Esta sección le facilitará al lector de hoy, nervioso de clics, algunas noticias y curiosidades literarias a manera de canasta quincenal. Aun en desacuerdo con el frenesí de la lectura electrónica, actualizamos el nombre de una sección similar de nexos llamada “Picadero” que alimentaban Luis Miguel Aguilar y Rafael Pérez Gay en los no tan lejanos noventa.

 

Lectores fieles
La biblioteca de Jean Giono (1895-1970) será resguardada y restaurada gracias a los más de cien mil euros vertidos por sus suscriptores. El fondo patrimonial del autor de Un roi sans divertissement quedará en su casa del Paraïs, una villa del siglo XIX en Manosque, en la que vivió hasta su muerte. La Fundación para el Patrimonio Nacional de Francia y la Asociación de Amigos de Jean Giono otorgarán acceso público a los archivos del escritor así como a unos ocho mil libros con anotaciones personales. Las donaciones siguen abiertas aun cuando la meta de cien mil euros quedó sobrepasada. Para los que piensan que leer y escribir no son actividades rentables, queda claro que los réditos no son del reino de este mundo.

La marea bibliográfica
Los obituarios son el sueño de la oportunidad y la pesadilla de cualquier periodista. Tras la muerte de Fidel Castro, las biografías se van a multiplicar como peces hasta hundirnos en su marea bibliográfica. Castro de Serge Raffy (Fayard, 2003, 680 p.) será una de ellas. Ahora en edición aumentada, aparecerá en librerías de Francia y el mundo a partir del 14 de diciembre. No deja de sorprender el acercamiento a los últimos días del eterno caudillo del trópico, como en este extracto: “El hombre que no olvidaba nada ha perdido la memoria. Ahora, en este verano del 2014, está sumido en una bruma opaca de la que no sale más que por intermitencias […] A sus 88 años, el Comandante vive recluido en su búnker de Punto Cero, centro de veraneo que fue, antes de la revolución, ironía del destino, un campo de golf de la gran burguesía cubana”.

suaudeau

Literatura y realidad
Le Parisien realizó una encuesta sobre las tendencias de la literatura francesa de este fin de año. Sometidos al principio de realidad del terrorismo, los autores de más de diez novelas recrean el trauma colectivo, en el corto trecho de los ataques contra los periodistas de Charlie hebdo hasta las ejecuciones en masa del 13 de noviembre. Entre ellos, el novelista Julien Suaudeau (1975) entrega Ni le feu ni la foudre (Ni el fuego ni el trueno) la última parte de una trilogía de la violencia en la cual está engarrotada una nación enemiga de sí misma (Dawa, 2014 y Le Français, 2015, todas en Robert Laffont). En sus dos novelas anteriores, el autor se adentra en la vida de djihadistas afirmados y de jóvenes franceses rurales que hacen el viaje iniciático a Mali y a Siria. En cambio, Ni le feu ni la foudre relata las horas previas a la noche fatal del concierto del “Bataclan” al que asisten algunos de sus personajes. Tiene la virtud de detener la trama justo antes de que empiece el concierto convertido en ejecución sumaria. Los versos de Aragon, de donde se desgaja el título (“Nada es tan fuerte ni el fuego ni el trueno / como mi París desafiando los peligros”), evocan la esperanza recobrada de una ciudad-mundo bajo el asedio. Vous n’aurez pas ma haine (No tendrán mi odio, Fayard, 2016) de Antoine Leiris, cuya esposa falleció en el concierto, y Nos 14 novembre (Nuestros 14 de noviembre, JC Lattès, 2016) de Aurélie Silvestre, cuyo padre de su hijo también murió esa noche, son dos testimonios del horror del “Bataclan” que buscan sobrevivir a la experiencia de la pérdida por medio de la escritura.

Desde el impactante relato-testimonio de Emmanuel Carrère sobre el caso del asesino serial Jean-Claude Romand, en L’adversaire (Gallimard, 2000), la literatura francesa no había requerido semejante alianza entre realismo y narrativa. Es imposible saber si estos senderos literarios conducirán, en Europa, a algún nuevo punto cardinal de la cultura contemporánea como la ya bien arraigada “narco-literatura” de América. No obstante, verter estas novelas a nuestra lengua pueda servir para tender más puentes de comprensión ante la violencia y el fanatismo global.

