Recuerdo a Álvaro Matute como quizá no lo recuerda nadie, en una fiesta de los años sesentas donde su madre Estela, infatigable y extrovertida crítica de cine, deambulaba alegrando las conversaciones de maestros y alumnos de la Escuela de Ciencias Políticas de la UNAM, entre ellos Pablo González Casanova, Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero y sus memorables mujeres de entonces, Natasha Henrìquez Lombardo, Mercedes Pascual y Julieta Campos.


Fotografía cortesía de Milenio.

Recuerdo a Álvaro Matute semiescondido en una esquina de la fiesta, fumando y mirando con ojos ardientes y labios tartamudos lo que sucedía frente a él, en torno de él, seducido y abrumado por la abundancia de la fiesta.

Parecía urgido de hablar, ávido de un interlocutor con el cual cambiar sus silencios. Por unos momentos fui ese interlocutor, yo, que venía vicariamente a la fiesta, llevado por mi hermana.

Mi hermana se soltó de mi compañía apenas al entrar a la fiesta para perderse en el tumulto de sus amigos, dejándome solo en medio del llano donde el único rostro conocido para mí, pues lo había conocido en fiestas anteriores, era el de Álvaro Matute, solitario en la multitud.

Creo que no hablé nada con Álvaro. El intercambio de miradas incendiadas y absortas fue nuestra conversación esa noche. Le costaba trabajo hablar entonces, lo mismo que a mí. No hablaba con facilidad sobre lo que pasaba ante sus ojos. Sus ojos hablaban por él. Miraba todo con un silencio iluminado y atento.

Creo que en la escena de aquella fiesta prehistórica estaba ya todo lo que iba a ser el historiador Álvaro Matute: una mirada atenta, ardiente y contenida sobre la fiesta desorbitada que nos rodea, la fiesta de la historia.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor y periodista. Es autor, entre otros libros, de La modernidad fugitiva. México 1988-2012 y coautor con Jorge G. Castañeda de Un futuro para México y Regreso al futuro. Su novela más reciente: Toda la vida (Random House, 2016).

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Con el pretexto de la aparición del libro, El intelectual mexicano: una especie en extinción de Luciano Concheiro y Ana Sofía Rodríguez, Héctor Aguilar Camín y Roger Bartra sostuvieron un debate con los autores sobre la figura del intelectual público en México, su rol y su historia. Partiendo de la noción de que un intelectual es aquel que incide en la esfera pública a partir de su pensamiento e ideas, la discusión se centró en la pregunta de si este actor social está efectivamente desapareciendo y, de ser así, qué o quiénes podrían ser sus futuros sustitutos.

intelectuales


Roger Bartra: Después de haber descuartizado a catorce intelectuales en un trabajo interesante, la principal conclusión que han esbozado Ana Sofía y Luciano es que los intelectuales están, estamos, en extinción. Sus conversaciones se acercan a la tarea de los entomólogos, de diseccionar algunos insectos que se han logrado rescatar y mostrar que son interesantes y están vivos, aunque estén en proceso de extinción.
Quisiera resumir en pocas palabras la tesis de Ana Sofía y Luciano que plantea que “los intelectuales son seres del pasado”, como reza la primera frase de sus conclusiones. Para ellos, los intelectuales han sido ahogados por la academia, castrados por los medios masivos de comunicación, sofocados por la sociedad de consumo y el mercado. Diríase que llegan a una conclusión muy pesimista, pero en realidad son muy optimistas porque, después de haber expedido este certificado de defunción, plantean que la función y el papel del intelectual —a pesar de que ellos estén en proceso de extinción— es muy importante.
Si es que entiendo el argumento, no está desapareciendo la función, el espacio, el papel del intelectual. Piensan que existe una necesidad de intelectuales y, por tanto, es el momento de recuperar alguna figura del intelectual, mismo que se podría lograr con lo que ellos llaman “las intelectualidad colectivas”. Si lo resumo brevemente: las intelectualidad colectivas son horizontales, sin centro, como el rizoma de Deleuze y Guattari, en diálogo permanente, generando producto anónimos y habitando principalmente el internet. Es muy evidente el contraste entre la definición de este nuevo sujeto, las intelectualidades colectivas, y la manera en la que se suele ver al intelectual tradicional. Este último adora la individualidad, es ególatra casi por definición, está fascinado por lo vertical y por el centro, es decir, por el poder y las escalas meritocráticas. Si algo odia el intelectual a la antigua es algo que proponen Ana Sofía y Luciano: el anonimato. Detesta lo colectivo, salvo cuando el colectivo es el público. Lo aterra ese agujero negro en el ciberespacio que es internet.
Al observar las causas de la desaparición de los intelectuales, sus inclinaciones y sus visiones, nos acercamos a una difícil —yo diría incluso imposible— definición del intelectual. En realidad hay centenares de definiciones del intelectual, pero en términos generales se suele pensar que este intelectual tradicional en proceso de extinción es un ser que por sus atribuidas (o autoatribuidas) habilidades mentales goza de un aura de superioridad que manipula ideas y símbolos para legitimar o criticar el poder en sus formas variadas, que tiene un público que absorbe lo que produce. Como decía Norberto Bobbio: no hace cosas sino que reflexiona sobre las cosas, agita ideas que atraen a un público amplio.
La idea del público me parece muy importante. En realidad, cuando Ana Sofía y Luciano hablan de intelectuales están pensado principalmente en el intelectual público; es decir, esos seres humanos que expresan ideas pero que no existen por sí mismos en algún recoveco o nicho, sino que sólo viven porque tienen un público. De tal manera, yo pienso que si efectivamente el intelectual está en proceso de extinción, está también en proceso de extinción el público de los intelectuales. Yo creo que es una polaridad, que va junta. No es posible pensar al intelectual sin el público, ni a ese peculiar público que tienen los intelectuales sin la figura de un ser con un aura singular que se dirige hacia los intelectuales para una serie de funciones. Habría que preguntarse, entonces, si también están en extinción los intelectuales y sus públicos. Yo tiendo a pensar, y así lo he expresado en algunas publicaciones, que esta figura del intelectual que incluye a su público está en proceso de transición, está cambiando profundamente. Una de las causas de ese cambio es la transición a la democracia —por lo menos en nuestro país y en América Latina en los últimos años. No ha sido el caso en otros países, como Estados Unidos o los países europeos, en donde los intelectuales han sobrevivido más o menos bien a la democracia. Efectivamente están siendo víctimas de la tecnocracia, de la academia y los medios masivos de comunicación, los cuales están cambiando radicalmente las condiciones en las que operan los intelectuales.
El libro plantea que los medios masivos de comunicación están asesinando el pensamiento a la largo plazo, el pensamiento profundo, el pensamiento que —supongo— asumen como verdaderamente intelectual. Se puede ver este mismo fenómeno desde otra perspectiva: es una masificación de la figura del intelectual, una expansión extraordinaria. En la medida en que una transición democrática genera libertad de expresión, nuevos medios masivos de comunicación, mucho más abiertos que en los del pasado, se cuela por ahí una masa de gente que se consideran a sí mismos como intelectuales: decenas y decenas, seguramente centenares, de personajes que escriben en los diarios y revistas, se presentan en los programas de radio y televisión. Tenemos ahí una masificación del intelectual. Me gustaría discutir si realmente esa masificación significa una expansión de la intelectual, que no forzosamente erradica todos los intelectuales —sobre todo aquellos que se proponen una reflexión a largo plazo— o si efectivamente están ahogados en esto. Quisiera escuchar la opinión de Héctor, que está mucho más sumergido que yo en esos procesos ligados a los medios masivos de difusión. ¿Siente que lo que llamo la masificación del intelectual está aniquilando a los pensadores o hay alguna salida?

