Cuando Julio Cortázar tenía nueve años lo impresionó una escena que escuchó en la radio. Durante el primer round, el estadunidense Jack Dempsey fue expulsado por entre las cuerdas y cayó sobre las máquinas de escribir de los reporteros, quienes lo impulsaron para que regresara al cuadrilátero. En el segundo asalto, Dempsey resolvió el complicado enfrentamiento y, para decepción de Cortázar y de muchos argentinos, Luis Ángel Firpo, llamado el Toro salvaje de las Pampas, perdió por decisión de los jueces.

box

No podía creer lo que había ocurrido. Cortázar menciona que Firpo (se refiere a él como La pared de ladrillos) hubiera sido campeón del mundo, porque el marqués de Queensberry (padre de Bosie Douglas, quien fue pareja de Oscar Wilde) “estableció que un boxeador defenestrado ha de volver por cuenta propia al ring, y en cambio treinta manos levantaron a Dempsey, que estaba groggy y lo devolvieron cariñosamente a la lona, donde la campanilla lo salvó porque esa noche el buen Dios estaba con el star spangled banner por donde se lo mirara”. A partir de esa polémica pelea, las reglas del boxeo cambiaron y no se permite que los pugilistas salgan del ring, a menos que regresen en veinte segundos. Y, claro, deben volver sin ayuda de nadie.

En ese collage literario que es La vuelta al día en ochenta mundos (1967), en “El noble arte”, el narrador argentino recuerda cómo, en 1923, el pueblo de Banfield donde vivía siguió por la radio el combate de pesos pesados en el Polo Grounds de Nueva York, entre Dempsey y Firpo. Lo de la radio es literal, pues es era uno solo, único, el aparato que había en Banfield y el pueblo entero se congregó alrededor. “Fue una noche triste”, confiesa Cortázar. “Yo, con mis nueve años, lloré abrazado a mi tío y a varios vecinos ultrajados en su fibra patria”. A Firpo le decían el Toro Salvaje de las Pampas, porque en ese tiempo Jack La Motta (personificado magistralmente por Robert de Niro, en una cinta de Martin Scorsese) ya tenía el epíteto de Toro Salvaje. Aquel enfrentamiento entre Dempsey y Firpo definió la pasión de Cortázar por el boxeo.

“La vida de los boxeadores depende de sus recursos, de sus jabs y sus ganchos. Nunca olvidaré la pelea de Firpo contra Dempsey. En Argentina se consideró un robo nacional.  Me impactó aquella pelea pero, claro, como vivía en una casa repleta de mujeres, difícilmente habría alguien que me acompañara a una pelea”, señala Cortázar en una entrevista con Antonio Trilla, realizada en Madrid, en 1983.

Metáfora de un buen agarrón

La evocación de sus años escolares se le presentó a Cortázar en 1952 y lo motivó a escribir “Torito”, incluido en Final del juego (1956). En el colegio Mariano Acosta, a los 16 años, entró a su clase de pedagogía. Su maestro Jacinto Cúcaro en lugar de hablar del tema en turno, narraba hazañas de Justo Suárez, el Torito de Mataderos. Nadie en ese tiempo era capaz de perderse una pelea suya, era una especie de ídolo disfrazado con antifaz y guantes de boxeo. Parte del universo que construyó fue el andamiaje de Suárez en “Torito”, que no son otra cosa que las memorias de un hombre derruido por la tuberculosis que terminó siendo cuidado por su hermana, sin poder valerse por sí mismo, en un completo estado de delirio, en donde se acordaba con el brazo en alto de sus noches en el ring. “Era un boxeador extraordinario que conmocionó a Argentina, conectaba muy fácil con la gente y curiosamente también terminó perdiendo en Estados Unidos. Murió en un hospital de Córdoba. Para mí, su muerte (una verdadera tragedia del deporte) fue un acontecimiento importante”. En París, cuando Julio Cortázar vivía en el campus universitario, el recuerdo le llegó de golpe y, entre mate y mate, surgió el relato.

Muhammad Ali llevaba a la práctica su filosofía del boxeo: “Flota como una mariposa y pica como una abeja”. Cortázar no veía al boxeo como una disciplina de violencia, sino como dos destinos que se juegan el uno contra el otro. Estéticamente era algo que lo hipnotizaba, sobre todo los movimientos de Sugar Ray Robinson, del que aprendió a catar a los boxeadores con talento. Para el cronopio mayor, un buen agarrón de boxeo podía ser tan hermoso como la metáfora más noble. Seguramente el maestro Jacinto Cúcaro siempre estuvo en la memoria de Cortázar y de estampas relacionadas con su vida de estudiante.

Con los años, Cortázar se convirtió en un devoto aficionado del boxeo. “Una forma elevada de arte” que le hacía transparentar sus ideales. A diferencia de cualquier deporte colectivo, la responsabilidad individual arriba del cuadrilátero es dura y eso le provocaba más admiración. “Detesto el futbol así como me gusta el boxeo. Ocurre que esta afirmación, en boca de un argentino, es algo grave… capaz de desatar muchas iras, capaz de provocar mi defenestración… Pero me es tan indiferente como el rugby o el beisbol.”, solía decir.

