Ser joven en el siglo XXI supone retos y riesgos mayúsculos. La pasión por el instante o la desmedida sed de triunfo pueden llevar a la juventud hacia un callejón sin salida. Desde la filosofía, en La verdadera vida. Un mensaje a los jóvenes Alain Badiou repasa la historia de esta periodo fundamental, y nos conduce por el camino para hallar la verdadera vida. Ofrecemos un fragmento de esta obra, que la editorial Malpaso pondrá en circulación en las semanas siguientes.


Alain Badiou
La verdadera vida. Un mensaje a los jóvenes
(traducción del francés de Adriana Santoveña)
Malpaso
México, 2017
125 p.


Comencemos por las realidades: tengo setenta y nueve años. Entonces, ¿por qué diablos me ocupo de escribir sobre la juventud? ¿Por qué esta preocupación adicional de hablarle a los propios jóvenes? ¿Acaso no les toca a ellos hablar de su experiencia de jóvenes? ¿Acaso vengo a ofrecer lecciones de sabiduría, como un anciano que conoce los peligros de la vida y le enseña a los jóvenes a desconfiar y a quedarse tranquilos, dejando el mundo tal como está?

Lo que busco, como espero pueda observarse, es lo contrario. Me dirijo a los jóvenes a propósito de lo que la vida puede ofrecer, de las razones por las cuales debe necesariamente cambiarse el mundo, razones que, por lo mismo, implican tomar riesgos.

Pero voy a comenzar bastante lejos, por un episodio muy conocido relacionado con la filosofía: Sócrates, el padre de todos los filósofos, fue condenado a muerte bajo el cargo de “corromper a la juventud”. La primerísima recepción oficial de la filosofía tomó la forma de una acusación muy grave: el filósofo corrompe a la juventud. Entonces, adoptando este punto de vista, diría simplemente que mi objetivo es corromper a la juventud. 

¿Pero qué quiere decir “corromper”, y qué quiere decir en la mente de los jueces que condenaron a muerte a Sócrates bajo el cargo de corromper a la juventud? No puede tratarse de “corromper” en un sentido ligado al dinero. No se trata de un “escándalo” en el sentido en que hoy en día hablan los diarios: unas personas que se enriquecen utilizando su posición en tal o cual institución del Estado. Sin lugar a dudas esto no es lo que los jueces le reprochan a Sócrates. Recordemos que, por el contrario, uno de los reproches que Sócrates hacía a sus rivales, conocidos como los sofistas, era precisamente que recibían un pago. Sócrates, si se me permite decirlo, corrompía a la juventud de manera gratuita, con lecciones revolucionarias, mientras que los sofistas recibían una generosa retribución por las lecciones que ofrecían, que además eran lecciones de oportunismo. Por ende, “corromper a la juventud”, en el sentido socrático, no es para nada un asunto de dinero.

Tampoco se trata de corrupción moral, y menos aún de esas aventuras más o menos sexuales de las que también hablan los diarios. Por el contrario, en Sócrates puede verse, o en Platón cuando transmite —¿o inventa?— el punto de vista de Sócrates, una concepción particularmente sublime del amor, una concepción que no lo separa del sexo, pero que lo va desprendiendo poco a poco de él en favor de una especie de ascensión subjetiva. Desde luego, esta ascensión puede, e incluso debe, iniciarse mediante el contacto con cuerpos bellos. Pero este contacto no se reduce a la excitación sexual, pues es el punto de apoyo material de un acceso a lo que Sócrates denomina la idea de lo Bello. De tal forma, el amor es sin duda la creación de un nuevo pensamiento que brota no solo de la sexualidad, sino de lo que podría llamarse el amor sexuado-pensado. Y este amor-pensado es un componente de la construcción intelectual y espiritual de uno mismo.

Al final, la corrupción de la juventud por un filósofo no es cuestión ni de dinero, ni de placer. ¿Acaso se tratará de una corrupción por el poder? Sexo, dinero, poder… Es una especie de trilogía: la trilogía de la corrupción. Decir que Sócrates corrompe a la juventud equivaldría a decir que aprovecha la seducción de sus palabras para obtener cierto poder. El filósofo estaría utilizando a los jóvenes en pos de un poder, de una autoridad. Los jóvenes estarían sirviendo a su ambición. Desde esta perspectiva, habría corrupción de la juventud en el sentido de que se estaría integrando su ingenuidad en algo que podría llamarse, siguiendo a Nietzsche, una voluntad de poder. 

Pero yo diría, una vez más: ¡por el contrario! Hay precisamente en Sócrates, visto por Platón, una denuncia muy explícita del carácter corruptor del poder. Es el poder lo que corrompe, y no la filosofía. Hay en Platón una violenta crítica a la tiranía, al deseo de poder, a la cual no hay nada que agregar, que es de cierto modo definitiva. Contiene incluso la convicción opuesta: lo que el filósofo puede aportar a la política no es en absoluto la voluntad de poder, sino el desinterés. 

