A propósito de la reedición del imperdible Sanatorio La Clepsidra, ofrecemos una puesta al día del gran escritor polaco, creador de una de las prosas más elaboradas, eróticas y tristes de su lengua.

Bruno Schulz
Sanatorio La Clepsidra
Traducción de Enrique Mittelstaedt
Dobra Robota Editora
Buenos Aires, 2017
262 páginas.


No tanto como sus muertes, sino el grado de cobardía y vileza con el que fueron cometidas, fue lo que más me sorprendió y aún impacta de los asesinatos de Isaac Babel y Bruno Schulz, defenestrados por su condición de judíos y de artistas a manos de oficiales soviéticos y nazis, dos cánceres que dieron forma a lo peor del siglo XX, zombis que en el presente, bajo inmundos rostros nuevos, nos acompañan todavía.

Otro punto de contacto es que ambos cuentan con novelas escritas por autores extraordinarios con respecto a su obra y su figura. Vastas emociones y pensamientos imperfectos es el homenaje de Rubem Fonseca al ruso en medio de un entorno carnavalesco y tropical —un ejercicio formidable de mezclas inopinadas y una cátedra de composición en el registro del mejor Fonseca— y El Mesías de Estocolmo, un retrato de Bruno Schulz a cargo de Cynthia Ozick, que cuenta la historia de un personaje perturbado que cree ser el hijo del también dibujante y profesor de secundaria en clave de farsa kafkiana. (Un detalle más que vincula a las novelas es que ambas son una pesquisa por las supuestas novelas perdidas de sus autores).

Para los enterados, Schulz es un personaje conocido en las letras mexicanas debido a los oficios de Sergio Pitol, no solo el mayor de nuestros eslavistas sino también el mejor introductor a la literatura perpetrada por el pabellón de los excéntricos, ciudadanos de lo que Schulz denominaba “la república de los sueños”. En una edición de la UNAM de 1986 se publicaron los relatos de Las tiendas de canela, que continuaban el trabajo realizado en los años sesenta cuando en la revista La palabra y el hombre de la Universidad Veracruzana se publicaron un puñado de cuentos en las traducciones del malogrado cineasta Juan Manuel Torres, así como la célebre Antología del cuento polaco contemporáneo (1967), donde Pitol traducía y seleccionaba “Los pájaros”, del autor nacido en Drohobycz, pueblo de la región de Galitzia oriental, del desaparecido Imperio austrohúngaro, hoy Ucrania.

Por ello, conviene tener presentes las nuevas ediciones de su obra publicadas por la joven editorial argentina Dobra Robota, especializada en literatura polaca que publicó hace un par de años Las tiendas de color canela y recientemente Sanatorio La Clepsidra, ambas en traducción de Enrique Mittelstaedt.1

Divido por los conflictos de su época, la obra de Schulz expresa la condición fronteriza de una sensibilidad que se sabe provinciana y asume periférica, un transeúnte de lenguas (yiddish y polaco) que era en la misma medida tanto escritor como artista plástico, descollando en esta actividad con una extraña originalidad, ya que si bien su obra se nutre de Goya, Aubrey Beardsley y Leopold von Sacher-Masoch, la técnica que utilizaba era conocida como cliche verre, una combinación de pintura y dibujo con fotografía que le imprime un carácter único a su obra gráfica.

Si bien reconocido por las personalidades y círculos principales de su época —se escribió mucho y nutrido con Witold Gombrowicz y en el momento de mayor reconocimiento de su obra fue entrevistado por Stanislaw Witkiewicz— volvió siempre a su pueblo, de donde nutrió la totalidad de su literatura, considerada por Isaac Bashevis Singer superior a la de Kafka, de quien Schulz tradujo El proceso con Józefina Szelinska, a quien está dedicado Sanatorio La Clepsidra.

Sanatorio La Clepsidra —que cuenta con una adaptación cinematográfica de 1973 dirigida por Wojciech Jerzy Has— está compuesto por las primeas historias de Schulz, varias de ellas descartadas para la edición final de Las tierras de color canela, su primer libro publicado. Historias primerizas, fue necesaria la insistencia de amigos y lectores —y sobre todo de Witkiewicz— para que Schulz se animara a publicar el libro. Con el trasfondo de la zona de Galitzia, ese lugar devastado tanto por el Imperio austrohúngaro como por el tercer Reich y finalmente por los soviéticos, el libro se lee como una novela episódica en la que la realidad se encoje y se expande a la manera del tiempo, de ahí cierto carácter expresionista de sus atmósferas. Con la figura del padre como símbolo cuasi fantástico y a su vez como garante de un sentido profundo del mundo, las historias son muy parecidas a las de Las tiendas… cimentando la visión de un hombre que desea volver a los paisajes mitológicos de la niñez: cosa imposible por absurda, y en cuyo intento se cifra un desencanto extrañísimo y cruel.