Rey del gancho al hígado

Fueron varios los boxeadores admirados por Cortázar, entre ellos destaca Kid Azteca, originario de Tepito. En un viaje que hizo a Argentina, Cortázar vio pelear a Kid Azteca y quedó deslumbrado por su destreza sobre el ring. En La vuelta al día en ochenta mundos, el narrador describe a la casi ausencia de un tema específico en su libro, “evocándolo como quizá la antimateria evoca la materia, y yo pensé en Mallarmé y en Kid Azteca, un boxeador que conocí en Buenos Aires hacia los años cuarenta y que frente al caos santafesino del adversario de esa noche armaba una ausencia perfecta a base de imperceptibles esquives, dibujando una lección de huecos donde iban a deshilacharse las patéticas andanadas de ocho onzas”.

Luis Villanueva, mejor conocido como Kid Azteca, fue un notable pugilista durante las décadas de los 30, 40 y 50; de esos años que pasó en el cuadrilátero, 17 fueron como campeón nacional welter, hazaña que lo consagró como una auténtica leyenda del boxeo. Su fama lo llevó a la pantalla grande, filmó cuatro películas: Kid Tabaco (1955), El gran campeón (1949), Guantes de oro (1961), cinta en donde también participó El Chango Casanova, y Buscando un campeón  (1980).

El 19 de marzo de 1948 empezó a circular Pepín, una publicación en forma de historieta que contaba la vida del boxeador. Pepín se difundía con el siguiente cintillo: Diario de novelas gráficas propio para adultos. Se hizo cuando Kid Azteca cumplió sus primeros 15 años de carrera en México y Estados Unidos. A este peleador se le conocía como el Rey del gancho al hígado. Con él se repite la historia común entre boxeadores: empiezan con escasos recursos económicos, se entrenan, se fortalecen, viven la gloria (dinero, mujeres, poder, fama) y van en picada, como en la rueda de la fortuna, para quedarse como iniciaron su carrera, sin nada.

El gran Mantequilla Nápoles

La relación de Cortázar y el boxeo no termina ahí, es ineludible “La noche de Mantequilla” (de Alguien que anda por ahí, 1977). Con un libro bajo el brazo, entraba a las diferentes funciones de pugilismo. En París no perdió la oportunidad de ver la pelea de Carlos Monzón contra Mantequilla Nápoles, en una carpa improvisada por Alain Delon, y sus recuerdos giraban en una espiral por todo lo que había leído cuando era niño. En La noche de Mantequilla describe el ajetreo de los aficionados mexicanos por apoyar a Nápoles contra la solidaridad irreverente de los argentinos por Monzón. En ese texto Cortázar realizó un ajedrez de un cuento político y gansteril que trascendió a la sorpresa cuando muchos se enteraron que fue testigo de esa noche triste de Mantequilla Nápoles y la lluvia de sombreros de charro que lo acompañaron.

De Mantequilla Nápoles decían que sus movimientos sobre la lona se parecían a los de una pantera negra. José Ángel Nápoles Colombat, boxeador cubano naturalizado mexicano, asombraba por la elegancia y precisión que imponía a cada golpe, certero, contundente. Era un habilidoso en el llamado arte de la defensa y el ataque, se calcula que este grande del boxeo sostuvo más de 500 peleas a lo largo de su vida, situación que derivó en un desgaste físico: su memoria es caprichosa, a veces va y otras viene, o permanece en un estado de completa lasitud.

¿A qué otros grandes pugilistas siguió atento Cortázar? De Ali admiraba su descaro, sus bravuconadas. Quizá, reconoce el escritor, haya sido el más grande. Y de los argentinos, a pesar de que la imagen del Toro salvaje de las Pampas se quedó atrapada en una entrañable reminiscencia de su infancia, nombra a Nicolino Locche, El Intocable.

Mas no siempre situó sus narraciones en arenas y estadios. El boxeo marcó el ímpetu en sus relatos como en “Las manos que crecen”, donde un tipo llamado Plack tunde a golpes a otro, Cary, y al irse, inexplicablemente, le crecen las manos a un tamaño descomunal y en su desesperación urge a un médico para que se las corte. Despierta de la anestesia y se sitúa en el lugar que se enfrentó a golpes con Cary, pensando que todo había sido una confusión mental, que en realidad Cary lo había vencido de un puñetazo a la mandíbula por lo que respira hondo, aliviado, sólo para darse cuenta que en lugar de sus manos le quedaron un par de muñones.

De cronopio a cronista deportivo

En Francia, alrededor de 1951, Cortázar fue cronista deportivo (para la radio) de algunas peleas transmitidas en México y Argentina; dicen que no le fue bien por su mala pronunciación de la letra erre, así que pronto lo echaron del micrófono. No obstante, su breve estancia en la radio tuvo resonancia en diversos círculos de aficionados al boxeo. Explica Cortázar, en la charla con Trilla, un dato curioso: Ho Chi Minh fue cronista de boxeo en París, en los años veinte. Refiere esto porque tras una pelea entre un boxeador negro y uno blanco, Chi Minh escribió “un extraordinario alegato contra el racismo, desde luego sin utilizar una sola vez esa palabra… Recordé ese alegato, porque cuando vi la transmisión de la pelea Boutier-Monzón me indignaron los comentarios racistas que hacía el relator”.

Entre todas esas maravillosas ocupaciones inclasificables que tenía Cortázar como arrancarle la pata a una araña para enviarla en un sobre a un ministro de relaciones exteriores, ver globos verdes en un teatro vacío, crear instrucciones para subir escaleras o jugar Rayuela buscando sin sorpresa a la Maga, estaba siempre metido en su mente algún golpe maestro de sus queridos boxeadores. En su memoria había un lugar especial para los mejores jabs, uppercuts y ganchos al hígado.

