Apenas dos semanas después de que el Ejército mexicano se rindiera ante los franceses invasores, el 30 de mayo de 1863, en una segunda batalla en Puebla donde se enfrentaron 35 mil franceses contra 29 mil mexicanos (motivo por el cual lograron avanzar hasta la capital del país y establecer el segundo Imperio mexicano encabezado por Maximiliano), Benito Juárez abandonó la Ciudad de México. Fue el último día que la familia Juárez Maza estuvo en el Palacio Nacional.

Por temor a ser secuestrados por el ejército de ocupación, él y su mujer decidieron emigrar, cada uno por su parte, rumbo al norte. Mientras que Juárez recorrió varios estados para finalmente establecer su residencia en Paso del Norte, Margarita Maza en compañía de su larga prole (Manuela, Margarita, Felícitas, Guadalupe, Soledad, Amada, Benito, las gemelas María de Jesús y Josefa, José, Francisca y Antonio) se refugiaron en Nueva York (1864) y más tarde en Washington.

En esos años, Juárez luchaba por mantener la legitimidad de su gobierno a bordo de una carroza ambulante convertida en una sucursal del palacio presidencial. “La nación se reduce a las proporciones del coche en que Juárez peregrinaba salvando las formas del Estado. Juárez-Eneas”, refiere Alfonso Reyes.

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En La isla tiene forma de ballena (Seix Barral. México, 2015) Vicente Quirarte narra lo que le sucedió a la familia Juárez Maza y lo que se fraguaba en el Club de Liberales en Nueva York, quienes desde Estados Unidos defendían la causa juarista.

Los Juárez Maza permanecieron tres años en los Estados Unidos, acaso los más difíciles de su historia. En un principio llegaron a Nueva York, al número 26 de la calle 13 este. Arribaron durante el último tramo de la guerra civil estadunidense, en donde los unionistas vencieron a los confederados.

En su novela, Quirarte incluye una serie de cartas apócrifas firmadas por Margarita Maza. Se trata de confesiones emotivas, solidarias y, al mismo tiempo, dolorosas. El 31 de diciembre de 1864, dice: “No he tenido dolor tan grande como haber perdido para siempre a Pepe, el hijo en quien tantas esperanzas tenías. No dejo de mirar su fotografía, su manita apoyada en el mueble, como si él lo estuviera sosteniendo y no al contrario, tan serio y formal como debes haber sido tú a esa edad, aunque él ya no vista el calzón de manta que tú a esa edad llevabas”.

Pepe no fue el único hijo que murió en Nueva York durante el crudo invierno, también falleció Antonio. La familia no volvió a ser la misma. Margarita tuvo que salir adelante en un país que le era completamente ajeno, en una lengua desconocida, en donde era un tanto complicado conseguir los ingredientes necesarios para preparar comida oaxaqueña como le gustaba a su familia. No obstante, fue adaptándose a su entorno. Gracias a su hija Felícitas, quien hablaba y leía en inglés, pudo comprender más cosas de esa lengua.

Revés al estado laico

El estado laico promulgado por Juárez recibió un revés. El 26 de febrero de 1865, Maximiliano lanzó una Ley de Tolerancia de Cultos, donde se establece: “Artículo 1°. El Imperio protege la religión católica, apostólica, romana, como religión del Estado. Artículo 2°. Tendrán amplia y franca tolerancia en el territorio del Imperio todos los cultos que no se opongan a la moral, a la civilización o a las buenas costumbres. Para el establecimiento de un culto se recabará previamente la autorización del gobierno”.

Con motivo de su cumpleaños, Margarita le escribió a Juárez una carta fechada el 21 de marzo de 1865: “El día de ayer, Matías Romero nos dijo que aumentan los rumores sobre el regreso a México de la totalidad de los soldados y oficiales expatriados a Francia luego de la caída de Puebla. Hoy esperaba la confirmación del general Gregorio Méndez desde Tabasco. Si es verdad la noticia, como espero, será el mejor regalo de cumpleaños que puedan hacerte”.

Los dos Benitos

En esa misiva, Quirarte hace que Margarita casualmente encuentre un libro que la sorprende, Benito Cereno, de Melville. “Comprenderás que el nombre me llamó inmediatamente la atención. Me gustó, además, que fuera como una definición tuya, escrita con falta de ortografía: Benito sereno, Juárez el imperturbable, el único con quien me volvería a casar aunque a veces me pregunten si no es muy sufrido ser esposa de alguien como tú en circunstancias como estas por las cuales atraviesan nuestras dos casas, la grande que es México y la pequeña que es nuestra domesticidad en Oaxaca o en la capital”.