Artista de las transformaciones —a veces los personajes mutan en escorpión, en cucaracha o hasta en cangrejo— su originalidad lo pone en sintonía con Kafka y Musil, pero sobre todo lo entronca con Gombrowicz y su búsqueda de una forma en combustión permanente: el lugar donde se dan la mano el niño con el adolescente. Para Pitol, “la realidad en el mundo de Schulz conoce amplias posibilidades de transformación de la materia. Todo elemento puede convertirse en su antagonista. Los hombres se transforman en aves, en cucarachas, en puñados de cenizas”, por ello se ha dicho que Schulz creó una de las prosas más elaboradas, eróticas y tristes de su lengua, como se lee en el relato que da nombre al libro:

El verdor de las hojas era muy oscuro, casi negro. Era un negro saturado, profundo y bondadoso como un sueño reconfortante. Y todos los grises del paisaje provenían de ese único color. Es el color que a veces adquiere el paisaje durante el crepúsculo nublado de verano, plagado de lluvias interminables. La misma dejadez, el mismo entumecimiento resignado e irrevocable, que ya no necesita el consuelo de los colores.

En opinión de Adam Zagajewski, otro notable poeta de Polonia, “en su prosa, la Drohobycz provinciana se transformó en una especie de Bagdad oriental, una ciudad exótica sacada de Las mil y una noches. Su vida, tocada por esa misma varita mágica, se resiste también a ser catalogada. Si no hubiera escrito ni dibujado, habría sido solo un profesor de manualidades melancólico, judío y de clase media, el desventurado vástago de una familia de comerciantes, un soñador que escribía largas cartas a otros soñadores”.

Por fortuna, pese a la vileza del mundo y la permanencia de su espanto, está visto que la belleza permanece y se multiplica aunque los torvos asesinen a los pájaros que los sueñan.

 

Rafael Toriz.
Escritor. Ha publicado Animalia, Metaficciones y Serenata, entre otros libros.


1 Anteriormente, en Argentina, había circulado el tomo La calle de los cocodrilos, publicado por el Centro Editor de América Latina en traducción de Ernesto Gohre, y del lado español se consigue, desde hace algunos años, un tomo que enmarca la totalidad de su producción escrita junto con buena parte de sus dibujos: Madurar hacia la infancia, que contiene el hermoso El libro idólatra, cuento ilustrado con imágenes eróticas donde la figura de una mujer dominante alumbra las miserias de un dibujante sospechosamente parecido al autor.

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José Paulo Cavalcanti Filho
Fernando Pessoa. Uma quase autobiografia
Record
Rio de Janeiro, 2011
736 pp.


Por más que la seductora expresión de Octavio Paz, en su hermoso ensayo sobre Pessoa, haya arraigado y hecho escuela,1 preciso es acotarlo y corregirlo: los poetas tienen biografía, robusta y algunas veces hasta fascinante; en varios sentidos y de múltiples maneras, la vida vivida puede servir como un espejo distorsionado que refleja aspectos desconocidos de una obra. “Lo que soy es porque vendieron la casa” dijo alguna vez Pessoa, quien fue consciente desde chico de cómo la realidad nos cincela, esculpiéndonos al desgarrarnos; y añadiría después, con lucidez devastadora: “los libros son papeles pintados con tinta”, trazos dispersos en la fugacidad de la vida, que es todo y es nada.

En las dos entregas anteriores se revisó el estado del Libro del desasosiego en el presente en su lengua original y se comentó también una edición chilena que permite cotejar algunos testimonios de Fernando en tanto hombre de su tiempo. Ahora, la obra que nos ocupa y con la que se cierra este minúsculo correo sobre el poeta, se revela única por sus alcances, dedicación y omnímodos afanes: la obra del abogado brasileño José Paulo Cavalcanti Filho es la más completa y acabada biografía de Fernando Pessoa jamás escrita; y tal esfuerzo, dado la profusión de estudios especializados en la obra del bardo lusitano, es una auténtica proeza que merecería una pronta y dedicada traducción al español. Al tiempo.

Lo primero que llama la atención es el carácter enciclópedico del libro. Capitulado en cuatro actos —a la manera de una obra de teatro— el contenido se agrupa bajo los nombres “Donde se cuenta de sus primeros pasos y caminos”, “Donde se cuenta del arte de fingir y sus heterónimos”, “Donde se cuenta de sus muchos gustos y oficios” y “Donde se cuenta sobre el desasosiego y de su destino”.

La obra explora con detenimiento casi maniaco prácticamente todas las instancias sensibles del hombre, ilustrada copiosamente con frases tomadas de su obra en verso y prosa, que si bien no aparecen referenciadas al interior del texto, se encuentran con seguridad en los títulos consignados dentro de la vasta bibliografía disponible al final del libro.