Cortázar, como otros escritores, apostó por un boxeo bien escrito, zigzagueante, entrañable y furioso que salpica sudor y sangre. Retó al boxeo de sombra, aquel que practican los escritores al enfrentarse a la página en blanco y (literalmente) libran una batalla; el famoso cross a la mandíbula del que habla Roberto Arlt, golpe literario con el que se busca derribar con efectividad al lector.

Se conoce ya casi como un estribillo; no obstante, es pertinente subirlo a este ring: Julio Cortázar decía que la novela debe vencer por decisión y el cuento por nocaut. Si para Hemingway el periodismo era una forma de calentar el brazo (en metáfora beisbolera para poder enfrentar después los juegos mayores), en la disputa por la palabra otros autores aceptan los rounds necesarios con los que vencerán a la página en blanco… o serán vencidos por ella.

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.

Leer completo

Meses antes de su fallecimiento, Ignacio Padilla (Ciudad de México, 1968 – Querétaro, 2016) tenía planeado recopilar una serie de cuentos que no habían sido incluidos en otros títulos. Decidió que ese libro se llamaría Inéditos y extraviados (Océano. México, 2016). En dicho volumen queda registrada su gran capacidad como fabulador.

padilla

Para referirse a los cuentos de Ignacio Padilla es necesario considerar varios puntos:

1) La mayoría de las veces que comenzaba a escribir creía que estaba ante un relato. Si después se trasformaba en novela, era otra cuestión. La esencia de lo narrado partía de un cuento. En varias ocasiones dio la referencia del cuento-génesis que se había convertido en novela.

2) A diferencia de otros escritores de su generación, él se sentía cómodo al incursionar en el relato. No lo consideraba un género menor. Escribió novelas, pero es probable en algún momento del proceso de escritura fueran concebidas como se titula un libro de Günter Grass, Es cuento largo.

3) La palabra trenes resulta esencial para adentrarse en sus historias. En 1996, la UNAM publicó Últimos trenes, continuación de Trenes de humo al bajoalfombra (1992). Y este libro póstumo también muestra trenes que, como él mismo explica, “corren por las ferrovías de la ficción”.

4) Desde los primeros trenes hasta los que ahora se incluyen en este volumen, está marcado su interés por erigir bestiarios. Hay cierta predilección por las tortugas, los seres alados y, en particular, por los dragones. Como puede comprobarse también en Las fauces del abismo, otro volumen de cuentos que dio a conocer en 2014 y que se inscribe en la mejor tradición de los bestiarios (Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Julio Cortázar, José Emilio Pacheco).

5) Exhibe su vocación por el relato breve. Asimila la manera en que algunos escritores mexicanos se han acercado al relato fantástico (Alfonso Reyes, Juan José Arreola, Julio Torri, Efrén Hernández, Francisco Tario, Augusto Monterroso, Carlos Fuentes) y decide mirar hacia la literatura italiana. Le interesa la narrativa de fines del siglo XIX y XX.

6) ¿Por qué Ignacio Padilla opta por explorar en los relatos de autores italianos? Por el sentido del humor, la ironía, el análisis incisivo y mordaz. Porque la literatura italiana se volvió antisolemne. Y, básicamente, porque se convirtió en un atento lector de Ítalo Calvino, Tommaso Landolfi y Dino Buzzati. De este último es posible reconocer cierto aire mordaz impregnado en sus cuentos breves y su particular manera de acercarse a las historias. Quizá a Padilla le llamaba la atención la forma en que Buzzati recreaba una especie de teoría del fracaso o de lo inesperado.

7) Sin embargo, en el prefacio a Inéditos y extraviados, el autor reconoce que el narrador italiano que más le ha llamado la atención es Giorgio Manganelli. Padilla compara las breves novelas-río de Manganelli con los lienzos de Grosz o los grabados de Escher. Son “laberintos, trampantojos, decapitadores y saltimbanquis de la ilusión narrativa, paseantes que abren puertas y ventanas hacia universos en tal medida alrevesados que al final tendrán que resultarnos aterradoramente familiares”.

8) Viste un traje de contador de historias y sabe que no es cualquier cosa. Quiere llamar la atención y tiene muy claro que debe atrapar al lector. Su estrategia es recurrir a los laberintos y a la imposibilidad de los hechos. Por ejemplo, que un dragón pierda sus documentos que acreditan su identidad; la aburrida vida de un rey que ve televisión en su sillón favorito; el minotauro que ha decidido abandonar su laberinto; la historia del hombre que diseña una finca campestre en su departamento; la vida de un anciano que colecciona asesinatos, se dedica a matar a las personas que así lo solicitan; un genio de una lámpara que ya no puede cumplir deseos de nadie; que una princesa tenga insomnio, entre otros relatos.

9) Era un autor que apreciaba los libros de viajes porque su narrativa, en cierta forma, era una invitación a iniciar un periplo, una aventura. Tenía muy claro cuál era su objetivo: contagiar el asombro.

10) Coleccionista de historias. Disfrutaba de esas leyendas que tarde o temprano llegaron a sus cuentos cortos o largos, muchos de ellos dotados de precisión, astucia y fuerza narrativa. En ocasiones, parecía que le gustaba confundir al lector y luego mostrar una ruta o salida de esa aparente complicación. Si cruzaba esa delgada línea en donde se borra la ficción de la no ficción, estaba complacido. La suerte de ser un diestro confabulador, aún estaba de su lado.