 

Héctor Aguilar Camín: Vamos a volver al tema del intelectual público y las intelectualidades colectivas porque es un asunto interesante. Roger lo ha dibujado de una manera muy atractiva. Realmente esta proliferación de los medios inteligentes: ¿extinguen o multiplican la inteligencia de una sociedad? ¿son una restricción o una ampliación del micrófono para la gente inteligente de una sociedad? Depende del medio. Mi impresión es que los medios son cada vez más inteligentes, y que quien quiere participar en ellos tiene que ser cada vez más inteligente y escribir mejor. Se llame periodista o columnista, tiene que ser más conocedor, más experto, más preciso, más serio intelectualmente que el mismo personaje hace veinte años. Hay una mucho mayor inteligencia colectiva en el mundo en donde vivimos hoy que en el que vivíamos Roger y yo en la época que recordamos en el libro de Ana Sofía y Luciano.

Antes de entrar en la teoría, lo que quisiera decirles es lo que está adentro del libro El intelectual mexicano. En etas entrevista, lo que contamos es lo que recordamos que nos afectó, nos incomodó, también nuestras derrotas, nuestros éxitos. El entorno que retrata es mucho más rico que la discusión teórica que está al principio y al final del libro. Es de Goethe la frase que decía “gris es toda teoría, y dorado el árbol de la vida”. La teoría que antecede y cierra este libro es muy interesante, pero es mucho menos interesante que lo que está dicho por los entrevistados. Primero, porque es una colección de distintas generaciones. Segundo, porque todos hablan con mayor o menor desparpajo, diciendo cosas que suenan verdaderas respecto de su experiencia, una experiencia en la que probablemente no habían pensado hasta que no llegaron estas preguntas. Tercero, porque es un conjunto de voces que realmente no habíamos visto en las historias culturales de la vida cultural mexicana al uso; entre otras cosas, porque son voces que están hablando no sólo de la cultura ni de la literatura, no sólo hablan de la República de las letras, sino de la República de verdad —que, por cierto, es una obsesión continua de la República de las letras. Nada es más persistente en la conversación de la República de las letras que eso que dicen despreciar: el poder, la política, la ideología. Aquí queda claro que estos personajes que en su mayor parte no estaban incluidos en la historia cultural, tienen algo muy serio que decir intelectual, estética e históricamente hablando sobre el país en el que vivieron. No es todo el país, pero es una parte muy importante de lo que pasaba realmente en esa República, y no solamente en la República de las letras.        En el libro hay, por ejemplo, la entrada a uno de los grandes secretos públicos de la vida pública mexicana: la historia del Partido Comunista, de sus diferencias, de sus polémicas —que muchos han tildado de estériles en el sentido de que nunca condujeron ni mínimamente al cambio revolucionario del que tanto se discutía: el de la vía china, la soviética o la vía euro. Es verdad que esos paradigmas nunca fueron viables, pero tuvieron una riqueza intelectual y, como vemos en el libro de Ana Sofía y Luciano en un primer atisbo, una riqueza humana con gente de una calidad realmente extraordinaria. Creo que eso lo estamos viendo por primera vez en este libro y me parece muy importante. Otro lado de la historia cultural mexicana que queda un poco más cerca está conformado por personajes que estaban en la discusión de la izquierda pero no eran ni comunistas, ni ninguna de sus variantes. Eran personas que estaba pensando en la modernización de México, aquellos todavía inmersos en buscar unas variantes modernizadoras de la Revolución mexicana. Se trata de personas que eran cercanas a mí, y que en este libro descubro en una gran complejidad. Luego hay gente a la que no nos acostumbramos, o la que la historia al uso no nos ayuda a reconocer como grandes escritores. Personajes centrales de la literatura de México, porque siempre estuvieron mezclados en la vida real del país y el periodismo. Estoy pensando específicamente en Vicente Leñero, quien fue uno de los grandes escritores de México, excluido del canon de la historia cultural. Vemos consagraciones de escritores muy menores en comparación a la calidad e intensidad de la concentración de la obra de Leñero. En este libro aparece algo de lo que fue ese escritor que, si bien es cierto que fue periodista –estuvo muy vinculado a la imagen y al desarrollo de la revista Proceso–, fue un hombre que nunca estuvo en un grupo literario y es la hora en que no ha tenido ningún reconocimiento literario. Esto me hace pensar a mí en ciertas características de la cultura mexicana, que sigue siendo muy corporativa y muy priista en su capacidad de reconocer y consagrar.
La propia entrevista de Roger es tremendamente reveladora de un defecto de la cultura mexicana que no se conoce bien, de esa cultura de cenáculos, universitaria, encerrada en los espacios en donde había un subsidios. En esos receptáculos había una discusión y una riqueza intelectual de una intensidad extraordinaria. Esto queda reflejado en este libro.
La diversidad de las voces, la variedad de la experiencia y, al mismo tiempo, una aura de lo que realmente era el mundo en el que nosotros vivimos, pensamos y escribimos. El mundo contra el cual estábamos escribiendo y conversando, el mundo que nos desafiaba y que nos estimulaba. Un mundo que, cuando uno lee de Emmanuel Carballo a Juan Villoro, nota que tuvo una transformación mental, política, institucional e intelectual equivalente a la de una revolución. Entre el momento que Emmanuel Carballo se muda de Guadalajara a la Ciudad de México y Juan Villoro dice su última frase en este libro, lo que hubo en México fue una revolución cultural, un cambio radical, profundo y paulatino de paradigmas, discusiones y ajustes de cuentas. Es una historia realmente rica, en términos de sus personas, obsesiones, ideas, lecturas y obras. Uno de los defectos de este libro quizás sea que no nos muestra la calidad de los libros producidos por los entrevistados, y eso lo eché de menos muy puntualmente en el caso de Roger. Porque, la verdad es que en medio de toda esta discusión hay gente que está haciendo una obra con un rigor, con una pasión, con una prolijidad extraordinaria.
Para mí, este libro es una primer asomada a esa extraordinaria diversidad intelectual y a ese cambio increíble en el que, por ejemplo, alguien como Enrique Semo dice una cosa que yo nunca entendí y me quedó clara aquí. Es una pequeña locura, pero es maravillosa. Dice: Yo nací para ser marxista, pero como científico no podía aplicar mi ciencia marxista al presente porque la iba a contaminar con la praxis. Y por eso hice esa historia impresionante del nacimiento del capitalismo en México en la Colonia. ¿Para qué? Para que eso que era la ciencia marxista quedara fuera del espacio en donde estaba la praxis marxista que era ser miembro del Partido Comunista. Había pocas cosas más locas como opción de vida en el México de Semo, de Roger y mío, que ser miembro del Partido Comunista. Había que tener realmente una vocación de marginalidad y de minoría invencible. Me parece extraordinaria la dicotomía con la que vivió Enrique Semo, un hombre de una cultura de ese tamaño, con una dimensión teórica y una formación extraordinaria, cosmopolita y decisión de investigación. Luego aparece, por supuesto, el intermedio, y es que en el fondo, Enrique Semo es un académico que de pronto tiene una enorme cantidad de posibilidades de hacer un trabajo de enseñanza, de fundación académica en las más increíbles universidades que uno pudiera imaginar como lo son las universidades tomadas por la izquierda en Puebla, Sinaloa y Guerrero. Esto está lleno de vida y lleno de ideas.

