La manera en que el escritor británico de origen pakistaní Hanif Kureishi cuenta su colaboración con el cineasta francés Patrice Chereau es muy elocuente. Se publicó como introducción a un libro editado en 2001 que incluye las cuatro piezas literarias en las que se basó el guion de Intimacy, de Patrice Chereau, que ganó premio a la mejor película y a la mejor actriz en el festival de cine de Berlín de ese año. A partir de una mezcla muy afortunada de detalles contenidos en la novela corta Intimacy y de los cuentos “Nightlight”, “Strangers When We Meet” y “In a Blue Time”, una guionista francesa contratada por Chereau (director, entre otras películas, de La reina Margot) creo las escenas y los diálogos de una historia completamente nueva para dar forma a la película. Como se ve, no se trata exactamente de una adaptación cinematográfica que transforma una obra literaria, sino de un proyecto creativo conjunto original. A la hora de sentarse a definir el proyecto, lo primero que hicieron Kureishi y Chereau fue hablar, hablar de todo, del clima, de los hijos, de las noticias del día, de los chismes del momento y, por supuesto de una película que no existía ni siquiera como una idea definida. Conforme se iba delineando lo que debía incluir, y lo que no, este film sobre una pareja que se encontraba un día a la semana para intercambiar fluidos lúbricos, pero no palabras, ambos artistas incluían en esa conversación trivial los temas profundos que se tocarían en la pantalla y que de alguna manera ya se incluían en las piezas literarias de Kureishi: hablaban, pues, de cuerpos desnudos, de su belleza, de su decadencia, de su muerte, de Lucian Freud, de Francis Bacon, de la fotografía hiperrealista de ese momento (que incluía todos los planos de la escena con una nitidez perfecta nunca antes vista); de cómo los artistas contemporáneos se interesan hoy en día por el cuerpo y sus necesidades fisiológicas, de la idea del cuerpo humano, de su realidad concreta, de su soledad, del modo en que su imagen ha definido la historia del arte. “Una película –escribió Kureishi–, un proyecto comienza en un cuarto con dos personas diciendo al azar ‘y por qué no probamos esto, o aquello’, involucra las pequeñas victorias y derrotas de dos personas, una suma  enorme de dinero y, mucho más importante, una gran cantidad de esperanza y fe”. Kureishi hace en ese pequeño ensayo un recuento de lo importante que es para un escritor enfrentarse consigo mismo y la manera en que esa soledad puede convertirse en un refugio personal que nada tiene que ver con el arte que se quiere crear. “Estar con otras personas –dice– podría ser un problema que la soledad puede resolver. Sin embargo, a la hora de escribir, se repiten constantemente las siguientes preguntas: ¿por qué hago esto?, ¿para quién?, ¿por qué decir esto en vez de esto otro? Estoy seguro que en otras profesiones no se tiene una crisis existencial todas las mañanas”. Ahora, ¿cómo se logra que esa crisis sea compatible con la de otro artista a la hora de hacer algo juntos? “El reto de una colaboración –explica Kureishi– es encontrar el proceso mediante el cual ambos pierdan el miedo a parecer tontos, y saber ver cómo de cualquier manera ese trabajo conjunto es la unión o la dilución de sus habilidades combinadas. Tú quieres que el otro te sorprenda, no que te limite. Tampoco quieres perder el tiempo dando forma a una idea que no es interesante. Un trabajo en colaboración es como la amistad o como la escritura: sólo puedes comenzar con una vaga idea de hacia dónde vas. Después de un tramo, si tienes suerte, comienzas a ver si existe o no un destino delante de ti que valga la pena […] Sería un error poner la pureza de la creatividad solitaria de un lado y la colaboración en otro. En esencia, cualquier proceso creativo implica una colaboración: el artista trabaja con su materia, su sujeto y la historia que esa forma elegida trae consigo […] Algo que va mal, aplicado en el camino correcto puede ser fructífero; otra persona puede ser la ‘contingencia’ que permita que esto ocurra”.

