajiro con un machete. Pero a los órganos de seguridad cubanos les pasa lo que a los venezolanos, que han hecho de Caracas la ciudad más violenta del continente: en realidad no les importan los crímenes comunes; están ahí para garantizar la pervivencia del establishment socialista, para detectar delitos contra la revolución.

Conde es otra historia. Fumador empedernido, lleno de guasa cubana pero melancólico según toca a todo detective negro digno del nombre, escritor frustrado, enamoradizo pero propenso a dinamitar sus relaciones o a meterse con quien no debe —o sea, enamoradizo— y categórico borrachazo, sobra decir que mejor si es de ron, lucha por resolver crímenes del común, a la manera de un detective hard-boiled de tradición gringa pasado por el tamiz cubano. Y mientras lo hace, nos lleva de paseo por La Habana, lo mismo en las cuatro novelas que protagoniza gracias a Leonardo Padura, que en la magnífica miniserie inspirada en ellas que ofrece Netflix desde hace poco, dirigida talentosamente por el español Félix Viscarte y adaptada por el propio Padura y Lucía López Coll.

Notable experiencia ver Cuatro estaciones en La Habana luego de visitar la ciudad. En los 90, con la sombra del llamado Periodo Especial tapando el sol habanero —no tenía mucho desde que los soviéticos suspendieran el subsidio a la isla, metida en una crisis de proporciones africanas—, Conde y su cuadrilla de amigos y colegas caminan o se mueven en coches viejísimos como aristócratas decadentes, entre calles rotas pero graciosas que transmiten el mismo placer casi culposo que comunica la Habana verdadera todavía hoy, el placer que nace de ver una ciudad que no debería estar así, carajo, pero que así y todo invita a seguirla caminando. Cosa que no es fácil.

La Habana no sólo conserva su encanto a pesar de la decadencia urbanística y arquitectónica: lo conserva a pesar de las dificultades notables que significa la convivencia con muchos, muchos de los cubanos. El Che —que sin las ambigüedades de Fidel llegó explícitamente marxista a la revolución y se fue marxista de este mundo, cuando lo pasaron por las armas en Bolivia— creía que la instauración de la utopía socialista era, incluso antes que un proceso material, un proceso “moral”: implicaba la creación de ese “hombre nuevo” de la doxa marxista, un hombre libre de las “armas melladas” del capitalismo, libre de “la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca”. El hombre nuevo era un hombre todo solidaridad, libre del burgués interés individual y material, un hombre plantado en la colectividad, un hombre cien por ciento social.

Uno se pregunta, si el Che está en el cielo reservado a los salvadores de la humanidad, qué pensará del hombre nuevo creado por la revolución que con tantos tiros promovió. Pasear por las calles habaneras es enfrentarse al acoso permanente de personas marcadas por la desesperación material. A cada calle, algún cubano o —menos a menudo— alguna cubana intenta envolverte con un discurso dicharachero, sonriente, sobre lo que sea: la estafa light de necesito medicinas, de estudio informática y no tengo mochila, de te voy a llevar a tomar el mejor mojito. Es enfrentarse, pues, a la certeza de que la simpática espontaneidad cubana se va a disolver en antipatía o en abiertos malos modos en cuanto la estafa no cuaje, en cuanto no sueltes el anhelado billete de diez o la mochila o los lentes Ray Ban. Tampoco escasean los que te ofrecen “chicas, tabaco…”, sin más. El socialismo castro-guevarista creó un hombre ajeno a toda solidaridad, pendiente con ansiedad de yonqui de obtener el menor beneficio material, rigurosamente individualista.

Y un hombre que vive, además, de los detritus del capitalismo.

El museo del capitalismo

Salgo a pasear por la ciudad, le pregunto a mi anfitriona si hace falta comprar algo, me dice que cervezas y me da una bolsa de plástico, una jaba: no puedes contar con que haya cerveza en las tiendas, pero incluso si hay cerveza pueden haberse acabado las bolsas. La Habana es todavía la ciudad donde abastecer la alacena significa una peregrinación por varias tiendas y pagar precios bastante altos por productos en general no muy buenos. Abundan los anaqueles semivacíos, y sorprende encontrar latas, bolsas o cajas de donde se quiera —chinas, españolas, mexicanas, norteamericanas—, que parecen transportadas por una máquina del tiempo desde los años 70, 80, 90. El sueño socialista se alimenta de los restos del capitalismo, ese sistema criminal que decidieron erradicar los Castro y el Che por gracia de la economía y la producción centralizadas.

Y es poco lo que no se aprovecha. Los cubanos ni de broma tiran las bolsas, como sí hacemos tantos ciudadanos del mundo. Pero me sorprende ver cómo el anillo para colgar la cortina de la regadera es un tesoro, cómo se utilizan los frascos de vidrio, o la gratitud cuando dejas el ibuprofeno o los Alka Seltzer que cargas siempre en los viajes por aquello de la cruda, o la botella de shampoo; ni hablar de la ropa o los zapatos. Todo se reutiliza, todo se exprime hasta la última gota. El socialismo castrista inventó la sociedad del reciclaje, pero sin visos de conciencia social. El socialismo es la negación de lo común, de lo colectivo.

Lo del reciclaje, sin embargo, no significa que La Habana sea una ciudad limpia. El Estado que tendría que haber sido productor, distribuidor, educador y proveedor de servicios médicos, tendría que ser también el Estado recogedor de basura; faltaba más. Tampoco ahí ha tenido éxito. Veo un camión recolector en buenas condiciones que recorre Miramar, pero esa escena es más que rara en casi todo el resto de la ciudad. En ciertas zonas del Vedado, en la parte abandonada de La Habana Vieja, y sobre todo en los barrios más pobres, esos a los que no llegan los turistas, la basura se acumula en cerros de hasta dos metros de alto en las esquinas. Los camiones, en efecto, pueden tardar días en volver. Es un espectáculo desolador. Como si el capitalismo hubiera elegido las calles habaneras para instalar una especie de museo al aire libre de sus mil productos en desuso, una exhibición de su victoria sobre la economía planificada.

Lo que pasa es que La Habana es resilente: supera incluso esa forma extrema de la derrota de un sistema, de una forma de vida, dirían algunos. Mientras esquivo cubanos con mirada depredadora, pilas de basura y banquetas cuarteadas, entre logos amenazantes de los CDR y abundantes muros pintados con el eterno “Comandante en jefe, ordene” —como si Fidel pudiera ordenar desde el más allá—, pienso sin motivos verbalizables que La Habana es una de esas ciudades que invitan a volver cíclicamente, con la misma resignación feliz de los personajes de Padura que, entre muros roñosos, sorprendidos por el hecho de que ese día sí tienen comida en la mesa, beben ron para darle vueltas sin respuesta posible al misterio de que quieran seguir atados a esa ciudad cuarteada y cruel.

 

Julio Patán
Escritor y conductor de radio y televisión. Ha publicado Negocio de chacales, Conspiraciones y El libro negro de la izquierda mexicana, entre otros.