Presentamos el inicio de La velocidad del ángel, firmado por Carofiglio, texto que se centra en las consecuencias, casi íntimas, que la cocaína es capaz de producir, a partir de la historia de Sara, una policía que acaba arruinando su carrera por amor. Está incluido en Cocaína (Malpaso).

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Me gusta escribir en los bares. Tengo esa manía desde que era un muchacho y leía a Hemingway; pensaba que escribir en locales públicos era un requisito indispensable para ser escritor.

Hace ya años que no leo a Hemingway; incluso he hallado el coraje para admitir que, a fin de cuentas, no me gusta demasiado y que algunas de sus novelas pueden ser más bien tediosas (en ocasiones muy tediosas), pero he mantenido la costumbre de escribir en los bares.

Era una tarde de septiembre. El lugar se llamaba Caffè del Pescatore (ignoro si sigue existiendo) y no gozaba de especial atractivo aparte de la casi total ausencia de parroquianos y una pequeña terraza con vistas al espigón y más allá al mar.

Me senté, pedí una copa de vino blanco frío, abrí el ordenador y empecé a escribir. Cuando trabajo en mi estudio me distraigo cada cinco minutos; en los espacios públicos, sin embargo, alcanzo una misteriosa concentración y escribo febrilmente casi sin percibir las horas que van pasando.

Emergí de la escritura tras un tiempo impreciso, dos copas de vino y un plato de rosquillas saladas con olivas y provolone. Había dos mesas ocupadas; tenía enfrente a un par de chicos con ropa negra de pies a cabeza que fumaban unos cigarrillos apestosos, bebían cerveza y engullían patatas fritas.

A mi derecha vi a una mujer con pantalones cargo y camiseta blanca. Tenía un cuerpo de atleta en buena forma (enjuta, brazos delgados y musculosos, espalda ancha), pero el rostro estaba marcado por unas arrugas que parecían cicatrices de cuchilla, horizontales en la frente y verticales a ambos lados de la boca. En su mesa había una cerveza, un bocadillo y un cuaderno de espiral. Estaba escribiendo algo con la prisa sincopada de quien persigue un pensamiento y teme que pueda escapársele. Después le daba un mordisco al bocadillo, bebía un sorbo de cerveza y volvía a escribir. Emanaba un aire de dominio, urgencia, precariedad y también (tardé un rato en precisarlo) una vaga sensación de amenaza. Era imposible no mirarla.

De pronto se levantó e hizo unos cuantos movimientos para desentumecerse; mientras se apretaba la rodilla contra el pecho, se le cayó del pantalón un puñado de monedas que golpearon contra el suelo como una breve ráfaga. Algunas rodaron debajo de mi silla. Me alcé para ayudarla a recogerlas.

—Gracias —dijo por fin cuando estábamos cara a cara a medio camino entre su mesa y la mía.

—¿Por qué carga con toda esta calderilla?

Lo dije por decir algo, pero me dio la impresión de que ella se lo tomó en serio. Dejó pasar unos segundos sopesando mi pregunta y se decidió a contestar.

—Es para los mendigos.

—¿Qué quiere decir?

—Siempre llevo unas monedas para los mendigos.

—Como Matthew Scudder.

—¿Quién?

—Es el protagonista de unas novelas ambientadas en Nueva York. Un expoli, detective privado; hace algo parecido. Cuando cobra un trabajo cambia parte del dinero en billetes de dólar para dárselos a los mendigos.

—Un expolicía —dijo lentamente como si fuera una expresión que nunca había oído y cuyo significado debiese calibrar con detenimiento.

—Sí, ¿ha leído esas novelas?

—No —hizo una larga pausa mirándome como si buscara algo huidizo—. ¿Son historias policíacas?

—Sí.

—No soy muy aficionada a ese género; en realidad, ni lo toco.

—¿Y qué lee?

—Lo que salga; estoy intentado recuperar.

—¿Recuperar?

—Empecé a leer en serio hará un par de años —antes de continuar sacudió la cabeza como ahuyentando un insecto—. De pequeña me gustaba el deporte.

—¿Nos vamos a quedar de pie?

Nos sentamos en mi mesa y llamé al camarero, personaje decididamente surrealista: un sesentón con rastas y la expresión hueca de quien acaba de fumarse algo serio. Le pedí otra copa de vino para mí y una cerveza para ella.