Así, llegamos a una concepción de la filosofía por completo ajena a la ambición, a la lucha por el poder. 
Sobre este tema, me gustaría citar un pasaje de la traducción un tanto particular que hice de La República de Platón. La portada presenta la siguiente información: “Alain Badiou” (nombre del autor) y, abajo, “La República de Platón” (título del libro). De esta forma no se sabe quién escribió el libro. ¿Platón? ¿Badiou? ¿Tal vez Sócrates, de quien se dice nunca escribió nada? Reconozco que es un título orgulloso. Pero el resultado es, quizá, un libro con más vida, más accesible para los jóvenes actuales que una traducción estricta del texto de Platón.

Lo que voy a leerles se ubica en el momento en que Platón se plantea la siguiente pregunta: ¿cuál es exactamente la relación entre poder y filosofía, entre poder político y filosofía? Aquí uno puede darse cuenta de la importancia que el autor le otorga al desinterés en política.

Sócrates le habla a dos interlocutores, dos jóvenes, precisamente, y aquí puede notarse que seguimos en el mismo tema. En la versión original de Platón, son dos chicos, Glaucón y Adimanto. En mi versión, evidentemente más moderna, hay un chico, Glaucón, y una chica, Amaranta. En la actualidad, cuando se habla de los jóvenes, o a los jóvenes, lo menos que puede hacerse es incluir a las chicas tanto como a los chicos. He aquí el diálogo: 

SÓCRATES. Si encontramos, para aquellos a los que les ha llegado el turno de asegurar una parte del poder, una vida muy superior a la que les propone ese poder, entonces tendremos la posibilidad de que exista una verdadera comunidad política. Porque solo llegarán al poder aquellos para quienes la riqueza no es el dinero, sino lo que la felicidad requiere: la verdadera vida, plena de ricos pensamientos. Si se precipita a los asuntos públicos, en cambio, gente hambrienta de ventajas personales, gente convencida de que el poder favorece siempre la existencia y la extensión de la propiedad privada, no es posible ninguna comunidad política verdadera. Esa gente se pelea con ferocidad por el poder, y esa guerra, en la que se mezclan pasiones privadas y poderío público, destruye, junto con los pretendientes a las funciones supremas, al país entero.

GLAUCÓN. ¡Repugnante espectáculo! 

SÓCRATES. Pero dime, ¿conoces una vida capaz de engendrar el desprecio al poder y al Estado?

AMARANTA. ¡Desde luego! ¡La vida del verdadero filósofo, la vida de Sócrates!

SÓCRATES. (Encantado.) No exageremos nada. Demos por sentado que no tienen que llegar al poder los que están enamorados de él. En ese caso, tendríamos solo la guerra de los pretendientes. He aquí por qué es necesario que se consagren a la guardia de la comunidad política, por turno, todos los integrantes de esa inmensa masa de gente a los que no dudo en declarar filósofos: gente desinteresada, instintivamente instruida en lo que puede ser el servicio público, pero que sabe que existen muchos otros honores que los que se obtienen en la frecuentación de los despachos del Estado, y una vida sin duda preferible a la de los dirigentes políticos.

AMARANTA. (En un murmuro.) La verdadera vida.

SÓCRATES. La verdadera vida. Que jamás está ausente. O jamás por completo.

Ahí está. La filosofía, el tema de la filosofía, es la verdadera vida. ¿Qué es una vida verdadera? Esta es la única pregunta del filósofo. Y, por ende, si es que hay corrupción de la juventud, no es para nada en nombre del dinero, de los placeres o del poder, sino para demostrar a la juventud que existe algo superior a todo eso: la verdadera vida. Algo que vale la pena, por lo que vale la pena vivir, y que deja muy atrás el dinero, los placeres y el poder.
La “verdadera vida”, recordémoslo, es una expresión de Rimbaud. He aquí a un verdadero poeta de la juventud, Rimbaud. Alguien que hace poesía a partir de su experiencia total de la vida que comienza. Es él quien, en un momento de desesperanza, escribe de manera desgarradora: “La verdadera vida está ausente”.

Lo que la filosofía nos enseña, o en todo caso trata de enseñarnos, es que si bien la verdadera vida no siempre está presente, nunca está completamente ausente. Que la verdadera vida está por lo menos un poco presente es lo que busca demostrar la filosofía. Y esta corrompe a la juventud en el sentido de que intenta demostrarle que existe una falsa vida, una vida destrozada, que es la vida pensada y practicada como una lucha feroz por el poder, por el dinero. Una vida reducida, por todos los medios, a la pura y simple satisfacción de las pulsiones inmediatas.

En el fondo, dice Sócrates, y por el momento no hago más que seguirlo, hay que luchar por conquistar la verdadera vida contra todos los prejuicios, las ideas preconcebidas, la obediencia ciega, las costumbres injustificadas, la competencia ilimitada. Fundamentalmente, corromper a los jóvenes quiere decir una sola cosa: intentar que no entren en los caminos ya trazados, que no se consagren simplemente a obedecer las costumbres de la ciudad, que puedan inventar algo, proponer otra orientación en lo que concierne a la verdadera vida.