11) La novela gana o pierde por decisión y el cuento por nocaut técnico, decía Cortázar. Esta selección de cuentos, Inéditos y extraviados, logra librar su propia batalla. 

12) Cuando el lector tenga el libro en sus manos, sonará la campana y podrá comprobar cómo le fue a Ignacio Padilla en éste, su último round.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora.

Leer completo

Crisis es la palabra que recorre esta serie de ensayos, encrucijadas del México contemporáneo, reflejos del neoliberalismo y la globalización, apariencias de un paisaje inacabado que se niega a extraviarse entre la corrupción y el crimen organizado. Claudio Lomnitz (Santiago de Chile, 1957) en La nación desdibujada (Malpaso. México, 2016) le toma el pulso a un país enfermo.

la-nacion-desdibujada

¿Qué tiene el país?, ¿qué males padece?, ¿para cuántos de ellos existe una cura? Podrían ser algunas de las preguntas que surgen al leer estos acercamientos. Son una lluvia de ideas aterrizadas en la historia, en los procesos que han seguido otras naciones de América Latina y en la forma que México se ha sumado a la vorágine de la modernidad y los tiempos de la globalización.

El autor explica que en los últimos 30 años, la sociedad mexicana se ha transformado, ha tenido que cambiar porque la globalización ha alterado la “manera en que ha intervenido en las sociedades, por lo que es necesario repensar nuestro lugar como nación”. Desde el punto de vista de Lomnitz, la globalización transformó lo nacional en algo que debía ser apuntalado para evitar la desarticulación social. “El internacionalismo implícito en los ideales de los entusiastas de la globalización tenía que ser suspendido indefinidamente y había que volver a imaginar otra vez la nación, ya en una configuración económica distinta sin ‘desarrollo estabilizador’, sin sustitución de importaciones, sin el fetiche del ‘mercado interno’”.

La mirada crítica del ensayista se hace acompañar en varios tiempos: presente (Michoacán: fantasía de la familia, fantasía del Estado; Ayotzinapa y la crisis de representación), pasado (La depreciación de la vida en la Ciudad de México circa 1985; Tiempos de crisis: el espectáculo de la debacle en la Ciudad de México; Narrando el momento neoliberal: historia, periodismo, historicidad) y futuro (La etnografía y el futuro de la antropología en México), entre otros temas.

El país de la ligereza

A dos años de lo sucedido en Ayotzinapa, hoy estamos frente a una indignación generalizada sobre la falta de justicia en México, “sobre la ligereza con la que se sacrifican vidas, sobre la imprudencia con la se despilfarran valiosos recursos, sobre el cinismos con el que eluden las responsabilidades”.

Para Claudio Lomnitz, la crisis de justicia que permea en el ambiente recuerda el escándalo en torno a la casa de Peña Nieto y otros problemas de corrupción subsiguientes. “Pese a los llamados de importantes líderes de opinión en los medios, el Congreso Federal de México no ordenó una investigación del presidente Peña Nieto, de su esposa, ni del secretario de Hacienda Luis Videgaray por tráfico de influencias y corrupción”. Enfatiza en el hecho de que el Congreso fue incapaz de ordenar una investigación independiente sobre la corrupción del gobierno “en una encrucijada crucial”.

Aquí se identifica un síntoma general en América Latina es la corrupción en el centro de la política. Se refiere a la crisis de Petrobás en Brasil, la crisis en Chile y en Argentina. […] “y a que existan “22 mil mexicanos desaparecidos”. 

Pero no todo es crisis en estos ensayos, hay también un par de apartados menos cargados de denuncia, más encaminados a reconocer las aportaciones culturales como Mexicanismos, en donde se incluyen textos sobre Carlos Chávez, Oscar Lewis y Octavio Paz; y México más allá de México que recoge algunas de las travesuras de Memín Pinguín y, reflexiones acerca de la relación de nuestro país con los Estados Unidos.

¿Quiénes somos?

Lomnitz define el nacionalismo como un concepto que se ubica más allá del matrimonio entre modernismo y cultura indígena. Desde esa perspectiva se interesa mirar a tres personajes: Carlos Chávez, Oscar Lewis y Octavio Paz. De Chávez rescata su aportación hacia lo indígena y su visión como constructor de instituciones, entre otras virtudes; de Lewis reconoce su agudeza al exhibir la discriminación, violencia de género y falta de oportunidades, por citar algunas injusticias, que quedan retratadas en la novela Los hijos de Sánchez; y de Paz rememora a la figura del ensayista atento a la realidad mexicana en El laberinto de la soledad y como puntual lector y crítico de la obra de Sor Juana Inés de la Cruz. Confiesa que conoce mal la poesía de Paz y que le han interesado más sus ensayos que otros recorridos. Registra que Paz, a pesar que nunca perdió del todo su capacidad crítica, “su figura se había vuelto ya un tanto anacrónica”. Sin embargo, no deja reconocer que para él Octavio Paz fue siempre fabuloso.

A manera de conclusión, podría decirse que  de unos años a la fecha, Lomnitz ha revisado la crisis de representación de vive México. “Es cierto que no existe nada exclusivamente  mexicano en ese tema”, refiere. […] “La velocidad con la que ha cambiado el mundo durante las tres décadas pasadas, ha vuelto difícil conceptualizar los contornos de cada una de nuestras sociedades”. Porque, acaso ahora más que otras veces, “cuesta decir quiénes somos y, sobre todo, encontrar canales de representación política genuina”.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora.

