¿Qué entendemos por revolución?, ¿a qué tipo de procesos se les ha denominado así y por qué?, ¿las independencias fueron revoluciones? Estas son algunas de las preguntas sobre las cuales gira el reciente libro Las revoluciones en el largo siglo XIX latinoamericano publicado por Iberoamericana Vervuert y que reúne un conjunto de 12 trabajos editados por el antropólogo venezolano Rogelio Altez y el historiador español Manuel Chust. El volumen congrega artículos de historiadores españoles, argentinos, venezolanos, chilenos, brasileños y mexicanos que, aunque no exclusivamente, abordan distintos aspectos históricos e historiográficos de los procesos revolucionarios iberoamericanos de los siglos XIX y XX pero enfocándose con mayor detenimiento en el tiempo de las independencias.

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En el texto que firman en conjunto y luego en los que cada uno escribe por su parte, Altez y Chust buscan afincar a las revoluciones como problemas históricos generadores de órdenes políticos, económicos, sociales y simbólicos. Mientras que Chust recuerda algunas de las miradas (fundamentalmente socialistas) que desde el siglo XX condicionaron las interpretaciones sobre las revoluciones decimonónicas y su incidencia en la conformación de los materialismos; Altez, por su parte, y en consonancia con las recientes aproximaciones que al respecto ha brindado la historia conceptual, reflexiona sobre la polisemia inasible pero políticamente fascinante del “meta-concepto” (como él lo llama) revolución. El venezolano insiste en problematizar a las independencias como un proceso, insistencia que por momentos parece excesiva pues tengo la impresión de que la historiografía actual la tiene por completo asimilada. El diálogo establecido con la historia conceptual resulta enriquecedor, en particular las referencias al monumental proyecto Iberconceptos, dirigido por el incansable Javier Fernández Sebastián y que ya ha fructificado en dos colosales Diccionarios que, entre tantísimos otros conceptos, analiza justamente los usos, implicaciones y transformaciones de la voz revolución en todo el mundo iberoamericano entre 1770 y 1870.1 Hace bien Altez en señalar que revolución no siempre fue un término reivindicativo, baste recordar el uso peyorativo que le dieron las autoridades virreinales en los primeros momentos de los estallidos independentistas, allá por 1808 y 1810. En aquellos días críticos el término revolución debía purificarse con ciertos adjetivos (gloriosa, santa, digna…) que la diferenciaran con claridad de los excesos regicidas que evocaba en el mundo hispánico el Terror francés. Altez navega en el binomio conceptual e historiográfico independencia-revolución para desmenuzar el sentido de los relatos que surgieron sobre las independencias a lo largo de dos centurias, un binomio que, por cierto, también podría ensayarse con una fórmula que se antoja casi natural: independencia-libertad.

La colaboración de Ivana Frasquet llama la atención por entender a las independencias hispanoamericanas no únicamente como un proceso con distintos ritmos,  sino como una revolución política e incluso social, económica y fiscal. Hace bien Frasquet en insistir que la separación de América con respecto a la metrópoli no sólo supuso la desvinculación de la corona sino que también implicó una honda transformación en las estructuras jurídicas que determinaban el poder y, en suma, la organización social. La autora subraya el sentido liberal de este proceso revolucionario que produjo, mediante coyunturas diversas y contradicciones patentes, una serie de estados nacionales finalmente cuajados en la tercera década del siglo XIX y no, como tanto se empeñó en relatar la historiografía nacionalista, en la belicosa década de los 1810. Si bien el artículo desliza matices que invitan a largos debates (algunos de los cuales llevan décadas ocurriendo), su intención sintetizadora cristaliza, por una parte, en la obligación de contemplar el gran marco iberoamericano y, por otra, en la visión de mediano plazo para comprender a mayor cabalidad las independencias. Con dichas consideraciones presentes podríamos, entonces sí, discutir por ejemplo el cariz supuestamente conservador de la llamada consumación de la independencia mexicana o el carácter últimamente republicano de los estados independizados.

El historiador argentino Raúl Fradkin se encarga de una revisión sistemática del panorama historiográfico actual (aunque no solo) de los procesos independentistas. Es, a mi parecer, una de las joyas del volumen porque reúne a un tiempo erudición, seriedad expositiva, sólido análisis y, más importante aún, propuestas fundamentadas. Fradkin pone a pensar al lector; lo incomoda, lo aguijonea y lo invita —casi obligándolo— a ponderar sus propios supuestos interpretativos. Consciente de la esterilidad de repasar los muchos adjetivos que se han empleado para calificar a las independencias, Fradkin se detiene en el que juzga paradigmático y vigente, el de las “revoluciones hispánicas”. Sin menospreciar las múltiples aportaciones que esta tendencia historiográfica (que quizá no constituye un canon propiamente dicho) que ha explotado la veta del revisionismo político, Fradkin incita a recuperar el análisis de su dimensión social. Su apuesta es clara: las independencias fueron parte de un proceso revolucionario que debe inscribirse en un arco temporal más amplio (la crisis no comenzó en 1808 sino que movilizaciones concretas habían erosionado la estructura colonial con anterioridad) y que no solo alteró la vinculación política con la metrópoli sino que, de manera variada y contradictoria, mutó las relaciones sociales; esas profundas transformaciones son incomprensibles si no se considera la fundamental actividad de los sectores populares. No se pueden escindir el estudio de las relaciones políticas y el de las relaciones sociales; todo cambió a raíz de aquel proceso y esos cambios son perceptibles a través del examen de las prácticas políticas de todos los grupos movilizados que al final construyeron “nuevas legitimidades, nuevos consensos y nuevas formas de coerción”, en suma, nuevas formas de hacer política.

