Los grandes sueños de Víctor L. Ochoa,
aeroplanos que daban la vuelta al mundo
a quinientos kilómetros por hora,
tardarían dos décadas en hacerse realidad.
También sus sueños de derrocar
al gobierno de Porfirio Díaz.
—David Dorado Romo

 

Las historias de David Dorado Romo exploran un abanico asombroso de experiencias compartidas entre El Paso y Ciudad Juárez, en una época en que la línea fronteriza parecía ajena a muros, obstáculos y prohibiciones. A través de las historias y personajes aquí reunidos el autor nos permite recobrar un tramo subterráneo y esencial de nuestra historia.


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David Dorado Romo
Historias desconocidas de la Revolución mexicana
en El Paso y Ciudad Juárez
traducción de Claudia Canales
Era
México, 2017
432 p.


La idea inicial de David Dorado Romo de escribir una psicogeografía de Ciudad Juárez, Chihuahua, y de su tierra natal, El Paso, Texas, se convierte en este libro en lo que yo llamaría una microhistoria. Su estudio hace un corte transversal sobre la línea fronteriza entre México y Estados Unidos para abarcar con una sola mirada integradora una época, de hecho, la última época en que ese punto del planeta fue algo más que una mojonera internacional: el lugar del libre entrecruzamiento (y subrayo la palabra libre) de ideas, sueños, etnias, secretos, armas, modas, placeres… No obstante que ese parecería ser el destino natural de todas las ciudades de frontera, de todo puerto tierra adentro, el caso de El Paso y Ciudad Juárez es sin duda singular. En ellas se fundieron dos culturas que, aunque vecinas a lo largo de casi tres mil kilómetros, fue justo allí, sólo allí, en la promiscuidad de dos populosas manchas urbanas mediadas por el río Bravo, donde se volvieron a su manera indisociables; enemigas y cómplices, aliadas y rivales, ciudades siamesas donde se escribió el vaticinio, acaso no el único, del mundo atroz que se acercaba.

Esta microhistoria acota ese espacio geográfico y sus alrededores en un período que va aproximadamente de fines del siglo XIX a la segunda década del XX, cuando la Revolución mexicana fue desde luego una de las muchas cosas notables que sucedieron en esas latitudes, pero no la única y, me atrevo a agregar, tampoco la más importante. Si bien es cierto que, tal como lo experimentó Dorado Romo, la ausencia de Pancho Villa colma allí cada rincón deshabitado y el rastro desvaído de su caballo y sus Dorados se pierde desde el polvo del desierto hasta el de los archivos más lejanos que el investigador consultó, si bien es cierto todo eso, hay un proceso menos anecdótico y desde luego nada pintoresco que se divisa como gran telón de fondo de esta pequeña historia (pequeña por su dimensión espacio-temporal, no por sus aportaciones históricas y metodológicas). Ese telón de fondo es nada menos que el cierre del libre paso de un lado a otro de la línea, hace justo un siglo; el poder creciente de la presunta supremacía de los anglos sobre el resto de los grupos étnicos; la aplicación de la jerga y las tecnologías positivistas para la discriminación y segregación sistemáticas de las clases y los individuos peligrosos, y la desmexicanización deliberada y paulatina de El Paso —una transición, por cierto, que no mucho después encabezarían las élites mexicanas en su propio país, como  señaló  sabiamente Guillermo Bonfil.

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Imposible leer este libro sin pensar en nuestros migrantes de hoy, en el muro soñado por Donald Trump, en la coartada de la lucha contra el narcotráfico para la venta y el contrabando de armas a un país como el nuestro, que carece de tantas cosas. La historia que cuenta el autor va más allá de su espacio y de su tiempo; toca el meollo de nuestro presente y nos permite verlo como a través de esos lentes que reparten ahora a la entrada de los cines: en la plenitud de la tercera dimensión.

Sobrepasar sus propias coordenadas o, si se prefiere, su propia frontera —para usar el término que no aparece en el título del libro pero es sin duda su personaje central—, sería de por sí una gran virtud de cualquier volumen de historia. Sin embargo, éste tiene además otra cualidad: es ameno y divertido. Divertidísimo. Está lleno de personajes memorables y de otros que tal vez nunca lo sean pero que sin duda a partir de ahora se volverán cuando menos entrañables, como me sucedió a mí con el inventor, periodista y revolucionario Víctor Ochoa, primer sublevado de El Paso y artífice nada menos que de los alicates polleros que llevan su nombre. Nuestro libro —y me permito usar el plural, porque haberlo traducido al castellano lo hace también un poco mío—, nuestro libro está poblado asimismo de gente de la calle, gente común y corriente, como decimos acá: de chinos y japoneses, de afroamericanos de diversas mezclas, pero sobre todo de mexicanos y anglos en todas sus engañosas variantes. La intensa vida de la región, el cruce constante de gente de un lado a otro, había procurado mestizajes diversos y muchas veces indistinguibles para los no iniciados en lo saberes locales.