Sobre la tesis central de este libro, que el intelectual mexicano está en extinción, puedo decir que yo sé que estoy en extinción, eso sin duda. Quisiera discutir un poco la propuesta. No creo que bajo ningún supuesto, ni siquiera bajo el supuesto de un intelectual colectivo inteligente como puede ser algún medio como los que admiramos —digamos, el New York Times, o la revista The Economist— pueda prescindir de individuos hipertalentosos que son los que hacen la diferencia en esas publicaciones. The Economist tiene una coquetería complicada, porque nadie firma. Pero quizás es el intelectual colectivo, en el sentido de ser anónimo, más acabado de nuestro tiempo. Es difícil encontrar un lugar en donde se escriba mejor, en donde haya más información sólida e ideas más convincentes línea por línea. Es un lujo intelectual leer esa revista. Por desgracia, es un tanto conservadora y se equivoca casi en cada edición. Pero en cada edición cumple con la tarea de corregirse: el momento mexicano ahora es un desastre, el gran despegue del Corcovado brasileño ahora es un desastre. Con esto, quizás volvemos a un tema que es más fácil para el intelectual colectivo que para el intelectual individual. Los medios pueden corregir sus necedades, a los intelectuales individuales nos cuesta mucho aceptar que nos equivocamos siquiera en una cifra.

Luciano Concheiro: Tanto Héctor como Roger cierran con una doble reflexión. Por un lado, la influencia de los medios y, por el otro, la enorme transformación que México ha sufrido en los últimos tiempos. Si engarzaran ambos temas, ¿cómo creen que los intelectuales acompañaron o marcaron la transformación de México en el que hoy vivimos? ¿Colaboraron o ayudaron en algo, o deberíamos tener una visión pesimista, en la cual los intelectuales son vistos como simples títeres comandados por otros poderes o fuerzas que realmente determinaron nuestra condición actual?

RB: La referencia clásica para poder contestar a esta pregunta es 1968. Creo que el movimiento de 1968, la represión y la derrota del movimiento estudiantil, son un embrión muy importante en la sociedad mexicana para la transformación que se vivió decenas de años después. Ahí existe la intervención de intelectuales con una fuerte personalidad y perfil, individuos muy poderosos como es el caso de Revueltas, pero también confluye una masa de estudiantes y profesores relativamente anónimos. Finalmente, hay partidos políticos que contribuyen de manera decisiva a este proyecto de transición. Yo, personalmente, tengo la opinión de que si bien el 68 significó una derrota, al mismo tiempo provocó una herida en la sociedad mexicana que con el tiempo estimuló la transición a la democracia –desgraciadamente mucho tiempo después. Desde luego que hay muchos otros factores, pero esa es una rendija por la que se cuela el pensamiento de intelectuales de muy diferente carácter, aunque en su mayoría eran de izquierda.
Esto me lleva a pensar de nuevo en el tema de la intelectualidad colectiva, que es una propuesta audaz e interesante. El problema que tengo con esta definición es que, justamente por lo que mencionaba Héctor: por mi antigua militancia en la izquierda y en el Partida Comunista, siento que yo venía de una intelectualidad colectiva. Tenía un centro, oficialmente el Partido Comunista se llamaba centralismo democrático, pero desde luego había más centralismo que democracia. Lo que sí había eran buenas dosis de anonimato, mucha colectividad, mucha discusión y mucho diálogo. Me siento afortunado de haber participado en ese proceso porque me dio una disciplina y orientación interesantes, pero sobre todo me siento afortunado porque logré escapar de esa jaula que era el Partido Comunista, una intelectualidad colectividad. De alguna manera ésta funcionaba como una especie de reflejo de lo que eran los países socialistas que se supone que también funcionaban como una intelectualidad colectiva, con características leninistas. Aunque fue una evocación interesante para mí, también creo que tuvo características dañinas. Si lo traemos a algo más contemporáneo –pues el Partido Comunista es ya algo de la prehistoria– podemos pensar en esa masa de intelectuales que son los cientos de miles de maestros que están organizados en un sindicato que forman una intelectualidad colectiva, cuyo centro no queda muy claro dónde está. En todo caso, en los últimos años, ha quedado bastante descentrada porque uno de sus centros está en la cárcel y los otros están perseguidos en Oaxaca y en Michoacán. También tiene la peculiaridad de tener su público, que en este caso es un público cautivo: sus alumnos. Sería muy interesante reflexionar sobre esta masa enorme que son los maestros, sobre todos los de primaria  aunque se podría incluir a los demás, como un intelectualidad colectiva para pensar si eso no es negativo.

Salto a otro tema que ha sido tocado por Héctor de manera muy brillante. No lo ha dicho con esas palabras pero cuando se refirió a Vicente Leñero, de alguna manera aludió a otra de las peculiaridades de la intelectualidad, sea individual o colectiva: los intelectuales suelen ser los administradores de la trascendencia, de quién pasa  a la historia y de quién no pasa, de la consagración de los otros intelectuales y de los políticos, son los encargados de establecer uno o varios cánones que dan legitimidad a la propia intelectualidad y, desde luego, a los mecanismos de poder; son los que establecen los filtros que se supone que a largo plazo van a dejar pasar a los que son realmente buenos y van a filtrar a la escoria intelectual. Este es un poder que han tenido los intelectuales y que es muy peligroso. Está ligado con otro tema que seguro abordaremos más adelante: el tema de la relación del intelectual con el poder.
La intelectualidad que conocemos es una especie de espacio que lentamente fue sustituyendo a los antiguos sacerdotes, sobre todo en su función de legitimar los mecanismos modernos de poder. La intelectualidad es un fenómeno moderno, a menos que pongamos en el mismo saco a las iglesias cristianas durante la Edad Media —pero creo que eso sería exagerado. La intelectualidad de la que hablamos surge especialmente en Francia en el siglo XVIII y ese surgimiento está ligado al proceso de legitimación del poder y, al mismo tiempo, critica al poder. De todas maneras, el intelectual da vueltas y gira en torno del poder, así sea para criticarlo o legitimarlo. Yo creo que esta pieza no está en extinción. No sé si el público de los intelectuales está en extinción, acaso resiste más que los propios intelectuales —que sí creo que estamos bastante dañados. Pero el poder y la necesidad de legitimar y/o criticar al poder es algo que después de la transición democrática no se está terminando, sigue siendo un elemento muy importante. Ese elemento, la existencia de un poder que no puede funcionar automáticamente, que necesita los medios culturales y a los intelectuales, sigue siendo fuerte. Acaso son estos los elementos que Ana Sofía y Luciano señalaban, esa necesidad que todavía se mantiene y que permite pensar en que los intelectuales como los conocemos hasta ahora —y como salimos retratados en su libro— están acabando pero van a venir intelectuales de otra naturaleza. Es muy probable que así suceda aunque para mí es muy difícil vislumbrarlo.

