El lector encontrará aquí uno de los reveladores textos que conforman El día que cambió la noche. Memorias de un noctámbulo en la Ciudad de México (Grijalbo) de José Luis Martínez S. Acompañamos el fragmento con una entrevista realizada por Alejandro García Abreu en la que el director del suplemento cultural Laberinto conversa sobre el desarrollo de su libro.

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Un viernes, al salir de la redacción, don Vicente me invitó a La Mundial, la cantina junto a Excélsior donde se reunía la crema y nata del periodismo. Atravesamos la calle y entramos. Era impresionante, todos se conocían, se saludaban, hacían bromas; los meseros iban de un lado a otro anotando y sirviendo pedidos. En la barra, los agentes de publicidad del periódico hacían cuentas con sus ayudantes, sacaban fajos de billetes y les pagaban sus comisiones mientras bromeaban con los cantineros, pedían nuevas bebidas, proyectaban negocios.

En los gabinetes estaban los periodistas más renombrados de Excélsior y de otros diarios; hablaban de las noticias del día, de los rumores políticos, de los asuntos que estaban trabajando. Lo sabían todo, o cuando menos lo aparentaban. Como diría Gabriel García Márquez, eran tan fanáticos del oficio que no hablaban de nada distinto que del oficio mismo. Ya no estaban los articulistas y los reporteros que se habían marchado con Julio Scherer después del golpe a Excélsior en 1976, pero quedaban muchos otros que habían hecho de esa cantina su imprescindible lugar de reunión.

Conocí La Mundial con Ortega Colunga y Renato Leduc, a quien yo admiraba por sus artículos en la revista Siempre! y en el semanario Órbita, valientes, memoriosos, divertidos, sin miedo a las llamadas malas palabras. Con ellos me adentré en ese mundo, para mí festivo y aleccionador. Los escuchaba hablar de José Alvarado, Guillermo Jordán, Pedro Ocampo Ramírez, Víctor Rico Galán, León Roberto García, de sus viajes y sus aventuras, y me convencía de que había encontrado mi camino.

Esa noche nos alcanzó Arturo Sampedro. Permanecimos en La Mundial hasta que cerraron; al salir Ortega Colunga nos preguntó:

—Y ahora, ¿a dónde vamos?

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Sampedro sugirió el Siglo XX, un cabaret de segunda en Izazaga casi esquina con Eje Central. Pedimos un taxi y al llegar vimos que el lugar estaba repleto. Don Vicente le dio una generosa propina al capitán y éste nos consiguió una mesa de pista. Tocaba un grupo de música tropical; quienes bailaban lucían sus mejores pasos, aunque para algunos el baile no era sino un pretexto para ceñir su cuerpo al de su compañera, para agarrarle las nalgas o intentar lo imposible: besarla en la boca.

Me divertían esas escenas, esas luchas fragorosas en las que las ficheras siempre salían airosas. Me paré, fui a buscar una muchacha y me puse a bailar; nunca aprendí a hacerlo bien, pero puedo seguir el ritmo y, además, como pagaba no había peligro de un presunto rechazo.

Desde que entramos, los tres nos fijamos en una joven hermosa parada junto a la puerta, de minifalda y blusa negra ajustada, sin mangas y de cuello alto, algo inusual en ese ambiente donde prevalecían los escotes pronunciados. Cuando volví, ella platicaba con don Vicente; estaban solos. No había abrazos ni sonrisas, ni caricias ni nada, sólo una conversación amable. Le di un trago a mi copa y me fui a buscar otra pareja; no quería hacer mal tercio y, un poco borracho, me sentía con ganas de bailar.

Al volver nuevamente a la mesa, la muchacha ya no estaba; le pregunté a don Vicente por ella y me contó una historia fantástica. Cuando la mandó llamar con el mesero, Arturo lo dejó solo; él estaba feliz, seguro de haber encontrado la compañía ideal para esa noche. Pero no fue así.

—¿Qué quieres tomar? —le preguntó cuando el mesero la acomodó junto a él.

—Nada, no tomo —le respondió.

—¿Quieres bailar?

—No bailo.

Quiso abrazarla pero ella lo esquivó con habilidad y con una sonrisa. Intrigado, ensayó otra propuesta:

—¿Quieres que pague tu salida?

—No hago salidas.

—Entonces, ¿por qué vienes aquí? —le dijo sin perder la calma.

—Porque me dan dinero —contestó ella.

—¿Quiénes te dan dinero?

—Los hombres.

—¿Por qué?

—Porque soy bonita —la respuesta lo desarmó.

Pidió un refresco para ella y estuvieron platicando un rato. Al despedirse, como era bonita, le dio dinero.

Cuando terminó de hablar, se me quedó viendo y comenzó a reírse. Me gustaría que la historia fuera cierta.

 

José Luis Martínez S.
Es director del suplemento cultural Laberinto del periódico Milenio Diario. Publicó:La vieja guardia. Protagonistas del periodismo mexicano y El Santo Oficio. Periodismo, literatura y cultura popular.