Memorias para Stevenson y Salgari
En el siglo XVII, las manecillas del Caribe giraban sobre tres ejes: la plantación, el comercio por mar y el saqueo. Dinámica de economía transatlántica, su renta beneficiaba tanto a explotadores, terratenientes y duques como a renombrados filibusteros al servicio de alguna metrópoli. Con la rivalidad de las colonias por la hegemonía de los mares se diversifican los frentes de la piratería. Hay que distinguir a los filibusteros, encomendados por alguna autoridad real para el control de las rutas, de los verdaderos forajidos, piratas libres de todo yugo a los que esperaba la horca. En septiembre apareció L’enfer de la flibuste (El infierno de los filibusteros, textos reunidos y presentados por Frantz Olivié, ed. Anacharsis, 2016, 312 p.) El antologador dio con la pala sobre un cofre enterrado en los archivos: diarios manuscritos de unos ochenta corsarios, de origen francés, que abandonan el Caribe en 1686 en dirección al estrecho de Magallanes. Durante ocho años, arrasan las costas del Pacífico, errando por los litorales, de Chile a México y a un sin fin de islas, como la siguiente: “[Galápagos, septiembre de 1689] Es de lo más sorprendente ver que se halle esta isla en el mundo porque, para mí, creo que es el infierno”. Las crónicas vienen sin firma o bien han sido atribuidas a piratas como Duplessis, Massertie o Exquemelin. En todo caso, su experiencia parece quebrar los diques imaginarios de la mejor literatura: nada semejante en Stevenson o Salgari a las enfermedades, los naufragios, las violaciones, los asesinatos y otras variantes existentes de la crueldad: “Hoy vivos, mañana muertos ¿qué nos importa ahorrar y ser clementes? Sólo podemos considerar el día en que estamos vivos y nunca el que nos queda por vivir”. R. L. Stevenson creó La isla del tesoro a partir del dibujo de un mapa que desató su imaginación. Ese mapa “era casi toda la trama […] con su infinita y elocuente capacidad de sugestión” (además, agrega el escocés, de las lecturas de Poe, Defoe, Washington Irving, los Bucaneers de Johnson y At last de Kingsley). Se originó así la mejor prosa de la lengua inglesa desde Shakespeare, el estilo más puro e invisible, en palabras de Alberto Manguel, que a Borges encandiló hasta la obsesión. Nunca sabremos qué párrafos habría cambiado Stevenson al contacto de estas crónicas filibusteras espeluznantes.

stevenson

Humanizar la Historia
Cuando ya se ha dicho una y otra vez que a los autores debemos buscarlos únicamente en sus propias obras —y éstas no son reductibles a las vivencias personales de aquellos—, aparece la monumental biografía Kafka. Los primeros años. Los años de las decisiones. Los años del conocimiento (Acantilado, 2016, 2368 p.) de Reiner Stach (Rochlitz, 1951) en traducción de Carlos Fortea. Los más de noventa capítulos han recuperado el orden cronológico; Kafka. Los años de las decisiones ya había aparecido en Siglo XXI en 2003. Filósofo, editor y matemático, Stach ha dedicado casi tantos años al autor de El Proceso —también editó sus obras completas en Alemania— como los que éste vivió. Las dimensiones del proyecto biográfico rebasan por completo las horas de una vida. Si agregamos a esto la dificultad que enfrentó Stach, como cualquier investigador, para llegar al kafkiano archivo de Max Brod, su obra se vuelve titánica. Frente a la adversidad de su ambición, tuvo a bien reunir documentos hemerográficos de fácil acceso dándole a la prensa la virtud renovada de ser “fuente inagotable de la historia de las mentalidades”. Para “reconstruir el horizonte de experiencia de Kafka” con lujo de detalles y explorar su proceso creativo, el biógrafo quedó sumergido, como en un film de altísima resolución, en los más precisos rincones de una época que abarca el final del siglo XIX, la Primera Guerra y la Gran Depresión. El reto reside, sin embargo, en que si “Kafka convirtió el lenguaje en un medio de desarrollo personal”, el biógrafo debe entender ese desarrollo y afrontarlo con las mismas herramientas. Para Stach, el ingrediente básico es la empatía. Solo esa capacidad controlada, distinta de la inteligencia analítica pero siempre nutrida de erudición que se apega a los datos sin rellenar fantasiosamente el vacío, puede abrirle al lector los abismos de una vida y una obra imprescindible.

Fechorías automáticas
El suplemento Idées de Le Monde reporta la primera tanda de fechorías cometidas por criminales no-humanos. A finales de los ochentas, la máquina Therac-25 —empleada en oncología— emite radiaciones excesivas causando la muerte de al menos cuatro pacientes en E.U y Canadá. La disfunción informática proviene de un ensamblaje de partes, módulos y programas tan diverso que sería imposible encarcelar a todos los fabricantes, ingenieros y programadores responsables. En años recientes, un robot de compras en línea —el “Random Darknet Shopper”— adquiere en el internet profundo, de manera aleatoria, diez pastillas de éxtasis, pantalones y bolsas (Diesel y Louis Vuitton)falsificados o, dicho en plata, piratas. Los objetos fueron presentados en Saint-Gall (Suiza) por dos artistas que crearon al robot. Ninguno de los tres implicados  —con inteligencia real o artificial— fueron incriminados. El Sindicato de máquinas y tecnologías de producción (Symop) se está planteando seriamente la elaboración de un código del derecho robot o, retomando a Asimov, implementar las “leyes de la robótica”. El Parlamento Europeo avanza en un proyecto para dotar de personalidad jurídica a los bots de manera que sus propietarios y creadores se encuentren en situación de “personas poseedoras de animales salvajes”. Curioso que la ley resuelva un estatuto parejo para perros rabiosos y para vehículos sin conductor que confundan un niño cruzando la calle con un árbol. Aún no sabemos si se formará un Comisionado contra la tiranía de los algoritmos o si se introducirán por igual cajas negras en el reino canino y en el artificial. Nada ni nadie está a salvo en este mundo.