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En el inicio, la página en blanco. La parálisis al escribir. El deseo, la urgencia de manifestarse por escrito pero la incapacidad para plasmar una idea en el papel. La angustia descrita y agotada por Josefina Vicens en El libro vacío. Más adelante: la luz. Las palabras. Las frases coordinadas. El alivio. Y, finalmente, superada la vacilación inicial, el encuentro con la propia creación.

La primera voz de A la intemperie —jamás sabremos si se trata de Aline Pettersson (ciudad de México, 1938) o de otra escritora— recorre a plena conciencia este camino. Trabaja con ahínco para colmar su obsesión por la escritura y, una vez satisfecha la ansiedad, se halla turbada por el mundo y los personajes que ha construido a través de su relato. La súbita confrontación con el protagonista, un novelista exitoso a las puertas de la vejez, sirve de marco para que Pettersson explore los enigmas de la creación literaria y rastree la compleja relación que subsiste entre todo autor y los personajes a los que va dando vida.

Escrita a tres voces paralelas, a la manera de Diario de un mal año de J. M. Coetzee, la novela de Pettersson sugiere que, lejos de ser dueño de sus personajes, un escritor es cautivo de ellos a partir del momento en que comienza a trazar sus rasgos básicos. Más que delinear la personalidad de sus poseedores, dichos rasgos marcan al autor y coartan su libertad para determinar el destino de los protagonistas de su historia. A partir de la primera descripción que hace de su personaje, al escritor ya no le es permitido visualizar el mundo desde el exterior, sino que está obligado a verlo a través de los ojos de su invención.

Cuando la voz ha decidido crear un personaje de 73 años sabe que se ha atado las manos.  No puede evitar confrontarlo con la desazón que provocan los estragos de la vejez: la pérdida paulatina de la memoria, los achaques, las fallas corporales. La narradora siente compasión por su creatura, duda en torno al futuro que debe darle, pero, por más que lo compadezca, no puede evadir el deterioro mental y físico que experimenta una persona de esa edad. De tal suerte que Pettersson, ya rehén de su personaje, se advierte enfrentada a un relato en el que es imposible obviar el transcurso del tiempo y sus secuelas.

El otrora novelista celebrado y omnipotente, es ahora vulnerable y dubitativo. Los éxitos de antaño se desvanecen poco a poco y sólo perdura la nostalgia por el pasado, los experimentos de juventud, la fecundidad literaria, la diversión irresponsable. Al percatarse de que todo cuanto apreciaba —riqueza, fama, belleza— es transitorio, no tarda en ser presa del hastío, la desazón y una profunda crisis existencial.

Desde la fragilidad que añora la plenitud perdida, una segunda voz acalla la primera y lanza preguntas que nos son tan cercanas como incontestables: ¿qué nos da a cambio el transcurso del tiempo? ¿Satisfacción o tedio? Al perder paulatinamente la memoria, ¿extraviaremos también la aptitud de amar y la capacidad de disfrutar la vida? En las vísperas de una senectud enferma, ¿miraremos nuestras glorias pasadas con placidez o con amargura? Llegado el momento, ¿optaremos porque la gente querida sea testigo de nuestra decadencia o la mantendremos a distancia?

Una vez registrada la primera frase, escritor y personaje quedan a la intemperie. Ambos se tornan desguarnecidos ante los designios arbitrarios de los primeros tecleos. Frente a las teorías ortodoxas del autor todopoderoso, Aline Pettersson nos recuerda, con Borges, que, al igual que la pieza, el jugador es prisionero del tablero.

 

Aline Pettersson, A la intemperie, Alfaguara, México, D. F, 2014.

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En el otoño de 1784, Immanuel Kant advertía en su célebre ensayo sobre la Ilustración que una persona que no ejercía plenamente su libertad y su razón estaba condenada a la minoría de edad. Dicha condición significaba la incapacidad  para servirse del propio entendimiento y estar siempre sujeto a lo que pensaban los demás. Al respecto, Kant identificaba a la pereza y a la cobardía como las causas por las que hombres y mujeres continuaban cómodamente en dicho estado, en abandono de su vocación crítica.