Una amiga de Margarita, Ana Saldamando le cuenta que Benito Cereno es una novela escrita por Herman Melville, quien publicó un libro sobre la caza de la ballena. “Pude comprobar que los Benitos parecen ser iguales: misteriosos, dignos, de pocas palabras”.

El acercamiento a Melville fue más allá de lo esperado. Una tarde Margarita acompañó a Ana a la biblioteca pública de Nueva York, y vio a un hombre de barba que consultaba muy serio documentos en la sala de mapas. “…era nada menos que el señor Melville. Me gustó cómo se le quedaron suspensas las lágrimas en los ojotes a doña Anita y cómo le pudo causar tantas emoción conocer a un hombre que no conoce”.

Quirarte construye una novela histórica y, a la vez, policíaca en donde se muestran una serie de intrigas que tienen lugar mientras un par de mexicanos pretende detener a la resistencia secreta conservadora que, desde Nueva York, hace lo suyo por acabar con los liberales. El Club Liberal de Nueva York estaba integrado por Francisco Zarco (presidente), Cipriano Robert (secretario), Juan José Baz, Francisco Ibarra, Pantaleón Tovar, Jesús Fuentes Muñiz, Francisco Elorriaga, Santiago Vicario, Juan N. Navarro, Felipe B. Berriozábal, Jesús González Ortega, Jacobo Rivera, Epitacio Huerta y Pedro Santacilia, entre otros.

Las casas de la primera dama

El 27 de marzo de 1866, Margarita necesita comentar con Juárez que ella no se vistió elegantemente en una recepción que el presidente Johnson ofreció en su honor. Considera necesario corregir lo publicado en el Herald. “No es verdad, el único lujo que llevaba era el par de aretes que me regalaste un día de mi santo y el vestido que compramos en Monterrey y guardé para ocasiones especiales. No se me olvida, viejo del alma, y trato de inoculárselo a la menor provocación a nuestros hijos, que siempre has hablado de la honrada medianía. […] un señor que se las daba de muy sabio dijo que la palabra mediocre es lo mismo que mediano. No estoy de acuerdo. Sé que ser mediano, en la dimensión que nos enseñas, es ser digno de servir al país y no servirte de él, como lo han hecho tantos anteriores a ti”.

Tras el derrocamiento de Maximiliano ocurrido en Querétaro, el 14 de julio de 1867, en el vapor de guerra Wilderness, Margarita y su familia arribaron al puerto de Veracruz. Al día siguiente, Juárez vino a la Ciudad de México. “Con su discreción proverbial, Margarita Maza llegó a la capital mexicana el 23 de julio de ese año”.

Hay un par de cosas que no dejan en paz a Margarita, que cuando llegue a México la critiquen porque tiene dos casas: una en Oaxaca y otra en San Cosme. “Si supieran las economías que nos ha costado tener esas dos propiedades. Nadie podría imaginar que el presidente de la República dijera, como nos comentó el otro día Romero: ‘Estoy muy arrancado de dinero’”. La “honrada medianía”, eso de lo que no pueden presumir nuestros políticos actuales.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz.
Ensayista y periodista cultural.

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Basado en la versión del pastor estadounidense Henry I Van Dyke y del alemán Edzard Schaper, Michel Tournier (París, 1924-2016) decidió añadir en su novela Gaspar, Melchor y Baltasar (1980) la presencia de un cuarto rey mago, el príncipe Taor de Mangalore.

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Los motivos de impulsar a los magos a emprender su largo recorrido son distintos: Gaspar de Meroe (cuya historia está ubicada en el actual Sudán), enamorado de la piel blanca de una esclava fenicia, sigue a la estrella imponente que semeja el color rubio de la cabellera de la mujer que ama con la idea de que se trata de un anuncio de un nuevo rey; Baltasar de Nippur (en Irak) atiende a su peculiar instinto de cazador de mariposas que lo alienta a perseguir al astro que tal vez lo guíe hacia una pieza de arte nunca antes vista; Melchor de Palmira (en Siria) va en busca de justicia ya que a su padre, el rey Teodemo, le usurparon el poder y su tío Atmar es quien gobierna; y Taor de Mangalore inicia la travesía seducido por su predilección por el azúcar, con la idea de hallar al Divino confitero, quien seguramente sabrá la receta de una exquisita golosina, el rahat-lukum, que en su lengua quiere decir “felicidad de la garganta”.

