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Con enérgicas críticas a la medicina entendida como negocio, Arnoldo Kraus busca la identificación con sus tramas. Compartimos uno de los textos que integran Quizás en otro lugar (Sexto Piso).


En 2012 los editores de una de las grandes enciclopedias de todos los tiempos, la Enciclopedia Británica, anunciaron que después de 244 años, la versión en papel dejaría de publicarse. ¿La razón? Ya no es rentable. ¿La realidad? La enciclopedia sigue siendo lo que era, las personas ya no son como eran. ¿La razón de la realidad o la realidad de la razón? Internet. Dios Internet ha adquirido poderes inusitados. Ayuda, abraza, abarca; AAA es uno de tantos algoritmos cuando de Internet se habla. Tras la desaparición en papel de las enciclopedias, ¿correrá Dios el mismo destino?

Todo mundo tiene enciclopedias. En las casas de algunas familias, sobre todo las de los ricos, hay enciclopedias de libros. Unos las adquieren por amor a la sabiduría, otros por la necesidad de llenar libreros, y algunos por si logran hacerse de un intelectual. En las casas de las familias pobres las enciclopedias no son de libros, son de realidades: infortunios, historias crudas, dolores no resueltos y deudas impagables, son, inter alia, algunos tomos. Con el tiempo, con el avance de la globalización, y el incremento de la pobreza, la mayoría de las enciclopedias impresas desaparecerán o se publicarán solamente en forma de libros electrónicos. Al unísono, en el mismo lapso, la Enciclopedia del infortunio persistirá y se incrementará el número de avatares y descalabros ahí expuestos. No todo, por fortuna, es negro.

La humanidad tiene la capacidad de reinventarse ilimitadamente. Los médicos, esas aves salvadoras, anunciaron en 2012 la publicación de la Enciclopedia del cáncer. Aunque sus tomos no suplirán la erudición de la Enciclopedia Británica, ni serán suficiente consuelo para reemplazarla, en tiempos de sequía, una nueva enciclopedia es bienvenida.

La Enciclopedia del cáncer, salvo para las células tumorales que no podrán seguir reproduciéndose a su gusto ni haciendo de las suyas, y para los cirujanos oncólogos, cuyos bisturís tendrán menos que cortar, es una gran noticia. La noticia rezuma sabiduría, sintetiza esfuerzo, presagia triunfos. No es para menos: cáncer y humanidad siempre han caminado juntos. En forma de neoplasias individuales —cáncer de estómago, melanoma—, o como tumores colectivos —prostitución infantil, curas pederastas, impunidad, corrupción, injusticia, esclavitud—.

Nadie sabe cuál fue el primer tumor canceroso. No conocemos el nombre de la primera víctima ni la forma en la cual murió. No sabemos lo que pensaron los médicos de antaño cuando confrontaron ese mal desconocido e innominado. Nada se ha escrito acerca de las angustias de los familiares de la época anterior a la Biblia frente al sufrimiento y el resquebrajamiento de sus seres queridos. Después de incontables muertes —ignoro cuántas personas perecen cada año por ese mal—, de vastos escritos científicos —desconozco cuántos artículos se han publicado al respecto y menos cuántos de ellos han sido de utilidad—, de innumerables horas dedicadas a investigar, de inimaginables descubrimientos, y de grandes éxitos y grandes fracasos, los científicos han logrado avances otrora impensables. Nunca se sabrá el nombre de la primera persona muerta por cáncer pero sí, pienso, de la última.

La Enciclopedia del cáncer supone un éxito rotundo. La sabiduría ahí incluida no pretende librarnos del cáncer, “sólo” busca domarlo. Por fortuna, los científicos no son tan pretenciosos como los políticos. Ante el fracaso del dictum “fin a la pobreza”, los científicos nunca escribirían “un mundo sin cáncer”. Suficiente logro será domeñarlo.

Desde hace décadas, los médicos han soñado con individualizar a cada paciente por medio de la denominada medicina personalizada. Al individualizarlos, los galenos no tendrán que indagar acerca de las alegrías o infortunios de su cliente y no malgastarán su tiempo. Debido al diseño preciso y a la gran exactitud de las nuevas moléculas farmacológicas, los médicos no perderán el tiempo en investigar otros avatares de las vidas del enfermo, como su situación económica, si pagó o no la renta, si tiene o no amante, si ha leído a Dostoievski, si tiene complejo de Edipo, si su nieto lleva su nombre, y si odia o ama.

Obviar las circunstancias anteriores tiene su precio: será el final de la antes vanagloriada relación entre médico y paciente. Los galenos lectores de la Enciclopedia del cáncerrecetarán de acuerdo a códigos preestablecidos —como robots— y evitarán someterse al viejo dictum que sostiene: “No hay enfermedades, hay enfermos”, es decir, que podrán olvidarse de la persona y recetar sin siquiera mirarle.

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Gracias a la medicina personalizada, los fracasos terapéuticos, las pifias diagnósticas, las recetas inadecuadas y las muertes injustificadas disminuirán cuando se prescriban medicinas diseñadas de acuerdo al perfil genético, como lo dicte la Enciclopedia del cáncer, del enfermo. Ese tipo de fármacos actuará en el lugar preciso, acabará con el mal de raíz, y seguramente no tendrá efectos colaterales —como enfermar de otra enfermedad al paciente—, ni reacciones secundarias graves —como matar al enfermo—. La medicina personalizada promete mucho.

Los fármacos nuevos serán diseñados ad hoc. Conocerán el lenguaje de las células malignas, el perfil genético del cliente, las sustancias producidas por las células cancerosas, las miserias de las células sanas, los secretos del tumor, la historia del huésped y, por si fuera poco, sabrán diferenciar entre una célula buena y una malvada. Esos fármacos emularán los éxitos de los misiles contemporáneos, cuya exactitud permite diferenciar entre terroristas y civiles. En síntesis, las nuevas medicinas sólo acabarán con las células cancerosas.

La medicina personalizada, y la futura Enciclopedia del cáncer, se deben al aislamiento de células tumorales, al conocimiento de su información genética, al desglose de la forma como actúan las sustancias químicas producidas por ellas, y a la posibilidad de delinear medicamentos específicos que interrumpan su funcionamiento. Las nuevas moléculas se elaborarán a la medida, como lo hacen los grandes sastres. Los médicos tejerán fármacos de acuerdo al perfil del enfermo y crearán medicinas ad hoc. LaEnciclopedia del cáncer crecerá poco a poco, mejorará con el transcurso del tiempo, habrá para cada tumor una droga asesina y la humanidad se perpetuará y se reproducirá ad nauseam. Entre más personas libres de cáncer haya, más humanos convivirán en la Tierra.

Es imposible no inquietarse por dos posibles sucesos. Primero. Conforme la Enciclopedia del cáncer aumente su tamaño y eficacia, la Enciclopedia del infortunio crecerá. Entre una y otra enciclopedia habrá una relación recíproca. Por cada superviviente de cáncer, seguramente rico, habrá dos, cuatro o más personas, pobres y muy pobres inscritas en laEnciclopedia del infortunio. Segundo. De cumplirse el supuesto previo, es posible que muchos de los científicos responsables de la Enciclopedia del cáncer retiren sus aportaciones u opten por el suicidio.

 

Arnoldo Kraus

Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos y de Recordar a los difuntos, entre otros libros.