Nutriendo esta línea de pensamiento, Cristóbal Pera —reconocido médico y humanista— ha reunido en La persona culta una serie de textos que, en conjunto, conforman una cuidadosa anatomía de aquel individuo que, dotado de ciertas dosis de curiosidad, lectura y erudición, sostiene una inquebrantable actitud crítica frente a todo lo que lo rodea.

Para llevar a cabo este ejercicio quirúrgico, el doctor Pera parte de una metodología dual, tomando como referencia el cuerpo humano (desde fuera y desde dentro), con el fin de elaborar una cuidadosa disección del perfil de la persona culta y examinar, con igual cuidado, cada una de las condiciones que amenazan su existencia y autenticidad.

Pera inquiere e investiga qué implica hoy día ser una persona culta. Disgrega cada una de sus características esenciales con la meticulosidad de un cirujano y se pregunta cómo mantener vivo el espíritu crítico ante la seducción de lo frívolo y lo efímero que nos ofrece el mundo actual.

En opinión de Pera, la persona culta es una especie en peligro de extinción, que vive hoy amenazada ya no sólo por su propia desidia, sino por un conjunto de condiciones derivadas de la posmodernidad que tienden a menoscabar su espíritu crítico. En este sentido, la persona culta es propositivamente una especie vulnerable, pues debe, con plena conciencia, rechazar cualquier tipo de “protección” derivada del poder. El individuo debe mantenerse alerta frente a todo producto cultural con fines políticos, religiosos o ideológicos que busque dogmatizarlo, así como frente a las identidades colectivas que pretenden subsumirlo y nublar su juicio. La persona culta debe guarecerse de la oferta cultural actual, “desbordante y agresiva”, que privilegia lo superficial sobre lo profundo, la velocidad sobre el sosiego y lo cuantitativo sobre lo cualitativo, características que, en palabras del autor, son más propicias al entretenimiento que a la perfección del individuo.

En suma, la persona culta está condenada a un permanente estado de crisis, pues debe conducirse como un ser “no protegido” frente a toda clase de presión o poder externo que pretenda intervenir su libertad de pensamiento o limitar su capacidad crítica. Paradójicamente, sugiere el doctor Pera, la supervivencia de la persona culta deviene de la preservación de su marginalidad y el rechazo a cualquier cuidado o patrocinio externo.

A través de sus ensayos, Cristóbal Pera lanza numerosas interrogantes y sugiere diversas rutas para ahondar en sus planteamientos relacionados con esta criatura en peligro de extinción. ¿Convertirse en una persona culta es necesario o es un lujo? ¿La persona educada debe privilegiar la cultura humanística o la científica? ¿Puede existir una erudición superficial?

Una virtud del libro es que cada capítulo ensayístico pude leerse de manera independiente. Cada texto tiene profundidad y sentido propios y se presenta acompañado de autores, citas y frases escrupulosamente seleccionadas. En esta dirección, La persona culta es también un recorrido por reflexiones memorables de Ortega y Gasset, Steiner, Russell, Coetzee, Zweig, entre muchos otros humanistas, filósofos, escritores y artistas.

Pese a las múltiples contrariedades que enfrenta el aspirante a culto en estos tiempos, el doctor Pera vislumbra cierta esperanza en la lectura, el diálogo franco, la buena conversación y, sobre todo, en la preservación de la solidaridad entre las personas como valor universal. Finalmente, como sostenía el propio Kant, el ser ilustrado no teme a las sombras.


Cristóbal Pera, La persona culta, Cal y arena, México, D. F., 2014, 212 pp.


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La casa de bambú

La casa de bambú. Una historia de agravios y rebeliones.

Saúl López de la Torre
Cal y Arena, 2011, 475 p.

 

A las víctimas de la guerra sucia no sólo se les ha negado el acceso a la justicia sino que durante mucho tiempo han carecido de un foro para exponer una visión propia de los acontecimientos que marque distancia tanto de la historia oficial como de la propaganda militante. Saúl López de la Torre rompe este mutismo y nos regala La casa de bambú, novela que sigue los pasos del movimiento guerrillero en México durante los años setenta.