La biografía, primera del poeta escrita en el Brasil, ofrece el fresco más acabado y acucioso —sin ser cansina o reiterativa— sobre las múltiples almas que habitaron al más grande y fecundo de los geminianos. Prácticamente no deja espacio sin revisar, ofreciendo una visión cabal y plena del que acaso fuera el desconocido de sí mismo pero no de Cavalcanti Filho, que lo conoce incluso mejor que la mujer que lo trajo al mundo.

El biógrafo registra con lupa no sólo lugares donde trabajó (y en este punto como en todos es verdaderamente exhaustivo); se detiente con delicadeza en sus años africanos —traza palmo a palmo los viajes de las naves que lo llevaron y trajeron con un celo geográfico que recrea con exactitud las rutas marítimas de la época—; sus primeras lecturas, entre las que destacan Milton, Platón, Swift, Chesterton, Rimbaud y sobre todo el Dickens de The Posthumous Papers of the Pickwick Club; sus amigos, las calles por donde pasearon y sufrieron los heterónimos y hasta los platos que le gustaba comer a Fernando, instancia donde los afanes detectivescos del biógrafo son realmente prodigiosos. Ha sido una grata sorpresa saber que Pessoa gustaba, como conviene a la mesa portuguesa, de las croquetas de bacalao, los  huevos estrellados con queso, el  cordero con batatas (nuestro mexicanísimo camote), el cocido a la portuguesa, el filete de pescado, el lomo de cerdo y el bife a la brasileña entre tantas otras exquisiteces que Cavalcanti Filho se da  el lujo de describir compartiendo incluso algunas recetas de fondas de la época en las que el poeta debio comer de tanto en tanto. En este punto conviene mencionar un detalle que ayuda a comprender el tipo de biografía a la que nos enfrentamos, donde la mixtura entre historia, obra, personaje y ambiente de época son los elementos que le imprimen su tono específico a la obra. Para saber cuáles eran los sabores entre los que Pessoa vino al mundo, Cavalcanti Filho rastrea los alimentos que se acostumbraba servir para las fiestas de San Antonio, patrono de Pessoa, quien guardaba el santoral aquel 13 de junio de 1888: “¡Ay, los platos de arroz dulce/ con las líneas de canela!/¡Ay la mano blanca que lo ha traído!/ ¡Esa mano debe ser de ella!”. Más que una visión, la biografía de Cavalcanti, en el sentido más amplio de la expresión, construye un gusto del mundo, de ahí que su biografía sea tan fecunda pero sobre todo tan sabrosa.

Profuso mapa de la obra poética ilustrada con experiencias comprobadas, Cavalcanti Filho visitó parientes, monumentos, plazoletas, archivos y caminó centímetro a centímetro la Lisboa del poeta; una vocación sorprendente que sólo puede entenderse en el orden de la fascinación fetichista que le hizo proveerse hasta de algunos efectos personales del difunto, como sus célebres espejuelos redondos. De acuerdo con Cavlacanti “este es el libro que yo siempre quise leer sobre Pessoa y hasta ahora no existía” y luego de leerlo se aquilata porque el autor tardó una década en terminarlo: más que una biografía se trata de la reconstrucción del mundo ahí donde el poeta paseó, leyó, comió, estudió, publicó, amó y murió desdoblado en personajes.

Debido a la profusión de obra crítica y biográfica sobre Pessoa, resulta difícil permanecer actualizado. No obstante este libro se inscribe en la tradición de las biografías oficiales, donde comparte lugar —primus inter pares— con la de João Gaspar Simões, Vida y obra de Fernando Pessoa; con La vida plural de Fernando Pessoa de Ángel Crespo y con la de Robert Bréchon, titulada Extraño extranjero. Una biografía de Fernando Pessoa.2

Libro episódico que demanda ser leído con la fruición con la que se leían las novelas por entregas, el libro está poblado de detalles eruditos —la obra completa de Pessoa serían algo así como 60 libros de 500 páginas cada uno— y una selección de versos que hacen de la biografía una obra de consulta para conocer las vidas del hijo pródigo de Lisboa, un hombre que fue todos los hombres a través de la expresión de una conciencia que se se sigue hablando de tú a tú con la inmortalidad.

Y no exagero:

Señor, mi paso está en el umbral
de tu puerta.
Hazme humilde ante lo que voy a dejar.
Que quede, aquí
Esta obra que es tuya y en mi comienza
Y acaba en ti.
El resto soy sólo yo y el desierto del mundo
Y lo que revelaré.

 

Rafael Toriz
Escritor. Ha publicado: Animalia, Metaficciones y Serenata, entre otros libros.