 

Ana Sofía Rodríguez: Me gustaría retomar la cuestión del público. Efectivamente, no creemos que el público de los intelectuales vaya a desaparecer, en la medida en que no desaparecen los problemas de los cuales los intelectuales se ocupan y en los que quieren incidir. Lo que creemos es que es necesario el pensamiento intelectual para seguir contribuyendo a la resolución de problemas, encarnado en  sujeto que proponemos que son las intelectualidades colectivas.
Por otro lado, quiero aclarar que lo que vemos desaparecer son individuos que tienen, no solamente el talento, sino sobre todo el poder y la autoridad moral de los personajes que reunimos en nuestro libro. Ambas características están vinculadas con un tema del que no hemos hablado tanto pero que me parece importante para considerar si los escritores de The Economist son o no intelectuales y es la creación de obras bien reflexionadas, construidas a partir de referentes y que sean de largo alcance. Parte de nuestra tesis es que ese tipo de obras son las que, con la imposición de tiempos y temas de los medios de comunicación masiva, están desapareciendo. Aunque somos conscientes de la paradoja que existe en el hecho de que, para difundir las ideas de estas obras, los medios son vitales.

LC: Existen algunos ejemplos de lo que pensamos como intelectualidades colectivas que, aunque son un poco obscuros, tal vez ustedes conocen. Son, por un lado, Tiqqun, fundada en 1999 que es al mismo tiempo un medio, un grupo de reflexión y un grupo político. Tiqqun se convirtió más tarde en el Comité Invisible y, a ciencia cierta, nadie sabe quiénes son sus miembros. Otro ejemplo son las Guerrilla Girls que se dedicaron a la producción artística, siempre desde el anonimato y trabajando de forma colectiva, para denunciar la exclusión de las mujeres en el mundo del arte. Singularmente, nuestros ejemplos están en profundo diálogo con el arte. Es de ese campo donde quizás puedan  emanar con mayor ímpetu y facilidad las intelectualidades colectivas. Habría que discutir si el sindicato de maestros es o no una intelectualidad colectiva. Nosotros vemos los ejemplos en otros lugares: en entidades críticas, descentradas, rizomáticas y que, definitivamente operan de maneras muy distintas a los sindicatos.

HAC: Un paréntesis. Mientras Roger hablaba de los maestros como una intelectualidad colectiva recordé una reflexión de Semo que está en su entrevista. Semo dice que quienes realmente hicieron circular su clásico libro, en el que da una interpretación marxista de la Colonia, fueron los maestros de primaria y secundaria: “Aparte de la recepción intelectual, debo decir que son los maestros de primaria y secundaria los que reciben ese libro como una nueva interpretación de la Colonia, un puente con la concepción marxista de la historia. Ellos son los que lo transforman en libro de texto a pesar de que no está escrito para maestros de primaria. Pero lo comprenden, lo discuten, lo asimilan. Siempre se desconoce en México el papel de ese intelectual popular que es el maestro…”

Yo creo que el libro de Ana Sofía y Luciano tiene un pie puesto en los dos mundos. Por una parte dicen que viene el intelectual colectivo, pero por otra tienen el criterio de que el intelectual es aquel que tiene una obra personal.

ASR: Una obra reflexionada y bien fundada, pero no necesariamente personal.

HAC: Todos los individuos con los que ustedes conversaron hemos producido libros. No sólo hay artículos o columnas; hay libros, colectivos o individuales. Pero lo que pienso es que a partir de 1968 lo que hemos vivido en México –y tanto Roger como yo hemos sido parte activa de eso, aunque quizás sin darnos cuenta bien del sentido que tenían nuestros esfuerzos y nuestro empeño– es la demolición colectiva de una mitología nacional: la mitología de la hegemonía  de la Revolución mexicana y del nacionalismo emanado de esa hegemonía. Si pensamos en conjunto lo que sucedió de una manera muy moral, esa herida causada en el 68 de la que ya habló Roger, con distintos momentos de revisionismo histórico con libros como el de Womack o el de Meyer, se trataba de un pleito sordo, y durante un buen tiempo inútil, contra la gran Coatlicue que era la Revolución mexicana, la unidad nacional, la historia patria, el PRI, el Presidente. El 68 abrió esa compuerta: la crisis política que siguió al sexenio de Luis Echeverría y a la elección de José López Portillo. Después, la reforma política de 1978 abrió otra vez esas compuertas. Fue una lucha en la que la izquierda tenía grandes discusiones y creo que nunca se equivocó en lo fundamental, respecto del centro de la lucha: el tema de la democracia. Ahí se dio una convergencia de lo que sólo puede pensarse como un trabajo de demolición intelectual colectivo, que hizo la tarea de quitarle certidumbre a ese establecimiento que era político en muchos sentidos, que era autoritario muchos otros, pero que era sobre todo una dominación espiritual e intelectual, una hegemonía ideológica. Lo que hizo nuestra generación colectivamente, y la siguiente, fue demoler la legitimidad de todo eso.
No hay un político hoy que defienda cosas como al presidente que nunca puede ser desafiado, la clase obrera organizada, la clase campesina organizada en el ejido, el jacobinismo, el antiamericanismo, el nacionalismo defensivo, el mexicano como un ser solitario, melancólico, pensando en sí mismo como el adolescente que no acaba de entrever quién es. Salvo López, que defiende el petróleo, es claro que esa demolición intelectual es efectiva y está vigente. Sin embargo, como Roger escribió en un texto precioso sobre el populismo, no es sólo un problema de ideas, las ideas no son defendibles, pero ciertos hábitos, ciertas pulsiones, cierta cultura, en el sentido antropológico, persisten. Y vaya que persisten: están metidas hasta el tuétano en quienes pensábamos que iban a posibilitar nuevas alternativas democráticas: los partidos de oposición. Resulta que, después de doce años durante los cuales un partido que nunca pensamos que iba a tener el poder, lo tuvo, queda en nosotros algo de esa cultura. Es más fácil desmontar una ideología que transformar los hábitos profundos que esa ideología siembra en los ciudadanos y en su vida cotidiana.

