Dice Louis CK en su infinita sabiduría que cuando alguien te informa que le hiciste daño, no te toca a ti decidir que no es cierto. La lección viene a cuento porque varios escándalos mediáticos recientes han girado alrededor del debate antiguo sobre si las palabras “puto”, “naco” y “joto” son necesariamente insultos o no. El mes pasado, la FIFA multó a la Federación Mexicana de Futbol por el canto de “puto” en los estadios; hace un par de meses, Nicolás Alvarado le llamó a Juan Gabriel “naco y joto”; y desde 1997, Molotov le llama a un interlocutor imaginario “puto y maricón”.

insulto

La respuesta del secretario nacional de la FMF fue que: “tenemos cierta base para pedir una apelación [porque] algunas de las palabras […] tienen varios significados dentro de nuestra cultura”. O sea: en este caso, “puto” no es un insulto homofóbico, como percibe la FIFA desde Suiza. El argumento se cae solo. Las sanciones contra Nicolás Alvarado no vinieron de “otra cultura”, como parece explicarse el problema la FMF, y las peticiones para vetar la canción de Molotov vinieron de organizaciones tanto en Latinoamérica como en Estados Unidos.

La tensión es general. Entonces, la pregunta es: ¿realmente puedes decir “puto, naco, joto” y demás sin insultar? Y de ser así, ¿por qué? Hay dos versiones de la respuesta positiva. La primera es que sí son insultos pero no como los ofendidos los toman: Paco Ayala, el bajista de Molotov, dijo que “no se trata de un tema en contra de la comunidad gay […], por el contrario, va dirigida a aquellos políticos corruptos y cobardes”. O sea que llamarle “puto” a alguien no es un comentario sobre su sexualidad sino sobre su cobardía. Algo parecido suele decirse a favor de la palabra “naco”: puede ser que el origen de la palabra sea clasista, pero alguien puede llamarle a otra persona “naco” y no hacer referencia a su procedencia social sino sólo a su mal gusto. La otra versión de la respuesta, todavía más benévola, es que muchas veces le llamamos “puto” o “naco” a alguien, normalmente a un amigo, “de broma”, y en este caso “puto” y “naco” no son insultos para nada: ni en el sentido discriminatorio contra los homosexuales y los pobres, ni en el despectivo contra los cobardes y los vulgares.

Un argumento en contra de estas respuestas suele ser que “puto” y “naco” son palabras intrínsecamente ofensivas. Si esto es correcto, por simple lógica es imposible usarlas sin ofender, en primer lugar; e imposible usarlas sin ofender en referencia a la homosexualidad y a determinada procedencia social, en segundo.

Intentemos analizar el debate en términos de dos posturas contrincantes en la filosofía del lenguaje. Una postura sostiene que el significado de las palabras está “en la cabeza” de los hablantes y otra sostiene lo contrario: que el significado está “fuera de la cabeza”, es decir que es determinado por factores externos a los hablantes.

La primera postura se llama internalismo y es defendida, entre otros, por el filósofo John Searle. La idea es, a grandes rasgos, que lo que nuestras palabras quieren decir depende de los contenidos de nuestra mente. Y nuestras intenciones son parte de estos contenidos. Entonces, un sujeto que profiere la palabra “puto” no puede estar ofendiendo si realmente no tiene (en la mente) la intención de ofender. Imagina a un niño que escucha a alguien llamarle “puto” a otra persona en televisión, y que luego le dice así a su papá; está claro que el niño no tiene la intención de ofender; probablemente lo único que quiere es probar decir una palabra nueva. Si la ofensa está ausente de la cabeza del niño, ¿por qué no puede estarlo de mi cabeza cuando yo digo “puto” en broma o cuando Molotov lo dice en el sentido “cobarde”? Nadie mejor que yo sabe si tengo la intención de insultar, después de todo, pues sólo yo tengo acceso a los contenidos de mi mente. Entonces tal vez Molotov tiene razón al decir que la canción no es ofensiva. Ellos lo saben mejor que nadie porque ellos la escribieron.