No se pierdan hoy a las 4:30 pm la mesa Literatura y cine, con Hanif Kureishi, Guillermo Arriaga y Lionel Shriver. Modera Ángeles González Sinde, en el Cineteatro Rosalío Solano.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.

www.hayfestival.com/queretaro

Leer completo

Mi irritación crecía a cada frase de David Rieff: “Prefiero la paz a la justicia”; “No creo que aprendamos mucho de la historia”; “Hablar de la historia como una tarea moral me parece empíricamente muy problemático”; “La memoria histórica es una metáfora. No existe tal cosa como una memoria histórica del Porfiriato. Existe un consenso, una convención. La memoria histórica es un mito que se construye, ya sea bueno o nefasto; es un debate político. Punto final”; “Cada monumento, cada estatua, es un objeto ideológico, un punto de vista sobre el que es posible debatir”; “Si no podemos establecer un consenso a partir del hecho histórico es mejor y más útil el olvido” (aquí David Rieff hacía alusión, como un ejemplo tomado al azar, al peligro que veía Mandela en que se desencadenara una nueva guerra civil en Sudáfrica; lo cual habría sido desastroso en todos sentidos); “La memoria histórica no es profiláctica”; “No hay algo así como una memoria colectiva; la única memoria es individual, y la historia exige un debate permanente”. En este punto, mi irritación se esfumó, y comenzó a cobrar sentido en mi mente la polémica propuesta del autor de Elogio del olvido. Las paradojas de la memoria histórica, publicado en 2016 por editorial Debate, en traducción inmejorable de Aurelio Major.

¿Y si David Rieff tuviera razón? Eso de “prefiero la paz a la justicia” suena horrible, suena a dictadura. Sin embargo si tratáramos de ser menos ingenuos y nos preguntáramos ¿a quién ha servido la historia?, tal vez concederíamos que de ninguna manera su interpretación produce una verdad absoluta que deba ser seguida ciegamente como una religión. Y, lo que es peor, ser estudiada como parámetro a seguir. En ningún sentido la historia, como dice Rieff, tiene cualidades curativas. Y quizá entenderíamos que si nos ponemos a elegir, alguien como él, que ha vivido entre conflictos armados, elija, como una decisión personal, la paz. “He pasado 20 años de mi vida en zonas de guerra, y eso de que sin justicia no hay paz es falso, empíricamente. Tenemos paz en Irlanda del Norte, pero no hay justicia. Al contrario, los terroristas son los líderes. Yo prefiero la paz, pero hay personas que prefieren la justicia. Pasé tres años en Sarajevo, viviendo en la capital de Bosnia. Ahí no hay justicia, pero los niños ya no mueren en las calles. Un planteamiento de los Derechos Humanos es: ‘No hay paz sin justicia’. En ese sentido, tengo mis dudas con respecto a la utilidad del pasado’”.

Es fascinante seguir el discurso de Elogio del Olvido. Su hilo conductor, como él dice, es la némesis de las utopías, ya sean estas liberales, comunistas o en pro de los Derechos Humanos. Comienza citando a W.B. Yeats: “Un sacrificio demasiado largo/ puede tornar en piedra el corazón”. Luego sitúa al hombre en su perfecto instante, sin memoria, y cita a Kipling en alusión al poeta romántico Percy Bysshe Shelley con respecto a “la naturaleza efímera incluso de las creaciones más monumentales y las hazañas marciales”. Sin memoria, dice, viviríamos como si ya estuvieramos muertos. “Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de hito en hito” (La Rochefoucauld). Sin embargo, si situáramos nuestro paso por la Tierra de la aparición del Homo sapiens, hace 200,000 años, pasando por el advenimiento de la escritura, “no podemos sustraernos a la idea de que tarde o temprano todo logro humano, al igual que todo ser humano, será olvidado”. “Lo que la historia nos muestra en realidad es que a lo largo de la historia documentada, toda sociedad sin excepción alguna se ha confirmado tan perecedera como los seres humanos individuales”. “Después de todo, cuando una guerra termina con la apabullante victoria de un bando, la victoria confiere el poder unilateral para conformar la memoria colectiva del conflicto”. ¿Es esa creación unilateral la que es preciso preservar a toda costa para no ser muertos vivientes? Tal vez no.

