Como cada año, la angustia. Se vuelve costumbre verificar que el hermetismo sueco es a toda prueba. Se barajan varios nombres de autores aunque pocas veces resultan concluyentes, ya que en realidad expresan el sentir de los lectores. Es una proyección del gusto. Felizmente, en esta edición del Premio Nobel de Literatura, triunfó el reconocimiento a la literatura de altos vuelos y la valoración efectiva a una tarea de años. Es una suerte que la Academia sueca haya decidido hacer oídos sordos al barullo por cierto autor japonés y se haya inclinado por un escritor que ha sembrado sus libros de manera tan discreta como rigurosa. Cada una de sus entregas, que si bien en su momento se publicaron en editoriales de alto impacto, apenas llegaban al comentario de sobremesa, sea por la forma de sus tramas (muy distendidas en el tiempo) o porque Ishiguro se ha manejado casi fuera de los reflectores.

Sería muy arriesgado considerar a Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) como un autor japonés en sentido estricto, ya que abandonó Japón a los cinco años para instalarse de manera permanente en Inglaterra. Y además escribe en inglés. Lo anterior implica referir que llegó al mundo a menos de diez años de que la bomba atómica destruyera su lugar de origen. La sombra nuclear, como no podía ser de otro modo, aún es una presencia que gravita en la sociedad japonesa. La suya es una obra que se recorre como una larga interrogación por un futuro improbable, siempre angustiante, en el cual la violencia es el eje de las relaciones humanas, lo mismo que el cambio sin reglas claras. El espejo que nos refleja durante un segundo, se modifica al siguiente y ya refleja a otra persona. Todo con un marcado acento de pesimismo, lo cual es entendible, porque Ishiguro es un profesional de la nostalgia. Sus referentes, la mayor parte del tiempo, son occidentales y además ingleses.

Las adaptaciones al cine de dos de sus novelas —Lo que queda del día (1993) y Nunca me abandones (2010)—, que han ayudado en su consolidación como narrador a nivel mundial, han sido vistas en su mayoría por lectores antes que por espectadores genéricos, muy al estilo de lo que sucede con las películas de Paul Auster. Llega la ocasión de volver a la obra de este “artista del mundo flotante” para tener frente a los ojos una narrativa del tiempo extendido, que aún se da el lujo de hacer retratos a fondo de cada uno de los personajes, panorámicas detalladas de los sitios en los que transcurre la trama, y en donde lo que se cuenta siempre es aparente porque todo puede alterarse en la página siguiente. La experiencia de lectura de Ishiguro implica entender que la flexibilidad del tiempo, que es memoria y un elemento constitutivo del ser mismo, fractura las relaciones humanas y las reordena, casi por azar, con lo cual salir en busca del hecho literario es más complejo que nunca.

Los restos del día (1989) y Un artista del mundo flotante (1994), ambos publicados en español por la editorial Anagrama —a la que ya debe reconocérsele el mérito de apostar no solo por Ishiguro, sino por otros autores de su catálogo que igualmente han ganado ese premio con el andar de las décadas—, son las mejores puertas de acceso para adentrarse en el universo narrativo del autor. Y en el relato, las piezas contenidas en Nocturnos: cinco historias de música y crepúsculo (2010), ayudan en el entendimiento de su manejo en la distancia más corta, no por ello menos sensitiva. El asunto del siglo XX, la migración voluntaria o forzosa, aparece en el recorrido de su vida y lo hace de un modo atípico: una familia oriental llega a Occidente y procrea a un escritor venido de fuera que triunfa en la literatura. Esto debe señalarse ahora que inicia cierto auge de los ultranacionalismos en Europa. Los elementos del exterior siempre enriquecen un entorno.

El aporte de la literatura en lengua inglesa a la universal parece no tener fin. El siglo XX literario inglés que generó al Ulises (1922) de James Joyce y a la narrativa de Virginia Woolf, avanza con firmeza en este nuevo que inicia con las premiaciones de V.S. Naipaul (2001), Harold Pinter (2005) y Doris Lessing (2007), solo para subrayar que siempre cuenta con obras de calidad y que mantendrá su posición en firme en la búsqueda de propuestas narrativas. La premiación a Kazuo Ishiguro continúa la estela de galardones resueltos de manera afortunada por la Academia sueca. Su obra es una apuesta por un futuro posible desde el cual pueda leerse la historia casi secreta de un siglo atormentado, con múltiples episodios de intenso sufrimiento, en el cual toda forma de violencia coexiste con los más altos anhelos del ser humano.

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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modernidad

Humberto Beck
Otra modernidad es posible. El pensamiento de Iván Illich
Malpaso
México, 2017
160 páginas.