Leer completo

Conocí a un hombre que tras leer la historia del naufragio de un barco ballenero deseó haber sido grumete. Desde niño nunca coincidió con las costumbres de su época y siempre caminó con la espalda encorvada. Por ese amor a los muelles, las bodegas y los lastres, resultó ser bastante hábil para las tareas propias de los marineros. Más notable aún fue que su deseo incluía un segundo elemento, no menos radical: el joven quería ser un grumete de raza negra. ¿Por qué? Los caucásicos se mueven distinto, gesticulan diferente y hasta las huellas que deja el tiempo en su rostro no son iguales. La complexión, la estatura, el esqueleto y la postura de los negros son otras; sus dientes y otras partes del cuerpo, el cabello y las uñas de los dedos. Aquel hombre tenía la mirada fija en los poros de la piel oscura que cubren las venas realzadas.

moby-dick

Los balleneros llevan a la práctica el secreto de un equilibrista: pasan sin ver las dos pendientes del abismo. El camino no se inventa, se gana. Dios es el eterno bromista que decide cuando alguien de la tripulación queda mutilado de un brazo o de una pierna. La meta no tiene mesura: resopla en el horizonte. Antes de la publicación de Moby Dick1 en 1850, no se había escrito mucho sobre cetáceos; aunque existen narraciones de los vikingos, celtas y japoneses de cómo se llevaban a cabo la cacería de ballenas y, por supuesto, están las referencias bíblicas en el antiguo testamento. En la Biblia nunca se menciona a la palabra ballena, de origen francés, sino pez gigante.

“Call me Ishmael”, me dijo el hombre de la espalda curva, una noche de plenilunio. Se había puesto una gorra de lana que le cubría hasta las orejas y su barba, crecida de muchos meses, le perdía los ojos. Sabía que Ishmael no era exactamente un grumete, aunque sí un sujeto caucásico. Pero lo suyo —como la novela— eran cuestiones de tono, de sonidos. Me miró como suelen hacerlo los hombres a punto de hacerse a la mar. Los balleneros llevan en la frente enigmas de un guerrero que tal vez nunca volverá. A quien viene de lejos sólo le queda atrapar el instante, recorrer con la mirada el horizonte que lo enfrenta a un incierto paraíso, al cielo provisional que se antoja protector, como dice una novela de Paul Bowles.

Como un cordero

En el mar se tiene la impresión de que los relojes dan la hora a destiempo. Y que nuestro tiempo, si es que nos pertenece, está en otra parte. Quizá por ello Herman Melville sintió atracción por el mar, y su vida estuvo llena de aventuras que difícilmente otro muchacho de su edad hubiera experimentado. Fue marinero en un barco que se dirigía a Londres, se enroló en varios balleneros: fue testigo de la azarosa vida de los marineros en barcos muy similares al Pequod. Después de recorrer los mares se dedicó a escribir. Y, por supuesto, no toda su prosa fue notable, entre uno y otro borrador alumbró irregulares novelas, otras muy logradas como Benito Cereno y Billy Budd, el marinero, en la cual rindió un homenaje al gaviero Jack Chase. En 1850, cuando estaba terminando de escribir la novela de su vida, Moby Dick, conoció al narrador Nathaniel Hawthorne y a él le dedicó ese impresionante fresco de la literatura del mar que retrata la lucha del capitán Ahab contra el cetáceo. En una carta dirigida a Hawthorne, en junio de 1851, Melville confiesa: “He escrito un libro perverso, y me siento tan puro como un cordero”.

Melville aspiraba a reducir el universo a una novela. Para lograr su propósito se nutrió de diversas fuentes que van desde la Biblia, las teorías de Darwin —muy en boga en aquel tiempo—, la filosofía greco-latina, el Leviatán de Hobbes, los Viajes del capitán Cook, los Ensayos de Montaigne, el Paraíso perdido de Milton, además de tratados naturalistas sobre las comunidades pequeñas de Nantucket, ubicada en la costa de Massachusetts. El libro es, en realidad, el resultado de un titánico rapto de inspiración —lo escribió de un tirón entre el invierno de 1850 y la primavera de 1851— que lo llevaría a exclamar: “Denme una pluma de cóndor y el cráter del Vesubio como tintero”.

Nantucket es una isla considerada la capital norteamericana de los balleneros, un extraño rincón del mundo y de los sueños. Sus antiguos habitantes escuchaban el paso de las ballenas como algo cotidiano. Un codo de arena, sólo playa, una loma; lejos de la tierra, separada del mar: un paso, un suspiro. Eso es Nantucket. Polvo y arena. “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Desde un mapa, Nantucket se puede ver como si fuera la cabeza de una ballena. En el muelle, en una línea apenas dibujada, zarpan los barcos en pos de su enorme presa. Allí se preparaba a los catchers para que surcaran los mares, eran pequeñas embarcaciones que aguardaban lo insólito: clavar un arpón en el lomo de una ballena y ser arrastrados por el animal mítico, mitad cachalote mitad isla.

moby-dick-gabriel-pacheco

Ilustración: Gabriel Pacheco

Avistamiento

En el mar se vislumbra un pedazo de tierra sobre el horizonte. Los navegantes creen ver una isla, imaginan olerla; el manto salado y los intensos rayos del sol los hacen ver cosas que en realidad no existen. Pero la visión reaparece, clara, nítida; es un fragmento de tierra firme que muchos de ellos anhelan pisar y explorar. ¿Alguna vez alguien imaginó a San Brandán —santo o aventurero y sin devotos— posado en la giba de una ballena? Tanto los marineros como los balleneros saben que el mundo está compuesto de instantes privilegiados: momentos de plenitud, de asombro, de sorpresa. Lo que ocurre en medio del mar podría compararse con “El Aleph”, ¿acaso los hombres de mar no creen ver un punto desde el cual se pude contemplar literalmente todo el mundo?

