judios

En Los judíos y las palabras (Siruela) Amos Oz y Fania Oz-Salzberger ofrecen su visión personal sobre un aspecto esencial de la historia judía: la relación de los judíos con las palabras. Los autores son un padre y una hija. Él, escritor y estudioso de la literatura; ella, historiadora. Presentamos un fragmento en el que ambos reflexionan sobre la continuidad judía como primordialmente textual.


Continuidad

En treinta y dos de los más ocultos y maravillosos senderos de sabiduría grabó Su nombre el Señor de los Ejércitos: Dios de las huestes de Israel, Dios siempre vivo, misericordioso y clemente, sublime morador de las alturas, que habita la eternidad. Él creó este universo mediante los tres Sfarim: Número, Letra y Palabra. Diez son los números, tantos como las Sefirot, y veintidós las letras; estos son el Fundamento de todas las cosas.

La continuidad judía ha girado siempre alrededor de palabras pronunciadas y escritas, de un laberinto de interpretaciones, debates y desacuerdos en constante expansión, así como de un singular marco de relaciones humanas. En la sinagoga, en la escuela, y sobre todo en el hogar, esto llevó siempre a dos o tres generaciones a sumirse en profundas conversaciones.

La nuestra no es una línea de sangre, sino una línea de texto. Encierra un sentido tangible el hecho de que Abraham y Sara, rabí Yojanán, Glikl de Hamelín, y los presentes autores, pertenezcan todos ellos al mismo árbol genealógico. Tal continuidad ha sido recientemente puesta en tela de juicio: no existió, se nos dice, tal cosa como una “nación judía” antes de que taimadamente la concibieran ciertos ideólogos modernos. Pues bien, discrepamos. No porque seamos nacionalistas. Uno de los propósitos del presente libro es reivindicar nuestra ascendencia, pero otro consiste en explicar qué clase de ascendencia, en nuestra opinión, vale la pena reivindicar.

No estamos tratando acerca de piedras, clanes o cromosomas. No es preciso ser arqueólogo, antropólogo o especialista en genética para rastrear y corroborar la continuidad judía. No es preciso ser judío practicante. No es preciso ser judío. Ni tampoco, a estos fines, antisemita. Sólo se ha de ser lector.

En su genial poema “Los judíos”, el extinto poeta israelí Yehuda Amichai escribió:

Los judíos no son un pueblo histórico
y ni siquiera un pueblo arqueológico, los judíos
son un pueblo geológico, con fracturas
y derrumbes y estratos y ardiente lava.
Sus crónicas han de ser medidas
con diferente escala de medir.

Un pueblo geológico: esta singular metáfora puede expresar una profunda verdad también acerca de otros pueblos. No necesariamente ha de referirse sólo a los judíos. Pero en nuestros oídos resuena muy poderosamente cuando reflexionamos sobre la continuidad judía como primordialmente textual. El devenir “histórico”, étnico, genético, de la nación judía es un relato de fracturas y de calamidades. Es el paisaje de un desastre geológico. ¿Acaso podemos atribuirnos un pedigrí biológico que se remonte, digamos, a los judíos galileos de la época romana? Lo dudamos. Es tanta la sangre de conversos y de enemigos, de emblemáticos jázaros y de cosacos, que puede estar fluyendo por nuestras venas… Por otro lado, hoy los genetistas parecen decirnos que algunos de nuestros genes han estado acompañándonos durante bastante tiempo.

Todo esto es interesante. Sólo que por completo irrelevante para lo que nos ocupa. Existe un linaje. Nuestras crónicas puedenser calibradas, nuestra historia puede ser contada. Ahora bien, nuestra “diferente escala de medir” está hecha de palabras. De eso trata este libro.