De las teorías para explicar al hombre, de las tantas que ha generado el ser que piensa sobre sí mismo, con el tiempo subsisten tan sólo aquellas que lo consideran en su posibilidad de ejercer como individuo en medio de la colectividad de la que, por otra parte, no puede segregarse. La posibilidad de una reingeniería social integral es una de las tentaciones más a la mano para el filósofo y el político, ya que representa una ocasión para recoger el modelo actual de la sociedad y lanzarlo hacia una posibilidad más promisoria. Esto ha derivado en no pocas utopías y esquemas semiutópicos de pensamiento desde los cuales puede vislumbrarse una posible modalidad diferente al estado de las cosas, pese a que muchas de ellas se instalen de modo deliberado en horizontes muy remotos de las condiciones actuales.

Las derivaciones del marxismo no dejan de producir interpretaciones y lecturas sobre la realidad y Humberto Beck (Monterrey, 1980) eligió el pensamiento de Iván Illich (Viena, 1926-Bremen, 2002) para arriesgar un diagnóstico sobre la vigencia de su pensamiento y, a un tiempo, para calibrar si su forma de interpretación del capitalismo y la modernidad puede ofrecer caminos laterales para meditar sobre la actualidad. Un ejercicio que pretende, según el autor, “extrapolar sus ideas para las circunstancias del presente”. Otra modernidad es posible. El pensamiento de Iván Illich (2017) es una monografía en tono elegíaco de diez años de su producción, que va de La sociedad desescolarizada (1971) a El trabajo fantasma (1981). Beck no oculta su simpatía por el pensador austriaco y por la exaltación de la autonomía del individuo en medio de la masa y, por lo mismo, incluso señala su tarea de crítico social como una “labor de demolición”. Subrayo esta valoración porque el pensamiento de Illich pasa en el volumen casi libre de juicio crítico, al punto de quedar en una suerte de dossier a un fragmento de su ideario, lo que deriva en que el libro concluye como una síntesis divulgativa antes que como un paseo crítico. No refiero que el entusiasmo diluya el mérito de la lectura, aunque sí que el anarquismo, incluso en su vertiente más religiosa, la que se declara portadora de La Idea, debe ser pasado a una revisión de alcances y ésta no fue la ocasión.

Parte del anarquismo reaccionario de sustrato teológico de Illich —definirlo de otro modo sería ceder a la miopía— podría cifrarse en los siguientes postulados: el individuo pierde autonomía con el avance de la técnica y esto lo aleja de la “sociedad convivencial”, el equilibrio casi natural entre técnica y autonomía del individuo. Una suerte de paraíso societario en donde las instituciones se organizan para garantizar que todos accedan al punto más alto de su plenitud en armonía con los otros, quienes a su vez desean lo mismo. Para llegar a lo anterior, a manera de ejemplo, analiza la forma actual de la educación, el transporte y la salud (estos ámbitos en la década de los setenta), de donde brotan ejemplos de lo que denomina el “principio de contraproductividad”, el cual define de la siguiente forma: “el hecho de que una herramienta, cuando sobrepasa cierta intensidad, inevitablemente aleja del propósito para el que fue creada a más gente de la que permite aprovecharse de sus beneficios”(Illich citado por Beck). Esta “contraproductividad” se encarnaría en aparentes contrasentidos respecto de las consecuencias naturales esperadas de los distintos ámbitos de la experiencia social moderna. Todo esto para derivar en conclusiones para las cuales no hace falta demasiado aparato teórico para identificar: el sistema educativo no ayuda a la enseñanza, el transporte moderno termina por inmovilizar, las instancias de salud enferman.

La lectura del volumen desde los conceptos básicos del marxismo facilita la comprensión de pensamiento de Illich, que hace una lectura de la vivencia actual aunque no se lee en los planteamientos una cabal refundación de conceptos que haga meditar desde la raíz sobre las nuevas modalidades de la experiencia. El austriaco parte de viejas ideas de izquierda para explicar las relaciones económicas y esto lo lleva a ser nada más que otro apéndice del revisionismo marxista, no obstante la crítica a la burocracia entendida como una franja de administradores cuya labor sería dosificar el acceso a los beneficios, esto es, acortar la distancia entre la autonomía del individuo y los propios beneficios de la técnica. Los préstamos del marxismo son múltiples y eso no permite llegar a una determinación de considerar su pensamiento como “demoledor”. Edifica sobre lo que ya existe y no vuelve a fincar un pensamiento, al menos de lo que puede leerse en el periodo que eligió Beck para este repaso por su pensamiento. El anarquismo, lo ha sido históricamente, suele prender todo lo que encuentra en llamas para después confesar que los paradigmas de sillón resultan inaplicables para la realidad social.