“Soy un pesimista convencido”, se disculpa David Rieff, historiador por la universidad de Princeton, analista político de Le Monde, El País y The New York Times, entre otros diarios, y autor de media docena de libros de, me gustaría etiquetarlos así, humanismo. Como dato curioso, hay que decir que a su madre, la excepcionalmente aguerrida y brillante Susan Sontag, seguramente se le pararían los pelos de punta con las polémicas aseveraciones de David, como a todos aquellos que nos acercamos a su teoría del olvido, pero, en vez de juzgarla a priori, estaría dispuesta a debatirla.

Este sábado 9 de septiembre, a las 10:30 am, conversará con Ricardo Cayuela en el Museo de la Ciudad.

www.hayfestival.com/queretaro

Leer completo

Cuando Charles Darwin era un muchacho que coleccionaba escarabajos, montaba a caballo y practicaba tiro al blanco en vez de dedicarse a los estudios en letras en Cambridge, a los que lo había confinado su padre, escribió en el margen superior de la página 590 de su ejemplar, maltrecho y lleno de anotaciones manuscritas, del libro Narrativa personal, de Alexander von Humboldt: “…para mostrar cómo los animales se cazan unos a otros, lo cual tiene una comprobación positiva…”. Treinta años después, esa frase enigmática se convertiría en una teoría revolucionaria que planteaba la evolución a partir de la selección natural de las especies. (El origen de las especies, 1859.) ¿Fue la lectura de Alexander von Humboldt una inspiración definitoria en la vocación de Darwin? Aparentemente sí, entre muchos otros estudios biológicos de la época y una debilidad casi histérica por la clasificación taxonómica. Recién embarcado en el Beagle, su primer viaje de exploración, que duraría cinco años recorriendo los mares del Sur, midiendo las corrientes oceánicas y cartografiando la profundidad de las aguas para trazar rutas comerciales, Darwin escribió: “Mi admiración por la famosa Narrativa personal, libro de Alexander von Humboldt del que podría recitar fragmentos de memoria, determinó mi voluntad de viajar a países lejanos y embarcarme voluntariamente en el Beagle como naturalista […] Sus ojos [los de Humboldt] son como otro sol que ilumina todo cuanto veo”, decía con respecto a sus descubrimientos en Brasil. Efectivamente a principios del siglo XIX, Narrativa personal y los otros trabajos del naturalista alemán Von Humboldt, especialmente Cosmos, su best-seller, eran muy populares. Es extraño que hoy no se le reconozca en toda su magnitud, siendo que, si hacemos un recuento somero, hay docenas de montañas y veredas que llevan su nombre, así como las corrientes oceánicas de la costa oeste de Sudamérica y al menos dos especies que habitan ahí: el calamar gigante y el pingüino de Humboldt.

Darwin no fue el único que se fascinó con las investigaciones del aventurero, artista y científico humanista que fue Alexander von Humboldt. Un personaje de ficción, el capitán Nemo, protagonista de la novela de Julio Verne 20,000 leguas de viaje sumbarino, había devorado, poseído por la sed del conocimiento, todos los libros de Humboldt, y fue gracias a ellos que se aventuró a realizar su largo viaje a través del océano. El norteamericano Henry David Thoreau (1817-1862), cuando ensayaba una y otra vez la creación de su utopía misántropa Walden, se quejaba con impotencia: “Qué clase de ciencia es ésta, trabajosamente infectada por los gusanos de la imaginación”. A punto de desistir, leyó Cosmos, y sólo así pudo retomar su obra y reescribirla desde el principio, para confesar después: “En Humboldt encontré descripciones de la naturaleza, científicamente correctas pero sin prescindir del vivificante aliento de la imaginación”. También John Miur, el creador de los parques nacionales de Norteamérica, y la generación entera de cartógrafos, científicos y artistas que lograron sistematizar un retrato de los confines del mundo en el siglo XIX tienen una enorme deuda con Alexander von Humboldt.