De la mano de una prosa ágil, rica en olores, sonidos y sabores, el autor describe la situación precaria que calaba varias zonas del país hacia finales del siglo XX. Lugares remotos a donde los medios dignos para subsistir, los servicios públicos indispensables y el reparto agrario llegaron (si acaso) con décadas de retraso. Dicha marginación, en sintonía con la absoluta cerrazón política, la entronización de caciques, paramilitares y la complicidad del alto clero, precipitó el surgimiento de la guerrilla mexicana.

Entre las bases de apoyo y la dirigencia guerrillera encontramos a los protagonistas del relato: campesinos, profesores normalistas, párrocos rurales, estudiantes de agronomía. El recuento de sus vidas da luz sobre combates, afrentas y emboscadas en pueblos y rancherías. Nos devela las reglas en torno a la clandestinidad y el reclutamiento en la sierra, la estructura territorial del movimiento y las técnicas de la guerra irregular. A través de las páginas de La casa de bambú atestiguamos el encono entre los agentes estatales y los rebeldes, así como las venganzas in crescendo entre militares y guerrilleros, que en muchos casos rebasaron cualquier escala de violencia anteriormente concebida.

López de la Torre relata las atrocidades perpetradas por el ejército: las torturas inimaginables y la devastación de comunidades. Los pormenores que hoy se olvidan cuando se habla de las fuerzas armadas. No obstante, a pesar de las contundentes denuncias, La casa de bambú no constituye una apología de la violencia subversiva.  Mucho menos se trata de una idealización de la guerrilla. Por el contrario, los personajes de López encarnan las contradicciones internas de las organizaciones guerrilleras, su férrea ideología, sus dogmas, su falta de madurez política y su intolerancia frente a cualquier desviación o lectura revisionista del “pensamiento revolucionario”.

En efecto, La casa de bambú tiene el doble valor de denunciar las brutalidades consumadas por el régimen (entonces provisto de un órgano de inteligencia ineficiente y una fuerza armada sin controles, ambos lesivos de los derechos humanos más elementales) y, simultáneamente, señalar las carencias de los cuerpos guerrilleros. Con esto último, sobre todo, López de la Torre rompe paradigmas, pues se atreve a cuestionar ciertos tabúes en torno a movimientos que tradicionalmente han sido idealizados. Refuta el aura de perfección y la superioridad moral que los rodea (sólo alguien con la historia personal del autor podría hacerlo con tal precisión y legitimidad). Devela la distancia entre demandas sociales legítimas y exigencias abstractas como “derrotar a la burguesía” o instaurar una dictadura sobre las “clases reaccionarias”. Acusa que la devoción de muchos de sus integrantes por “la Revolución” los llevara a justificar cualquier conducta, así superase en crueldad a ciertas infamias gubernamentales.

En este sentido, La casa de bambú se coloca en la línea de lo que han publicado recientemente –con diferentes tonos y argumentos- José Woldenberg y Luis González de Alba, entre otros, respecto de la izquierda mexicana. Una visión autocrítica –jamás legitimadora del régimen autoritario, por supuesto- que ha contribuido a generar un análisis más certero de los sucesos nacionales. Este tipo de acercamientos, lo sabemos, suelen ser cuestionados, e incluso satanizados, por quienes aún consideran que hay movimientos o corrientes intocables, sobre la cuales no debe discutirse, pero no hay duda que un tratamiento más abierto del tema que se trate enriquece el debate.

A la vez, empero, el autor se asegura que nunca perdamos de vista que se refiere a regiones que muestran cien años de atraso con relación al resto del país. De ahí que las aparentes insuficiencias palidezcan cuando nos topamos con la imperante marginación y la miseria. Entre las páginas de La casa de bambú advertimos la situación que apremió a los inconformes cuando las puertas estuvieron cerradas no solamente para la participación política sino inclusive para la mera subsistencia. De ahí la valía de la primera novela de López de la Torre. Nos hace pensar. Nos detona la deliciosa angustia intelectual de entrar en contradicción con nosotros mismos. ¿Cómo responde una comunidad al hambre, a la pobreza, a la represión de las guardias blancas? ¿Cómo poner fin al “orden disparejo de la naturaleza y de las cosas”? ¿Puede ser la violencia una respuesta justificada?