En fin, gente pícara y gente buena, como siempre ha habido, que iba y venía con claves sobre proyectos subversivos y el armamento para llevarlos a cabo, o simplemente con hierbas mágicas del desierto para algún achaque implacable; gente que iba a jugar apuestas, a escuchar las prédicas de pastores delirantes, a tomarse unas copas al otro lado cuando había empezado la Prohibición, o más osadamente, a ver combatir a un toro con un león. Yo, debo confesarlo, una vez acicateado mi primitivismo por el relato el autor, estaba intrigadísima con el desenlace de ese duelo de resonancias mitológicas. (He de aclarar, para estímulo e ilustración de los futuros lectores, que salvo las prédicas de los pastores protestantes todo lo demás, todo lo divertido, sucedía del lado mexicano, es decir, en la pecaminosa y loquisima Ciudad Juárez).

Este libro es, en síntesis, un banquetazo de anécdotas y de excentricidades, ya que así se llama todo lo que ocurre fuera del centro, es decir, en las orillas, donde, por cierto, suele suceder, o cuando menos comenzar a suceder, lo verdaderamente importante; la batalla de Ciudad Juárez de 1911, por ejemplo, que puso fin a un régimen decrépito mientras las gringas se abanicaban el calor de mayo en las azoteas de los edificios paseños con los binoculares calados, para ver cómo los insurrectos molían a los federales (algo parecido a la lucha entre el toro y el león). Muchas de las maravillas y de los horrores que aquí se relatan una quisiera guardarlos en uno de los cajoncitos favoritos de la memoria para poder contarlos alguna vez, igual que doña Adela Romo, tía abuela del autor, le contó siendo niño lo que le sucedió a ella una mañana al cruzar de Juárez a El Paso, como hacía a menudo. Ése fue en cierto modo el germen de la conciencia histórica del adolescente, el antecedente más remoto de este libro, pero también, y así nos lo hace saber la lectura, el síntoma del fin de una época.

No puedo dejar de apuntar que Historias desconocidas de la Revolución mexicana va con el acompañamiento de cadencias y ritmos, de música que suena por doquier mientras las balas silban sobre las cabezas de los oyentes enamorados o desprevenidos, que es lo mismo. Por si fuera poco, está cargado de imágenes, fotos maravillosas que le agregan, a esa omnipresente cualidad sonora, la dimensión gráfica de la evidencia visual. Podría y querría hablar largamente del jazz y los corridos, de las cámaras y las salas de cine, de Pancho y de Pascual, de Felipe y de Conchita, pero no voy a hacerlo, entre otras cosas porque antes de terminar quiero llamar su atención sobre dos asuntos en los que este libro nos invita a meditar.

Quiero llamar la atención sobre la frontera, no la frontera genérica sino la nuestra, la del norte. Esa larga y dolorosa frontera nuestra que entreteje misteriosa, desde hace muchos años, nuestra confusión y nuestra identidad, nuestro orgullo y nuestra tristeza, nuestra dignidad y nuestra vergüenza. Nunca he estado allí, pero la lectura de Sergio González Rodríguez, recientemente fallecido, me llevó hace un tiempo a pensar en ese lugar. Ahora, gracias a la lectura, la traducción y el disfrute de este libro he regresado a esa reflexión fructífera. Creo que sólo alguien como David Dorado Romo, quien está en la frontera no sólo de las geografías sino también de las historias y las disciplinas académicas, pudo escribir un volumen como éste. Un volumen que refleja su madurez como investigador y su osadía para buscar en ciudades destrozadas el origen de sus raíces.

 

Claudia Canales
Historiadora. Es autora de Lo que me contó Felipe Teixidor, hombre de libros, entre otros.

 

Nota editorial: una versión de este texto fue leído en la presentación del libro Historias desconocidas de la Revolución mexicana en Ciudad Juárez y El Paso, de Ediciones ERA, el jueves 25 de mayo de 2017.

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