El ideario del pensador austriaco vuelve a la base del pensamiento de izquierda y aterriza en la praxis del marxismo de la cual, parece, no habrá escapatoria. Beck: “El sentido último de la racionalidad utópica illichiana no es el culto a la imposibilidad de una imagen idealizada, sino la creación de las condiciones para una decisión política” (el subrayado es mío). Aquí radica parte del magnetismo de su pensamiento. El llamado a la acción, desde la “imaginación política”, implica una toma de postura frente al mundo e igualmente un salto hacia la consecución de las condiciones objetivas para alcanzar un mejor estado de las cosas. Como análisis de la sociedad actual —ya no tan actual, en realidad—, el pensamiento de Illich es puntual y obliga, sí, al replanteamiento cerebral y sin concesiones, pero es necesario no olvidar (y Beck no lo hace, por cierto) que vivió en una época sin las comunicaciones ultrarrápidas de la actualidad y este fenómeno (que bien podría caracterizarse como otra “herramienta” en el esquema de su pensamiento), ha modificado de manera radical la forma de ejercer cualquier forma posible de la experiencia humana, incluidos los ámbitos que él eligió para su análisis. A la par, terminó la Guerra fría, se disgregó la Unión Soviética y los restos de los países socialistas agonizan bajo el peso de modelos encorsetados con los que asfixian a la población que carece de los satisfactores elementales. Cruzamos un periodo negro que tiene una finalidad única: acudir al mercado y sobrevivir con un mínimo de dignidad.

La “extrapolación” a la que hace referencia Beck igualmente podría intentarse con el pensamiento de Bakunin o Kropotkin, aunque es entendible que el paso de Illich por la ciudad de Cuernavaca lo vincula de manera directa con la realidad de este país, que siempre anda a salto de mata entre la urgencia de una refundación de las instituciones y los resultados electorales que nunca satisfacen. A resultas, Beck enuncia sus hallazgos:

1) “La originalidad de la obra de Illich reside en una desacostumbrada habilidad para descubrir las dimensiones ocultas de las discusiones políticas e intelectuales, lo que le permitió realizar un ejercicio de arqueología de las principales certidumbres de la civilización contemporánea”, y;

2) “La originalidad de Illich reside entonces en haber integrado en una teoría de la modernidad no sólo la idea de los límites sino esa entidad antimoderna por antonomasia: el pasado”.

Si no fuera posible hallar en otro pensador esas tendencias hacia la originalidad (“arqueología de las certidumbres” y la inclusión del “pasado” en una meditación sobre la modernidad), entonces será natural reconocérselas a la obra de Illich, pero no parece factible. Bastaría asomarse a la obra de varios integrantes de la Escuela de Frankfurt y a la del propio Albert Camus, paradigmas elegidos por el propio Beck para contrastar sus hallazgos. Las obras de Illich han circulado de manera constante en lengua española, aunque la publicación de la Obra reunida por parte del Fondo de Cultura Económica (2006 a la fecha), lo llevó a un lugar más visible para hacer lecturas a fondo como esta que realiza Beck, que por definición y alcances, a este momento, es la invitación más idónea a su pensamiento por lo que hace a una década de su labor como crítico social.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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innombrable

Samuel Beckett
El innombrable
Traducción de Matías Battistón
Ediciones Godot
Argentina, 2016
155 pp.


La frontera entre vida y literatura es difusa y esta proximidad es el mejor auxilio para la tarea del escritor. En ese interregno podrían cifrarse las distintas poéticas que podemos leer en autores vivos o muertos. En los hábitos de su ensanchamiento o acortamiento, proximidad o lejanía, ignorar a la ficción y capitalizar el fenómeno vital (o viceversa), negar la existencia de ambas y no obstante utilizarlas como material plástico, así sea de manera velada, es posible entender —quiero decir: relacionarse con ella de una manera más productiva— el flujo de esa construcción social que es el hecho literario (para algunos, la literatura misma). A pesar de lo anterior, hay casos que ameritan un acercamiento integral, ya que sus motivaciones y alcances no se encuentran segmentados de modo evidente.

La obra de Samuel Beckett (1906-1989) se mantiene como una espiral permanente para quien busque transitarla. Es la forma que define esa tentativa. Porque ahí donde las iniciativas de vanguardia se muestran inhóspitas con el paso del tiempo, tanto en la dramaturgia como en la narrativa (breve, especialmente), la obra del autor irlandés queda como un ejemplo de solidez en el esfuerzo por dinamitar las convenciones del sentido, de la historia que debe transmitir una anécdota, del relato que se escribe pero se anhela su adaptación a la pantalla grande, además de otros amaneramientos contemporáneos que hacen del escritor apenas un eslabón para la transmisión eficaz de historias, antes que un artista cabal cuyo medio de expresión es la palabra, con la cual debe rasgar el velo que cubre las mentiras, la inopia de la vida diaria y la inocuidad de tanta escritura que defiende su postura de docilidad y entrega soterrada.

