-Todos los locos creen que sus disparates son reales
y que son poseedores de la verdad absoluta.
-Pasa exactamente lo mismo con los cuerdos, no se te olvide.
—Bernardo Esquinca, La octava plaga

Bernardo Esquinca
La octava plaga
Almadía
México, 2017
248 p.


Cuando el 30 de octubre de 1938 la CBS realizó una sorpresiva emisión de radio de La guerra de los mundos de H.G. Wells bajo el formato de un noticiero, muchos radioescuchas en Nueva York y Nueva Jersey pensaron que la caída de meteoritos y la llegada de vida alienígena era real. Las calles se llenaron de pánico y caos. No era sorpresivo: el medio legitimaba el mensaje.

Pero ¿qué ocurre cuando, en lugar de configurar una realidad a partir de una novela como lo hizo la CBS, se silencia una realidad sobrenatural con una narrativa ordinaria? (Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia). ¿Cómo se controla la generación de una realidad social cuando algo fantástico lo irrumpe? ¿Quién tiene acceso a la explicación de ese fenómeno, de esa nota roja? Éstas son algunas de las consideraciones que plantea La octava plaga, la recientemente republicada novela de Bernardo Esquinca (la primera edición en Ediciones B es de 2011).

La octava plaga es una novela que mezcla a la ciencia ficción con la novela negra. La obra relata los extraños eventos que vive Casasola, un periodista de cultura que es transferido en contra de su voluntad a la sección de nota roja de un periódico. Tras presenciar su primera escena de crimen, la cual involucra el cadáver de un hombre que ha sido degollado por una mujer en un motel, el personaje —bajo la instrucción del experimentado reportero Verduzco y un fotógrafo retirado conocido como “El Griego”—, deja de ser un periodista para volverse un detective que se acerca exponencialmente a una muerte extraordinaria.

La novela es un collage de géneros literarios que incluye la presentación en el diario del fabuloso hallazgo entomológico del científico Esteban Taboada, la trágica historia de amor y locura de “El Griego”, así como una serie de notas periodísticas que narran acontecimientos sobrenaturales. Todos estos fragmentos se conjugarán eventualmente para la resolución del crimen. Y las relaciones, que involucran insectos, científicos dementes y detectives retirados, llenan de humor la novela al parodiar argumentos y conversaciones cliché de clásicos de la ciencia ficción literaria y cinematográfica como The Fly de David Cronenberg, Jurassic Park o I Am Legend.

Más allá de esto, a través de la mezcla de géneros, la novela introduce voces de muertos, enigmas oníricos y pistas provenientes de personajes de la historia de la literatura. Estas intromisiones saturan de misterio la novela. Un ejemplo es el consejo de Auguste Dupin, detective de Poe, quien asesta una clave para la resolución del crimen: “han caído en el grueso pero común error de confundir lo insólito con lo abstruso”.

Mientras Casasola se ve accidentalmente inmiscuido en el caso de la “Asesina de los Moteles” y una serie de crímenes se multiplican cada vez más rápida e inexplicablemente, el protagonista enfrenta su reciente separación matrimonial y lidia con una crisis profesional: no puede escribir notas rojas. Es aquí en donde entra lo más rico de la novela de Esquinca: las reflexiones en torno al funcionamiento de la nota roja.

Ya lo decía Walter Benjamin: la prensa impermeabiliza la experiencia. Esto no podría ser más evidente en ningún otro lado que en la nota amarillista. Podríamos pensar que hay dos tipos de nota roja: una con intenciones de objetividad, plana, sintética, descontextualizada, con lenguaje impersonal, donde se disminuye a los sujetos inmiscuidos a una única acción; y otra cargada de detalle y melodrama, como aquellas que parodia The Buenos Aires Affair de Manuel Puig o en las que Roberto Arlt participaba en el diario porteño Crítica.

La descontextualización y la simplificación, sumado a un lenguaje impersonal, hacen del primer tipo de nota una vitrina de la monstruosidad. El melodrama y la empatía de la segunda resultan en una especie de creación literaria en la que el reportero se vuelve detective y escritor de novela negra. Ambos tipos de nota roja son puestos a dialogar en la obra de Esquinca. De ella se desprenden varios cuestionamientos: ¿La violencia expuesta en la nota roja es fragmentaria pero omnipresente? ¿O le es lejana al lector por su tono impersonal? ¿Sugiere la vulnerabilidad del público o lo aleja de su realidad?

En la sección de un diario dedicada a la nota roja, en una misma página se presentan acontecimientos inconexos a los que rara vez se les da continuidad y notas que tienen un impacto inmediato pero efímero. Cada una es un universo entero cerrado sobre sí mismo. Esquinca juega afortunadamente con esta idea de desconexión y vuelve al espectáculo mediático de la violencia un vacío misterioso de teorías fantásticas. Un espacio en donde el reportero/detective puede re-tejer y re-contextualizar acontecimientos aparentemente distantes y, con ello, dar una explicación de la realidad, aunque ésta sea siniestra o incluso demente. 

“Nadie es el indicado para hacer nota roja, ese género ni siquiera debería existir. Pero la gente lo pide.”, explica el jefe de Casasola. La crueldad vende; sin embargo, la mercantilización de la violencia es mucho más compleja que sólo adjudicarle al morbo una cualidad comercial. ¿Por qué la gente consume violencia? ¿La nota roja informa o entretiene? Y si entretiene, ¿qué dice eso de nuestra sociedad? “Quizás eso son las ciudades hoy en día: psiquiátricos gigantescos donde vivimos la ilusión de la libertad y la cordura”. Tal vez la nota roja nos ayuda a crear un termómetro de violencia. Quizá siempre buscamos escindirnos de lo que compone ese termómetro.

“Casasola se dio cuenta de que, por más terrible que fuera el asesinato que acababa de presenciar, no dejaba de ser una pequeña mancha en medio del gran entramado de la ciudad”, escribe Esquinca. La nota roja podría parecer un género que plasma un acontecimiento excepcional. Un acontecimiento que se siente ajeno; no por nada hay periódicos que se especializan en ella o diarios que tienen una sección específica apartada del resto del periódico para exponerla. ¿Esto qué implica? ¿La normalización de la monstruosidad, su ajenidad o que la violencia se torne espectral? Esquinca sugiere una respuesta:

Casasola pensó que eso estaba bien: que las tragedias cotidianas fueran pequeños teatros aislados, aunque media ciudad se enterara al día siguiente por la prensa o la televisión. Si en ese momento toda la población estuviera paralizada por el performance de una histeria en una cornisa, no quedaría esperanza para nadie.

Así, La octava plaga de Bernardo Esquinca muestra cómo la prensa construye narrativas y realidades sociales o las previene. Casasola y la prensa deciden qué se leerá sobre los extraños acontecimientos ocurridos y qué se silenciará. No obstante, al mismo tiempo, este periodismo sólo es posibilitado por la exigencia del público que saliva por la nota roja; en otras palabras, la sociedad, como un cuadro de Escher, escribe las notas que la encuadran. Aunque la prensa decida acallar parte de la motivación de los crímenes, éstos seguirán reproduciéndose solos. En la novela, la versión de la “verdad” expuesta por la prensa coincide con la extraordinaria teoría de Taboada. Esto nos lleva a una última pregunta, si “todos estamos en el mismo manicomio, los de dentro y los de afuera”: ¿quién está de cada lado del muro?

 

Valeria Villalobos Guízar
Editora y periodista cultural

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