Ya desde esta primera fase debemos proclamar alto y claro qué clase de judíos somos nosotros. Ambos nos definimos como judíos israelíes laicos. Esta autodefinición entraña varios significados. En primer lugar, no creemos en Dios. Segundo, el hebreo es nuestra lengua madre. Tercero, nuestra identidad judía no está impulsada por la fe. A lo largo de toda nuestra vida hemos sido lectores de textos judíos, en lengua hebrea y no hebrea; son nuestras puertas de acceso culturales e intelectuales al mundo. En nuestros cuerpos, sin embargo, no hay ni un solo hueso religioso. Cuarto, vivimos actualmente en un clima cultural —dentro del sector moderno y laico de la sociedad israelí— que cada vez más identifica el citar la Biblia, las referencias al Talmud, e incluso el simple interés en el pasado judío, como una inclinación de tinte político, atávico en el mejor de los casos, y en el peor, nacionalista y triunfalista. Este actual alejamiento liberal de la mayor parte de los temas judíos obedece a varias razones, algunas de ellas comprensibles; no obstante, es una equivocación.

¿Qué significa la laicidad para los judíos israelíes? Evidentemente más de lo que significa para otros no creyentes modernos. Desde los pensadores de la Haskalá o Ilustración judía del siglo XIX hasta los escritores hebreos actuales, el laicismo judío ha ido engrosando una biblioteca en permanente aumento y un espacio en constante expansión para el pensamiento creativo. He aquí un botón de muestra, tomado del ensayo titulado “El coraje de ser laico” de Yizhar Smilanski, el gran autor israelí que firmaba sus libros bajo el seudónimo de Sámej Yizhar:

Laicidad no es permisividad, ni tampoco un caos sin ley. No rechaza la tradición, y no da la espalda a la cultura, a su impacto ni a sus logros. Tales acusaciones son poco más que demagogia barata. El laicismo es una comprensión diferente del hombre y del mundo, una comprensión no religiosa. El hombre puede muy bien sentir la necesidad, de vez en cuando, de la búsqueda de Dios. La naturaleza de esa búsqueda no reviste importancia. No hay respuestas prefabricadas ni tampoco indulgencias prefabricadas, preempaquetadas y listas para su uso. Y las respuestas en sí mismas son trampas: renuncia a tu libertad para conseguir tranquilidad. El nombre de Dios es tranquilidad. Pero la tranquilidad se disipará y la libertad se habrá desperdiciado. ¿Y entonces qué?

Los laicos conscientes de serlo no buscan tranquilidad sino inquietud intelectual, y aman las preguntas más que las respuestas. Para los judíos laicos como nosotros, la Biblia hebrea es una magnífica creación humana. Exclusivamente humana. La amamos y la cuestionamos.

Algunos arqueólogos modernos nos señalan que el reinado israelita descrito en las Escrituras fue un enano insignificante, en términos de cultura material. Por ejemplo, el retrato bíblico de las grandes edificaciones del rey Salomón es una posterior invención política. Otros eruditos ponen en duda cualquier continuidad entre los antiguos hebreos y los judíos de hoy en día. Tal vez esto es lo que Amichai quiso significar cuando dijo: “Ni siquiera un pueblo arqueológico”. Pero cualquiera de estos enfoques académicos, con independencia de ser objetivamente acertado o erróneo, resulta simplemente irrelevante para lectores como nosotros, los autores de este libro. Nuestro tipo de Biblia no requiere prueba alguna, ni de origen divino ni material, y nuestra reivindicación de la misma no tiene nada que ver con nuestros cromosomas.

El Tanáj, la Biblia en su lengua hebrea original, es impresionante.