Pero ¿qué es lo que hizo especial la labor de este excéntrico aventurero curioso y maniático que dilapidó su fortuna arriesgando la vida en las selvas de Sudamérica? Varias cosas, nos explica Andrea Wulf, autora de La invención de la naturaleza (Taurus, 2017), un libro de casi 600 páginas que explica paso a paso los caminos, los cuadernos de notas ilustrados y la metodología de Alexander von Humboldt, quien “en 1800 predijo el cambio climático”, porque inventó el concepto de naturaleza que tenemos hoy en día, que plantea a la Tierra como un organismo vivo en el que todo está conectado, “desde el más diminuto de los insectos hasta el más alto de los árboles”; supo ver que la vegetación es una fuerza global en la que cada elemento se encuentra “encadenado” y la acción del hombre destruye ese orden natural mediante su intervención violenta. Por extraño que parezca, nadie vio eso antes (y mandatarios influyentes como Donald Trump, aún no lo ven). Además, Humboltd trazó una línea de investigación en la que los datos duros de la ciencia tenían que convivir con el arte. No era suficiente estudiar a la naturaleza; era necesario sentir su poesía. Trazarla en una Naturgemäide (pintura de la naturaleza). Por eso sus mapas y sus viñetas de las montañas no sólo eran mucho más exactos y minuciosos que los otros que había entonces, sino que estaban llenos de información detallada que podía ser comparada gráfica y estadísticamente que podía ser comprendida por cualquier persona, y no sólo por los colegas expertos que sabían leer cientos de cifras enlistadas. Los mapas y viñetas de Humboldt, además de útiles y reveladores de conexiones intercontinentales nunca antes vistas, eran bellos.


Para hablar de esa investigación de años que trae de vuelta al siglo XXI la obra del visionario Alexander von Humboldt está hoy en la ciudad de Querétaro, como parte del Hay Festival 2017, Andrea Wulf. Se presenta en el Teatro de la Ciudad a la 1 pm en una conversación con Gabrielle Walker, y en el Cineteatro Rosario Solano a las 7 pm.

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.

www.hayfestival.com/queretaro

Leer completo

El martes próximo, los restos de Umberto Eco serán trasladados a los jardines del Castillo Sforzesco de Milán, un lugar que al semiólogo piamontés le gustaba mirar desde la ventana de su casa, mientras fumaba el primer cigarrillo del día o sostenía el último whiskey de la jornada. La laboriosidad rigurosa de este escritor, filósofo y maestro, con más de medio centenar de ensayos publicados y ocho novelas, fue interrumpida por los malestares del cáncer el martes pasado. Se levantó de su mesa de trabajo y se retiró a sus aposentos, donde permaneció hasta que finalmente ayer, viernes 19, murió. Se ha anunciado que la próxima semana será presentado el libro en el que se encontraba trabajando, al lado del editor Mario Andreose: Pape Satàn Aleppe. Crónicas de una sociedad líquida, que reúne las columnas que realizó durante quince años para el semanario L’Espresso.

