Algunos han querido ver (y otros se han rehusado) a Colombia como un espejo de lo que acontece en México en términos de inseguridad y violencia. Lo cierto es que, con independencia de que hayan experimentado realidades y fenómenos distintos (por fortuna la guerrilla es marginal y el terrorismo —en su acepción más rígida— no ha aparecido aún en México), las poblaciones de ambos países han padecido una violencia atroz en las últimas décadas. Los mexicanos somos hoy testigos de aquello que, para algunos, podía anticiparse si uno se hubiese asomado al escenario colombiano: los “ajustes de cuentas” entre bandas se transformaron en ejecuciones extrajudiciales y afectaciones a la población civil; el secuestro dirigido a empresarios, en desapariciones forzadas; los homicidios aislados, en masacres; la práctica del chayote, en asesinato de periodistas.

Estos cambios han sido descritos ampliamente en los dos países. Crónica y ficción han dado cuenta de la constante escalada de crueldad en los enfrentamientos entre cuerpos armados, la penetración del narcotráfico en los más altos niveles de gobierno, así como las agresiones a grupos ajenos a las dinámicas criminales, incluidos periodistas y defensores de derechos humanos. No obstante, inmersos en esta vorágine (todo indica que el 2017 será el año más violento de los últimos veinte en México), está aún pendiente visibilizar los efectos sociales de la catástrofe una vez que esta termine. Hasta el momento, el estupor de la violencia ha impedido concebir el desconsuelo que seguirá a este proceso de erosión comunitaria.

En efecto, la descomposición del tejido social será uno de los grandes costos que tendrá la etapa que atravesamos. Los daños a las localidades que han enfrentado un sinfín de crímenes atroces son inconmensurables. El grado de devastación en términos de identidad, confianza y solidaridad comunitarias es algo que comienza a divisarse pero no se ha dimensionado enteramente. Quizá la cercanía con lo sanguinario ha impedido el surgimiento de una sensibilidad que perciba el desgaste de los núcleos sociales más básicos.

Una lectura de la obra del colombiano Evelio Rosero (Bogotá, 1958) nos lleva precisamente a esta desazón latente y permite entrever un futuro que parece no muy lejano para algunas zonas de nuestro país.

En la novela Los ejércitos (Tusquets, 2007) damos un paseo tétrico por un pueblo desolado por la violencia. Rosero describe un sitio que durante lustros permaneció en estado de indefensión y en completo abandono por parte de las autoridades centrales. No sabemos quién acabó con él y sus habitantes: los narcos, la policía comprada, las pandillas, las fuerzas armadas… todos pasaron por allí sin darle tregua. El recorrido nos evoca aquellos lugares que en México han sido sitiados por estos ejércitos, algunos visibles, otros invisibles, y expone los estragos de abandonar una población a su suerte.

Por otra parte, Rosero retrata en En el lejero (Tusquets, 2013) un sitio ultraterreno. Un lugar de habitantes conmocionados por las búsquedas infructuosas de familiares desaparecidos. Un pueblo de miradas muertas, carente de jóvenes. Las ausencias evocadas por la novela sugieren que no hay Estado más perverso que aquel que permite que sus habitantes, literalmente, desaparezcan.

El colombiano descubre en sus extraordinarios relatos ciudades convertidas en conventos, habitantes reducidos a sombras, niños —tempranamente huérfanos— empujados a la vejez, infantes secuestrados antes de nacer. Descripción de regiones que alguna vez fueron prósperas y hoy son parajes inhóspitos. Pero más allá del deterioro físico de los lugares, la prosa de Rosero representa la transmisión del duelo de padres a hijos.

Es difícil predecir el número de generaciones que padecerán las secuelas de vivir entre ruinas. Rosero pregunta: “¿Qué hacer con toda esta muerte que se hereda?”. Es lastimoso visitar lo que vive Colombia pero es más doloroso vislumbrar que México llegará a ese estadio de desesperanza. Perturba pensar que llegaremos al momento en que aquellos que, hastiados de la crueldad y la inoperancia del Estado, increpen a la madre que busca a su hijo:

Y si no va a encontrar a nadie, ¿para qué afanarse? Terminará encadenada como todos, será otro cuerpo más, otro grito gritando nada más, y nadie vendrá a buscarla porque nadie la encontrará, mejor lárguese de aquí, si puede…

¿A dónde?