La segunda postura se llama externalismo y es defendida, entre otros, por los filósofos Hilary Putnam, Tyler Burge y Saul Kripke. La idea es, a grandes rasgos, que los factores que determinan el significado de las palabras son independientes de los contenidos mentales, incluidas las intenciones, que nosotros tenemos cuando las decimos. Casi todos los filósofos coinciden en que las palabras no tienen un significado por sí mismas, pero mientras Searle sostiene que el significado lo provee el hablante, Putnam sostiene que lo proveen las relaciones causales entre los objetos de los que hablamos y las palabras que usamos para hablar de ellos. Cuando yo digo “quesadilla”, por ejemplo, me refiero a un alimento que puede tener queso o no, porque soy de la Ciudad de México, mientras que mis primos en Tamaulipas dicen “quesadilla” y se refieren a un alimento que necesariamente tiene queso. El significado de “quesadilla” difiere entre nosotros porque, como yo nunca viví en el norte, sólo tuve relación con alimentos que podían tener queso o no y a los que la gente les llamaba “quesadilla”, de manera que sólo esos alimentos causaron que el repertorio de conceptos en mi cerebro incluyera uno en particular que se activa cuando veo una tortilla larga doblada a la mitad, independiente de que tenga queso o no. Esta relación con esos alimentos es la misma que tienen todos los chilangos y no la tienen los tamaulipecos. Entonces el significado de la palabra está “afuera de las cabezas” individuales de mis primos y la mía. Está, por un lado, en la relación causal que hay entre las tortillas dobladas con o sin queso y yo (éste es el punto de Putnam); además, está en las relaciones sociales que yo tengo con otros chilangos (éste es el punto de Burge); y, también (éste es el punto de Kripke), en la historia del término “quesadilla”: tal vez, hace seiscientos años, un azteca dobló una tortilla, le puso flor de calabaza y le llamó “quesadillatl”, y tras la conquista, los españoles simplemente le agregaron queso y le siguieron llamando igual.

Si el externalismo es correcto, pues, tendríamos que rastrear todos estos factores para determinar si las palabras “puto” y “naco” son inequívocamente un insulto homofóbico y uno clasista, respectivamente. Y si es así, cuando el niño le llama “puto” a su papá estaría realmente usando una palabra ofensiva, independientemente de que el niño lo sepa o no.

Pero el defensor del uso de “naco, joto y puto” podría responder con un argumento prestado del filósofo Gottlob Frege. El significado de un término, dice Frege, no sólo está determinado por el objeto externo al que nos referimos cuando la decimos, es decir su referencia, sino también por lo que los hablantes queremos expresar cuando lo decimos. A esto se llama el sentido del término y es “interno” al hablante. Cuando yo digo “esquites” y mis primos tamaulipecos dicen “troles”, por ejemplo, nos referimos al mismo objeto, es decir que las dos palabras tienen la misma referencia. Pero eso no implica que tienen el mismo significado. La palabra “esquites” es una manera de concebir los elotes cocidos distinta a la palabra “troles”: suenan más antojables si les llamas “troles”, por ejemplo, dice uno de mis primos. Como las dos palabras tienen distintos sentidos, entonces tienen distintos significados.

Si esto es correcto, la palabra “puto” en la boca del niño y de Molotov tienen realmente un significado distinto de la palabra “puto” en la boca de un homófobo: el primero es nulo, el segundo es un insulto que quiere decir “cobarde” y el tercero es también un insulto, pero quiere decir “homosexual”.