Beckett ejerció como nadie la escritura como un acto trasgresor de todas las convenciones, hecho con una destreza que deja sin argumentos a quien pretende asestar un derechazo en contra de cualquiera de sus obras. Beckett es el autor de la contundencia que no necesita de la práctica vana de un estudio académico para probar su vigor en el alcance estético; basta abrir los libros, iniciar la lectura y experimentar la incomodidad que se vive cuando una experiencia lucha por ajustarse a la idea preconcebida que se tiene de ella.

Ahora que Matías Battistón se arroja a traducir a Beckett para la editorial argentina Ediciones Godot, aprovecho su edición para volver a las páginas de El innombrable (1953), cierre de la trilogía compuesta por Molloy (1951) y Malone muere (1951), a la que de igual manera regreso para comprobar que nada hay de “absurdo” en su obra, ya que cada uno de los elementos gramaticales funciona para descolocar al anterior. En la lectura de su obra se avanza en el descrédito de la palabra anterior, que es puesta en duda como si no tuviese cabida en la página, a pesar de ser el sustento de la que vendrá. A la distancia, compruebo que esta lectura es un juego de azar con efectos oraculares y las consecuencias de su proximidad siempre son letales. Es una caminata en espiral que resume como nada antes escrito la idea de un tránsito vertiginoso que termina en un replanteamiento, no sólo del fenómeno de la comunicación humana (ya puesto en duda desde las obras de teatro), sino del ser mismo, el ser-ahí o dondequiera que se encuentre, habitante del país de palabras quien será dueño y señor de sí mismo siempre que pueda llegar a la palabra “libertad”, accesible a poquísimos.

Ahora bien, no es posible enunciar siquiera qué relata El innombrable, a ciencia cierta. Hay teorías y con esa condición es necesario leerlas. Personas, sombras, memorias sueltas, cajas que se abren para revelarnos otras cajas con contenidos que presagian sueños, desilusiones, emotividad que explota cuando se abre la botella de champaña para celebrar el amanecer de un día que nadie solicitó. Los libros de cierta temperatura se vuelven experiencias del espíritu antes que un anecdotario secuencial, fácil al tacto. Es la historia de Ulises (1922), Berlin Alexanderplatz (1929), La muerte de Virgilio (1945), Terra Nostra (1975). Párrafos de esta escritura podría mezclarse en la de esas obras (o de otras, da lo mismo siempre que la búsqueda se formule auténtica), lo que tendría el efecto de incrementar la creciente sensación de vértigo. Melzer, protagonista de Las escaleras de Strudlhof (1951) de Heimito von Doderer podría apropiarse del siguiente párrafo y nadie notaría la diferencia:

Qué raro, estas frases que se mueren sin que uno sepa por qué, qué raro, qué tiene de raro, todo aquí es raro, todo es raro si uno lo piensa, no, lo raro es pensarlo, acaso debo suponer que estoy habitado, no puedo suponer nada, tengo que seguir, es lo que hago, que los otros se ocupen de suponer, tiene que haber otros en otras partes, cada uno en su otra partecita, esta frase en los que vienen de nuevo, cada uno diciéndose, cuando llega el momento, el momento de decirla…

Por momentos, la narrativa moderna se homogeniza y genera la impresión de quedar atrapada en las mismas trampas retóricas que intentó dejar atrás. No obstante, el caso de Beckett es diferente. Procesó como nadie la iniciativa de James Joyce de fundir al ser con el lenguaje y llevó el procedimiento hasta sus últimas consecuencias, lo que deja a la expresión en los huesos, saltarina de signos sobre una página y que sólo reconocemos a causa de una asociación facilona. La cercanía entre ambos escritores de origen irlandés, genera una reacción en cadena que continúa a este momento. A partir del corpus de esas dos obras, sumadas a la de Kafka, es posible entrar con paso firme a las tendencias más radicales de la narrativa en el siglo XX. Esto porque ya no es posible pensar la literatura desde una perspectiva que no involucre la fuerza de esta destrucción de sentido, lo que a fin de cuentas no es sino abrir la puerta a la posibilidad del lenguaje para incinerarse a sí mismo y renacer con un sesgo diferente. Dicho lo anterior, no hay un tránsito cómodo en las páginas de El innombrable o de las piezas narrativas breves de Beckett. Hay estremecimiento, grito mudo, salto al vacío, delicada tensión que nunca se resuelve con un punto y aparte. Es jugar a la ruleta rusa con una pistola cargada en su totalidad.