Evelio Rosero, Los ejércitos, Tusquets, México, 2007.
______, En el lejero, Tusquets, México, 2013.

 

Alejandro Orozco y Villa
Consultor.

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proximamente

Jorge A. Abascal Andrade (compilador)
Próximamente en esta sala. Antología de cuentos de cine
Cal y arena, 2016
Ciudad de México
160 pp.


Para Andrea

Al escribir sobre la génesis visual de Farabeuf Salvador Elizondo refirió: “el libro está constituido por pequeñas imágenes aparentemente inconexas, inclusive imágenes que chocan unas con otras”, a lo que Mariana Elizondo agregó: “[crea] una estructura que rastrea el instante en la memoria y pretende especificarlo hasta su más mínimo detalle”.

La aparente desconexión entre intervalos que pretenden conformar una unidad y la meticulosa obsesión por examinarlos individualmente se antojan ociosas al construir un texto literario —salvo que se trate de un experimento genial como La crónica de un instante de Elizondo—. Sin embargo, parecen condiciones idóneas para amalgamar una compilación de cuentos sobre cine. Qué mejor que un mosaico de textos para mostrar la diversidad en torno a lo que el cine produce y evoca. Recalcar, a través de él, el potencial creativo de los cineastas y, simultáneamente, ahondar en la infinidad de emociones que un filme puede sembrar en el espectador.

La selección de relatos elegidos por Jorge A. Abascal Andrade en Próximamente en esta sala recrea las distintas áreas de confluencia en las que realizadores y espectadores intercambian imágenes y sentimientos alrededor de la experiencia cinematográfica.

El cine ofrece un escape momentáneo al abandono, la soledad y la locura. Las escenas en pantalla brindan recurrentemente consuelo al doliente y refugio al incomprendido. Los cuentos “Non grata” de Mónica Lavín y “Santo niño nalgón” de Eduardo Sabugal revelan que los filmes, en sus distintos planos, representan una oportunidad para visualizarnos en escenarios alternos al mundo, creando utopías para unos e infiernos para otros.

Por su parte, los personajes del cine procuran siempre espacio para una interacción imaginaria: se suele hallar en ellos un acompañante, unalter ego, cuando no un contrincante soso que se asemeja a nosotros mismos. Los personajes cinematográficos se erigen así como una proyección que sobrepasa lo visual. Una lectura de “Compañía” del propio Abascal Andrade o “Contradanza” de Agustín Monreal da muestra de ello.

Como sugiere “Figurantes” de Isa González Bretón, el cine también hace las veces de cómplice. Reproduce el crimen que nos hubiera gustado perpetrar y los excesos que tememos cometer. Encuadra la insensatez que jamás consumaremos. En definitiva, todo el que goza el cine resguarda un secreto en torno él. Alguna película prohibida. Aquella escena bochornosa que nos conmueve inexplicablemente. La pésima actriz que nos seduce. Un roce sugerente en la oscuridad.

La selección de cuentos nos aproxima también al cine como experiencia del espectador. Rememora los antiguos teatros de proyección, el autocinema, los olores —confitados, inconfundibles—, los silencios y murmullos que cohabitan en las salas de exhibición. Los cines son un recurrente espacio familiar y no pocas veces juegan el papel de celestina. La colección da cuenta de ello y más, pues la vivencia cinematográfica no concluye finalizada la película. La experiencia se renueva constantemente. Deviene. Tener presente una película no implica únicamente el recuerdo de la película. Es también el recuerdo propio viendo la película y la constante revisita a lo que experimentamos la primera (y la segunda y la tercera) ocasión que vimos aquel filme al que siempre regresamos. Sobre esos y otros ejes rotan los relatos de Ethel Krauze, Edmée Pardo y “Permanencia voluntaria” de Ave Barrera.

La composición de Abascal Andrade no termina allí. Con una serie de minificciones José Luis Zárate describe el drama que viven algunas estrellas de cine: el actor convertido en personaje aun cuando esté fuera de cuadro. La trágica obligación de representar un papel perpetuo como modus vivendi. Por su parte, el siempre versátil y provocador Alberto Chimal abona un notable texto tríptico para la reflexión.

Como en un texto de Pavić o Cortázar, no importa la secuencia en que se lean los fragmentos de la antología. Tampoco es relevante el número de veces que se visiten. La buena literatura, como el buen cine, trasciende los conceptos de orden y repetición.

