18 julio, 2017

Yaquina Head

cuaderno

A través de notas de viajes, recuerdos diversos, múltiples lecturas y referencias históricas, Jazmina Barrera ensaya en Cuaderno de faros (Fondo Editorial Tierra Adentro) sobre torres en las costas, casas de la luz, dotadas de un simbolismo que atraviesa la historia de la literatura. Publicamos un fragmento del libro, del que Antonio Muñoz Molina afirmó: “Barrera ha tejido un relato a la vez informativo y poético”.


Llegamos a Portland a hospedarnos en casa de Willey, el novio de mi tía. Willey había sido médico militar y Black Panther en su juventud; todos los días realizaba la misma rutina que incluía un desayuno abundante de huevos con tocino, sémola de trigo y pan tostado, la lectura de un periódico, y dos o tres cigarros en el balcón de su casa.

Yo no fumo, pero el primer día que pasé en esa casa estuve un largo rato en el balcón mirando el río lleno de barcos y aves marinas. Supongo que fue como fumar. Al día siguiente, tomamos la carretera hacia el sur. Mi primo, que mide dos metros, y yo, íbamos aplastados en el diminuto asiento trasero de la pickup roja que Willey llamaba my baby. Pasamos una noche en el hotel cubierto de nieves perpetuas donde filmaron El resplandor, junto al cráter de un volcán dormido que se convirtió en un lago de color azul zafiro.

Volví a Portland dos años después. Mi madre, mi tía, Willey y yo fuimos al pueblo costero de Newport. Era septiembre. En la misma pickup atravesamos una carretera boscosa y nos detuvimos a comer marionberry cupcakes, hechos con la baya endémica del lugar, en un diner a la mitad de la autopista, atendido por un par de viejitos amables. Recuerdo que iba con los audífonos puestos y veía pasar bosques sin hojas, de troncos oscuros, luego blancos y al final rojos. Llegamos a Newport, nunca había estado ante un mar así de gris, así de frío. Incluso en verano la niebla inundaba el pueblo entero y hubo que buscar el hotel entre las nubes.

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He fracasado en casi todas mis colecciones. De chica me impresionaban los niños que tenían todos los muñecos de los Caballeros del Zodiaco o las series de juguetes coleccionables que venían en las bolsas de papas. Me esmeraba, pero nunca logré ese tipo de proezas. Dos colecciones que llegaron lejos fueron la de piedras preciosas (hoy sé que casi todas eran distintos tipos de cuarzo) y la de canicas. Me fascinaban los colores y las texturas, quizás por eso me concentré en ellas. También prosperó la colección de flores secas, que aún conservo y que tiene ejemplares de varios jardines de mi vida.

La colección más grande que tengo es la de libros. De niña solía leerlos el mismo día que los compraba. Hasta mi adolescencia, todos los ejemplares que tenía los había leído. Llegó un momento en que comencé a tener más libros que tiempo para leerlos, y pronto me di cuenta de que probablemente nunca llegaría a leer todo lo que había en mi biblioteca (hay una palabra en japonés para eso: tsundoku). Ahora puedo distinguir entre dos colecciones: la de los libros en sí —los objetos— y la de las experiencias de lectura, que también se codician y acumulan. 

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No conocía los faros, pero ya había soñado con uno cuando era niña; estaba abandonado y lejos de la costa. Debajo tenía un jardín y una casa donde vivía con mis padres. En el sueño le preguntaba a mi padre qué había encontrado en su ronda por los cuartos derruidos. Él me respondía que sólo el esqueleto de un murciélago. Yo insistía en aclarar que el animal ya estaba muerto, pero él decía para sí mismo, como en el trailer de una película de terror: “muerto, pero vivo”. Se veía la punta del faro: un ático oscuro en donde el esqueleto de un murciélago batía con sus manos huesudas una pócima en un caldero. La cámara hacía entonces un acercamiento al cráneo, que decía con voz chillona: “estoy preparando venganza para quien me mató”.

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Melville, en Moby-Dick, dice que los seres humanos comparten una atracción natural hacia el agua. En cierto momento, Ishmael explica por qué se gastan ahorros y aguinaldos en visitar ese lago azul zafiro sobre el cráter seco de un volcán, una cascada tan alta que el agua se evapora antes de tocar las rocas, un conjunto de pozas donde viven seres diminutos y prehistóricos en medio del desierto, un cenote perdido en la selva. Explica el asombro ante el color que ahora llamaríamos International Klein Blue y el turquesa de la laguna de Bacalar, en Quintana Roo. Todos los caminos conducen al agua, dice Ishmael: “Y la razón por la que nadie puede resistirse a su cauce es la misma por la que Narciso se ahogó en su propio rostro: porque en el agua se dibuja el inaprensible fantasma de la vida”.

El don reflejante del agua le hizo pensar a Joseph Brodsky que si el espíritu de Dios se moviera cerca de la superficie, ésta tendría por fuerza que duplicarlo. Dios, para Brodsky, es tiempo; el agua es por lo tanto la imagen de éste y una ola que roza la orilla a medianoche es un pedazo de tiempo que surge del agua. De ser esto cierto, observar desde un avión la superficie del océano equivaldría a atestiguar el rostro intranquilo del tiempo.

Ninguna civilización costera, con lagos o ríos importantes, ha sido inmune a la necesidad de navegar las aguas, de explorar las extensiones de los mares, de transportar o transportarse sobre las olas. Y sin embargo los marineros se ven tan vulnerables en sus barcos como los pingüinos sobre la tierra. El agua, familiar y necesaria, es a la vez ajena y amenazante. A pesar de que constituye la mayor parte del cuerpo humano puede también quitarle la vida.