Por otra parte, no es gratuita la fascinación de Beckett con Marcel Proust. A su modo de entender, el escritor es el Gran Editor, la puerta que se custodia abierta sólo hasta un punto específico, la cámara que registra para después hacer una selección de los materiales. Acumulación de significados para que el lector se desenrolle a sí mismo y descubra imágenes sugeridas en los pliegues, fisuras, mecanismos de relojería que no sirven más que para revelar que existen y nada puede hacerse contra su aparición espontánea. En la relectura, asimilo las páginas de El innombrable a una fortificación imposible de dominar, que se defiende, que nos lleva hasta el punto más alto del paroxismo para abandonarnos en el segundo final, en el cual se escapa la vida aunque no se nos permite la felicidad del abandono. Beckett aún es el escritor que permite asomarse a una forma de escritura que ya parece un lujo inaccesible, no sólo por la fineza de sus prevenciones sino igualmente por la brutalidad de su forma final. Incluso en este momento, cuando ya todas las banderas de la consagración se levantan para recibirlo, sus obras se conservan como álgidas tentativas que logran con dificultad un espacio entre el común de los lectores.

Beckett es una pieza exquisita para los más lectores severos y no habrá manera de cambiar esta percepción. Atomizar las oraciones, vueltas un campo minado, es una estrategia que se une con el uso de la coma para que el lector se resbale en lo más hondo del texto y acaso dentro de sí mismo. Rutas a un “yo” que imaginamos ya recorridas, pero que con un ejercicio de eliminación de la arrogancia muestran su incandescencia y, por lo mismo, su voluntad de evocación. El esplendor de Beckett, sí, aparece en todo su esplendor ante los escritores, quienes se muestran sorprendidos ante la dificultad técnica de esta táctica de micromontaje en cada una de las oraciones. Es una labor de microscopio o de observatorio, según la posición que se adopte. No es poco el mérito de arrojarse a traducirlo nuevamente. Aquí un ejemplo de esta concatenación de significados que terminan por disolver el lenguaje:

Nada sobre mí, entonces. O sea, ninguna declaración hilada. Llamados débiles, a lo sumo, cada tanto. ¡Escúchame! ¡Vuelve a ti! Es decir, tienen algo que decirme. Pero ni la menor noticia, salvo, se sobreentiende, que no estoy en condiciones de recibir ninguna, al no estar ahí, cosa que yo ya sabía. No dejé de notar, en un momento de receptividad excepcional, que sus exhortaciones utilizan el mismo canal que el empleado por Mahood y compañía, para sus transportes.

La popularidad de Esperando a Godot (1952) se vuelve inexplicable al lado de estas tentativas que implican un replanteamiento no sólo de lo que usualmente se denomina “arte experimental”, sino del propio hecho literario, llevado hasta su banalización con la abundancia de historias para ser contadas, todas con un final adoctrinante. Hasta el propio “monólogo interior” sufre una fractura en sus páginas, pues el sujeto que narra se descompone en partes y se disgrega hasta volverse la síntesis de una quimera, una voz en el desierto o la conversación de unas mujeres a la orilla de un lago. En un asunto numérico, es claro que el interés de Beckett por el teatro es mayor que por la narrativa, a la que considera un hecho estético residual. Algunas compañías de teatro han grabado las representaciones de los pequeños monólogos e historias de su narrativa breve, con el apoyo de la televisión irlandesa, lo que deriva en entender como la voz humana tiene una importancia de primer orden en sus obras. El trato con la obra de Beckett implica el reconocimiento de que debe leerse en voz alta para entrever la magnitud de su tentativa. Este es el cierre de El innombrable, por ejemplo, que funciona como una metáfora de quien se arroja a la vida y está dispuesto a enfrentarla por la sobrevivencia:

…hay que seguir, no puedo seguir, hay que seguir, entonces voy a seguir, hay que decir palabras, mientras las haya, hay que decirlas, hasta que ellos me encuentren, hasta que me digan, qué esfuerzo extraño, qué pecado extraño, hay que seguir, quizá ya se hizo, quizá ya me lo dijeron, quizá me trajeron hasta el umbral de mi historia, delante de la puerta que se abre a mi historia, eso me sorprendería, que se abriera, voy a ser yo, va a ser el silencio, en el que estoy, no sé, no lo sabré nunca, en el silencio no se sabe, hay que seguir, no puedo seguir, voy a seguir.

Finalmente, será difícil hallar una época en la que no se intente un arte de vanguardia. Romper el molde y crear uno nuevo. Una parte significativa de los hallazgos de las vanguardias del siglo pasado, se preserva erguida como referente de lo que es posible intentar y hasta dónde puede estirarse la cuerda que une el hecho creativo legítimo con las boberías iridiscentes del esnobismo a ultranza. Las nuevas tecnologías abren caminos no para crear un lenguaje nuevo, pero sí para explorar nuevos modos de relacionar lo que ya existe, lo cual nunca será un mérito menor. Sin embargo, las fronteras a las que llegó Beckett, no sólo en El innombrable sino en el resto de su obra, se mantienen iluminadoras hasta el punto del aturdimiento. Beckett es una voz que sobrevuela una y otra vez sobre la raíz de los significados. Hay claridades que terminan por iluminar de más e inteligencias que son un recordatorio de que el pensamiento es tan necesario como cubrir las necesidades más elementales. Samuel Beckett, la voz que habita en medio de las llamas.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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1.