1 “Los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía” en Cuadrivio. “El desconocido de sí mismo.”

2 Debido la profusión de estudios serios y competentes al respecto de la vida y obra de Fernando Pessoa, resulta complicado permanecer actualizado. No obstante considero que la biografía de su primo, Eduardo Freitas da Costa, Fernando Pessoa, notas a uma biografía romanceada y los tomos de Antonio Quadros Fernando Pessoa y Fernando Pessoa, vida, personalidade e gênio son obras de consulta indispensable para el interesado; así como el tomo del ensayista portugués João Rui de Sousa titulado Fernando Pessoa, empregado de escritorio. Ninguno de estos libros se encuentra disponible en español.

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Fernando Pessoa
Papeles personales
Selección, traducción y prólogo Adán Méndez
Universidad Diego Portales
Santiago de Chile, 2016
382 pp.


Lo primero que llama la atención de estos Papeles personales, seleccionados, traducidos y prologados por Adán Méndez, es la peregrina explicación de la naturaleza del libro, lo que vuelve a la obra una pieza coleccionable —ideal para regalar al neófito o para el fanático de tiempo completo— pero de escaso valor como obra de consulta o bibliografía crítica. Y es que pese al prólogo de 80 páginas, documentado y ameno pero de carácter más bien general, no queda clara la intención del libro. Apenas, en la contratapa, se consigna de pasada que “esta selección de prosas más o menos autobiográficas, cartas, entrevistas y de algunos testimonios de quienes trataron con él en vida, busca ser un extravío guiado por el laberinto más enrevesado y fascinante de este eximio constructor de laberintos: el de su propia persona”. La lógica de armado y ensamble de estos Papeles son más bien un capricho —lo que no es reprobable en lo absoluto— y así parece entenderlo el traductor: “los saqueadores podemos armar los libros que queramos en base a un legado hecho de retazos, con lo que prosigue un juego heteronímico en el que incluso los menores textos encuentran su ocasión de brillar”.1 Y no se equivoca, puesto que si bien dentro del software poderoso y autogenerativo que es la obra movediza y nebulosa de Pessoa, la confección de este tomo se ofrece como un cuidado electrodoméstico, ya sabemos que tratándose de Pessoa hasta el más humilde garabato es siempre literatura de alto octanaje. Para muestra, este botón: “no eres un hombre que vaya a hacer algo importante en el mundo si te mantienes casto. Ningún temperamento como el tuyo consigue mantener la castidad y la sanidad mental. Mantener la castidad es para hombres más fuertes y para hombres obligados a eso por algún defecto físico. No es tu caso. Un hombre que se masturba no es un hombre muy fuerte y ningún hombre es un hombre si no es un amante. Muchos hombres hacen muchas cópulas. Muchas y muchas veces eres un niño moral. Eres un hombre que se masturba y que sueña con las mujeres a la manera de los masturbadores. Un hombre es un hombre. Ningún hombre puede moverse entre los hombres si no es un hombre como ellos”. 

Además del ensamblaje, que parte de la idea de que Fernando Pessoa ortónimo sería un célebre desconocido —una idea desechada hace tiempo entre lectores y especialistas— sin duda lo más interesante y valioso de este simpático ejemplar son los testimonios sobre Fernando, que perfilan otras señas particulares del individuo plural que sigue desdoblándose ante nuestros ojos con cada momento que pasa, recordando que en este mundo miserable hubo lugar para la ternura, el genio y la desesperanza de una inteligencia desbordada. Adán Méndez, quien ha realizado una traducción delicada, juntó algunos testimonios interesantes y desconocidos sobre la persona de Pessoa, al menos en castellano. Además de la respuestas a un cuestionario ideado por él mismo —en realidad, por el heterónimo Faustino Antunes2— y enviado a un antiguo compañero de colegio y al exdirector del bachillerato en el que estudió en Sudáfrica, los señores C. E. Geerdts y E. A. Blecher respectivamente, Méndez traduce fragmentos de una entrevista a Augusto Ferreira Gomes, amigo verdadero del poeta, donde se lee lo siguiente: “Dios me libre de venir a decirle que Fernando Pessoa era un abstemio cándido y pudoroso, o que no le gustaba, de cuando en vez, excitarse un poco con los valores del alcohol. En el fondo él tenía una profunda hechura bohemia, como la había a principios de siglo, una bohemia que más o menos vivimos todos y que poco a poco se fue terminando. Pero Fernando en cierto modo permaneció fiel, por un montón de razones que ahora no vienen al caso”.