 

Alejandro Orozco y Villa
Consultor.

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tus-dos-muertos

Jorge Alberto Gudiño Hernández
Tus dos muertos
Alfaguara, 2016
136 páginas


Las novelas policiacas suelen estar plagadas de muertos. Los cuerpos inertes, desde su pasividad, determinan el curso de los acontecimientos. El inicio de la investigación. Los interrogatorios. La ruta de escape del homicida. El juego sucesorio tras la muerte del capo.

En esta ocasión, sin embargo, el crimen que investiga Cipriano Zuzunaga ha pasado a segundo plano. El policía se encuentra distraído, desvaría. Su mente se ocupa en realidad de las cuentas que debe. Admite finalmente que hay muertos que valen más que otros. Cierto: al convertirse en homicida alcanzó un sosiego que desconocía. Algunas ejecuciones, lejos de atormentar, alivian. No obstante, el suceso ha nublado su juicio. Los muertos son como los amantes: sólo importan unos cuantos, pero cuando importan, ofuscan.

Jorge Alberto Gudiño Hernández incursiona en el crimen urbano de la Ciudad de México y firma Tus dos muertos. Escrita en segunda persona, la novela describe el proceso investigativo que conduce un policía para esclarecer el secuestro del hijo de un diputado. Las jornadas del agente Zuzunaga dan cuenta de la delincuencia común en la periferia de la ciudad: las pequeñas extorsiones, las fechorías de los vagos, la impunidad sin reflectores alejada de los grandes cárteles y el poder del narcotráfico.

De pronto, advertimos que las pesquisas que se desarrollan en la mente de Zuzunaga se dirigen a su conciencia y no al ámbito de su investigación. Cuando se tienen cadáveres a cuestas puedes desaparecer cuerpos y borrar huellas, pero ¿cómo te deshaces del espectro de tu víctima? ¿Cómo olvidar las palabras que dedicaste antes de jalar el gatillo?

Lo mejor del relato es la forma pulida por Gudiño. La prosa ágil y fragmentada del texto recuerda el estilo telegráfico del consagrado James Ellroy. Las frases son balazos. Los párrafos, cápsulas. Lenguaje y estructura recrean con éxito la mente ordenada de un buen investigador. El código ideado por Gudiño es notable.

No hay algo memorable en Cipriano Zuzunaga, policía judicial. Poco se puede innovar en torno al personaje central de una novela negra: solitario, incomprendido, venido a menos y poseedor de una postura siempre ambivalente con la legalidad. Quizá por ello Gudiño sugiere que los protagonistas no son los detectives sino los muertos.

 

Alejandro Orozco y Villa
Consultor.

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Si hay un país que preserva una tradición literaria que disfruta de la reflexión en torno al propio pensamiento, es Italia. Gabriele D’Annunzio e Italo Svevo encabezan una lista considerable de escritores que han dedicado páginas a la reflexión en torno a la monotonía del mundo burgués, la hipocresía de las élites y los efectos del remordimiento, la traición y la sed de venganza en la mente humana. En esta dirección, actualmente Europa especula sobre la identidad de Elena Ferrante –seudónimo de un(a) escritor(a) cuya verdadero nombre se ignora–, quien ha trasladado el ejercicio reflexivo de las clases altas a un barrio pedestre del sur italiano.

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Las novelas napolitanas de Ferrante abandonan las reflexiones en torno a la frivolidad y el tedio para dirigirse a la extorsión, el derecho de piso, la pobreza y, de manera especial, la violencia cotidiana contra las mujeres. La historia central, reunida en cuatro libros, gira alrededor de la amistad de dos amigas quienes, a lo largo de varias décadas, deben enfrentar no lo sólo la incertidumbre económica y política de la segunda posguerra, sino el machismo y las jerarquías sexistas de su comunidad.