El camino hacia la consolidación nunca es corto, en especial para los escritores latinoamericanos. Los autores españoles se cuecen aparte porque tienen un circuito editorial más sólido, lo que facilita el reconocimiento. Barcelona y Madrid aún son las antesalas necesarias para enfilarse hacia París, Frankfurt o Nueva York, por lo que su andar sigue por una ruta más firme. Las condiciones en las debe ejercerse la literatura en otros países de la lengua española —ignoro si en otras artes es el mismo caso—, pocas veces son las más favorables y su abandono es común debido a la mala retribución que deriva de ella, no sólo económica sino también moral. Que el mejor escenario para un escritor sea un homenaje póstumo retrata la forma agónica de estructuras culturales que apenas logran cierto bienestar para sus escritores. Si bien el sistema de becas, aún por perfeccionarse ya que carece de seguridad social para los beneficiarios y sus familias, ha generado cierta profesionalización en la figura del escritor latinoamericano, no se acerca a los beneficios en términos de adelantos o regalías del mundo editorial anglosajón. De ahí que el mérito para llegar a la consolidación por parte de un autor latinoamericano significa un doble esfuerzo, ya que implica dejarlo todo o casi todo para perseguir la forma elusiva del oficio literario.

bolano

Roberto Bolaño (1953-2003) podría ser el último eslabón de una cadena que engarza un modo específico de actuar en el mundo de las letras, conjunción feliz de rebeldía y trabajo tesonero. Los homenajes realizados con motivo de los diez años de su ausencia marcaron la pauta para iniciar el proceso formal de inserción canónica con el objetivo de proyectar su obra hacia un horizonte más amplio. La “popsteridad de Bolaño” a la que hizo referencia Rodrigo Fresán en una de las mesas de discusión, a quien emparenta con Andy Warhol, pues lo imagina con un ojo puesto en la cultura de masas a través de sus expresiones más memorables, y con otro en la forma más delicada de la práctica literaria, admite la inoculación de gran parte de su obra como una oferta sensible para quienes buscan distraer la vista y asimismo para quienes se proponen vislumbrar una posible nueva forma de la literatura en lengua española, en las páginas de su obra. Los recientes escándalos asociados a su vida personal y editorial apenas son la punta de un iceberg asociado a una figura que debido al consenso de editores y lectores, gana un sitio privilegiado que sus contemporáneos sólo podrán anhelar debido a que las fisuras de acceso a esa porción de vida literaria-mitológica (los grandes escritores terminan son seres cuasimitológicos) se abren cada cierto tiempo y su capacidad para el desaire no emite justificaciones. Debe admitirse que hay mucho de azar en la construcción de un “Gran Escritor”, en la cual la prexistencia de una obra profusa o incluso retadora en términos estéticos, es apenas el boleto de entrada a una gran tómbola en la que participan escritores de todas las lenguas.

La academia, en particular la norteamericana, hace su parte en esta búsqueda de un hombre clave para trazar otro perfil de las letras en español. Los estudios sobre Bolaño, a este momento, ya resultan copiosos y amenazan con reproducirse de manera casi infinita. El autor chileno ofrece cualquier veta imaginable para el estudioso y lo mismo puede abordarse desde la mera gramática hasta las facetas más increíbles de su cosmopolitismo. Esto no impacta de manera directa la relación con los lectores (habrá miles de tesis sobre Gabriel y Galán o sobre algún sonetista que ya nadie lee), pero sí logra vigorizar su presencia en el medio editorial, con lo cual sus libros se vuelven accesibles a cualquier visitante casual de una librería. El espectáculo de este posicionamiento resulta deslumbrante y dramático a un tiempo. La persona de Bolaño atraviesa un proceso de emborronamiento para que sobre su biografía se construya la efigie de su personaje, armado con testimonios, unos inverosímiles, otros fidedignos y otros más cargados de admiración bobalicona. La idea de “rozar al santo” orbita más cerca que nunca y esto podría afectar la imagen que se logre del escritor chileno, eventualmente. Los testimonios como los de A. G. Porta, Jaume Vallcorba o Jorge Herralde, ayudan al entendimiento de la obra, de las circunstancias en las que escribió, de cuáles eran sus preocupaciones al momento de escribir tal o cual libro; a la par, no obstante, hay otros que son mero producto del periodismo de urgencia: entrevistas de lobby, declaraciones de aeropuerto, participaciones en programas televisivos y de radio para cubrir la cuota de medios, esto es, la rebaba que deja cualquier escritor a su paso por el mundo.