Y para quienes, confundidos por la biografía debidamente defenestrada de João Gaspar Simões,3 pudieran creer que se trataba de alguien atolondrado al momento de entablar contacto con las mujeres, conviene saber que el poeta, como todos los tímidos, era de armas tomar. Así lo cuenta Ofelia Queiroz, a quien conviene citar en extenso:

Me acuerdo que estaba de pie, poniéndome el abrigo, cuando él entró en mi despacho. Se sentó en mi silla, posó la lámpara que traía, y, vuelto hacía mí, empezó de pronto a declararse, como Hamlet se declaró a Ofelia: “Oh, ¡querida Ofelia! Mido mal mis versos; no tengo arte para medir mis suspiros; pero te amo extremadamente. ¡Oh! ¡Extremadamente, créeme!”.

Quedé sumamente perturbada, por supuesto, y sin saber qué decir, terminé de ponerme el abrigo y me despedí con apuro. Fernando se levantó, con la lámpara en la mano, para acompañarme hasta la puerta. Pero, de pronto, la dejó sobre el muro divisorio; sorpresivamente, me tomó por la cintura, me abrazó y, sin decir palabra, me besó, me besó, apasionadamente, como un loco.

Otros testimonios, como el su hermana Henriqueta Nogueira, dan fe de su temperamento festivo: “le encantaba hacer bromas, molestarme. Frecuentemente, a la hora del almuerzo, yo iba a esperarlo en la ventana. Apenas me veía, empezaba a hacerse el borracho: zigzagueaba, tropezaba, se sacaba el sombrero ante el farol. A mí me daba muchísima vergüenza y me salía de la ventana de inmediato”; o por ejemplo: “otras veces nos encontrábamos en la calle. Él podía venir metido en sus pensamientos, pero apenas me veía se paraba en mitad del paseo y se ponía en posición de ibis: equilibrado en una pierna con el cuello estirado hacia el frente, una mano hacia delante y otra hacia atrás —para representar el pico y la cola— y se quedaba así unos segundos, lo que sorprendía bastante a los transeúntes y me causaba cierto embarazo. ¡Pero Fernando, no puede ser, van a pensar que estás loco! Él sonreía y me respondía: ¿Y eso al mundo en qué lo perjudica?”.

Al final, y de manera permanente, brilla siempre la solidez moral de su carácter: “No. Nunca lo vi borracho, ni nadie de mi familia. Él siempre guardaba la misma compostura. Puede que estuviera habituado al alcohol, debe haber empezado a tomar muy joven… Claro, yo sé que él tomaba bastante, y veía incluso los botellones de vino que él compraba y tenía en su pieza. Pero eso no alteraba su manera de ser”. 

La gente que lo conoció coincide en tres aspectos esenciales: Fernando era un tipo alegre, de afabilísimo trato y de elegancia absoluta; rasgos que se superponían a su naturaleza metafísica, su miedo a la locura —de niño y adolescente fue testigo de los accesos de furia violenta de su abuela Dionisia— y la entrega total a su obra. Tal como lo describe, con tristeza, Ofelia en unas palabras desoladoras: “nos escribimos y nos vimos hasta enero de 1930. Por esos días me decía constantemente que estaba loco. Basta leer sus últimas dos cartas, fechadas incluso el mismo día… Sus últimas cartas ya no las contesté porque me pareció que no eran para ser respondidas. No valía la pena. Sentí que ya no tenían respuesta”.

 

Rafael Toriz
Escritor. Ha publicado: AnimaliaMetaficciones y Serenata, entre otros libros.


1 Más vale abandonar, para las traducciones a nuestra lengua, la noble preocupación de Teresa Rita Lopes con respecto al Pessoa que circula deturpado incluso —o más bien sobre todo— en su lengua original; puesto que será muy difícil, aunque no imposible, reconstruir la disposición original de los textos por las razones que señala con tino Adán Méndez: “luego de la muerte de Pessoa, la primera etapa de la publicación de sus obras está marcada por João Gaspar Simões y Luís de Montalvor, que quedan a cargo de las obras completas para la editorial Ática. A pesar de que reconocen que Pessoa tenía varios planes para la edición de su obra, optan por prescindir de ellos y seguir un camino propio, definido apenas como antológico. Otro desorden fue atribuir por oído determinados textos a determinados heterónimos. E inauguraron una pequeña tradición que consistía en desarmar los sobres y paquetes etiquetados por Pessoa, no registrar este orden inicial, reunir textos según criterios del momento, y luego dejarlos así en el legado. Para rematar, originales utilizados en los primeros tomos de la edición de Ática se extraviaron, probablemente después de un desgraciado suceso en que pereció Montalvor junto a su mujer y su hijo”.

2 De quien vale la pena conocer este pequeño ensayo escrito originalmente en inglés sobre la intuición: http://bit.ly/2pGaHMv.

3 Vida y obra de Fernando Pessoa.

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Fernando Pessoa
Livro(s) do Desassossego
Edición de Teresa Rita Lopes
Global Editora
São Paulo, 2015
480 pp.


