El segundo día del festival de Glastonbury, el más famoso del Reino Unido, los asistentes se despertaron con la noticia de que ya no eran europeos. El ambiente era de shock. Esa noche, ZZ Top y Muse tocaron para un público enlodado y deprimido. En entrevista sobre el resultado del referéndum algunas bandas expresaron su indignación, pero también su ignorancia. Y esto es interesante. “No estoy nada calificado para hablar del tema”, dijo un integrante de Bastille. “No sé lo suficiente para justificar mi voto, la verdad”, dijo uno de Two Door Cinema Club, “es un tema demasiado complejo como para que el público vote al respecto”. Lo mismo en las entrevistas al público: “no soy la persona más informada sobre todo eso”. La sensación era dominante. El célebre actor David Mitchell había publicado días antes una columna en The Guardian en la que se declaraba incompetente para decidir si Gran Bretaña debía quedarse en la Unión Europea o no, por lo que era una mala idea de parte del Primer Ministro dejar que el público decidiera. “Convocar a este referéndum”, escribió, “es lo peor que Cameron le ha hecho a Gran Bretaña”.  Lo mismo dijo el científico Richard Dawkins: “es un escándalo que se le pida a gente tan ignorante como yo que vote. […] Estamos hablando de algo muy complicado, un tema de economía, política, historia”. Algo era claro: los votantes no tenían idea de qué hacer. Las búsquedas “¿qué pasa si salimos de la Unión Europea?” y “¿qué es la Unión Europea?” se triplicaron en Google una vez que las urnas ya habían cerrado.

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Que la opinión pública se pronuncie en contra de decidir sobre su propio futuro parece contraintuitivo. ¿No es el propósito de la democracia que el pueblo tenga ese poder? Pero puede ser que Mitchell, Dawkins y compañía no estuvieran cuestionando el derecho del pueblo a decidir, sino defendiendo el vínculo entre saber qué decidir y poder decidir. Es decir, la pregunta que surge es: ¿qué es más importante, que el pueblo decida incluso si no está capacitado, o que decida quien está capacitado, incluso si no es el pueblo?

Si respondes que lo importante es que decida quien está capacitado, se puede decir que estás en el bando platónico. En La República, Platón comparó al Estado con un barco, y al gobierno con un capitán. Pero imaginemos que el barco estuviera a cargo de los pasajeros, dice Platón. La gente común y corriente no sabe que hay que fijarse en las estaciones del año, las estrellas y los vientos, y para que el barco llegue a su destino es necesario que el timón esté en manos de alguien que sepa todo eso. Igualmente, en el Estado, las decisiones políticas deben ser tomadas por alguien que tenga el conocimiento y habilidades apropiados, y en la Antigüedad el conocimiento lo tenían, por definición, los filósofos. Entonces, claramente, una nación está en las mejores manos si está en manos como éstas, concluye Platón extendiendo los brazos con un guiño.

Las implicaciones son problemáticas. Para Platón, una democracia es el gobierno de la muchedumbre, de la turba, es decir, de quienes no son la élite. Y como la muchedumbre no sabe lo que hace, una democracia no puede funcionar; por eso él propone un filósofo rey, no un filósofo presidente. Pero el argumento es circular: la muchedumbre es ignorante porque, de entrada, el conocimiento necesario para gobernar se adquiere mediante una educación específica, disponible para pocos: acaso la Academia en la Atenas ideal para Platón. El argumento del filósofo rey infantiliza a la población y defiende un Estado tiránico en el que las libertades individuales están extremadamente limitadas. Por supuesto, ni hablar de andar opinando sobre el futuro político y económico del país.

Pero consideremos la otra opción. Si tu respuesta a la pregunta de arriba fue que lo importante es que decida el pueblo, estás en el bando liberal. El liberalismo se caracteriza por minimizar la injerencia que el gobierno debe tener en las vidas de los gobernados, y está cimentado en la filosofía de John Stuart Mill. En Sobre la libertad, Mill propone que la única razón por la que el poder debe ser ejercido por un miembro de la comunidad es para prevenir que dañe a otros. Más claro: la gente es libre de hacer lo que quiera salvo joder al prójimo, y el gobierno debe garantizar esta libertad porque es indispensable para la prosperidad individual de los gobernados y el progreso de la comunidad. Pero el progreso es un proceso social que requiere que la gente se reúna y discuta sus ideas, entre las cuales puede haber ideas políticas e ideas sobre el futuro de la comunidad. Combinemos esto con una noción de democracia distinta de la de Platón, entendida no como el gobierno de la muchedumbre sino como el gobierno de la gente (la “muchedumbre” y la “élite” juntas), y el resultado es una democracia participativa: el sistema de la Atenas real que le disgustaba a Platón. En una democracia participativa, la gente se reúne, por ejemplo, en salones de universidades para educarse sobre, por ejemplo, qué es la Unión Europea y qué pasaría si la comunidad de la que son parte deja la Unión Europea. Y luego toma una decisión al respecto.

