El día que cambió la noche. Memorias de un noctámbulo en la Ciudad de México (Grijalbo) de José Luis Martínez S. es una historia de la noche y sus deseos. El terremoto del 19 de septiembre de 1985, que destruyó diversas zonas de la Ciudad de México, también desmanteló la acelerada vida nocturna de la urbe. Martínez S. cuenta su periplo vital y periodístico en esos ámbitos. En entrevista con Alejandro García Abreu, el autor conversa sobre la farándula y el cabaret, la memoria, el olvido y el estremecimiento ante la desaparición. Acompañamos la charla con “Por ser bonita”, uno de los textos que conforman el libro.

noche-2


Alejandro García Abreu: Planteaste: “En mi juventud viví una ciudad alumbrada por la música; eso es lo que más recuerdo y extraño: la luz de la música”. ¿Cómo contrastas las situaciones, los goces, los lances y los matices del mundo noctámbulo con el desastre que se avecinaba?

José Luis Martínez S.: Disfrutaba caminar de noche, ver las marquesinas de los cines, de los teatros, salones de baile y cabarets. La Ciudad de México tenía una vida nocturna con una gran variedad espectáculos. En casi todos había música en vivo. Eso se perdió. En la actualidad predomina la música grabada —muchas veces hecha en computadora— a un volumen que impide la conversación, algo inimaginable en los setenta y ochenta, excepto en las discotecas en donde lo importante eran la moda, el baile y la calidad de los disc-jockey.
En ocasiones, me gustaba detenerme en los piano-bar de los cabarets, escuchar a viejos cantantes, platicar con ellos. Me gustaba ver los shows en los centros nocturnos o en los teatros de revista; iba a las obras de vodevil o sátira política, a los bares del sur de la ciudad a ver artistas del exilio sudamericano. De pronto, todo cambió. Nadie pudo prever el desastre. Simplemente llegó y nos dejó con muy pocas alternativas para gozar la noche.

AGA: Un día antes del terremoto te dirigiste a la revista erótica en la que trabajabas —Su Otro Yo—, dirigida por Vicente Ortega Colunga —quien sabía de tu gusto por la noche—. ¿Cómo fue tu experiencia en esa revista?

JLMS: En septiembre del 85, la revista ya no la dirigía Ortega Colunga, quien murió en marzo de ese año, sino su hijo Roberto Diego Ortega, de mi edad. Su Otro Yo fue mi escuela, ahí inicié mi aprendizaje como reportero y editor. Ortega Colunga me dio una gran libertad para escribir crónicas, reportajes y entrevistas de todo tipo; me enseñó a apreciar la fotografía, a editar. Me tuvo paciencia a pesar de mis errores. Fue, como puedes advertir, mi maestro en este oficio en el que —aunque parezca un lugar común— nunca se termina de aprender. También durante un tiempo me volví su acompañante en sus visitas a los cabarets más importantes de la ciudad y me descubrió un mundo del que yo ignoraba todo. Para mí, es un personaje fundamental en vida profesional.

AGA: Rememoras la farándula y el cabaret: Amparo Montes, Acerina, Lyn May, Olga Breeskin. ¿Cómo se modificó ese mundo tras el terremoto?

JLMS: Cambió drásticamente. El cabaret ya estaba en crisis y el terremoto apresuró su agonía. Algunos cabarets desaparecieron con los sismos, los de la Avenida Juárez, por ejemplo; otros continuaron funcionando hasta principios de los noventa, cuando los problemas económicos determinaron su cierre. Por otra parte, se fueron acabando las figuras, las estrellas cuyos nombres brillaban en las marquesinas para convocar a los noctámbulos. Después de los sismos del 85 la vida nocturna comenzó a languidecer. No sé si ahora sea mejor que antes, lo que sí sé es que es menos variada y glamorosa.

AGA: “No sé si la tristeza tiene alguna fragancia, pero se percibía en esos lugares que tenían los días contados, mientras alrededor se escuchaban sirenas de patrullas, ambulancias y bomberos y se multiplicaban las ruinas”, escribiste en “Los años del burlesque”. Indagas en la tristeza. ¿Cómo fue el estremecimiento ante la desaparición de ese mundo?