RB: Ciertamente ha sido un verdadero problema para esta vieja intelectualidad el que proceda a desmontar una serie de mitos e ideas, para al cabo de un tiempo encontrarse sumergida los mismos. Buscó facilitar el proceso de transición a esto que llamamos democracia y, tienes razón, Héctor: fue un proceso colectivo y eso es realmente muy importante. Eso que se origina en el 68, aunque tiene algunos antecedentes, es un trabajo de ir minando lentamente de forma colectiva. No éramos del todo conscientes de que estábamos haciendo esto. Incluso yo diría que al comienzo, en los sesenta, por lo menos los más radicales, entre los cuales me encontraba yo, no éramos conscientes que buscábamos una transición democrática. De hecho, yo antes de entrar al Partido Comunista, estaba en un movimiento pseudoguerrillero encabezado por Rubén Jaramillo —que pensaba en muchas alternativas pero para el cual la democracia no estaba en su horizonte. Ahí posiblemente si haya una operación de una especie de intelectualidad colectiva que fue generando esta alternativa. Pero, al mismo tiempo, esta misma intelectualidad colectiva que puede muy bien ser representada por los cientos de miles de maestros de primaria y de secundaria, preserva esa cultura autoritaria y populista. No tanto por sus ideologías precisas, sino por hábitos y costumbres que fomentan esa realidad. Por lo tanto, hay una cierta perversión en este proceso de intelectuales que luchamos por una serie de cambios y nos encontramos con que el viejo monstruo vive alojado en algunos rincones de la sociedad y no es tan marginal como quisiéramos.
El movimiento del 68 ciertamente  tenía demandas democráticas, pero lo que existía en su horizonte ideológico con más claridad era el socialismo. Más que la transición democrática, más que la sociedad de mercado, más que el capitalismo tal y como lo conocemos, el verdadero peligro que amenazó a los intelectuales fue justamente ese ideal que nosotros invocábamos y que encarnó en los países del Este de Europa, en la Unión Soviética y en China. ¿Ustedes no se han preguntado si ahí sobrevivió la intelectualidad y si lo hizo, como aparentemente sucedió en China, en la Unión Soviética y en Cuba, si no fue completamente aniquilada por una situación que es —lo repito: es una provocación— se parece mucho esa intelectualidad colectivas? Los intelectuales lograron sobrevivir, no todos en el mismo contexto, muchos tuvieron que salir de sus países, fueron exiliados, mantuvieron viva la crítica intelectual fuera de China, fuera de la Unión Soviética, fuera de Cuba. Es un problema muy importante para mi generación que estuvo tan empapada del ideal socialista y que fue tan marcado por la desgraciada situación que se vivía en los países socialistas, cuando los visitábamos se nos caía el alma a los pies.
Voy a contar una anécdota: siendo yo militante del Partido Comunista varios camaradas, gente de la dirección, quiso enviarme a estudiar a la Unión Soviética. A mí me atraía mucho la idea. Afortunadamente, el Secretario General del Partido Comunista, Arnoldo Martínez Verdugo, se opuso radicalmente y, en algún momento, me confesó: “si mandamos intelectuales a la Unión Soviética, van a regresar anti comunistas”. En realidad, mi Partido sí me consiguió una beca: no en la Unión Soviética, sino en la República Democrática Alemana. Por suerte se me ocurrió primero ir a Berlín Oriental para ver cómo era la situación. Eso fue en 1969, es decir, poco después de la invasión de Checoslovaquia por parte de los países del Pacto de Varsovia. La situación era de una cerrazón absolutamente terrible. Pero tuve la suerte de encontrarme con un intelectual que sobrevivía en Berlín Oriental, Frederich Katz. Lo primero que me dijo cuando supo que tenía una beca para quedarme ahí fue: “estás loco, aquí no vas a encontrar lo que estás buscando. Huye”. Al año siguiente, él también huyó de la RDA.

HAC: Cuando hablo de la demolición colectiva del mito de la Revolución mexicana, desde luego no me refiero solamente a las corrientes de izquierda o revisionistas dentro de la misma Revolución, me refiero también a la convergencia de ideas liberales que estaban asociadas a una oposición más larga y que al final fue la verdadera ganadora de la transición democrática, como es el PAN. Pienso en todas las críticas que venían del lado liberal también, no solo del lado de la izquierda. En ese sentido, fue un trabajo realmente convergente entre distintos lados de la sociedad mexicana, pero creo que fue sobre todo un trabajo de demolición intelectual: de irle quitando legitimidad paso a paso a cada una de las piezas. Todos esto tuvo actores puntuales, publicaciones puntuales, periódicos, ensayos y momentos. Pero ninguno de ellos por sí solo hubiera podido lograr el cambio extraordinario que de alguna manera impulsaron los grandes errores del propio sistema que estaba siendo demolido. Cuando me preguntan si pienso si México puede cambiar rápido por ejemplo en materia de corrupción —que llevamos tantos años aceptándola y tolerándola— y cuando veo embriones de una revolución moral en estos meses recientes, digo: depende de lo que quiera decir rápido. Si nos hubieran preguntado a cualquiera en 1981 si en México podía haber una alternancia democrática, el 102% de todas las personas enteradas hubiera dicho que de ninguna manera. Y estábamos a 19 años de que Vicente Fox ganara la presidencia de la República. Así de rápido en la historia y en nuestra propia vida, y así de inesperado. De manera que yo sí juzgaría estos años como años de una extraordinaria transformación cuya rapidez, cuyas afluentes no hemos precisado del todo, pero que básicamente coincide con la intuición que Ana Sofía y Luciano tienen para el futuro: fue una convergencia realmente colectiva. Y fue, yo diría Roger, una demolición en principio ideológica, histórica, analítica, antropológica, contra el discurso oficial. Contra una Coatlicue que era la Revolución mexicana y su mitología que tenía una cierta ventaja con respecto a la Coatlicue soviética y es que no tenía ideología, no sabía bien qué pensaba, tenía creencias profundísimas que nos siguen gobernando en muchos sentidos, pero sin dogma, no tenía ideología de Estado ni era una dictadura. Ésta nos permitió crecer de muchas maneras. Fue poco a poco sintiéndose cada vez más ilegitima, y su reacción hacia la ilegitimidad no fue reprimir —después de Tlatelolco no ha reprimido nunca—, sino abrir, dejar, extender la posibilidad, y con ello ir pendiendo poco a poco el espacio para controlar a su oposición. Donde lo perdió cabalmente fue en el ámbito intelectual y periodístico, en el ámbito de las cosas que era normal pensar para la élite, por ejemplo, la manera en que fue cambiando poco a poco la naturalidad con la que se leía el fraude electoral hasta la intolerancia de la idea misma del fraude. Eso fue un proceso de demolición intelectual.