Con el tiempo, el desgaste del movimiento guerrillero desembocó en un repliegue casi total y determinó el brinco a la vida en sociedad de quienes sobrevivieron a la política represiva del gobierno. Para ellos y las víctimas fatales, parece decirnos López de la Torre, nuestro irrestricto respeto; jamás la veneración absoluta, la santificación o el altar.

Es ilusorio que si no subsistió la guerrilla fue porque las cosas mejoraron, pensaría Nicolás Reyes, el cronista de los sucesos de La casa de bambú, “no hay modo de saber cuál será el final específico de esta guerra”, se pregunta ya iniciada la década de los ochenta. Inclusive al día de hoy el proceso no ha concluido, máxime si la mayor parte de los crímenes no han sido reparados. Mientras subsistan los agravios –ignorancia, aislamiento, pobreza- el espectro de la rebelión estará presente.

Alejandro Orozco y Villa. Crítico literario.

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Xavier Vealsco, Puedo explicarlo todo, Alfaguara, 2010, 740pp**

“Uno quisiera no ser un canalla, pero no siempre queda tan noble opción”, lamenta uno de los protagonistas de  Puedo explicarlo todo, la última novela de Xavier Velasco. En ella, el autor da oportunidad a que víctimas y victimarios, incapaces de sobreponerse a su pasado, justifiquen su inusual comportamiento ante la vida. Convencido de que “uno escribe lo que los personajes quieren que escribas”, Velasco presta su pluma a estafadores, cretinos, timoratos y enamorados anónimos para que expliquen todo y den propia cuenta de sus ajetreadas existencias. El resultado de este ejercicio expiativo es una divertida novela en la que Velasco expone de nuevo su fino ingenio y buen humor.

La trama gira en torno al retraído treintañero Joaquín Medina, versión chilanga de Edmond Dantès, quien recién liberado de prisión recurre al aislamiento y a la creación de personalidades múltiples para evadir sus compromisos con la mafia y recuperar su vida sentimental. En esta coyuntura, emergen los personajes más inverosímiles, desde los interpretados por el propio Joaquín para mantener su anonimato, hasta los que van apareciendo (y reapareciendo) para dificultar su reincorporación a un mundo que lo aterra.

Del entramado de personajes que emergen dentro de la obra –podemos identificar hasta nueve actores medulares-, son dos los que ponen en jaque al temeroso Joaquín. Ambos provienen de su desdichado y patético pasado. El primero es Imelda, quien fuera mucama y ahora se presenta como una consolidada cazafortunas, prototipo de la belle dame sans merci que tanto atrae a Velasco. Alguna vez amor platónico de Joaquín, Imelda regresa para ayudarlo, sí, pero también para hacerlo sufrir desde su posición de diva: “gente como yo tendría que nacer con abogado”, confiesa.

El segundo personaje que amedrenta a Joaquín es el más interesante de la novela: Isaías Balboa. Estafador cínico y pedante, este hombre es maestro en usufructuar las virtudes ajenas. Pisotea y exprime a todo individuo que conoce. Años atrás Balboa fue mentor de Joaquín, a quien mostró, entre otras tretas, una estrategia infalible para conquistar viudas durante las ceremonias fúnebres de sus maridos. Maestro y verdugo a la vez, Balboa persigue ahora a Joaquín para saldar antiguas deudas. Este Don Juan de funeral es el personaje mejor logrado de la historia, cuya inteligencia y frialdad nos evoca al célebre Vautrin y bien podría competir en fuerza y carisma (¿antipatía?) con la entrañable Violetta de Diablo Guardián.