Las rutas para llegar a Moby Dick están poseídas por la pasión del orfebre que pule de mil maneras su pieza hasta lograr la forma depurada. “¿Hay ballena que nade más/ por los siete mares del tiempo,/ por los otros siete del idioma,/ que la ballena blanca de Melville?”, escribe Antonio Deltoro.

La ballena blanca es un cuerpo extendido, un desierto poblado de alucinaciones. A la propia creación de Melville se le mira como un espejismo, un reflejo de partes luminosas. Melville le otorga señas de identidad que van desde la  fortaleza, la invisibilidad hasta la ubicuidad y la inmortalidad.

Ismael está frente a una hoja en blanco. Tal vez tiene la irrefrenable necesidad de querer contarlo todo; al mismo tiempo, no desea quedarse vacío como si se tratara de la primera vez en muchos meses que acude a confesarse. Hace trazos con el lenguaje, trastoca el tiempo y el espacio. El blanco está entre nosotros y de nosotros depende que permanezca en el mismo sitio. ¿Alguien ama signos que cambian siempre, que se disuelven de pronto, inadvertidos? El blanco es el color de la verdad, sólo el blanco refleja los rayos luminosos, es la unidad de la que emanan los diversos tonos de la naturaleza. Si realmente Moby Dick es el símbolo del mal, ¿por qué Ahab no la llamó ballena negra, si la oscuridad es algo que en última instancia nadie puede poseer y es el tono de lo maligno? El blanco es la saturación de la nada, el miedo a los espacios, al vacío. Melville enfatiza que no hay seres más temibles que aquellos de color blanco: los elefantes blancos de los reyes de Siam, los caballos de batalla que simbolizan el estandarte de Hannover, los osos polares del Ártico, el tiburón blanco que circunda los océanos. La luminosidad domina el paisaje. La palidez marmórea de una figura, la pureza conferida a los dioses: Zeus representado como un toro blanco, el Espíritu Santo convertido en paloma de la paz, la túnica blanca de Cristo que lo acompaña hasta la muerte. Blanco sobre blanco como un cuadro de Malévich que quiere romper con lo establecido, con el color: “es la nada, es el silencio”, comenta el pintor. ¿Quién puede decirnos que tal vez las últimas palabras de Goethe, “luz, más luz”, no fueron sino una exclamación de horror ante el resplandor del vacío? En el prólogo a las Enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda, señala Octavio Paz: “La mucha luz es como la mucha sombra: no deja ver”.

La ballena albina se sumerge en el horizonte, desaparece. De pronto nadie puede verla ni adivinar su paradero. Es imposible abarcar el mar con la mirada y también es difícil fijar a Moby Dick: aparece y desaparece, sólo el mar puede ocultar aquel voluminoso vientre. Una peculiaridad del ciclo de buceo en los cachalotes es que con frecuencia vuelven a la superficie, a un punto situado a pocos metros del lugar donde comenzó su inmersión. Esto no quiere decir que su actividad en el agua se limite a ascender y descender, esta clase de mamíferos marinos puede bajar a unos cuatro nudos —ciento veinte por minuto— y ascienden a una velocidad de cinco nudos; de modo que el viaje de ida y vuelta, a una profundidad de mil metros, no dura más de quince minutos. Como apunta Melville, lo invisible confunde, desconcierta y, por lo tanto, genera más temor.

Por sus dimensiones, Noé no pudo albergar a la ballena. Y Job tuvo tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientos asnos, siete mil ovejas y ninguna ballena. Sin embargo, su carne se aprovecha como la grasa de carnero: Dios dispuso castigar a la ballena llenándola de esperma, depositó el líquido en una mina para que la codicia de los marineros los condujera a enfrentarse con ella. Gracias a los estudios marinos que Malcom R. Clake y otros científicos han emprendido, es posible saber que la función principal del órgano productor de esperma consiste en que el cachalote conserve una flotabilidad neutra cuando está sumergido, como si trajera puesto un traje de buzo a su medida.

Otra característica que acompaña a Moby Dick es la ubicuidad. Tomando en cuenta la capacidad que tienen los cachalotes para desplazarse de un lugar a otro, no pocos marineros han imaginado ver a la ballena albina en distintas partes a la vez. En este punto interviene el lado mítico, la leyenda, lo rumores de que alguien creyó divisarla en los mares del norte y del sur.

La inmortalidad se distingue como otra cualidad del Leviatán. Ningún marinero ha podido matar a la ballena blanca y los innumerables intentos de cazarla han derivado en múltiples accidentes. Todos aseguran haberla visto con varios arpones clavados en su lomo, pero nadie ha podido acabar con ella ni siquiera el colérico capitán Ahab. ¿Es lícito mirar el mar desde las orillas de un libro?, como se cuestiona Margo Glantz en Doscientas ballenas azules.