LC: Coincidimos con la idea de que fue gracias a los intelectuales que en buena medida se desmontó la política del México posrevolucionario. Pero, quisiéramos preguntarles —y era algo que Roger ya comenzaba a subrayar cuando habló acerca de los fantasmas o monstruos que siguieron vivos—, si esa cultura no anidaba también en el seno mismo del quehacer intelectual. Esto es ¿qué vicios de esta cultura política se mantuvieron entre los intelectuales? Por ejemplo, entre los catorce individuos con los cuales conversamos solamente hay una mujer, Elena Poniatowska. Fue una decisión editorial consciente, no buscar maquillar algo innegable: que el mundo cultural mexicano del siglo XX fue un mundo de hombres, que hicieron su obra desde la Ciudad de México y que tenían en su mayoría tez blanca.
Sin dejar de reconocer las grandes virtudes y logros de los intelectuales, ¿ustedes qué vicios entreven en ellos?

RB: Creo que con esto se toca un punto neurálgico, un punto doloroso. Yo reconozco como una de las principales señales de la extinción del intelectual justamente el siguiente problema. Como muy bien señalaba Héctor, los intelectuales fueron los principales autores y también actores de este proceso de demolición del Antiguo Régimen, de las antiguas estructuras políticas, de las instituciones culturales nacionalistasrevolucionarias que sustentaban al régimen. Fueron los principales impulsores de la transición. Pero hoy en día, encuentro que hay un fenómeno realmente alarmante y que supongo que es una señal de esta extinción a la que Ana Sofía y Luciano se refieren. Es el hecho de que los intelectuales, los mismos que contribuyeron a la transición y sus descendientes, no tienen en términos generales, el menor orgullo por haber hecho este trabajo. La mayor parte de los intelectuales hoy en día más bien execran el proceso de transición, considera que ha sido un fracaso, que no funciona. Esta transición democrática de terciopelo, realmente ejemplar, transcurrida en México, es como para que sus actores, o sus principales impulsores, sintiesen un gran orgullo, o por lo menos cierto gusto por haber contribuido a este proceso. Pero no es así: la mayor parte de los intelectuales con los que yo he hablado o a quienes leo no sienten el menor orgullo de este proceso de demolición, no se sienten sus herederos, no se sienten cómodos en la situación actual, muchos de ellos incluso añoran de alguna manera el pasado. Hay una situación verdaderamente trágica y es posible que esa sea una de las señales más dolorosas de que la intelectualidad efectivamente se está extinguiendo en México.

HAC: Este es un gran punto. Quizá los intelectuales seguimos con el mecanismo de la inconformidad, sin haber hecho bien la cuenta de los cambios. Siento, por ejemplo, en muchos comentaristas y análisis cierta añoranza del PRI en el sentido de que siguen viendo a la vida política mexicana como si el PRI estuviera intacto. El PRI es una pieza analítica sin la cual para muchos es imposible pensar en el país. Si quitas el PRI, ¿qué queda? Parece que una cosa que no tiene mucho sentido, que no tiene ninguna gracia.
Valdría la pena que nos sentáramos en otra ocasión a conversar sobre el tema de no haber reconocido bien lo que sí cambió, no haber asumido las responsabilidades positivas de haber inducido el cambio y, por lo tanto, el no haber ganado la autoridad para hablar del siguiente cambio necesario. Porque si nadie es responsable de esto, entonces quién tiene el mérito para decir qué es lo que sigue. La pieza que ha faltado aquí, con la falta de vanidad de este intelectual colectivo que no se ha colgado las medallas que le corresponden –porque en el fondo ninguno las sentimos nuestras realmente–, es que no nos hemos sentado a decir “así fue” y hacer una narración inteligente y compartida de eso. La gran falla es que el siguiente intelectual colectivo, que tenía que haber sido un periódico de la calidad del New York Times o El País o una revista de la calidad de The Economist no fue creado en las condiciones de nueva libertad. Jesús de Polanco, el empresario detrás de El País, fue aprendiendo bien de qué se trataba su periódico y lo decía más sintéticamente que Juan Luis Cebrián, que siempre daba más vueltas y hacía más matices porque era más refinado intelectualmente: “El País es un periódico político de izquierdas y económico de derechas”. El País es un intelectual colectivo que ayuda a sus lectores a ser inteligentes al entender su vida política, el mundo, al escoger los libros que va a leer, ir al restaurante que vale la pena, ponerse la ropa que vale la pena, oír la música que es importante, estar a la moda en las cosas que valen la pena. Es decir, en hacer más inteligente la vida de los lectores. Eso no ha sucedido en México. Tenemos periódicos —a ver si coincides conmigo, Roger, porque estoy improvisando esta idea ahorita— que siguen en la idea de que su trabajo es ser críticos en el sentido de que el PRI sigue ahí. Pero no han hecho el trabajo de enseñarnos a mirar inteligentemente, a pensar inteligentemente, a entender el México en el que estamos y ya no digamos el mundo que nos rodea. ¿Alguno de ustedes lee alguna página internacional de algún periódico mexicano? ¿Alguno de ustedes escucha en algún noticiero alguna noticia fundamental sobre lo que pasa en el resto del mundo? Seguimos siendo tan provincianos como cuando la prensa era priista, cuando estábamos encerrados en el nacionalismo revolucionario. Ese intelectual colectivo es el que falta en este país.

ASR: Nos gustaría cerrar con esta idea de Héctor, porque una de las cosas que nos propusimos Luciano y yo con este libro, fue que los intelectuales reflexionaran sobre sí mismos y buscaran, en la medida de lo posible, la autocrítica. Ojalá las reflexiones tomen también ese camino.

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Cal y arena relanza tres novelas de Héctor Aguilar Camín (Chetumal, 1946) —Morir en el golfo, Un soplo en el río y La guerra de Galio—, acontecimiento que marca el retorno del escritor a la editorial que lo proyectó como autor de ficción. Con este motivo publicamos un ensayo del propio Aguilar Camín sobre Un soplo en el río.


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Un soplo en el río fue una novela particularmente sorpresiva para mí. Fue un animal proteico, que adquirió mientras la escribía formas inesperadas y significaciones alternativas. Empecé a escribirla como una “historia conversada”, bajo la forma de un diálogo en primera persona sostenido por un narrador, que funge como testigo, y un interlocutor que va desenvolviendo a lo largo de su conversación una historia decisiva para él, una historia que de algún modo lo resume y lo explica.

Había ensayado esa forma narrativa en un libro anterior llamado precisamente Historias conversadas (1991), y tenía entre mis apuntes la historia que alguna vez me contó un querido amigo sobrecómohabía perdido a su mujer en los avatares de la lucha revolucionaria. A propósito de aquellos apuntes, pensé escribir un cuento, no una novela, refiriendo el hecho insólito, aunque no infrecuente, de una muchacha, hija de la burguesía, empeñada en volverse hermana de la revolución, decidida a cortar amarras con el pasado y zarpar en busca de un porvenir justiciero y solidario. Quería escribir el relato del viudo, su lamento, el lamento que yo escuché de sus labios un día de diciembre del año de 1989, tal como está consignado en la novela, a lo largo de toda una jornada, con las únicas interrupciones naturales de un viaje por carretera y del festejo campestre, al que habíamos acudido juntos.