Pero esto no es correcto, dicen Putnam y compañía. Aunque tal vez sea cierto que una palabra tiene tanto referencia como sentido, el sentido sólo es el “modo de presentación” que el hablante le da a la referencia, de manera que el significado depende fundamentalmente de la referencia. Entonces, contra Frege, si la referencia de un término es independiente de las intenciones del hablante, también el significado del término es independiente. Yo no puedo pedirle “esquites” a un vendedor de esquites en Tamaulipas y sorprenderme de que no me los dé. Cuando uso la palabra “puto”, entonces, no depende de mí si estoy hablando de homosexualidad o de cobardía. Eso depende de los factores externos a mis intenciones que discutimos antes. Y adivinen qué: cuando la uso estoy hablando de homosexualidad: así lo determinan las relaciones causales entre los homosexuales y los usuarios de la palabra “puto”, las relaciones sociales entre estos usuarios y también la historia del término. Entonces el niño, la afición mexicana en los partidos y Molotov realmente están hablando de homosexualidad cuando dicen o gritan “puto”, independientemente de que lo sepan o no, en el caso del niño, o de que sea su intención o no, en el caso de la afición y de Molotov.

Nicolás Alvarado dice que le llama a Juan Gabriel “joto” porque es la traducción de la palabra inglesa “camp”. Primero: no lo es. “Camp” significa “amanerado”. Segundo: la razón por la que “joto” y “amanerado” no son términos co-referentes es que tienen significados distintos. Estos significados no están en el poder de Alvarado porque obedecen, como nos enseñan Putnam, Burge y Kripke, a factores externos a él; entre ellos la historia de la palabra. Como dice Susana Vargas Cervantes, el término “joto” se ha usado históricamente para referirse a los homosexuales afeminados, ésa es su referencia. Pero, además, su origen es clasista: “joto es un término acuñado a raíz de que los homosexuales más pobres fueron enviados a la crujía “J” del Palacio Negro de Lecumberri”. Un término clasista es un término peyorativo, de manera que “joto” es peyorativo. Esto es parte de su significado. Entonces “joto” y “amanerado” no son como “esquites” y “troles”, y ciertamente no son intercambiables.

Historias parecidas pueden encontrarse para “maricón”, “puto” y, por supuesto, “naco”. Federico Navarrete escribe que las fuentes supremas de la sabiduría contemporánea, Google y Wikipedia, además del Diccionario de Mejicanismos de Francisco J. Santamaría, confirman su sentido clasista/racista. Cuando Nicolás Alvarado le llama así a Juan Gabriel, no está simplemente describiendo un estado objetivo de las cosas como si le llamara corrupto a tal o cual funcionario público; ni siquiera está simplemente expresando su opinión respecto a la vulgaridad o la elegancia de Juan Gabriel. Está siendo clasista.

En alguna entrevista, Alvarado dijo que renunció porque no sabía que el cargo lo privaba de su libertad de opinión y él quería “ser libre”. Nicolás, Molotov y todo el mundo somos, por supuesto, libres de insultar a quien queramos. Pero sería bueno que fuéramos conscientes de que la libertad de practicar el racismo, el clasismo y la homofobia con nuestras palabras se acerca mucho más a la libertad radical (en el sentido de Sartre) de cualquier hombre para cometer un delito contra alguien, por ejemplo, que a la libertad legal (en el sentido de Stuart Mill) que tenemos todos de hacer de nuestras vidas un papalote mientras no dañemos a nadie.

De cualquier manera: ¿no es curioso (no, no lo es) que todas estas palabras suenan mal? Al menos por apariencia, yo sugeriría dejar de decirlas.

(Carajo.)

 

Bibliografía

Burge, T. 1986. “Individualism and Psychology,” Philosophical Review, 95: 3–45.
Kripke, S, 1972. Naming and Necessity, Oxford: Blackwell
Putnam, H. 1975 “The Meaning of ‘Meaning’”, in: Mind, Language, and Reality: Philosophical Papers volume 2, Cambridge University Press.
Putnam, H. 1990 “Is Water necessarily H2O”, in: Realism with a Human Face, Harvard University Press
Searle, J. R. 1983 Intentionality: An Essay in the Philosophy of Mind, Cambridge University Press

 

 

Un comentario en “Insultos desde la filosofía del lenguaje

  1. A mí me parece que hay infinidad de connotaciones y significados y la carga la da el que emite la palabra su intención y sentimiento con que profiere su lenguaje.