Esto suena justamente a lo que hizo David Cameron. Entonces, ¿por qué hay una sensación entre los británicos de que, por un lado, no tienen idea de qué responder cuando él les pregunta qué opinan, y, por otro, es irresponsable de su parte preguntarles eso? Es que, para Mitchell y Dawkins, dejar o quedarse en la Unión Europea era una decisión de navegación altamente compleja y ellos no estudiaron para capitán. Lo que es peor: mucha gente, quizá la mayoría, tampoco está preparada para navegar pero piensa que sí. “La gente le resta importancia al expertise porque piensan que es elitismo”, dice Mitchell. ¿Pero cuál es el punto de elegir a los políticos y su expertise si van a pasarnos a bolita a nosotros? “Vivimos en una democracia representativa, no plebiscitaria”, concluye.

Esta actitud de que “el pueblo decida quién está capacitado para decidir” parece un término medio entre los dos bandos. Sin embargo, para algunos, no es suficiente. En un artículo reciente, el filósofo estadunidense Jason Brennan se pregunta cómo es que Donald Trump se convirtió en un contendiente serio para la presidencia de Estados Unidos. “El ascenso de Trump debería llevarnos a cuestionar nuestra fe en la democracia. […] El presunto candidato republicano no es tanto una anomalía sino un síntoma de un mal enraizado en el tejido de la democracia”. Al diablo la democracia representativa o participativa, dice Brennan. Lo que necesitamos es una epistocracia: que decidan los que saben. El argumento es que la psicología experimental ha demostrado muchas veces que la gente procesa la información política de manera irracional, y en lugar de evaluar sus opciones sólo confirma las creencias que ya tenía. Esto significa que no tiene caso educar a la población británica sobre qué es la Unión Europea o a la población estadounidense sobre las consecuencias de elegir a Trump; el resultado del referéndum del jueves y el de las encuestas en Estados Unidos sería el mismo porque la gente no decide con base en razones conscientes sino motivadas por, por ejemplo, la rabia que siente contra los inmigrantes que toman el trabajo que ellos no están dispuestos a hacer por un salario ridículo. ¿Y qué es peor que cientos de votantes enojados? Cientos de votantes enojados juntos. En un rally. De Trump. Así ya no suena tan bien la idea de Mill de permitir que la gente se reúna para (dizque) discutir sus (dizque) ideas, ¿no? “Los votantes son estúpidos porque la democracia los hace estúpidos”, concluye Brennan. Según este argumento, la democracia reparte el poder entre todos, de manera que los que saben usarlo tienen muy poco y los que no, la mayoría, terminan por joder a los demás. Y si hay daño a otros ya tenemos una razón para limitar la libertad de los votantes según las propias reglas de Mill.

Estamos de vuelta en el extremo platónico. Tal vez esta actitud explica la ola de odio generalizado contra la gente que votó por Brexit, la que va a votar por Trump o, en México, la que vota por el PRI. Un tipo en Vice Reino Unido, por ejemplo, vomitó una diatriba contra su abuela porque la mayoría de quienes votaron por dejar la Unión Europea son ancianos; otro, en Estados Unidos, enlistó las “10 cosas de las que los simpatizantes de Trump son demasiado estúpidos para darse cuenta”, y en México parece que sólo hace falta abrir ciertos timelines de Facebook o Twitter para ilustrar la imagen que se tiene de los votantes priistas: la chusma. Los que no saben. Pero si todos estos haters simpatizan con Platón, y eso es lo que parece, deberían darse cuenta de que los pasajeros del barco sólo están haciendo lo que el capitán les dijo: que ellos estaban a cargo. Imagina a un obrero del norte inglés, antiguamente la región más industrial del país, que está sin empleo porque dos terceras partes de la industria manufacturera del Reino Unido ha desaparecido en los últimos treinta años. E imagina a un candidato que le dice: “Harry, tienes razón en estar enojado. ¡Esto está mal! Si me eliges, prometo regresarte el trabajo que la Unión Europea te arrebató. Eres inglés, es tu derecho”. Como rezaba la campaña pro Brexit: take control. ¿No es, de hecho, lo más racional para Harry votar por esa opción?

