Un escenario a cuatro frentes. La escenografía, muy austera, sorprende con su eficiencia. Bastan seis sillas y una mesa plegable, como de cualquier cantina. La iluminación es precisa: un foco que cuelga, el tinte azulado para la bruja, la oscuridad absoluta tras el asesinato. La trompeta y los tambores llaman al regimiento y entre el estruendo se despliega la acción de Mendoza.1 Mendoza es un Macbeth situado en la Revolución que aprovecha el ritmo de un español muy mexicano; la tonalidad del lenguaje enriquece la atmósfera recreada. Escuchamos a Shakespeare en un español del “aigre” y de acentos desplazados, pero que reconocemos de inmediato.  

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Mendoza lleva más de 300 funciones, ha recorrido 15 estados y ha sido invitada de honor en distintos festivales en España, Colombia, Alemania y Cuba. En 2014, Los Colochos se llevó el premio del certamen AlmagroOFF. Los Colochos es una compañía de teatro independiente fundada y dirigida por Juan Carrillo. El nombre se lo deben al pelo chino de Juan pues, en algunas zonas del país —Chiapas en particular—, se le dice así. La dirección de Mendoza es suya y el texto de Antonio Zúñiga. Juntos logran sacar a Shakespeare de la vitrina para crear una puesta en escena arriesgada y llena de vitalidad.

Gracias a una beca del FONCA, entre 2011 y 2012, realizaron un laboratorio de intervención escénica en el cual ensayaban durante un año en casas de personas ajenas al teatro. Con este ejercicio, recibían retroalimentación inmediata y las opiniones de estos públicos contribuían a moldear la obra. Después le dedicaron tres meses y medio al montaje. La primera función en 2013 tuvo 22 espectadores. Aunque hoy este número se ha triplicado, la puesta conserva la sensación de intimidad. Esa proximidad con los actores convierte al espectador en cómplice, testigo y víctima que intercambia miradas con ellos y conoce de primera mano las dudas y los deseos de los personajes.

Tras el saludo premonitorio de tres brujas y la insistencia de su esposa, Macbeth mata al rey para subir al trono. Una vez cometido el acto, percibe a los demás como amenazas y opta por matarlos. En esta versión, una bruja que carga una gallina canosa saluda a José Mendoza como general de división. Su esposa, Rosario, siempre ha soñado alto y lo instiga a aprovechar la noche que el comandante supremo, Montaño, pasará en su casa. En A Theory Of Adapatation, Linda Hutcheon señala tres estrategias dicotómicas para “indigenizar”2 una adaptación: historizar, racializar y encarnar. O no. El nuevo texto se puede situar en un contexto histórico determinado, cambiarlo a uno radicalmente distinto, o eliminar cualquier rastro o marca histórica. Mendoza alude a la Revolución, pero no pretende fidelidad histórica y sólo utiliza el periodo como un marco. La adaptación puede enfatizar o ignorar las diferencias raciales de los personajes.3 Los corridos, el sombrero, las alusiones católicas y el humor subrayan rasgos de identidad nacional, con ciertos indicios al norte del país.  La nueva propuesta puede utilizar el cuerpo y una estética de movimiento que representa o elimina ciertos valores. Stephen Greenblatt y otros críticos describen a Macbeth como la historia de amor shakesperiana. En Mendoza, este amor se encarna con más ahínco con la narración dramatizada de los primeros encuentros entre Rosario y Mendoza, con el cariño y la química que tiene la pareja.

La adaptación, con el machismo de nuestra sociedad, exacerba el cuestionamiento de lo que significa ser un hombre, el cual está presente en la tragedia original. Los personajes femeninos ofrecen un contrapunto interesante. La nana Trinidad amplía el personaje de la enfermera e incorpora al portero de una manera refrescante. La adaptación no sería lo mismo sin sus comentarios mordaces, sin la cercanía que tiene con Rosario. Por otro lado, Teresa, la esposa de Macduff, constata la presencia de las mujeres en la guerra y el dolor de una madre. Rosario, Lady Macbeth, es un “pedacito de nada” con una fuerza arrebatada. Sus palabras son claras cuando le reclama a su marido revisar la historia, entender que ella siempre será mejor mujer al lado de un hombre grande. Su personaje recupera a una mujer muy joven, que se casa temprano, pero que desde el inicio sabe lo que quiere. Su invocación de los espíritus, entonada como un rezo, huele a hierbas y sincretismo. Mónica del Carmen, ganadora del Ariel en 2011, dobletea en el papel de Rosario y de la bruja. Su voz entona una canción sumamente irónica mientras le abre las puertas de su casa a Montaño. Una vez cometido el acto, plasma muy bien la pérdida de control, el golpe con el vacío y el desgaste de sus relaciones cercanas. Padecemos con ella los efectos de ese sueño cumplido al irse descarapelando.