Los primeros faros surgen de un esfuerzo colectivo por advertir de zonas peligrosas, de costas y muelles cercanos. Los naufragios podrán ser hoy menos comunes, pero durante mucho tiempo eran el pan de cada día: 832 barcos al año en Inglaterra en 1853, según Jean Delumeau, que en su libro El miedo en Occidente cita a Pantagruel, el personaje de Rabelais, que confiesa su miedo al mar y a “esa especie de muerte, por naufragio” que le resulta terrorífica. Y agrega, citando a Homero, “cosa grave, aborrecible y desnaturalizada es perecer en el mar”.

Los infiernos de muchas mitologías están rodeados de agua, se llega a ellos navegando, porque, en palabras de Delumeau, en la antigüedad “el mar se asociaba en la sensibilidad colectiva a las peores imágenes de angustia. Estaba unido a la muerte, a la noche, al abismo”.

Los mayas construían monumentos que iluminaban por dentro para señalar dónde era riesgoso o posible desembarcar. Los celtas encendían fogatas para enviar mensajes a lo largo de la costa. Pero fueron los griegos quienes dieron su nombre a los faros.

Fuego que señala el fin del mar. Homero habla en La Ilíada de torres encendidas, con hogueras que había que resguardar, como el fuego sagrado en los templos de Apolo. Cuenta de una fogata en un sitio solitario, sobre un monte, que se aparecía a los navegantes que vagaban por el mar, “porque las tempestades los alejaron de sus amigos”, y que brillaba igual que el escudo de Aquiles, “visible hasta para los mismos dioses”.

Parece que durante la guerra de Troya había un faro a la entrada del Helesponto y otro más en el estrecho del Bósforo. Suetonio dice que existía un faro en la isla de Caprea, y Plinio el viejo habla de otros en Ostia y Ravena (advierte, además, del peligro de confundirlos con estrellas). Herodia no alude a “torres de luces que hay en los puertos, cuyo fuego orienta de noche a las naves”. De éstos desciende el faro que dio nombre a todos los siguientes: el Faro de Alejandría. En esa isla de Faros que visitó Odiseo, desde donde zarpaban “rumbo al mar abierto, las calibradas naves”, se encontraba el enorme faro guardián que Ptolomeo I, general macedonio de Alejandro Magno, mandó construir en el siglo III a. C.

Era una torre altísima de piedra kaddan y bóvedas de vidrio, de 135 metros de altura, con llamas que remataban la cumbre junto con una estatua resplandeciente del dios Helios. Cuentan que el arquitecto Sóstrato de Cnido grabó su nombre en la piedra, la enyesó y encima escribió el nombre de Ptolomeo, sabiendo que el yeso eventualmente se desprendería y sobreviviría en cambio su nombre. El fuego permanecía vivo día y noche, y los barcos podían verlo hasta 56 kilómetros antes de llegar a la costa. Sobrevivió más que los jardines colgantes, más que cualquier otra de las siete maravillas, hasta que en 1323 un terremoto lo derrumbó. Pero Alejandría será siempre la ciudad del faro, inscrito en la historia como un enorme fantasma.

“Las mismas calles y cuadras arderán en mi imaginación, igual que el Faro arde en la historia”, dice el narrador de Justine, primera novela del Cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell. En ella la protagonista se funde con la ciudad, seductoras ambas, tempestuosas e inalcanzables.

Después comenzaron a brotar faros en distintas partes del mundo. En Roma y otras tierras aledañas se colocaban torres altas a la entrada de los puertos imitando la de Alejandría, como la torre de Hércules en La Coruña. Se dice que el emperador Calígula, en su locura, le declaró la guerra a Neptuno. Quiso insultarlo recogiendo conchas en la orilla, pero como Neptuno no respondió, el emperador decidió que había ganado. “Como testimonio de su victoria construyó una altísima torre en la que encendieron por las noches, a manera de faros, luces para dirigir la marcha de las naves”. 

Los faros funcionaban primero con leña, luego con carbón y más tarde con brea. Después vinieron las lámparas de petróleo y de gas, y cuando pudo generarse energía eléctrica comenzaron a funcionar con bombillas. La luz que emiten éstas es amplificada por los lentes de Fresnel: fantásticas cabezas vítreas que parecen monstruos prehistóricos y que pueden llevar la luz varias millas mar adentro.

Los faros más antiguos que nos quedan provienen de la Edad Media. Las almenas a veces tenían fogatas que servían para avisar a los barcos de la cercanía de la costa. En ese tiempo los monjes cuidaban los faros, por voluntad propia y buena fe. Su esfuerzo se contraponía a la actitud de los monarcas, quienes se adjudicaban el derecho a poseer todo lo que naufragara sobre sus costas (hombres y mujeres incluidos). De ahí que prosperaran tierras como Normandía, donde las corrientes bruscas con frecuencia hacían naufragar a los navíos. Al mismo tiempo, en China se edificaban pagodas gigantes que servían de faros.

En 1321 se construyó en Génova la Lanterna, cuyo farero a mediados del siglo XV fue Antonio Colombo, según varias fuentes tío del marinero Cristóbal Colón.

 

Jazmina Barrera
Escritora. Ha publicado Cuerpo extraño y Cuaderno de faros.

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