Y del Río de la Plata de Fradkin, nos movemos a la (Gran) Colombia que historian Inés Quintero y Ángel Almarza a través de las vicisitudes electorales que le dieron vida entre 1819 y 1830. Quintero y Almarza escudriñan los peculiares tumbos jurídicos y legislativos de aquellos decisivos años 20 del siglo XIX en el ámbito colombiano (neogranadino, venezolano y quiteño) para destacar la importancia de la representación política y sus elementos (movilización ciudadana, participación política y ejercicio del voto) como pilares de la legitimidad de los nuevos estados y, además, como una de las pocas constantes en aquel tenso periodo de frágil unidad.

Corresponde a José Luis Ossa Santa Cruz una útil esquematización de las principales tendencias historiográficas sobre el proceso independentista chileno y a João Paulo Pimenta y Mariana Ferraz Paulino un erudito recorrido (en portugués) por más de 150 años de historiografía brasileña sobre la peculiar independencia de 1821-1822 (en que don Pedro dejó de ser el príncipe regente a quien João VI le había encargado el gobierno de la parte americana de la monarquía portuguesa, para convertirse en el primer emperador de Brasil luego de rechazar las órdenes de las cortes de Lisboa). Pimenta y Ferraz calibran obras de muy diverso corte a través de la manera en que interpretaron la independencia de Brasil: ya como un movimiento conservador que preservó la estructura monárquica y todos sus intereses, ya como una regeneración política, ya como una etapa más de una prolongada guerra civil, ya como parte de un proceso evolutivo más o menos natural (emancipación), ya como un momento intrascendente que apenas habría de preparar la abdicación del emperador en su hijo, Pedro II, diez años más tarde.

El caso cubano es revisado por Antonio Santamaría García y Sigfrido Vázquez Cienfuegos. Si bien los autores examinan algunos aspectos del impacto del reformismo dieciochesco en la isla para explicar las posiciones políticas de la “elite” en los reacomodos de la segunda década del XIX, da la impresión de que desaprovechan la oportunidad de problematizar (en el tono del volumen) la historiografía cubana o cubanista sobre esa particular no-independencia.

Silvestre Villegas, por su parte, ofrece una cala historiográfica sobre cuatro interpretaciones del proceso mexicano de la Reforma; y Ariel Rodríguez Kuri teje un estimulante examen crítico de la historiografía de la Revolución Mexicana y de la vaporosa posrevolución. Los procesos electorales, el caciquismo, las manifestaciones del descontento popular en el campo, la determinante relación con Estados Unidos (y en general la política exterior) y la guerrilla, son algunos de los tantos problemas que, fincados entre 1940 y 1970, pueblan el fértil campo de la que Rodríguez Kuri invita a sistematizar como historiografía política de la posrevolución.

Por último, el prolífico Tomás Pérez Vejo regresa a un tema que ha venido trabajando y sobre el cual, para casos como el mexicano, ya hay importantes estudios:2 los centenarios. Pérez Vejo navega en los discursos y las imágenes de varias de las festividades que en 1910 conmemoraron el centenario de las independencias en buena parte de los países hispanoamericanos (México, Argentina, Paraguay, Venezuela, Colombia, Chile) para analizar fenómenos concretos como la consolidación de las identidades nacionales (el papel del español, el indio y el mestizo), la imagen y la relación con España (transmutada en hispanofilia en la mayoría de los casos) y, en suma, la idea del pasado y de la memoria nacional.

Como salta a la vista, los contenidos son vastos y desbordan el título del libro. No obstante, hay algunas preocupaciones que vertebran la mayoría de las colaboraciones: la discusión sobre el concepto de revolución y la esterilidad de encasillarlo como un modelo; la convicción de que las independencias iberoamericanas fueron no solo un proceso histórico sino una revolución que transformó radicalmente las relaciones sociales y los fundamentos de la legitimidad política; y la necesidad y la riqueza de evaluar críticamente su polifacética y bicentenaria historiografía.

Por último, aunque podría parecer miope señalar algunas ausencias, es evidente que el libro se habría redondeado mejor concentrándose en las independencias con estudios sobre Haití (ausencia que los mismos editores lamentan), Centroamérica, Perú, Bolivia e incluso la España del Trienio. En ese sentido queda la impresión de que las miradas a la Reforma mexicana o a la posrevolución quedaron un tanto aisladas o descontextualizadas y sus aportaciones habrían sido mejor sopesadas con sus respectivos contrastes con otros casos históricos hispanoamericanos.

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En cualquier caso, Las revoluciones en el largo siglo XIX latinoamericano viene a consolidar cuando menos dos certezas: la necesidad de considerar a la realidad (histórica y presente) del mundo hispanoamericano para la mejor comprensión de nuestros problemas (también históricos y presentes); y la conciencia de la dimensión histórica de los conceptos y de las palabras que, como revolución, estructuran nuestro mundo historiográfico, ideológico y político.

 


1 Javier Fernández Sebastián, Diccionario político y social del mundo iberoamericano. Conceptos políticos fundamentales, 1770-1870 [Iberconceptos-II]. Tomo 9. Revolución, editor del tomo Guillermo Zermeño Padilla, Madrid, Universidad del País Vasco / Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2014.

2 Virginia Guedea, coord., Asedios a los centenarios (1910 y 1921), México, Fondo de Cultura Económica / UNAM, 2009.