2.

Como parte de la secuencia de actos para continuar su memoria, se publica de manera póstuma El espíritu de la ciencia-ficción (2016), una novela sobre un par de escritores jóvenes que intentan sobrevivir o “vivir de la literatura” (entiéndase: vivir de lo que escriben) en el Distrito Federal, en tanto continúan su aprendizaje para formarse como escritores. En el volumen se asoma un Bolaño consumido por la literatura, entendida como motor y fuente de la vida misma. No obstante, la novela desluce puesta a lado de sus entregas más celebradas. Podría ser un capítulo de alguna de ellas, siguiendo la idea de panóptica de que los autores escriben un solo libro, a lo largo de su vida. Se recorren las páginas con la felicidad de contactar de nuevo a Bolaño, a la manera de una sesión espiritista, pero al final se muestra incapaz de lograr un deslumbre, así sea producto de una llamarada. Lo mantiene vivo para los lectores, sí, aunque ya forma parte de otro proceso, que involucra más aún al mundo editorial y al especialista presente o futuro en su obra, que a los lectores primerizos o que no lo conocen y buscan al escritor del que tanto se habla.

El conocedor de la ciencia ficción disfrutará las páginas de la novela, que admiten la lectura de un homenaje franco al género. La pasión por Philip K. Dick y otros autores logra una capitalización efectiva a partir del fervor por cierta clase de literatura, hasta el punto de transformarla en una experiencia compartida de lectura que se funde con la secuencia de los días. La redacción de la novela está fechada durante la primera parte de la década de los ochenta, lo cual la emparenta con otros libros del mismo periodo, tanto en intensidad como en ritmo narrativo. En un hipotético viaje al pasado, El espíritu de la ciencia-ficción permite reconocer al autor que ignoraron las editoriales grandes, para confinarlo a ese lugar sin nombre en donde habitan los escritores sin público que pueblan cualquier literatura. Puede verificarse la capacidad de Bolaño para transformar todo a su alcance en un producto literario, lo cual no es virtud desestimable. En la actualidad, por ejemplo, son escasos los autores en los que la simbiosis de vida y literatura brote con esta naturalidad. El otro caso sería Enrique Vila-Matas, no obstante la parcial indigestión con la figura del escritor: el que dejó de escribir, el que destruyó sus obras, el que es editor, el que es todo lo anterior y cualquier otra mutación posible o imposible.

Bolaño encarna la posibilidad del escritor que lo empeña todo por ejercer, a través de la literatura, una forma válida de entendimiento del mundo y, al final, en contra de casi cualquier pronóstico, logra su cometido. Es la llama que mantiene cualquier escritor para iluminar la imagen en la que se proyecta en medio del reconocimiento, luego de años de miseria, rechazo y persecución de editores profesionales sin éxito. En perspectiva, a nadie debe afectar una posible hipercanonización de su figura, así termine como una burbuja a punto de reventar. El rango de aplicación de su trayectoria es variado y sirve como emblema del artista que creyó en la literatura y también como retrato de quien supo caminar entre los pasillos de los premios más reconocidos del ámbito hispanoamericano, sin perder los estribos ni la capacidad de trabajo. En este proceso de la vida extendida del escritor que es la vida editorial, la figura de Bolaño cambia de rostro y muda su vestimenta. Las páginas de El espíritu de la ciencia-ficción pierden cuerpo frente a la eficacia de Los detectives salvajes (1998) o 2666 (2004), novelas ambas por las que debido a su manera de afrontar el ejercicio literario podrían volverse una influencia consecuente para otros escritores, a pesar de la hegemonía de autores de otras lenguas en la tradición hispanoamericana. El Bolaño distinguible en esta novela es y no es el que está llamado a relacionarse de manera duradera con los lectores. Genera satisfacción hallarse ante embriones de la Universidad Desconocida y otros guiños, es natural, aunque su lector habitual agotará las páginas con menos fruición que disciplina. El espíritu de la ciencia-ficción es una estación de paso para complementar el viaje hasta el destino proyectado, el cual se localiza en otros de sus libros.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

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Incluso sin cualidades de oráculo era posible entrever que el desplome de Nicolae Ceaușescu (1918-1989) era inminente y además el tránsito sería atribulado, no sólo por las consecuencias naturales de la perestroika y las glasnost, sino por el clima encendido de su último discurso (21 de diciembre), en el cual hubo rechiflas que lo obligaron a guardar silencio y hasta disparos al aire. De poco sirvieron las medidas salariales ofrecidas de último momento a la muchedumbre furibunda, ya que días después (25 de diciembre), sería procesado junto a su esposa Helena en un juicio sumario sin posibilidades de una defensa legal y ambos serían ejecutados por efectivos del ejército nada más pronunciada la sentencia. Aquello iniciará lo que se denominó “la Revolución rumana de 1989”.