Es un hecho que el mundo cada vez está peor y sin embargo es posible resistir apenas porque Fernando Pessoa, desde un baúl lleno de gente —27, 543 documentos distribuidos en 343 sobres— nos sigue hablando desde un más allá que es siempre un más acá que nos compete. Poeta de la despersonalización, autor de uno de los dramas más sutiles y complejos jamás escritos —“mi cófrade es William Shakespeare, persona de alguna categoría ante los dioses”—, Pessoa ha sido llamado místico sin fe, el desconocido de sí mismo, extraño extranjero, sincero mentiroso, narciso negro, galaxia de un hombre solo, esfinge proponiendo un enigma, el hombre que nunca existió, ángel marinero, poeta de la depresión, el insincero veraz, barco fantasma, dios pagano entre todas las ficciones y hasta el hombre del infierno. Epítetos todos que le calzan pero, como siempre en su caudal, los contiene y los desborda. Y es que si algo es Pessoa es la permanente buena nueva —fatal por irremediable— que no deja de iluminarnos en su certeza de lumbre: somos una tristeza poblada por muchedumbres solitarias.

Solitario generoso y dedicado a su misión —“me debo a la humanidad futura. Lo que desperdicio es el posible patrimonio divino de los hombres de mañana”—, este pequeño correo del que presentamos la primera de sus tres secciones, cifra que le hubiera gustado a Pessoa, pretende dar cuenta con brevedad de algunas de las últimas noticias del poeta más grande del siglo XX, quien nos enseñó que lo único verdaderamente noble y transparente en este mundo de apariencias no es sólo disolverse entre la nada, sino llegar a ser Don Nadie.

Saludamos a Pessoa con esperanza porque supo describir como ninguno la esencia malhadada de la especie: “soy como un cuarto con innúmeros espejos fantásticos, que dislocan reflejos falsos en una única realidad anterior que no está en ningún lado y está en todos”.

Últimas noticias de Fernando Pessoa

Ante el estado de debacle general consuela saber que es Fernando Pessoa quien, una vez más y desde aquel baúl cuasi infinito, diligente acude en nuestro auxilio. Y es que en el presente, cuando hasta el discreto pero sólido prestigio que solía atribuirse a la literatura se encuentra en retirada —no dejo de pensar en lo que habría significado para George Steiner el Premio Nobel que Bob Dylan, con justísimo desdén, se tardó lo que quiso en recoger—, es ocasión de embriagante regocijo saber que las coordenadas para descifrar al mayor poeta del siglo XX siguen siendo calibradas al más alto nivel, ensanchando el horizonte que creíamos conocer. Se trata ahora de revisar tres tomos esenciales: la edición de 2015 del libro titulado Livro(s) do Desassossego en edición y ensamblaje de Teresa Rita Lopes, la mayor especialista en la obra del lusitano que se ha ganado a pulso el sobrenombre de “la viuda de Pessoa”; la publicación a finales del año pasado de sus Papeles personales por la Universidad Diego Portales de Chile y finalmente, aunque data de 2011, la publicación en Brasil del volumen Fernando Pessoa. Uma quase autobiografía de José Paulo Cavalcanti Filho, obra única y total que explora como ninguna otra biografía la vida del poeta hasta su más mínimo detalle, deteniéndose en sus amores, el genio, sus oficios y la liturgia del fracaso.

La intención de estos renglones es la de recordar, pese al estado calamitoso de la literatura en el presente, que el más vanguardista de nuestros clásicos —el autor del drama cósmico repartido en gente que contiene universo donde hay gente describiendo ese tinglado— sigue siendo motivo de una estupefacción alucinante.

Los libros del desasosiego

Lo primero que llama la atención, desde luego, es el plural. Si bien está escrito que el legado de Pessoa tendrá tantos intérpretes y traductores como heterónimos su obra —que hasta la fecha van en 127 registrados con nombre y apellido—, quien ha tomado la decisión es nada menos que Teresa Rita Lopes, la mayor estudiosa en la cosmogonía del bardo portugués quien publicara en 1990 dos tomos titulados Pessoa por conhecer. Textos para un novo mapa en donde registraba más de 400 textos inéditos; obra de consulta indispensable para estudiosos, diletantes y fervorosos del poeta.1

Lopes, quien también es poeta y dramaturga, ha expresado de continuo su desacuerdo en contra de las ediciones críticas, que le resultan aburridas y con demasiadas notas al pie, lo que incide para mal en el placer de la lectura. De acuerdo con ella “Pessoa anda por ahí todo torcido y deformado y por ello he tomado como un apostolado salvarlo del vandalismo de la edición crítica”. En su acreditada opinión, que comparto, “el Libro es tres libros: formados por tres autores, perfectamente diferenciados: el primero es Fernando Pessoa, que en determinado momento nombra a Vicente Guedes su representante; el segundo es el del Barón de Teive y el tercero es el de Bernardo Soares”. De acuerdo con Lopes, es sólo a través del ensamblaje de los tres escritores que el libro alcanza su verdadero sabor y mayor alcance: “mezclar los textos del primer libro, atribuido por Pessoa a Vicente Guedes, con los de Soares, como ha sido hecho por los editores, es confundir el habla de dos personajes diferentes, poniendo en un mismo saco piezas heteróclitas y privando así al conjunto de coherencia y sentido”.