Las novelas evidencian cómo los poderes fácticos –crimen organizado, sindicatos, Iglesias– afectan de manera acentuada a las mujeres. Frente a un Estado ausente, la injusticia y la violencia suelen ser devastadoras con ellas. Asimismo, a través de la vida de las dos protagonistas, nos percatamos de que en sociedades tradicionales como esa, suele haber una mayor exigencia moral y ética a las mujeres. Dicho estándar valorativo –por supuesto, de lo más hipócrita– se incrementa incluso cuando escalan socialmente con base en sus propios méritos: la sociedad napolitana no perdona a la mujer exitosa, sea que triunfe en los negocios o en la academia. En el Nápoles de Ferrante, como en México, se presume que la mujer debe desempeñar una mera labor de testigo o cuantimás de cómplice, pues a la que muestra cierta independencia  o liderazgo se le exilia socialmente. Cuando una hija o una hermana no cumple con el rol tradicional que se le impone se le expulsa del imaginario familiar y se le convierte en un fantasma. Dentro del pequeño barrio, todos los perfiles y sentimientos humanos se retratan: la envidia, la soberbia, la magnanimidad. Aparecen también los personajes masculinos, quienes ilustran los enormes complejos que existen detrás de la infidelidad, los celos absurdos y la violencia doméstica.

Ferrante posee la habilidad para transformar pequeños eventos privados en temas de reflexión pública. De la habitación marital nos traslada al machismo que existe en el mundo académico. Del acoso sexual callejero al debate sobre la colonización que ejerce el pensamiento masculino. En la tetralogía aparecen los remanentes del fascismo, el asesinato de Aldo Moro, la amenaza del terrorismo y la Camorra. Una revisión de la segunda mitad del siglo XX italiano.

Las novelas son también una fina radiografía de las amistades duraderas. En un escenario como el antes descrito es indispensable encontrar una persona con quien compartir lo sufrido y frente a la cual desahogar la furia autocensurada. La amistad se transforma así en un refugio para solventar el machismo, la violencia y la inequidad.

La serie arranca tibiamente con el libro dedicado a la infancia de las protagonistas: la génesis de su amistad y el recuento de las primeras tragedias compartidas. Le sigue, a mi juicio, el mejor texto de la saga: “The Story of a New Name”,1 donde Ferrante da cuenta de la sumisión de la mujer a los ritos maritales y a los rituales domésticos en las sociedades tradicionales. Inquiere sobre el significado del abandono que hace la mujer al propio nombre y lo que supone la adopción de otro. ¿De qué prescinde real y simbólicamente  la mujer al dejar su apellido? ¿Qué desaparece? ¿Hay algo de ella que se disuelve con el nombre que deja? En los libros tercero y cuarto la autora escarba en la cuestión y se pregunta si una mujer puede calcular a priori y con certeza –y con justicia– los costos de decisiones como el matrimonio, la procreación y el desarrollo profesional.

A lo largo de los cuatro volúmenes cotejamos las personalidades disímbolas de las protagonistas. Sobre todas las cosas, somos testigos de la complejidad de las relaciones entre dos personas cuando se han compartido eventos sumamente intensos. La riqueza del retrato es que dista de la imagen idealizada que solemos atribuir a la amistad. Ferrante nos descubre que el amor y el cariño son compatibles con la envidia y la crueldad. Preguntémonos: ¿es humano hallar cierto placer en la desgracia del ser querido?

Cuando tenemos el privilegio de contar con un amigo excepcional advertimos en nuestro interior una suerte de deuda permanente.  En ese caso, lo mejor que podemos hacer es escribir sobre él, ya que, inevitablemente, más pronto que tarde se esfumará y solo quedará el testimonio que dejemos sobre sus virtudes, defectos y contradicciones. Quien esté detrás del nombre Elena Ferrante lo ha hecho de manera sobresaliente en estos cuatro libros.

La amiga estupenda, Lumen, 2012.

Un mal nombre, Lumen, 2013.

Las deudas del cuerpo, Lumen, 2014.

La niña perdida, Lumen, 2015.

 


1 En italiano, “Historia del nuevo apellido”, traducido al inglés como “The Story of a New Name” y al español como “Un mal nombre”.

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La literatura, como las personas, difícilmente puede ser la misma después de una guerra. Las implicaciones a nivel individual y colectivo son vastas y sobrevienen al paso del tiempo. Circunstancias como la desaparición de un hijo, las ejecuciones múltiples o la migración forzada impactan de tal forma la existencia de un ser humano que resulta imposible sustraerse a la angustia y al dolor que provocan en el contexto de un conflicto armado prolongado.

No obstante, aún en los escenarios más violentos, la reacción creativa es impredecible. En sus momentos más ásperos produce, por supuesto, crónicas lúgubres y descarnadas, pero no pocas veces genera relatos con cierta dosis de esperanza e inclusive puede despertar el humor mordaz frente a la desgracia propia o ajena.