—¿Qué deporte practicaba?

—Casi todo se me daba bien, pero en especial las carreras. Era la más rápida de la escuela al principio de secundaria, incluso más que los chicos.

Bob Marley trajo el vino, la cerveza y un sándwich cortado en cuatro.

—Yo me hubiese conformado con no ser el más lento de mi clase.

Me miró para comprobar que no bromeaba.

—Vale, estaba exagerando, no era el más lento de mi clase, pero tampoco sobresalía en los deportes; probé muchos y no destaqué en ninguno; lo más gracioso es que durante años soñé con ser campeón en algo. ¿Y usted?

—Fui atleta. Desde que terminé el bachillerato hasta los veinticinco años el deporte fue mi trabajo. Corría los cien y los doscientos metros lisos. ¿Y usted a qué se dedica?

“Una pregunta extraña”, me dije. ¿Usted a qué se dedica? ¿Qué quiere decir dedicarse a algo? Dedicarse significa ocuparse, interesarse… Consagrarse, atender, cuidar. “La verdad es que no sé a qué me dedico”, pensé con una pizca de aflicción.

—Escribo novelas. Antes hacía otras cosas, pero las dejé. Ahora me dedico enteramente a escribir.

—¿Es escritor? —preguntó con sincero asombro.

—Sí.

—¿Y cómo se llama?

Le dije mi nombre y no lo conocía; añadió que lo lamentaba.

—Es la primera vez en mi vida que me topo con un escritor. ¿Qué clase de novelas escribe?

Vacié la copa de un trago y con un gesto le indiqué a Bob Marley que me trajera otra. Era la cuarta; es decir, prácticamente una botella. Hacía meses que bebía en exceso, lo cual no es bueno, pero prefería no pensarlo.

Qué clase de novelas escribo. Años atrás habría sabido contestar a esta pregunta con bastante facilidad. Ahora no sé.

—¿Qué quiere decir?

—Hace años me gustaba lo que escribía, en cambio ahora no estoy seguro de que, como lector, quisiera leer libros como los míos. Por eso me cuesta explicar qué clase de novelas escribo. Debe de ser algún síndrome de evitación, un terreno en el que soy bastante bueno; la evitación, me refiero.

Ella entornó los ojos como esforzándose en capturar una idea inaprensible.

—¿Por qué pasa este tiempo charlando conmigo? No me parece que esté ligando.

—Hay que tener cuidado si se habla con un escritor. A menudo, cuando te escuchan, están pensando sobre todo en cómo incorporar la conversación a su nuevo libro.

—¿Quiere decir que ahora mismo usted está pensando en cómo emplear esta conversación en su nuevo libro?

—A decir verdad, nada de lo que estamos diciendo tiene mucho que ver con el argumento de mi nuevo y dudoso libro. Pero nunca se sabe… —hice una breve pausa—; en todo caso, usted tampoco parece estar ligando conmigo.

Una leve sonrisa se posó en sus labios con matices irónicos.

—¿De qué trata su libro?

—Gran pregunta. El problema es que con frecuencia uno no sabe de qué habla su novela hasta que no ha terminado de escribirla. De todos modos es una historia que tiene como protagonista a una mujer con una vida normal (sea cual sea el significado de “una vida normal”); es totalmente heterosexual, pero un buen día se enamora de una chica.

Me miró durante unos segundos como se mira a un fantasma, como si de pronto hubiese perdido el equilibro o el sentido de la realidad. Estaba a punto de preguntarle si se encontraba bien o si ocurría algo cuando hizo un ademán rotundo con la mano.

—Tengo que irme, llego tarde al trabajo.

¿Trabajo? ¿A esas horas? ¿Qué trabajo empieza pasadas las ocho de la tarde?

¿Portera de noche, taxista, policía, farmacéutica, moza de cuerda en un mercado de verduras, enfermera, camarera, presentadora de radio, barrendera, prostituta?

—Puede que volvamos a vernos por aquí.

Volvió a observarme durante unos segundos. Después se levantó y se fue.

Gianrico Carofiglio
Escritor, magistrado y senador. Autor de novelas policíacas y de ensayos jurídicos. Ha formado parte del departamento antimafia y conoce como nadie hasta qué punto las organizaciones criminales han asolado Italia.

Traducción de Nicolás Pastor.