Con un afán arqueológico reconstituyente y la intención de hacer limpieza en el desmadre que se ha convertido editar el Libro del desasosiego, Teresa refuta airadamente la idea de que el libro es un amasijo de cartas de baraja que cada quien puede acomodar a voluntad sin respetar su estructura íntima, algo que Pessoa, clásico al fin y al cabo, apreciaba sensiblemente y actividad en la que se empeñó con denuedo hacia el final de su vida, como lo demostró el orden en que se encontraron sus papeles tras su muerte y que quedaron irremediablemente manoseados por los primeros exploradores de su legado, João Gaspar Simões y Luís de Montalvor, puesto que alteraron el orden proyectado por el autor. De esa manera equívoca en que se encuentran disponibles para su consulta en la Biblioteca Nacional de Portugal.

Estudioso dedicado del espiritismo y la astrología, Pessoa creía en el significado de los números, por lo tanto Lopes está convencida de que el número 3 tiene que ver con el número divino de la creación; y así como los heterónimos principales contienen al padre (Alberto Caeiro), al hijo (Álvaro de Campos) y al espíritu santo (Ricardo Reis), los Libros del desasosiego deben ir firmados por los pseudoheterónimos —la distinción es de Pessoa— que responden a los nombres de Guedes, Teive y Soares para calibrar la complejidad del drama en gente al interior del libro y de esa manera comprender “por separado y sin confundirlos, los monólogos de Guedes, Teive y Soares”, lo que redundará en el placer de imaginar la interacción del diálogo entre ellos con la posibilidad de extenderlo hasta la persona de Pessoa.

Lo más innovador del montaje de Lopes es que incluye como parte de la obra el libro del Barón de Teive, La educación del estoico, aquel “astro mal conocido en la galaxia pessoana” que habría de matarse luego de escribir su obra maestra. Para Lopes estas páginas autobiográficas escritas a la manera de un diario encontrarían por primera vez su lugar dentro de la galaxia del poeta: al interior del Libro del desasosiego.

 

Rafael Toriz
Escritor. Ha publicado: Animalia, Metaficciones y Serenata, entre otros libros.


1 Teresa Rita Lopes se volvió una autoridad en la obra de Pessoa luego de publicar en Francia su tesis doctoral sobre el poeta, una obra extraordinaria titulada Fernando Pessoa et le Théâtre de l´Être de 1985 y posteriormente reeditada en versión bilingüe portugués-francés en 2001.

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Simon Leys
Breviario de saberes inútiles. Ensayos sobre sabiduría en China y literatura occidental
Traducción del inglés de José Manuel Álvarez-Flórez y del francés de José Ramón Monreal
Acantilado
Barcelona, 2016
592 pp.


Ninguna novedad reporta el recordar que, desde hace tiempo, al hablar de los libros más relevantes de un año, los juicios suelen atenerse a las novelas, la prosa de circunstancias y hasta engendros peores, obviando de continuo los libros de ensayo, siendo que estos últimos, cuando extraordinarios, resultan ser manantiales auténticos de conocimiento aplicado. Tal es el caso de un libro editado el año pasado.

El fantástico Breviario de saberes inútiles, escrito por el personaje singular que respondió al nombre Pierre Ryckmans pero firmó sus libros como Simon Leys, demuestra, cuando hay una dosis de confianza —no se compra nunca un libro de ensayos sin cierta suspicacia—, que en el mundo autorreferencial de la literatura sobre literatura aún es posible encontrar aquella irradiación particular, eso que encarna y da nombre a lo que alguna vez llamamos sabiduría literaria.

Leys, nacido en Bruselas en 1935, estudió leyes e historia del arte en la Universidad Católica de Lovaina y pronto cayó presa de los embrujos de China, lo que lo llevó a matricularse en la Universidad de Taiwán y doctorarse con una tesis en 1960 sobre Shitao, un célebre paisajista chino de tiempos de la dinastía Qing (con el tiempo Leys destacaría como uno de los mayores sinólogos europeos, por lo que traduciría al inglés las Analectas de Confucio en una celebrada edición comentada y escribiría uno de las pocos libros en contra del régimen de Mao, anticipándose a la barbarie de la Revolución cultural: The Chairman’s New Clothes1).