El día que acompañó la conversación original fue luminoso y mágico, tal como se describe en la novela, y multiplicó en mi memoria el poder llano y terrible de la narración de mi amigo. Por primera vez en décadas, aquel día la ciudad de México volvió a tener el aire transparente de sus orígenes, el aire radiante que inventó a sus grandes pintores del paisaje, que fue el lujo de sus habitantes y el deslumbramiento de sus escritores y cronistas. Podían verse ese día los volcanes que circundan la ciudad con la nitidez y el asombro de una mirada de niño, en particular las enormes faldas nevadas del Iztaccíhuatl y el Popocatépetl, los volcanes totémicos del altiplano mexica, tan altos en el cielo que parecían flotar o estar volando.

La memoria visual de ese día, con los volcanes suspendidos en el cielo, volvió a mí gozosa y regularmente durante mucho tiempo. Junto con ella regresó siempre el eco, menos radiante pero igualmente poderoso, del lamento de mi amigo. En 1995, mientras daba los últimos toques al manuscrito de una novela, El error de la luna, pensé hacer un segundo libro de “historias conversadas” con los argumentos que había ido consignando al paso de los años. Releyendo mis notas encontré las muy escuetas que había tomado de aquel día, y sin pensarlo me puse a escribir. Descubrí sobre la marcha que, aparte de lo que había anotado y de los volcanes que seguían fijos en el aire de mi memoria, no recordaba con claridad sino el espinazo de la historia de mi amigo, y la radiante circunstancia en que la había escuchado de sus labios. Decidí escribir la historia de cualquier modo y empecé a inventarla según la contaba, agregándole asuntos que luego fueron claves, como los arranques de loco y misántropo de Salcido, el viudo narrador, por la pérdida de su mujer, y la intervención del primo jesuita de ésta, El Vate Valenzuela, personaje salido de mis propias reminiscencias adolescentes sobre compañeros de escuela que se fueron al noviciado de la Compañía de Jesús.

Terminé en unos días la primera versión. Se había alargado más allá de los tamaños de un cuento, pero estaba lejos de ser una novela, incluso una novela corta. Dejé descansar el texto varios meses, como suelo hacer para releer lo que escribo sólo cuando casi lo he olvidado, cuando su materia ha dejado de ser parte de mi piel y puedo mirarla y corregirla casi como si se tratara del texto de otro. Cuando releí, me pareció que la versión del viudo era demasiado unilateral para ser convincente. Corría el riesgo de que todo quedara simplemente en la historia patética y un tanto previsible de un hombre que cuenta la pérdida de su mujer por culpa, en gran medida, de su mujer. Sentí que la historia no debía quedarse ahí, que la había resuelto mal, que había algo serio aún por explorar en ella. Y que ese algo no podía ser sino el viudo mismo, Toño Salcido, el narrador inicial de la historia.

Faltaba por explicar el enganche de Salcido con su ex mujer: ¿Por qué había sido su pareja? ¿Por qué había ido tan lejos y seguía tan cerca de su mujer perdida? Para explorar eso, casi un año después de la primera versión, construí un segundo narrador, que es el amigo que escucha la historia, llamado Salmerón, y cuya mirada me permitió acceder a versiones complementarias de los hechos que aportan algunos personajes ya presentados por Salcido, como su segunda mujer, María Amparo, y su ex compañero de vocación religiosa, El Vate Valenzuela, el joven jesuita que acompaña como una sombra fraterna toda la novela.

Me pareció que la trama original alcanzaba así una densidad mayor, porque me permitía ofrecer una visión estereofónica de lo sucedido, una visión que por su misma diversidad de puntos de vista, podría conservar intocada una zona misteriosa, esencial a todo el relato, a la que no habría podido entrar ninguno de los personajes narradores de la historia, porque ninguno había tenido acceso a la totalidad de la experiencia. La narración creció en tamaño y en implicaciones, y se volvió una nueva fuente de sorpresas para mí. Una noche me sorprendí escribiendo de un tirón el capítulo que da cuenta del extravío radical e inesperado del viudo Salcido en las altas montañas de la metafísica y la comunión con la naturaleza. Acompañó la escritura de ese capítulo un pasaje de Hemingway que da cuenta del hallazgo del esqueleto de un leopardo en las cimas nevadas del Kilimanjaro. ¿Qué andaba buscando ahí? Nadie pudo decir lo que el leopardo buscaba en esas alturas.

Había leído también la historia alucinante de un talento perdido, la historia del suicidio de Roger D. Hansen, el académico estadounidense autor de un libro clásico sobre los problemas del desarrollo mexicano en los setenta. Aquejado por una dolencia crónica de espalda, autosegregado de su comunidad académica, Hansen se suicidó abriendo el escape del auto dentro de la cochera cerrada de la casa de un amigo. Su muerte atrajo a la recordación fúnebre de la universidad Johns Hopkins, en Washington, a muchos de sus viejos amigos, entre ellos a Calvin Trillin, un escritor condiscípulo de los primeros años de Hansen en la Universidad de Yale.

Trillin encontró que las semblanzas luctuosas de Roger Hansen, hechas por sus colegas, apenas tenían que ver con el muchacho que él recordaba y a quien todo mundo conocía como Denny. El Roger Dennis (Denny) Hansen del que hablaban sus colegas era un académico de cierto renombre pero poco brillo. El Denny Hansen que Trillin había conocido era la promesa dorada de su tiempo, el golden boy a quien la revista Life había presentado como uno de los líderes de su generación, el estudiante sobre el que sus amigos cruzaban apuestas y esperanzas preguntándose qué puesto ocuparía cada quién en el gabinete del futuro e inevitable presidente de los Estados Unidos, Roger Dennis Hansen.i

El tono melancólico del derrotero de Hansen, a quien conocí durante algún seminario en la Universidad de Stanford, lo mismo que algunos detalles de su muerte —las cartas que dejó, el orden previo a su decisión final— pasaron como en un soplo consanguíneo al capítulo que narra el extravío de Salcido, con cuya desaparición di por terminada definitivamente, por segunda vez, la escritura de la novela. Tanto, que ofrecí el manuscrito a la lectura de otros. Coincidieron en señalar que el final era brusco aunque efectivo. El comentario definitivo fue del mismo amigo narrador original de la historia. Veía claramente ya que el destino y la intimidad profunda de Salcido tenían poco o nada que ver con los suyos, es decir, que me había despegado radicalmente de su relato, pero le pareció que el extravío suicida de Salcido era excesivo. Me sugirió que dejara abierta una puerta, que lo imaginara perdido para el mundo pero a lo mejor encontrado para sí mismo, refugiado en un monasterio posible, en los montes azules de Michoacán, sugerencia que quedó incorporada textualmente a la novela.

