No tengo internet. La verdad es que no sé si eso puede calificarse como una actitud heroica o estúpida. Uno de mis amigos se inclina por la primera opción (o espero no haber malinterpretado su cara de asombro entusiasta), pero la gente que se entera de esa peculiaridad piensa, en general, que “estupidez” es un adjetivo insuficiente para quien opta por tal discapacidad. Yo lo hago, sin embargo, con el propósito simple de no distraerme. Sé que soy un adicto y, como los alcohólicos redimidos, simplemente veo pasar frente a mí ríos suculentos de los demonios que me fascinan sin ponerme a jugar con ellos; tan sólo los miro, se me hace agua la boca, pero elijo no participar de esa danza frenética e interminable. Prefiero tener una libreta junto a mí y tratar de anotar mis dudas para ese oráculo contemporáneo que es Google, y por la tarde despacharlas todas de un jalón en el café internet que han improvisado en la papelería de la esquina.

Obviamente, se me escapa lo que pasa en el mundo precisamente en este momento, en el que todos participan al unísono del aquelarre virtual. Pero me parece más confiable lo que guardan las tapas rígidas y oscuras de la Enciclopedia Británica que los bytes volátiles y promiscuos de Wikipedia. Si no puedo escuchar la radio por la mañana y a la hora de la comida, me quedo sin saber un montón de noticias importantísimas, que un día no muy lejano ya ni siquiera voy a poder leer en el periódico. (Ante la reciente venta de The Washington Post se habló mucho de una crisis del periodismo impreso y un auge del digital. Pero llevo años escuchando ese tipo de profecías.) No quiero ni decir que he desaparecido también del plano social, porque cuando me asomo a Twitter y Facebook ya han ocurrido los festejos y celebraciones de amigos, conocidos y colegas. Nada de esto, sin embargo, me incomoda, porque nunca me he perdido de algo importante. Las invitaciones y noticias (buenas y malas) que tienen que llegar, llegan, ya sea por un correo electrónico directo o por una llamada telefónica o por las palabras impresas sobre una lánguida hoja de papel. Y llegan siempre a tiempo, ya sea hoy o 20 años después. Y con esto tomo prestada una idea de don Álvaro Mutis, con quien comparto ese deporte extremo que es el nado a contracorriente. Don Álvaro dice que los libros que tienen que llegar a ti, llegan, sin importar que eso ocurra 20 años después de su primera edición.

De cualquier manera, tengo que confesar que mi memoria es pésima y apenas retiene aquellos detalles inútiles que caprichosamente se le antojan importantes, sin tomar en cuenta racionalmente su impacto real e inmediato. Así que mi autoexilio del mundo on-line es un ejercicio de concentración, para no perderme en el infinito y fascinante universo de la sabiduría total y la omnipresencia que ofrece un smartphone. Tan sólo un intento por restringir el espectro de estímulos que mi memoria ingobernable y selectiva procesa, y evitar así, aunque sea de manera parcial, las desagradables bromas que me juega todo el tiempo. Bastante tengo con luchar contra ella día a día para recordar lo necesario y elemental, como los nombres de las calles aledañas a mi casa si me sale al paso un desconocido extraviado pidiendo auxilio para hallar una dirección, o el hilo de las conversaciones que tengo que seguir y no me interesan, o los nombres de rostros amigables que se acercan a mí con desconcertante familiaridad.

 

Para leer completo el Elogio de la memoria cualitativa, visita el sitio de nexos.

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