Supe de aquel hombre, Ismael, que tras leer el relato de Jack Chase, tuvo el extraño deseo de haber sido grumete. El joven de piel blanca puso fin a toda esa monotonía que llevaba a cuestas, vendió todas sus pertenencias y se embarcó en una fragata: se quiso llenar los ojos de mar. El relator de Moby Dick, acaso al igual que Paul Valéry en su Cementerio marino, espera al final de la travesía ser recompensado y mirar por fin la calma de los dioses.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.


1 Una de las mejores ediciones de Moby Dick  que se pueden conseguir actualmente, es la de Sexto piso, la traducción es de Andrés Barba y las ilustraciones de Gabriel Pacheco.

Leer completo

Sobre los derechos sexuales, la diversidad sexual y el VIH, la voz de Carlos Monsiváis se dejó escuchar en reiteradas ocasiones. El combate a los prejuicios homofóbicos fue una de las múltiples causas que abrazó con ímpetu. Su mirada siempre estuvo abierta a cuestionar la moral sexual mexicana en general.

Como registra Marta Lamas, “los libros de Carlos Monsiváis, llenos de ideas y argumentaciones, enriquecen una perspectiva histórica de las conductas sexuales de los mexicanos. Además de describir y analizar las distintas respuestas sociales ante la diversidad sexual y la magnitud del conservadurismo y la homofobia, sus textos apuntan a un objetivo central en la lucha: diferenciar entre la sexualidad y los contenidos simbólicos que les adjudican personas históricamente situadas".

Para Monsiváis, acérrimo crítico y estudioso de la realidad mexicana, las causas perdidas eran aquellas de las que nunca se aceptan ventajas, de tal modo que veía como héroes y heroínas a quienes se integraban en unidades y plantones de apoyo a grupos ecologistas, etnias y colectivos en favor de los derechos de los homosexuales y publicaciones de toda índole, a quienes denominó contracultura pero que en realidad debían ser reconocidos como resistencia cultural.

el-closet-de-cristal

Se ha puesto a circular El clóset de cristal (Ediciones B), un libro sobre una faceta poco conocida del ensayista y cronista: su vida sexual. Braulio Peralta eligió un tema álgido que ha suscitado críticas a favor y en contra. Gays, lesbianas, bisexuales, travestis, transexuales, intersexuales, todavía hay quienes quieren emprender una cacería de brujas hacia ese sector de la sociedad.

Para abrir este clóset, Peralta no contó con la aprobación de la familia de Monsiváis; eso lo aclara en el prefacio. A estas alturas, si la familia acepta o no la preferencia sexual de Monsiváis es tierra infértil. Lo importante es que el autor logró recuperar pasajes sobre la historia del activismo en favor de los derechos de la comunidad homosexual y elaborar una detallada cronología sobre cómo empezó a abordar un tema tan temido como el VIH.

Peralta recuerda que Horacio Franco, en Bellas Artes, colocó sobre el ataúd de Monsiváis la bandera del arcoíris que simboliza la diversidad sexual, como un acto de reconocimiento y solidaridad por haber sido cómplice de batallas en diversas trincheras.

Aunque Carlos Monsiváis nunca dijo abiertamente que era homosexual, se propuso luchar contra la eliminación de estereotipos y prejuicios sociales. Aquí se lee que “Monsiváis decía que si él se asumía como gay, lo iban a reducir a la lucha de la comunidad (p. 107)” y se comenta que no todos respetaban su decisión. “No quería ser calificado como el intelectual gay”, le confiesa Monsiváis a Sabina Berman (p. 195).

El libro es un prisma con múltiples rostros: es la vida sexual (no abordada antes) de Carlos Monsiváis, es la vida sexual de Braulio Peralta, la génesis de grupos en favor de la igualdad y respeto a la preferencia sexual, es el punto de partida de una sociedad que ha logrado avances de forman gradual en lo que se refiere a igualdad y no discriminación.

La agenda impulsada por la sociedad civil ha derivado en un mayor compromiso de las instituciones públicas, en el respeto y promoción de los derechos de las personas, tomando como eje rector la Reforma Constitucional del 10 de junio de 2011. Monsiváis luchó contra el clasismo, racismo, sexismo, intolerancia religiosa, machismo, homofobia, transfobia y cuantas determinaciones registrara. Insistía en las causas que conjuntaban la libertad y dignidad de las personas

Valentía psicológica

La cascada de escenas en pos de la libertad sexual que emprende Peralta queda salpicada de una que otra que otra canción de Juan Gabriel, figura de la comunidad LGBTTTI que, acaso como Monsiváis, nunca se asumió como tal. El autor elige una voz directa para desentrañar un tema polémico, es la voz de una conciencia que refiere sucesos y hechos de forma puntual al usar la segunda persona, el tú. Es un tuteo sin rodeos ni engolosinamientos que, lejos de actitudes moralizantes, capta pasajes reveladores gestados en la lucha por los derechos humanos.

En el prólogo a La estatua de sal, memorias sexuales de Salvador Novo, Monsiváis advierte que Novo actúa con enorme valentía psicológica. Quizá con el mismo ímpetu con que Peralta escarba en estos encuentros, punta del iceberg que décadas después sirvió para tender puentes y ganar espacio en favor de los derechos de la diversidad sexual. Así como Monsiváis en su momento indagó en la vida sexual de Novo, Braulio Peralta hace lo propio con el autor de Días de guardar y Amor perdido.