eco-sq

El tema central de varios de sus libros (desde los de ensayos como Apocalípticos e integrados, 1964, La estructura ausente, 1968, o Nadie acabará con los libros, 2010, hasta novelas como Número cero, 2015) es la cultura de masas y la comunicación. Umberto Eco fue un hombre de libros con los ojos abiertos al presente, e incluso al futuro; su erudición no le impidió ver las necesidades de comunicación contemporáneas con rigor, ironía y sumo interés. Fue muy criticado por una declaración que hizo cuando se le otorgó a mediados del año pasado el diploma honoris causa en Comunicación y Cultura por parte de la Universidad de Turín. Dijo: “El drama del Internet es que ha promovido al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad” y “Las redes sociales le otorgan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban tan solo en el bar después de tomar un par de copas, sin dañar a la comunidad. Entonces rápidamente eran silenciados, pero ahora desde su palestra anónima tienen el mismo derecho de hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”. Aunque esta declaración puede ser leída como un atentado al derecho democrático de la comunicación, lo único que puntualiza es la absoluta falta de respeto y rigor que destaca en las redes sociales, cuya banalidad atenta contra el peso de las palabras y nuestra herencia cultural de siglos, que se ve mancillada a cada momento por la ignorancia.

De alguna manera, su última novela, Año cero, sobre un perdedor honesto que se enfrasca en el proyecto de un periódico perverso que dirá las noticias de “mañana”, y la primera, El nombre de la rosa, un thriller medieval en torno a las muertes que se suceden en una abadía de los Apeninos a causa de un libro prohibido cuyo tema es la “pecaminosa” risa, tratan de lo mismo: el peso de las palabras, que es algo que Umberto Eco defendió por sobre todas las cosas. En uno de los momentos cruciales de El nombre de la rosa, el joven Adso de Melk cuestiona a su maestro, que se niega a interceder por una aldeana inocente condenada a la hoguera por la Inquisición, siendo que ha entablado fuertes discusiones filosóficas con sus superiores e incluso con los inquisidores. Adso, a quien mueve el amor por la aldeana, reprocha a su maestro Guillermo de Baskerville: “¿Son entonces más importantes los libros que las personas?”. La importancia de las personas, parece responder Guillermo en su afán por preservar y fomentar la transmisión del tesoro que guarda la formidable biblioteca imposible de esa abadía, radica en las palabras, y cuando las palabras son prohibidas o banalizadas, las personas desaparecen. La última línea de El nombre de la rosa es una frase en latín que significa algo así como: “es el nombre desnudo de la prístina rosa todo lo que al final nos queda de ella”.

Leer completo

carla_guelfenbein

Carla Guelfenbein ganó el XVIII Premio Alfaguara de Novela. Juan Manuel Gómez —compilador de Hoteles de paso. Secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos, antología publicada por Cal y arena en la que participa la escritora chilena— celebra el galardón.


Cuando la invité a la antología Hoteles de paso, Carla Guelfenbein estaba sumergida de cuerpo entero y de tiempo completo en la escritura de Contigo en la distancia, novela ganadora del Premio Alfaguara de este año. En aquel momento, Carla me comentó que lo intentaría. Luego mandó, para mi sorpresa, un estupendo cuento sobre una niña que de pronto se descubre sola y perdida en el mundo de los adultos, precisamente en un hotel de paso. Ayer, entre la euforia de la noticia del premio, me comentó: “Escribir mi cuento para Hoteles de paso fue un verdadero bálsamo, una maravillosa infidelidad que gocé sobremanera”.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.

También puede leer “Hacia el Sur”, cuento de Carla Guelfenbein incluido en la antología Hoteles de paso. Secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos, publicada por Cal y arena.


Hoteles de paso. Secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos (Cal y arena, 2014) —antología compilada por Juan Manuel Gómez— incluye cuentos de Barry Gifford, Alonso Cueto, Jennifer Clement, Alberto Ruy Sánchez, Guillermo Fadanelli, Carla Guelfenbein, Juan Carlos Bautista, Laura Emilia Pacheco, Juan José Rodríguez, Miriam Mabel Martínez, Ignacio Trejo Fuentes y Brenda Lozano.

Leer completo
Página 1 de 212