Profesor durante un tiempo en las universidades de Singapur y de Hong Kong, vivió una vida modesta en una barriada de refugiados entre ratas y desagües al aire libre en Kowloon, donde sin embargo compartiría habitación con un calígrafo, un filólogo y un historiador: “el lugar era un caos absoluto; en cualquier otro sitio habría parecido un cuartucho deprimente, pero allí todo estaba redimido por la obra de mi amigo: una soberbia caligrafía colgada en la pared: Wu Yong Tang, Escuela de la inutilidad”. Tal experiencia lo haría comprender, entre los artesanos del oriente, que vivir y aprender es siempre lo mismo, por eso su Breviario desborda una extraña sabiduría: la utilidad de lo inútil, una descripción precisa del arte literario.

El libro consta de cinco partes desiguales en extensión —“Quijotismo”, “Literatura”, “China”, “El mar” y “La universidad”, que incluye menos con respecto a la edición en inglés— donde se exploran diversos tópicos con distinta intensidad. Los más fecundos son los que atañen a la literatura y a China, aunque sus consideraciones sobre el mar en la literatura francesa son sin duda uno de los momentos más bellos del libro.

Cuando escribe sobre literatura occidental participamos no sólo del sentido común de una sensibilidad hípercultivada que lee de con amenidad, audacia y erudición a clásicos como Balzac, Victor Hugo y Simenon, sino también de un conversador que pule los poderes de Joseph Conrad y ofrece una apreciación delicada sobre Evelyn Waugh.

En este apartado los ensayos más inteligentes y convocantes son los dedicados a Chesterton y a Orwell, figuras tutelares que son también los polos morales de Leys, un católico devoto y lúcido, pero es el texto titulado “Un imperio de fealdad” donde vuela más alto, defiende a la madre Teresa de la mezquindad y la vulgaridad panfletaria de Christopher Hitchens, a quien tundió en público y en privado con tino y elegancia, porque Leys, como sostuvo Ian Buruma, “nunca se ensaña con las personas incultas, demasiado ignorantes para saber lo que hacen. Sus mordaces y certeros dardos apuntan a sus colegas intelectuales, a menudo académicos” como en el caso de Roland Barthes, quien luego de su lectura, en los temas orientales que tocó de pasada en algunas ocasiones, queda retratado con justicia como un frívolo y un provinciano.

Todas sus páginas sobre literatura son una crítica moral de la más alta factura, ocioso sería citarlas, aunque algunas servirían, por ejemplo, para poner en su lugar a César Aira: “sin una base sólida desde la que impulsarse, la imaginación no puede remontar; la fantasía pierde fuelle en un vacío; el humor, el capricho y la incoherencia pronto se hacen tediosos si se desarrollan en un asilamiento arbitrario del mundo objetivo”.

Hay en sus ensayos transparencia e intuición, que ayudan a tender puentes entre Oriente y Occidente sin el peso de los formatos académicos, una actividad que él desarrolló desde 1970 hasta su muerte en 2014, tiempo en el que vivió y trabajo en Australia (su muerte, por cáncer, lo sorprendió como profesor de chino en la Universidad de Sidney).

Leys, amén de ser un artista que conjuga imaginación con sentido común, es una antena delicada donde se imbrican antitéticas matrices culturales que, por ser auténticamente sabias y estar muy bien asimiladas, dan una hermosa lección de humildad, una de las virtudes más escasas de la especie, sobre todo entre literatos.

Sabio, conoce el mundo en que se mueve, los oscuros apetitos, la verdad de sus miserias; por eso la lectura de sus palabras baña como agua viva: “en todos los campos de la actividad humana, el talento inspirado es una ofensa insoportable a la mediocridad. Si esto es cierto en el reino de la estética, en el de la ética lo es todavía más. La belleza moral parece exasperar más que la belleza artística a nuestra patética especie. La necesidad de rebajar a nuestro miserable nivel, de desfigurar, de ridiculizar y de desacreditar cualquier esplendor que se eleve por encima de nosotros, probablemente sea el impulso más deplorable de la naturaleza humana”.

 

Rafael Toriz
Escritor. Ha publicado: AnimaliaMetaficciones y Serenata, entre otros libros.


1“La Revolución Cultural no tenía nada de revolucionaria, salvo el nombre, y nada de cultural, salvo el pretexto inicial. Era una lucha de poder que se libraba en la cumbre entre un puñado de hombres y detrás de la cortina de humo de un ficticio movimiento de masas”, registraría en el libro escrito a manera de diario entre 1967 y 1969. Posteriomente publicaría Sombras chinas, escrito en Pekín durante su desempeño como parte del servicio diplomático belga.

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