Cada una de las decisiones del montaje tiene consecuencias inevitables. El texto dramático ofrece pistas que la puesta en escena recupera, amplía, ignora, transforma o subvierte a través de muchos filtros. Mendoza se apropia de Macbeth magistralmente. Gran parte del deleite se deriva de palpar los retazos de la tragedia original, reconocer la repetición en la variación. En general, cuando vamos al teatro no hay una lectura previa del texto. En este caso, la obra resulta particularmente disfrutable si el conocimiento del texto existe y uno puede observar lo ingenioso de la mediación: registrar el tratamiento de lo sobrenatural y la inmediatez de los hechos. Al mismo tiempo, la adaptación es tan buena y cala tan cerca que sentimos un escalofrío y olvidamos con frecuencia que es un producto derivado. El final es potente, el nuevo general tendrá las manos limpias y el último asesinato corre por nuestra cuenta. Mendoza te mira a los ojos para decirte “Diles que no me maten”; y así, con ese claro eco a Rulfo, se consolidan las alusiones reveladas en la lengua de la bruja y traslucidas a lo largo de todo el texto. Con cerveza en mano, cantamos para celebrar desgracias vestidas con supuestos valores.

Mendoza es un montaje necesario para criticar el momento que vivimos en el país. Sobresalta, estremece y fascina por el uso de los recursos teatrales. Denuncia el horrible acuerdo tácito de que en la política se miente y se traiciona como en un ciclo sin fin. Las consecuencias de sus actos y la carencia de un límite claro de hasta dónde van a parar persiguen a Rosario y a Mendoza de un modo que lamentablemente no aparentan hacerlo a nuestros políticos. El mal parece estar en la estructura misma del poder y en percibir a todos como una amenaza. La estabilidad es fingida y depende de un concepto de lealtad muy tergiversado y frágil. Es imposible quedarse indiferente. Quien ve la obra quiere vivirla una segunda vez, encontrar qué más nos devuelve de la realidad y, también, simplemente gozar de una puesta extraordinaria.

Mendoza obliga a prestar atención detenida durante toda la obra. No queda de otra. La experiencia frente a estas acciones en las que participamos es colectiva. La posibilidad de compartir el espectáculo desde lo heterogéneo de esa asamblea reunida en torno al escenario es otra de las cualidades singulares del teatro. Nos recuerda que cada quien lo vive de maneras distintas: no necesariamente quien está junto conoce la obra tan íntimamente, podría tener la fortuna de desconocer por completo la obra escocesa y probar Mendoza sólo como Mendoza. También se pueden hacer conjeturas sobre los ecos con los que la obra está resonando, imaginarse cuáles otros Shakespeares muy recientes podrían ya haber visto. Puede ser que el señor de la risa escandalosa, al ver las sillas y las mesas, se acuerde de las notas festivas en la cantina de Enrique IV parte 1 que estuvo en el Zócalo; de Roberto Soto como Falstaff y de esos paralelismos con la actualidad que quemaban. La señora que recoge los pies para no mancharse de sangre seguramente sufrió la representación más explícita de la violencia en Ricardo III, las cortinas de nylon, los cadáveres colgando. Al ver las máscaras, el señor de la esquina a lo mejor está pensando en lo cómicas que son dentro de ese cabaret de Medida por medida. Cada uno de estos montajes se impregna de la corrupción, el trato a las mujeres, la violencia, los estragos del narco, la impunidad. Son obras con una sonoridad que nada amortigua. Con sus matices, después de verlos, probablemente todos pensamos que en estos Shakespeares, México duele.


1 Mendoza se presenta en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico los viernes a las 8:30. La temporada empezó el 10 de junio y concluye el 12 de agosto.

2 El término lo recupera Hutcheon de Susan Stanford Friedman, quien lo toma de la antropología para describir los encuentros interculturales y las adecuaciones que se hacen cuando una historia atraviesa el tiempo y el espacio. A su vez, Hutcheon refiere a Edward Said quien identifica cuatro elementos en los procesos de intercambio interculturales de ideas: circunstancias iniciales, distancia recorrida, condiciones de aceptación y resistencia, y la transformación de la idea en el nuevo tiempo y lugar al que se introduce (cit. en Hutcheon 150).

3 En ciertas obras como Otelo donde la raza juega un papel importante se puede optar por un elenco “color-blind”. Idealmente, las diferencias no se notan para nada y un actor blanco y uno negro podrían actuar como gemelos idénticos. Hay una polémica fuerte alrededor de qué tanto se pueden obviar las diferencias y las implicaciones de esta práctica.