La vida del cuarto rey mago no ha sido fácil. Treinta y cinco años los pasó en calidad de esclavo en las minas de sal de Sodoma, pasando hambre y desasosiego. Después de esa terrible época que aún lo atormenta en sueños, reinició su vida en libertad. Hay un estigma que lo acompaña a lo largo del tiempo y es que siempre llega tarde a los sitios en donde se le espera. Y el nacimiento del hijo de Dios en Belén, no fue la excepción. No obstante, en cierta forma fue recompensado: nunca pudo conocer al recién nacido, pero fue el primero en probar la eucaristía.

Tras un periplo agobiante, similar al de los otros tres magos o sacerdotes, Taor comprende que el Salvador que busca no es como supone y ya no podrá verlo. Antes de emprender el regreso de su viaje, decide deshacerse de toda la carga de dulces que lleva y organiza un gran festín para los niños mayores de 2 años en Belén. En el bosque de cedros que domina la ciudad, ordena a sus escoltas levantar un campamento en tanto que sus pasteleros y confiteros preparan una merienda nocturna. El manjar central del convivio es un pastel gigante que transportan cuatro hombres en una camilla, una “obra maestra de la arquitectura repostera”. Estaba “formado por almendrado, mazapán, caramelo y fruta escarchada, una fiel reproducción en miniatura del palacio de Mangalore, con estanques de jarabe, estatuas de membrillo y árboles de angélica. Ni siquiera habían olvidado a los cinco elefantes del viaje, modelados en pasta almendrada con colmillos de azúcar cande”.

Cuando el festín se encuentra en su apogeo y los niños disfrutan de las delicias, entra corriendo el esclavo Siri Akbar y trae malas noticias. Los soldados de Herodes han invadido Belén y acribillan sin compasión a los niños menores de 2 años. Así concluye para Taor, el cuarto rey mago, “el fin de una edad, la del azúcar”.

En la Biblia sólo el apóstol Mateo se ocupa de narrar la llegada de los Reyes Magos a Belén, mientras que los demás evangelistas no lo mencionan. La prosa de Tournier se tiñe de poesía en las descripciones de los lugares y de cada personaje. El novelista hace que el lector se maraville ante su versión de la Epifanía por la forma tan sutil y bien delineada de su construcción narrativa. Aborda este episodio de forma libre, caprichosa, antisolemne, repleta de momentos lúdicos. Su escritura es un palimpsesto, un entramado de costumbres, faunas, geografías, arquitecturas y ruinas; una revisión a los libros sagrados y non santos que refieren este hecho.

Michel Tournier es un novelista intensamente influenciado por las ideas de Rousseau: el hombre nace bueno, la sociedad lo corrompe y el retorno a la naturaleza lo salva. De allí la adhesión del narrador al gastado mito del bon sauvage y su idealización del primitivismo ligada a la democratización de nuestra actual cultura. Con apego a su antropología rousseauniana, escribió un par de novelas inversas y, a la vez, complementarias. En Viernes o los limbos del Pacífico (1967) cuenta la historia del Robinson Crusoe contemporáneo, quien tras naufragar en una isla perdida se regenera de la maldad de Europa, aprende la sabiduría elemental de un indígena y acaba en un feliz éxtasis con la naturaleza: el cielo en la tierra. En La gota de oro (1985) ocurre el proceso contrario pero paralelo: un muchacho bereber del Sahara emigra de su inconsciente paraíso, el desierto, para hundirse en el infierno de París. El hilo conductor de esta odisea es la imagen: la perfección de los benéficos signos árabes versus la contaminación de las maléficas imágenes occidentales.

Para Lukács, la novela debe abordar la vida de un individuo problemático en un mundo contradictorio, contingente. El núcleo de la novela moderna es la búsqueda de valores en una sociedad determinada que los ha perdido, “realizada por el héroe problemático”. Aunque dicha búsqueda corre el peligro de contar con excesos de moralidad, eso no ocurre en el caso de Tournier, quien pone en estado de alerta con su visión crítica y, a la vez, metafórica de lo acontecido, como cuando se refiere la estigmatización racial del rey Gaspar: “Soy negro, pero soy rey. Tal vez un día haré grabar en el tímpano de mi palacio esta paráfrasis del cántico de la Sulamita Nigra sum, sed formosa”.

Quien se adentra en las páginas que el novelista francés le dedicó al cuarteto de reyes magos, será guiado por destellos luminosos, radiantes: el ritmo y el lenguaje de Michel Tournier.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista y periodista cultura. Es antologadora, junto con Alejandro Toledo, de Historias del ring (Cal y Arena, 2012).

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