JLMS: Fue un shock. Unas horas antes había recorrido la ciudad; casi al amanecer me fui a mi casa y al volver encontré la ciudad destruida. Las lágrimas escurrían por mi rostro, pero yo me reía mientras manejaba rumbo a la oficina, que entonces estaba en Reforma 27. No podía creer lo que estaba viendo. Dejé mi carro en una calle de la colonia Tabacalera, fui a la oficina, ya estaban ahí algunos compañeros, hice dos o tres cosas y me salí a caminar por Avenida Juárez. Iba como perdido. Había estado en el último show del Capri, en el Hotel Regis, con Mara Maru, La Pantera Blanca, y de pronto, literalmente, todo se vino abajo. Seguí caminando, me fui por Eje Central (un nombre horrible inventado por Calos Hank González) rumbo a Garibaldi, veía las marquesinas de los cabarets, blancas con letras rojas, y no pensaba en nada, sólo que caminaba por una ciudad que no conocía.

AGA: En “Elegía del retorno” escribiste: “Esa noche, la del 19 de septiembre, por primera vez, caminé en una ciudad sin luces ni música. No quería ir a mi casa, sentía miedo de lo que pudiera encontrar en el trayecto, de los fantasmas que acechaban por doquier. Tenía los ojos húmedos y el pensamiento en otra parte”. Navegas en la nostalgia.

JLMS: No me gusta la nostalgia. Rechazo la idea de que todo tiempo pasado fue mejor. Pero disfruto viajar por la memoria, registrar los cambios que ha sufrido la ciudad, hablar de los personajes y los lugares que le dieron vida antes de que los sismos los borraran del mapa. El día del sismo me sentí descontrolado; todo me parecía absurdo. Había desaparecido la ciudad de mi infancia, la ciudad de mi juventud. Las decisiones de los políticos nos habían quitado muchas cosas: parques, calles, nomenclaturas, y de repente la naturaleza nos arrancó de tajo parte de nuestra historia. Es natural que sintiera tristeza, que se me resbalaran las lágrimas. Desde niño recorrí y disfruté esas calles que la mañana del 19 de septiembre de 1985 se volvieron polvo. No es fácil vivir una experiencia así sin que se te remuevan las entrañas y los recuerdos.

AGA: Cuando entrevistaste a Pita Amor ella respondía a cada pregunta con un poema. ¿Cómo fue el desarrollo de la entrevista?

JLMS: Fue un encargo de Ortega Colunga. Me habló de su historia y me pidió buscarla. Alguien, no recuerdo quién, me dio su teléfono. La llamé, le pedí la entrevista y me dijo que fuera a verla a su casa. Vivía en un departamento en Bucareli, muy cerca de las oficinas de Su Otro Yo. Cuando toqué a su puerta me pidió que esperara un momento porque se estaba vistiendo. Una hora después, apareció vestida de encajes, cargada de joyas y afeites. Llevaba sombrero y bastón. Me dijo que la acompañara a cobrar un cheque al teatro Milán; fuimos pero no le dieron nada porque llegó tarde. Se enojó, gritó, amenazó. Yo la miraba más asustado que divertido. Para calmarla, le invité una copa y comenzamos conversar. Fueron varios encuentros con ella, nunca respondió una pregunta como yo esperaba, siempre me hablaba de su maestro Xavier Villaurrutia y me recitaba poemas suyos y de él. Me dio y dedicó varios de sus libros y una noche me invitó a un recital que iba a dar en El Nueve, la discoteca gay más importante de la época. Luego me fui alejando, le perdí la pista y no volví a saber de ella hasta que se murió. Por eso en el libro digo que hubiera escrito una crónica de nuestras conversaciones, pero no se me ocurrió y ahora tampoco encuentro las notas que tomé esos días ni los casetes que grabé.

AGA: En “Las momias del Catacumbas” reflexionas sobre la memoria y recurres a Jean-Paul Sartre: “Lo mejor sería escribir los acontecimientos cotidianamente. Llevar un diario para comprenderlos”. Dices que no anotaste nada y que el saldo de tus olvidos es considerable: “Mi pasado es un enorme agujero negro”. ¿De qué manera lidias con ese “agujero negro”?

JLMS: Si te refieres al libro, de tres maneras. La primera es que cuento las cosas como las recuerdo, no sé si sean exactas pero son verdaderas. Todo lo que está ahí lo viví, o cuando menos pienso que lo hice. La segunda, a través de textos que publiqué en periódicos y revistas que milagrosamente se salvaron del naufragio de los años y encontré en una caja de archivo muerto. La tercera, a través de comentarios de amigos como Roberto Diego Ortega, quien me ayudó a precisar algunas cosas. De cualquier manera, se perdieron detalles, nombres, atmósferas que simple y sencillamente he olvidado.

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.