Se dice que la globalización tiene ganadores y perdedores. Harry es un perdedor. Pero Harry está donde está por muchas razones más que la apertura de las fronteras: corrupción, mala educación, desigualdad. Por eso, no por estúpido, votó por Brexit. Y por eso, no porque esté guapo, la gente votó por el presidente que nosotros tenemos hoy. Antes de elegir un bando, tal vez conviene pensar en qué condiciones serían las óptimas para que quien sea que tenga el poder de decisión lo use: que los medios de comunicación, por ejemplo, no estén a la venta como lo están los tabloides ingleses, ciertas cadenas de televisión estadunidenses y casi todas las mexicanas. Platón y Brennan tienen razón en que hay que saber para elegir, pero eso no implica que algunos son más aptos que otros para llegar a saber. Que alguien mal informado tenga el poder de tomar decisiones que van a afectar a otros es claramente un problema, pero no es claro que la solución sea arrebatarles ese poder y concentrarlo en un grupo limitado. No importa si vivimos en una democracia participativa, una representativa o una epistocracia; el sistema político es un instrumento y el fin es, como dijo Mill, que los miembros de la comunidad prosperen: que sean felices. De preferencia, juntos.

 

 

 

5 comentarios en “Decidir: ¿poder de la mayoría?

  1. La democracia es solo una estructura pata definir un gobierno q se basa en la participacion de todoslos electores. Pero a menores de edad, presos, enfermos mentales etc se les prohibe. Tal vez prohibir . QUien esta en.buro de credito, no paga predial e impuestos y a quien demuestra no tener interes en su gobierno elimine votos faltos de identidad con una buena ciudadania. Lo q si sabemos es q la calidad del voto de muestra democracia esta sujeta a la voluntad d. Los mas vulnerables y faciles de convencer…

  2. Un gobierno debe ser capaz de gestionar la realidad, la cual por principio es compleja. Así pues los gobernantes y los políticos deben ser capaces de solucionar problemas, de definirlo, y no solo de crearlos, que tal parece es a lo que hoy en día se dedican. Platón habló de tomar decisiones correctas, por ello la información y el saber es importante, porque parece que gobernar hoy es decidir entre opciones de solución. En verdad esas opciones no siempre son la únicas que existen, antes hay que definir los problemas, para lo cual la mayoría de los políticos fallan porque se empeñan en tratar solo los problemas para los que tienen soluciones (como enriquecerse rápidamente y librar la cárcel, como en el caso de México). Un gobierno es una institución social, y el sistema de partidos de los sistemas democráticos un supuesto suministro de representatividad. Pero al no estar certificada la capacidad de gestión de la realidad en los partidos más que por el arrastre popular, al no existir una certificación del saber político o gubernamental y centrarse solo en la concentración representativa es donde falla el modelo democrático.

    • ¿Otro sistema sería superior si certificara la capacidad de gestión? En Reino Unido muchísimos primeros ministros están “certificados” por Eton, en México, el gabinete de Calderón estaba casi todo certificado por el ITAM.

      • No estaban certificados en solución de problemas, sino en administración pública, osea, manejar dinero y evitar conflictos, por lo visto su efucación fracasó porque la academia vive en lalaland.

      • Sobre ciencia y democracia, decía Carl Sagan:
        “Avoidable human misery is more often caused not so much by stupidity as by ignorance, particularly our ignorance about ourselves… Whenever our ethnic or national prejudices are aroused, in times of scarcity, during challenges to national self-esteem or nerve, when we agonize about our diminished cosmic place and purpose, or when fanaticism is bubbling up around us — then, habits of thought familiar from ages past reach for the controls.

        Science is far from a perfect instrument of knowledge. It’s just the best we have. In this respect, as in many others, it’s like democracy. Science by itself cannot advocate courses of human action, but it can certainly illuminate the possible consequences of alternative courses of action.

        The scientific way of thinking is at once imaginative and disciplined. This is central to its success. Science invites us to let the facts in, even when they don’t conform to our preconceptions. It counsels us to carry alternative hypotheses in our heads and see which best fit the facts. It urges on us a delicate balance between no-holds-barred openness to new ideas, however heretical, and the most rigorous skeptical scrutiny of everything — new ideas and established wisdom. This kind of thinking is also an essential tool for a democracy in an age of change.”