¿Lo “comprendemos” hasta la última sílaba? Evidentemente, no. Incluso algunos competentes hebreoparlantes modernos probablemente malinterpretan el sentido original de muchas palabras bíblicas, debido a que el papel de esas palabras en nuestro vocabulario difiere significativamente del que desempeñaban en el hebreo antiguo. Vean esta exquisita imagen del libro de los Salmos 104, 17, “Allá donde los pájaros construyen sus nidos, jasidá broshim beitá”. Para un oído israelí de hoy día, estas tres últimas palabras hebreas significan “la cigüeña construye su casa sobre los cipreses”. Lo que le hace a uno pensar, dicho sea de paso, en la encantadora concisión del hebreo antiguo, que a menudo puede, con una frase de tres palabras, lograr lo que en su traducción al inglés, the stork makes its home in the cypress trees (o al español), requiere tres veces más. ¡Y cuánto colorido y sabor hay en cada una de las tres palabras, todas ellas sustantivos rebosantes de significado! No obstante, volvamos a nuestro tema central. El hecho es que actualmente en Israel las cigüeñas no construyen su casa sobre los cipreses. Es más, las cigüeñas muy rara vez anidan aquí, y cuando unos miles de ellas, de camino hacia Europa o África, se acomodan para pasar una noche de descanso, esos cipreses con forma de aguja no son su opción más obvia.

De modo que debemos estar en un error: o bien la jasidá no es una cigüeña, o el brosh no es un ciprés. Da igual. La frase es hermosa, y sabemos que nos habla de un árbol y de un ave, y que arranca de una gran alabanza a la Creación divina, o —si lo prefieren— a la hermosura de la naturaleza. El salmo 104 proporciona a su lector en hebreo la amplia gama de imágenes, el deleite denso y bien afinado, comparable a la magia de un poema de Walt Whitman. No sabemos si se logra el mismo efecto en la traducción a otras lenguas.

En este sentido, la Biblia va dejando atrás su categoría de sagrada escritura. Su esplendor en tanto que literatura trasciende la disección científica, así como la lectura devocional. Conmueve y apasiona de un modo comparable a las grandes creaciones literarias, de Homero unas veces, en ocasiones de Shakespeare, de Dostoievski en otras. Pero su alcance histórico difiere del que tienen estas obras maestras. Admitiendo que otros grandes poemas puedan haber dado origen a ciertas religiones, ninguna otra creación literaria ha dejado grabado, de forma tan efectiva, un código legal, ni ha trazado tan convincentemente una ética social.

Es también, por supuesto, un libro que dio nacimiento a otros innumerables libros. Es como si la Biblia hubiera escuchado y obedecido el mandamiento que ella misma atribuye a Dios, el de “creced y multiplicaos”. Por consiguiente, incluso si los científicos y los críticos tuvieran razón y el antiguo Israel no hubiera erigido palacios ni presenciado milagros, su producción literaria no dejaría de ser palaciega y milagrosa a la vez. Y decimos esto en un sentido absolutamente laico. 

Asegurémonos, sin embargo, de ser ponderados. Tenemos muchas cosas benévolas que decir acerca de especificidades judías, pero este libro no pretende ser en absoluto una celebración de separatismo ni de superioridad. La cultura judía nunca se distinguió por su impenetrabilidad a la inspiración no judía. Es más, cuando dio la espalda a tendencias foráneas, a menudo las refrendó calladamente. Para nosotros, Tolstói es un pilar tan gigantesco como Agnón, y Bashevis Singer no está por encima de Thomas Mann. Es mucho lo que valoramos en la literatura “gentil” y bastante lo que nos disgusta en las tradiciones judías. Una gran parte de las Escrituras, incluida la Biblia en sus más elocuentes momentos, hace alarde de opiniones que no podemos entender y establece normas que no podemos obedecer. Todos nuestros libros son falibles.

Amos Oz
Escritor. Ha publicado: Una historia de amor y oscuridadEl mismo marLa historia comienzaUn descanso verdadero y De repente en lo profundo del bosque, entre otros libros.

Fania Oz-Salzberger
Historiadora, escritora y profesora de Historia en la Facultad de Derecho de la Universidad de Haifa.

Traducción del inglés de Jacob Abecasís y Rhoda Henelde Abecasís.

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