Por último, pienso que el punto de partida es la convicción de Sócrates de que la juventud tiene dos enemigos internos. Son estos enemigos internos quienes la conminan a alejarse de la verdadera vida, a no reconocer en sí misma la posibilidad de la verdadera vida.

El primer enemigo es lo que podría llamarse la pasión por la vida inmediata, por el juego, por el placer, por el instante, por una melodía, por una aventura, por una fumada de mariguana, por un juego idiota. Todo esto existe y Sócrates no pretende negarlo. Pero cuando todo esto se acumula, cuando es llevado al extremo, cuando esta pasión organiza la vida día a día, una vida suspendida en la inmediatez del tiempo, una vida en que el futuro es invisible o, en todo caso, totalmente oscuro, entonces se alcanza una forma de nihilismo, una forma de concebir la existencia sin ningún sentido unificado. Una vida desprovista de significado y, por ende, incapaz de durar como una vida verdadera. Lo que se denomina “vida” se convierte entonces en un tiempo dividido en instantes más o menos buenos, más o menos malos, de modo que, a fin de cuentas, lo único que puede esperarse de la vida es tener la mayor cantidad posible de instantes más o menos aceptables. 

Definitivamente, esta concepción disloca la idea de la vida misma, la dispersa, y por ello esta visión de la vida es también una visión de la muerte. Es una idea profunda, presentada con mucha claridad por Platón: cuando la vida queda sometida a la inmediatez temporal, se disloca a sí misma, se esparce, deja de reconocerse, deja de estar ligada a un sentido sólido. Recurriendo al lenguaje de Freud y el psicoanálisis, en torno al cual Platón suele adelantarse en varios puntos, podría decirse que esta visión de la vida ocurre cuando la pulsión de vida está secretamente habitada por la pulsión de muerte. De manera inconsciente, la muerte se apodera de la vida descomponiéndola, arrancándola de su posible significado. Este sería el primer enemigo íntimo de la juventud, que inevitablemente atraviesa por esta experiencia. La juventud debe pasar por la violenta experiencia del poder mortal de lo inmediato. El propósito de la filosofía no es negar esta experiencia viva de la muerte interna, sino superarla.

Por otro lado, la segunda amenaza interna para un joven es aparentemente lo contrario. A saber, la pasión por el éxito, la idea de convertirse en alguien rico, poderoso, con una buena posición. No ya la idea de consumirse en la vida inmediata sino, por el contrario, de hallar un buen lugar en el orden social existente. La vida se convierte entonces en una suma de ardides para encontrar una buena posición, sin importar que, con tal de lograrlo, uno deba someterse mejor que todos al orden existente. No es el régimen de la satisfacción inmediata del gozo, sino el régimen del proyecto bien construido, bien eficaz. Se comienza a estudiar desde el jardín de infancia y se continúa en los mejores colegios, elegidos con todo cuidado. Se asiste, en particular, a Henri IV, o a Louis-le-Grand, donde, por lo demás, concluí mis estudios. Y se prosigue, cuando se puede, en este camino: las grandes universidades, los consejos de administración, las altas finanzas, los poderosos medios de comunicación, los ministerios, las cámaras de comercio, empresas startup cotizadas en miles de millones en la bolsa… 

En el fondo, cuando se es joven, uno está expuesto, a menudo sin saberlo claramente, a dos posibles orientaciones de la existencia, en ocasiones mezcladas y contradictorias. Estas dos tentaciones podrían resumirse así: o bien la pasión de quemar la vida, o bien la pasión de construirla. Quemarla equivale al culto nihilista de lo inmediato. Esto bien podría ser el culto de la revuelta pura, de la insurrección, de la insumisión, de la rebelión, de nuevas formas de vida colectiva resplandecientes y breves, como la ocupación de plazas públicas durante unas cuantas semanas. Pero, como podrá notarse, nada de esto tiene un efecto duradero, no hay construcción, no hay un control organizado del tiempo. Se avanza bajo el lema no future. Y si, por el contrario, la vida se orienta hacia la plenitud del futuro, el éxito, el dinero, la posición social, el oficio rentable, la familia tranquila, las vacaciones en las islas del Sur, ello da por resultado un culto conservador de los poderes existentes, pues es de acuerdo con ellos como uno va a establecer su vida en las mejores condiciones posibles.

Estas son las dos posibilidades siempre presentes en el sencillo hecho de ser joven, de tener que comenzar y, por ende, orientar la existencia propia. Quemar o construir. O ambas cosas, aunque esto no sería fácil, pues implicaría construir el fuego, y el fuego quema y relumbra, el fuego brilla, calienta e ilumina momentos de la existencia. Sin embargo, es destructor, más que constructor.

Es porque existen estas dos pasiones que hay juicios tan opuestos sobre la juventud, y no solo en la actualidad, sino desde hace mucho. Juicios muy contrapuestos que van desde la idea de que la juventud es un momento maravilloso hasta la idea de que la juventud es un momento terrible de la existencia.

 

Alain Badiou
Filósofo y novelista francés. Es autor de: Manifiesto por la filosofía y El despertar de la historia, entre otros títulos.

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