La vía de escape para Joaquín surgirá a partir de la convivencia con la persona menos pensada: una niña de nueve años llamada Dalila, quien descubre su escondite. Gracias a ella (y a un simpático conejo) encontrará los arrestos suficientes para salir de su auto-impuesta reclusión y aglutinar valor para rehacer su vida. Velasco, como pocos escritores, nos habla aquí de ese amor tierno, inocente y desinteresado que transmiten los niños y del cual puede aprenderse tanto. Como ya lo había hecho en Este que ves, Velasco nos devela el mundo olvidado de la sabiduría infantil, en el que los problemas complejos tienen soluciones sencillas. En el que se muestra la facilidad con la que los niños se ahogan en un vaso de agua, pero también de la capacidad que tienen para olvidar el vaso y el agua de la noche a la mañana. El mundo de la franqueza y sencillez con la que Dalila, a pesar de su corta edad, consigue que Joaquín confronte a sus fantasmas. En este sentido, Puedo explicarlo todo es una novela sobre la complicidad. Joaquín y Dalila comparten una clave de lectura (“lo que no puede haber entre aliados secretos es una mala comunicación”) que les permite estar en contacto de manera permanente y furtiva. En poco tiempo construyen una relación sólida, basada en la confianza y el sigilo, que se convertirá en la única ruta que Joaquín tendrá a su alcance para vencer sus miedos y escapar de su pasado.

A pesar de su longitud (740 páginas), la novela es ágil. Están presentes los juegos de palabras, las frases geniales, las traducciones tramposas y los oxímoron de Velasco, así como las culturas pop y alternativa que envuelven sus relatos. Por los senderos de Puedo explicarlo todo nos topamos con el Conde Pátula, Javier Solís, el fraude detrás de los libros de autoayuda, y hasta una celestina del siglo XXI que organiza cenas en su casa para que insípidos solterones encuentren pareja “entre gente como uno”. Con la maestría que lo caracteriza para fusionar personaje y voz, Velasco explota al máximo su creatividad retórica. Hace hablar a Imelda: “te preguntas cómo me las arreglo para ser tan perra. O tan fría, o tan dura, pero prefiero ser eso a ser mentirosa”; a Balboa: “ni la vanidad ni el amor me apendejan”, y subsecuentemente a todos los personajes que aparecen en diálogos y monólogos hilarantes a lo largo de la historia.

Durante ciertos episodios de la novela brota la sensación de que la trama puede salirse de control por la cantidad de eventos y personajes. Sin embargo, el argumento central es coherente a pesar de enredos y coincidencias. Si se pretende explicar todo -hay que decirlo- es inevitable recurrir a casualidades y discursos prolongados. Hacia el final, Velasco logra que todos los recuerdos, sucesos y pormenores de la historia confluyan en Joaquín, quien aspira al sueño de todo protagonista infortunado: “el fin de la aventura y el inicio de la vida”.

** Una reseña que contrasta con ésta fue publicada por Roberto Pliego en la revista nexos (marzo 2011) con el título “Triunfo y derrota de la verbosidad”. Puede consultarse aquí.

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Daniel Sada, A la vista, Anagrama, México, 2011, 237 pp.

Daniel Sada mantiene su propósito de encontrar lectores con talento. El escritor mexicano, celebrado por tirios y troyanos, de Fuentes a Bolaño -este último no muy dado a los elogios-, presenta una novela con la que continúa invitando a la perseverancia y a la disciplina en la lectura.

Pocos escritores como Sada están tan convencidos de que el contrato moral entre autor y público debe contener, por sobre todas las cosas, exigencias al lector. Sada –lo ha comentado- busca lectores ideales. Lectores comprometidos a quienes exige capacidad de emoción inteligente y deseos de acercarse a los confines del lenguaje. El escritor de filigrana cambia el esquema lector-exigente por el de escritor-exigente. Entre ser un escritor de minorías o cambiar su estilo personalísimo, Sada se sostiene firme en su decisión.

En A la vista conocemos a Ponciano Palma, un trailero sesentón quien, meditando más la coartada que el móvil, asesina a su jefe explotador en contubernio con un compañero de trabajo. Arrepentido ipso facto de su crimen, decide abandonar mujer, casa y trabajo para inaugurar una etapa de “experimentación” que incluye el nomadismo, la falta de aseo personal y largas tardes como espectador de futbol llanero. Durante este ensayo vivencial, Ponciano es sucesivamente vagabundo, despachador de miscelánea y contador de historias. Tras días de seguirlo en su marcha errante, nos percatamos que el homicidio y la huida no fueron producto de una venganza sino síntomas de una profunda crisis existencial.