En este clóset transparente se describe a Monsiváis de una forma poco usual, con sus defectos y virtudes. Está la visión del intelectual preocupado por lo que sucede con la comunidad gay y también la faceta del hombre que cuando puede hacer uso de sus influencias no mide las derivaciones que vendrán. No obstante, la balanza se inclina más del lado del escritor comprometido que supo tomarle el pulso a los movimientos sociales y culturales orquestados en México.

VIH, ¿castigo divino?

Una historia importante es cómo se vivió en la prensa mexicana, en los grupos de la diversidad sexual, la aparición del VIH. “En los ochenta, con la aparición del sida, los gays —el sector más afectado— éramos la encarnación del mal a decir de la jerarquía católica, las familias tradicionales, los gobiernos conservadores de izquierda y derecha” (p. 169). Por ese entonces, Girolamo Prigione, nuncio papal, exclamó: “Castigo de Dios”. Y es que, como anota Peralta, “la demonización no conocía tregua” (p. 169).

En el proceso de construcción de estigmas, los medios de comunicación tuvieron un papel fundamental. Lejos de adoptar un papel formativo y corrector de las falacias que difundieron tanto en radio, medios impresos y electrónicos, frecuentaron palabras que se consolidaron en torno a la infección viral: muerte, contagio, promiscuidad, castigo y vergüenza. “No coma cerca de un homosexual. Puede contagiarse”, es una frase que Braulio Peralta leyó en la calle y la incorporó a su libro.

Al revisarse por qué se estigmatizó en México el VIH, los medios de comunicación tienen que ver en esto así como las instituciones públicas. En ese sentido, el Estado dejó pasar oportunidades para informar a la población, hablarles del uso del condón y de la salud reproductiva tanto en hombres, mujeres y personas de la diversidad sexual. Hay que recordar que las campañas contra la estigmatización del sida comenzaron tarde, aunque eso no quiere decir que no hayan servido.

El libro incluye un dossier fotográfico de Yolanda Andrade que presenta escenas de las primeras marchas gay que hubo en México. Para el autor, el trabajo de Andrade “da la oportunidad de la diferencia, de la presencia, de la no ausencia, de recordarnos el sabor de lo real: que todos somos iguales porque ¡no hay libertad política si no hay libertad sexual!”.

Y, a propósito de libertades, de este clóset también se saca una historia conocida: la renuncia de Carlos Monsiváis a La Jornada. Se debió a que Monsiváis criticó la visión del periódico respecto a los sidatarios, “los intentos en Cuba de controlar el problema del sida que incluyen la reclusión de los enfermos y de sus familias”. El diario siguió con su postura a favor de Fidel Castro y Monsiváis, con “una lección de periodismo” de alto nivel y en un acto de solidaridad con la comunidad LGBTTTI, “su comunidad”, diría Peralta, decidió retirarse del medio de comunicación.

Frases de Monsiváis sobre la homosexualidad

“El gay está al tanto de lo que es porque le gusta lo prohibido. Al inscribir su impulso en la esfera de la fatalidad, no lo que es sino lo que debió ser, el gay pobre o de provincia ignora sus derechos básicos, y se considera inmerso en una pesadilla. ¿Qué aniquilamiento de las pretensiones más adecuado que el hacinamiento en baños de vapor, en cines de segunda o tercera, en las calles y avenidas que son ghettos ambulantes? La sordidez es el más vindicativo de los clósets, y son precisamente la pena y el gozo que de allí se desprenden los que evitan la observación racional del deseo”.

(Debate feminista, octubre 2000)

 “Los crímenes de odio más conocidos solos enderezados contra los gays, y este agravio histórico cobra cada año en México decenas de víctimas. Pero nada supera en número y en continuidad a los asesinatos de mujeres solas, en especial jóvenes, lo que se llama justamente feminicidios, un término que corrige el patriarcal de homicidios, pero insuficiente para describir el fenómeno.”

(Los mil y un velorios)

“Por homofobia no se entiende las antipatías o las desconfianzas o los recelos morales que los gays suscitan, algo inevitable por enraizado y de muy difícil eliminación incluso entre los propios gays, sino la movilización activa del prejuicio, la beligerancia que cancela derechos y procede a partir de la negación radical de la humanidad de los disidentes sexuales”.

(Los mil y un velorios)

“El ghetto gay, tan útil para el enaltecimiento de la norma, ve en el desprecio el primer reconocimiento público de existencia. Y también, para que el cielo de la heterosexualidad exista, se requiere fijar, con saña minuciosa, el infierno de los homosexuales, consistente en lo básico en búsquedas, desprecios y acoso social.”

(Salvador Novo. Lo marginal en el centro)

“El gay que se urbaniza atraviesa el espacio secreto y público a la vez, donde la ‘raza maldita’ se reconoce gracias a la mirada posesiva y la mirada braguetera, y a partir de allí se palpa febrilmente, sitúa su identidad con el apoyo inevitable de la burla y el choteo, se asegura de su lugar en la sociedad atendiendo a los atropellos policiacos, usa del melodrama como intermediación literaria, y si no va al límite es porque, en los convenios de su cultura formativa, el límite ha sido su punto de partida”.

(Debate feminista, octubre 2000)

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.

Leer completo
Página 2 de 41234