A todos nos falta algo reúne cuentos que retratan el país en que se ha convertido Croacia a raíz del proceso bélico que la escindió de Yugoslavia. El editor Roman Simić Bodrožić nos presenta una interesante mezcla de autores, quienes, a partir del 2000, se han encargado de reinventar el relato corto croata a la luz de la posguerra y su incorporación plena al mundo occidental.

Frente a todo episodio traumático, la evocación de los horrores es inevitable. Las historias de Neven Ušumović y del propio Roman Simić Bodrožić —en mi opinión las más destacadas del compendio— dan cuenta de las desapariciones, las familias rotas, el éxodo para escapar de la guerra (“éramos reses descuartizadas que había que pasar de contrabando”), las atrocidades que padecen los refugiados en el país destino (“nos recibían como una especie de carroña sucia”), las torturas y las mutilaciones padecidas por miles de croatas durante su guerra de independencia (1991-1995).

Por su parte, Olja Savičević Ivančević y Damir Karakaš nos recuerdan que la guerra y la persecución obligan a la simulación permanente, a disfrazar los gustos, abandonar a los seres queridos y a sacrificar los proyectos propios en aras de la supervivencia. Sus relatos describen con detalle la crudeza de vivir en la guerra, pero, sobre todo, lo insoportable que es vivir después de la guerra, cuando ésta se ha llevado un padre, un plan de vida o la dignidad de una persona.

Otros autores, en cambio, sugieren que la realidad —como la ficción— es tan misteriosa que aún en los peores momentos suelen aparecer circunstancias y personajes extraordinarios. Zoran Pilić, en un cuento estupendo, nos revela que aún nuestros enemigos más odiados pueden tener destellos inusitados de bondad y empatía. La guerra atrofia pero también sorprende; a algunas personas las hace más fuertes, mientras que a otras los hace más sensibles y, en ocasiones, ambas cosas a la vez. El gran mérito de Roman Simić Bodrožić es haber reunido una variedad de cuentos que ejemplifican las diversas reacciones —pesimistas, alegres o indiferentes— que pueden tener viejos, jóvenes, ricos y pobres frente a la violencia que todos atestiguaron.

Por último, surgen las inquietudes propias de una separación política una vez que el trance violento ha sido superado (¿se supera alguna vez el trauma de una guerra?). Ante el nacimiento de un nuevo Estado se erigen las grandes incógnitas frente a las oportunidades que brinda el proceso de reconstrucción. ¿Qué país desean habitar los jóvenes después de padecer un régimen autoritario, intolerante y temeroso del exterior? En este contexto, varios relatos del volumen describen las vicisitudes que enfrentan los croatas al ingresar a un nuevo mundo: la aparición del libre mercado (Zoran Malkoč); la celebración de la diversidad sexual (Maja Hrgović); el escape del protocolo religioso tradicional (Zoran Ferić), y la libertad para elegir dónde y con quién se compartirá el lecho (Robert Perisić).

A través de sus historias, Croacia muestra ser una nación viva y pujante. Sin embargo, los estragos de la dura violencia que sufrió durante un lustro están todavía presentes, como es entendible, en algunos de sus prejuicios, aspiraciones y, de manera particular, en sus añoranzas. Finalmente, como escribe Zoran Pilić, a toda guerra se le recuerda más por los que no volvieron. Sea en Croacia o en México, la violencia arrebata vida y es menester buscarla. Qué mejor que en la buena literatura.

Después de leer esta antología del cuento croata es imposible no hacer un paralelismo con la realidad mexicana. La exacerbada violencia (y la melancolía y la indignación y la impunidad) mostrada en algunos relatos constituye un espejo nítido del contexto que atraviesa actualmente nuestro país. Cuando Roman Simić Bodrožić escribe: “A todos nos falta algo, a algunos un padre, a otros una ciudad…”; “¿Dónde queda el lugar en el que nacieron, el lugar en el que murieron, dónde están sus historias, el esfuerzo que dejaron atrás? ¿Dónde están sus hijos?”, no resta sino contemplarnos en dicho espejo y comenzar a buscar palabras para describir lo que México está viviendo en estos tiempos.

 

Roman Simić Bodrožić (compilador), A todos nos falta algo. Antología del cuento croata, Cal y arena, 2014.

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