El hecho es que, no bien recibí esas señales de lectura, acepté que no había terminado, que las novelas deben ser vuelos redondos, no pueden terminar en las alturas sino aterrizar debidamente en la cabeza y las emociones del lector. Mi propia relectura me indicó que faltaba no sólo aterrizar debidamente, sino acabar de incluir en el vuelo a algunos de los pasajeros, en particular a la segunda mujer de Salcido, María Amparo, y a su amigo/hermano, Valenzuela. La sombra de otro amigo perdido vino entonces en mi ayuda y disparó el mecanismo de los dos últimos capítulos de Un soplo en el río. Vino de la manera más inesperada, bajo la forma de un perro que había entrado a mi casa meses antes y que tenía por costumbre faldera reclamar su cuota de desayuno rascando insistentemente con su pezuña el brazo o la pierna de los comensales. No hay mirada más concentrada y honesta que la de un perro esperando que alguien le dé de comer de su propio plato. Una mañana, la mirada incondicional de mi perro fue la de un viejo amigo que una tarde se tendió a beber y a morir en el prado de una calle donde él había vivido toda su vida y yo viví unos años, los mejores de nuestra amistad.

Puse a ese perro, con todo y su mirada humana, reencarnada, en los últimos capítulos del libro, acompañando las soledades y los recuerdos del narrador final de la novela, Salmerón, por cuya mediación escuchamos las voces de los testigos faltantes de la historia. Guiado por el perro y su mirada reparadora, sustituta ilusoria pero entrañable de lo ausente, encontré el tercer final definitivo de Un soplo en el río, el final que tiene ahora, sobre el que acaso vuelva un día, para reiniciar la exploración de lo que falta.

Una vez terminada por tercera vez, la dejé descansar de nuevo, a sabiendas de que no lo necesitaba. Había cambiado tanto el texto desde sus inicios que ya no sabía bien lo que había escrito. El texto tenía una novedad extraña, permanente. Al releerlo lo encontré cosido por un hilo inesperado de sentimiento religioso. Ni la religión ni la antirreligión han sido territorios familiares para mí, lugares donde hayan crecido mis certezas o se hayan atormentado mis dudas. Pero algo esencial de ese mundo hay en Un soplo en el río. Esta fue la penúltima sorpresa. Al término del camino se hizo claro lo que es, quizá, la clave de esta novela: el itinerario radical de una pareja que lo es no sólo porque se aman o porque han vivido juntos, sino porque, en el fondo misterioso e ignorado de ellos mismos, son dos buscadores del absoluto. Además de sus fiestas amorosas, de sus encuentros y desencuentros, Salcido y su ex mujer son una pareja porque buscan el absoluto en un mundo donde ha desaparecido lo sagrado. Buscan un sustituto de dios, un remplazo de la comunión con la totalidad. Son, en ese sentido, una pareja cabal del siglo XX, un siglo nihilista urgido sin embargo de totalidades y utopías. Un soplo en el río terminó siendo una novela de amor panteísta, una novela de la búsqueda del más allá en un mundo sin dios pero bañado por una necesidad casi física de trascendencia.

La última sorpresa que me deparó Un soplo en el río fue la reacción de quien la había hecho nacer. Cuando terminé de escribirla en su tercera versión, la envié para que la leyera al amigo que me había contado la historia original siete años atrás, aquel día inolvidable. Aunque tenía ya poco que ver con el relato primero, le advertí que el texto era en lo fundamental suyo y que no lo publicaría sin su autorización. En uno de sus viajes a la ciudad, hablamos largamente del asunto. Hizo diversas correcciones, y volvió a contarme parte de la historia. Al final, me dijo: “Para mí la lectura de esta novela ha sido como una absolución”. Para mí lo había sido escribirla.

 

Héctor Aguilar Camín


i Calvin Trillin, Remembering Denny, Nueva York, Farrar Straus Giroux, 1993.

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Brindaron, mirándose por encima de los vasos. Entonces, sobre sus brindis, empezó la música en la sala: una explosión de guitarra eléctrica que hizo retumbar las paredes, al tiempo que una cascada de luz intermitente llenaba el recinto. Todo fue de pronto el envión de la música trepidante sobre las figuras que la luz detenía como en flashes fotográficos, segmentando movimientos y expresiones. Vigil vio paso a paso “el ademán de la reina madre” yendo hasta el pecho de su favorita en la mesa japonesa, “la caminata espasmódica de Diana hacia su pitecantropo”, “los bailadores desfilando como estatuas sorprendidas”. Por los siguientes larguísimos minutos bailaron bajo esa lluvia de luces. Lo que estaba en la penumbra se hizo claro en la intermitencia sicodélica y la sala fue una sola masa surcada por relámpagos de la que sólo era posible retener una sucesión inconexa de fragmentos (“unos dientes pelones, una peluca afro, un desnudo brazo en tensión, el vientre coital de Diana, la frente grasosa de su acompañante”: Vigil). Poco a poco, los latigazos extenuantes de la guitarra se desvanecieron en “la demora final de un orgasmo”. La luz intermitente se esparció hasta mudarse en una mezcla oscilante de rayos ambarinos y azules, rojos y morados, que dieron paso a su vez a la cadencia de la voz de Lou Reed y lo que le pareció a Vigil “un himno terso de la liberación gay”:

                   Now we are coming out

                   Out of our closets

                   Out on the street.

                   Yes, we are coming out

Como acariciada por la voz, la masa de danzantes encontró acomodo, pintó su propio círculo de tiza y volvió a dejar libre el proscenio, recorrido ahora sólo por las “luces postorgásmicas” (Vigil) y la voz de Reed anunciando la decisión de no esconderse más, de salir de sus clósets a la calle y ocupar el día.

 

Fuente: Héctor Aguilar Camín, La guerra de Galio. Ediciones Cal y arena, 1ª. edición, México, 1991. (La canción aludida es “The Make Up” y viene en el álbum de Lou Reed Transformer, 1972. Enviado por Luis Miguel Aguilar.)

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Murió Carlos Fuentes  en la plenitud de su edad, bien servido por los dioses. No sé donde leí que los héroes griegos pedían una vida corta o larga, pero una muerte rápida. Fuentes vivió una vida larga y plena, y murió con rapidez, ligero para el viaje, como había vivido.

Había nacido maduro como escritor joven y murió joven como escritor viejo, días antes  de empezar a escribir una  novela.  Fue un escritor clásico en el sentido que encarnó Thomas Mann: el que cosecha en todas sus edades una obra mayor.

Durmió bien la noche del día de su muerte y despertó  a las cinco y media, como siempre, fiel a su régimen de descremar el alba, aprendido de Alfonso Reyes, que usaba las mejores horas de la mañana para la mayor pasión de la vida, escribir.

Con Carlos Fuentes mueren una época,  un personaje único, un amigo sin par, una literatura. Como con todo gran escritor,  sin embargo, su muerte es el inicio de un  nuevo nacimiento, el de la posteridad de sus  libros.

Para Silvia Lemus, todo el cariño, y mucho más.

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