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Fotografía de Mattias Blomgren, bajo licencia de CC.

Y es que a partir del carisma de los primeros pasos de Ceaușescu al frente de la política rumana, no podría anticiparse que concretaría uno de los regímenes comunistas más intransigentes de la hegemonía roja. Su temperamento, volcánico y a rajatabla, logró mantener su firmeza incluso en contra de instrucciones directas por parte de los mandatarios de la Unión Soviética, liberalidades que no fueron permitidas más que a él bajo circunstancias que aún están lejos de clarificarse. Norman Manea (Bucovina, Rumania, 1936) conoció como nadie los entretelones de la dictadura de Ceaușescu, ya que diferencia de múltiples artistas e intelectuales del siglo XX, creó y publicó parte de su obra literaria en aquella Rumania y no fue sino hasta que las condiciones de persecución volvieron imposible su presencia en ese país, en que decidió partir al exilio. El trayecto de su vida, al igual que el de otros escritores europeos de su generación, se vio afectada por los estragos que generó la Segunda Guerra Mundial —entre ellos, el internamiento en el campo de Transnistria durante su infancia—, lo que motivó en Manea una entendible aspiración de entender a fondo los mecanismos de cualquier organización social para evitar otro desastre a causa de la concentración de poder en una sola persona. El culto a la personalidad es uno de los lastres más graves de un régimen político, y todo parece que no es posible erradicarlo del todo.

La aportación de Manea a la cultura contemporánea está integrada no sólo por su obra narrativa, diseminada en cuentos, novelas y ensayos, sino igualmente por su capacidad para pensar desde y para “la otra Europa”, aquella que sigue a tropezones los motores siempre encendidos de la máquina europea occidental. En cierto momento, cada vez más remoto, la Unión Europea parecía ser la salida más adecuada para intentar una homologación en el desarrollo de la región y del continente, pero casos como los de Grecia mostraron debilidades e ineficiencias consecuencia del crecimiento dispar de las economías. Aparecen más visibles algunas fallas del sistema y de crecer podría ser incluso su sentencia de muerte. En este escenario, el pensamiento de Manea resulta imprescindible para vislumbrar, desde la actualidad, la tragedia de la migración legal o ilegal, lo mismo desde África que desde Europa oriental. El ser humano se abrirá paso y las fronteras ya no son lo que fueron antes.

Ahora bien, no encuentro mejor acceso a su obra que sus piezas breves, reunidas en El té de Proust (2010). Veintiséis piezas para recordar, con amarga ironía proustiana, que el pasado de Europa no se ha pensado a fondo y el avance del calendario no puede implicar olvido. La lista de muertos y desaparecidos es extensa y un ejercicio de desmemoria podría afectar a las generaciones futuras. La madalena proustiana, emblema de la paz burguesa que permite mirar al pasado para una reelaboración esnobista, se revuelve en estas páginas para recordar cómo la organización de los hombres (histórica, siempre provisional) no deja una sola pieza suelta en el tablero y termina por impactar a todos sus actores, incluso los que no han nacido. Y es que después del trágico siglo XX, ya no puede escribirse con ingenuidad y menos aún sin prevenciones ante lo que significa el hecho humano. Manea es un escritor de aliento político como no podría ser de otra manera. El regreso del huligan (2005), por su parte, es una reelaboración in extenso de los grandes acontecimientos del siglo XX, en donde la memoria, el exilio y la identidad, forman un tríptico de reminiscencias que orbitan alrededor de una idea de retorno. ¿A dónde? A Rumania, a la memoria, al lugar de origen, a la dispersión de los símbolos.

Las virtudes auténticas de un premio literario consisten en revelarnos a un autor que amerita ser conocido —no obstante que ya cuente con un público, en este caso, minoritario—, antes que insistir en la consumación de un falso renombre a través de estrategias comerciales, o darle firmeza a una trayectoria que acaso nunca debió iniciar. El caso de Manea es otro, por suerte, y si bien ya podían encontrarse algunos de sus libros, sepultados bajo infinitos aluviones de novedades que vuelan a las guillotinas antes del tiempo estimado, esta premiación servirá para colocar su obra al frente de los lectores con la amplitud que le es necesaria. No imagino otro reconocimiento más digno y los lectores del ámbito hispanoamericano sabrán hacer lo propio cuando Manea vuelva con la presencia que merece al sistema circulatorio de nuestra vida editorial. Lo dicho: esta premiación es un acierto para la vida editorial y hasta democrática de este país.

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