En Sada hay tradicionalmente una notoria superioridad del estilo sobre la trama. A la vista no es la excepción. Sin embargo, dicha superioridad se aligera y nos sitúa frente a una narración llena de anécdotas, de eventos tragicómicos que dan giro a la historia de manera sorpresiva (una compraventa ficticia se transforma en homicidio; un arrimado se convierte en verdugo sentimental de su huésped; una trabajadora de limpieza con cabeza de papaya torna en prometedora empresaria…), todo ello alrededor del periplo existencial del protagonista. Dentro de aquel “torbellino mental imparable”, Ponciano, en cuestión de días, finge su propia muerte, simula su resurrección, sueña su propia captura y añora una vida en la cárcel. Si en trabajos anteriores de Sada los personajes parecen presos de una trama mínima, en A la vista advertimos personajes más sueltos, algunos de los cuales, incluido el protagonista, van quedando rezagados respecto del avance de la historia.

Ponciano se da cuenta tarde que no eran necesarios el homicidio, la renuncia y la mugre para encontrar salida a su crisis. Lo cierto es que ni siquiera tiene claro qué provoca su ansiedad, se encuentra “a la deriva, sin hallar ni un ‘cómo’ ni un ‘qué’ concretos”. Jamás logra entender con exactitud las causas de su retraimiento ni el porqué de sus inquietudes y decisiones. Su naufragio es total.

A la vista es sadeana por antonomasia. Desde el inicio advertimos la cadencia de las frases, el purismo del lenguaje, la vastedad del vocabulario. La elección de la palabra precisa para designar lo que se quiere nombrar, elogiar o maldecir. Sada abandona parcialmente la métrica y la versificación, no obstante la riqueza del vocabulario continúa siendo uno de sus principales atributos (si bien, hay que decirlo, la novela es más ligera que la monumental Porque parece mentira la verdad nunca se sabe e inclusive más ágil que la ganadora del Premio Herralde, Casi Nunca). Conforme la historia avanza reconocemos más rasgos sadeanos: la desesperante sequedad del norte de México y la vida fuera de las grandes ciudades; la benevolencia para describir los prejuicios, la moralina y los convencionalismos sociales de provincia; la descripción mordaz de los chismes y diretes en la plaza del pueblo, los vecinos fisgones y el temor permanente al “qué dirán”.

Es difícil abstraerse de Porque parece mentira… cuando se reseña a Sada, sin embargo, no cometamos la falta de juzgar el resto de su obra a la luz cegadora de aquella novela colosal. La última novela de Sada merece ser leída porque es palabrería y picardía elegante que rompe el tedio del despoblado. Pero sobre todas las cosas, porque A la vista nos ofrece uno de los personajes más desarrollados a la fecha por Sada. Si en obras anteriores nos regaló recorridos por el desierto de la mano de Rulfo y Góngora, en A la vista somos nosotros quienes acompañamos al protagonista en su recorrido itinerante en busca de respuestas, en aquel proceso de “adivinar qué era lo que estaba más en el fondo de él para que volviera a ser normal”. La complejidad psicológica del protagonista lo hace atravesar fases de tedio, hartazgo y arrepentimiento. Estamos quizá frente al personaje menos previsible, menos puro y, por ende, más inexplicable de la obra de Sada.

El autor nos muestra que toda persona, con independencia de su instrucción o condición social, puede caer en conflictos e inquietudes existenciales. No hay que vivir entre libros, como el Bernardo Soares de Pessoa, o ser amante del ajedrez, como el Augusto Pérez de Unamuno, para que el desasosiego y la desazón se instalen en nuestra vida. Aunque no sepa cómo interpretar su angustia, el trailero errante sufre y busca inútilmente su razón de ser. En este sentido, Ponciano Palma es, simultáneamente, el personaje más incompleto y más acabado de Sada. Su destino no podría ser otro que un final trágico e inesperado.

 

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